ARTES Y LETRAS

Domingo 29 de Agosto de 1999

Francia y Chile en el MAC

Doce autores nacionales prestigiosos memorizan su propio pasado y su compromiso estéticos. Díaz, Errázuriz, Barrios, Duclós y Balmes parecen los más interesantes en este cometido.
Por Waldemar Sommer

Cultores numerosos de las artes visuales ocupan los recintos del Museo de Arte Contemporáneo. Los hay franceses y nacionales, jóvenes y bastante mayores. Sus méritos resultan muy desiguales. Entre los autores chilenos, un grupo de doce nombres prestigiosos rinde, por su cuenta, homenaje al pasado, a la propia memoria personal como artistas. Dentro de la amplitud del blanco salón del destartalado segundo piso, sus testimonios tienden a achicarse, físicamente. Además, su mirada global se carga demasiado con el peso del ayer más o menos inmediato. ¿En qué sentido?: en el de rescatarlo a través de obras carentes de una vitalidad actual y provistas de una fisonomía que más bien pertenece al entonces evocado. De un modo general, pues, domina en ellas un aire anticuado. Al mismo tiempo, algunas demuestran atributos poco significativos, mientras otras reiteran reservas de los propios caudales o se apropian de la creatividad ajena a partir de la modernidad extranjera más remota.

Por ventura existen aquí honrosas excepciones. Tenemos la palabra simple, "Resistencia", de Gonzalo Díaz, donde el utensilio eléctrico del mismo nombre titila, calentando la atmósfera de la sala y cumpliendo con eficacia su sugerente mensaje conceptual. También la construcción impecable, austera, con objetos, sonido - ¡qué adecuado complemento!- y perecible dibujo mural, de Virginia Errázuriz. Capaz de proporcionar varias lecturas, se halla cerca del lienzo más tradicional y de comprensión directa, de Gracia Barrios. Acá, la imagen de la ventana, con su recobro de jóvenes desaparecidos, está bellamente solucionada, por más que éstos recuerden a Balmes.

Si bien la verista fotografía se asemeja a visiones de varios años atrás, de Carlos Gallardo, los ambiguos elementos habituales del aporte de Arturo Duclos armonizan como un todo. De José Balmes debemos decir que con sus letras y números, perdidos y revueltos en bolsa simbólica, podrían formarse apellidos y fechas bien precisos.

Genio de la Bastilla

Independiente de la exposición recién reseñada, el museo de la Universidad de Chile reúne en su planta principal casi cincuenta participantes tanto nativos como galos. La cita santiaguina constituye el producto de un intercambio internacional de artistas, organizado por la asociación parisina "El Genio de la Bastilla". Examinemos primero lo que nos ofrecen los expositores de toda edad venidos desde el exterior. Para comenzar, valga el rescate de cuatro concurrentes atractivos: Bruno Tanquerel, Jean-Francois Flamand, Christianae Blanc y Polska.

Esta última en su frágil instalación, con pedazos de cartón blanco y coloración muy limitada, traduce un simétrico grupo arquitectónico con aire de laberinto, cuyos rincones algo encierran, misteriosos; el total se corona con un largo bote. Blanc, mediante pequeñas fotografías de vegetales y de cielo, mediante finos dibujos de montañas y anotaciones manuscritas, entrega una especie de travesía ecológica. Alta mar es, en cambio, el protagonista pictórico de Flamand. En negro y azules logra transmitir con objetividad el dinamismo acuático y la luz de un momento determinado. De Tanquerel, uno de los visitantes más personales, se exhiben tres clases de obras, todas figurativas: una pintura vigorosa, esculturas y objetos circundados por luces.

En cuanto a aquellos autores que podrían resultar promisorios, cabe mencionar a Claudine Capdeville y su serie de fotográficas escenas domésticas, que integran texto en función ornamental; a la instalación abstracta, correcta academia geométrica de Jean Chazy, donde plateados y oros se equilibran sin problema a la gráfica pictórica alrededor de figuras reconocibles, de Hélene Dery. Agreguemos una o dos telas expresionistas de Tracy Mead; las tres bandas abstractas y ocres de Dimitri Perimeros; quizá las cajas de Jean Chollet, que emiten hacia arriba largos papeles pintados con signos a medias entre Occidente y Japón.

El video, por cierto, no podía estar ausente. De esa manera, aunque como dos trabajos distintos en uno solo, la realización de Philippe Charles proporciona imágenes de crudeza zoológica: hormigas masacradas por un pie humano desnudo y, en especial, la secuencia escalofriante de un desplumado pollo carnicero. De buena parte del resto de los expositores francos debe afirmarse que no consiguen sobrepasar un nivel experimental académico y de verba todavía balbuceante. Otros, además de insuficiencia semejante, parecen no tener nada que decirnos.

En el sector de los artistas nacionales el panorama general cambia: por lo menos sus integrantes ostentan un nivel de oficio satisfactorio. Aún jóvenes, su evolución parece tener bastante por delante. No obstante, una media decena de ellos ya posee atributos genuinos y destacables. Hallamos, así, a David Cofré y su amplia pintura en tiza y barro, con una imagen rica, poderosa; a Lorena Villablanca, con la vivacidad multicolor de sus grabados que aprovechan iconografía popular; al políptico lineal, miniaturesco de Natasha Pons, de trazos decididos y delicados, animado por cabezas y ropajes; a la instalación limpia, rigurosa, de Arturo Valderas, en la que los diferentes y mínimos materiales dialogan fluidamente.

Dos nombres nuevos llaman la atención acá: Andrés Vió- profusa tapicería de periódicos entrecruzados- y Lorena Araya - mostrario de objetos de laboratorio al servicio del arte, en bien armonizada instalación de cromatismo peculiar- . Por su parte, Soledad Omeñaca acierta con su escultura zoológica en gris, mientras Klaudio Vidal retrata en seis grabados la ferocidad animal. Recordemos también a Francisco Sanfuentes y sus materiales "pobres", a las dimensiones alteradas y los constituyentes particulares de Ricardo Villarroel, a las lindas ejecuciones de Natalia Babarovic - pinturas con la descomposición y recomposición de un paisaje decimonónico- , y de Norma Ramírez - sus blancas transparencias volumétricas semejan, a la vez, un capullo y un iglú de Mario Merz- , a Pablo Mayer, a Patricio Vogel.




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