ARTES Y LETRAS

Domingo 23 de Julio de 2006

Exposiciones Pintura y grabado:
Pulsaciones abstractas

En la Galería Trece se expone el disparejo resultado de Susana Larraín en su exploración por la figuración y la abstracción.

Waldemar Sommer

Durante este mes parecen coincidir ciertas exposiciones pictóricas, en las que el elemento abstracto pone en tensión fundamentos figurativos. De ese modo, en Galería Trece, Susana Larraín muestra ambas clases de mirada, sin decidirse del todo por ninguna. De ahí el nivel disparejo de sus cuadros actuales. Es que a través de la figura reconocible entrega lo más personal de su obra. Tenemos, pues, una imaginería muy suya: autorreferente, variada, concentrada en sí misma, de un erotismo escondido, pero latente. Y cuando la artista multiplica en un mismo lienzo sus visiones, emprende vuelo y nos entusiasma. Están, de tal clase, los óleos en formato mediano "Escoger", "Ensayo, error", "Puro optimismo", "Compañía". Aquí el acrecentamiento de la densidad plástica corre a la par con la capacidad de sugerencias.

En aquellos mejores momentos, sus protagónicas mujeres -seguramente, autorretratos- se rodean de paisajes floridos, surrealistas por instantes: árboles con manos o de coloración encendida: "Cuidar". Por otro lado, hasta rango de ornamento alcanzan, en general, los ingredientes decorativos de esta serie, cuyos títulos se dejan ver encima de los cantos de cada tela. La otra serie presente, por el contrario, busca ir más allá de los cánones habituales, variando temaños, recurriendo al collage, sobre todo incrementando la abstracción y reduciendo a fragmentos lo reconocible. Si bien en estos casos el cromatismo resulta convincente, el sello individual de la autora se diluye, acercándose a una iconografía que no pocos pintores de su generación han vuelto convencional.

En las mismas salas de Trece, la grabadora Lorena Villablanca nos entrega su verba bien reconocible. Con colores y mucho blanco -casi en función abstracta- construye un verdero bosque florido, poblado por figurillas vegetales y animalitos encantadores -aunque, a veces, éstos podrían tornarse siniestros-. En fauna semejante, las aves poseen una especial gracia. Se emparentan ellas con la imaginería del grabado popular. Si en Larraín el árbol tiene un rol más bien momentáneo, en estas xilografías es fantástico, y no siempre bien reconocible, personaje principal. Asimismo hay algunas láminas con una mujer como primer actor. No obstante, llama más la atención un extenso políptico gráfico, que introduce el retrato típico de un padre de la patria -OHiggins- dentro de la acostumbrada, de la aireada maraña botánica y zoológica. En comparación con su compañera de local, Villablanca nos parece que logra un nivel de calidad más pareja, aunque sin alcanzar el interés poderoso de los altos vuelos de Larraín.

Una abstracción que, en su base, recuerda algún período reciente de la obra de Francisca Sutil manifiesta María Elena Naveillán en galería La Sala. Pero sus pinturas, muy correctamente construidas, hacen de letras y palabras -ambas con mucho de aviso y de membretes comerciales- signos sumergidos, ante todo, detrás de los rojos parejos de sus superficies. Con frecuencia se asocian a ese alfabeto siluetas más o menos definidas de objetos diversos y alguna viñeta figurativa. También azules dominan unos pocos trabajos. Y sólo en éstos concurre, en un par de ocasiones, un signo encarnado y con bastante de caligrafía oriental. Él, sin embargo, tiende a romper la unidad visual de la obra.

Expresividad abstracta

Alrededor de la expresividad abstracta se reúnen, en Galería Cecilia Palma, ocho conocidos pintores nacionales. Una maestra de ese lenguaje visual, Matilde Pérez, no podía faltar con su personalidad radiante. Asimismo puede contemplarse un aporte de Francisca Sutil. Su testimonio evidencia una hondura plástica y un virtuosismo respecto al material, que poco autores nuestros son ahora capaces de demostrar. En la presente oportunidad convence plenamente el óleo vigoroso de Benito Rojo. Mediante la riqueza de sus grises y una coloración restringida consigue un hermoso efecto de claroscuro. De paso, prueba que para obtener buenos frutos no necesita echar mano de la figura humana. Entretanto, una bella luminosidad emana del genuino y casi minimalista lienzo de Félix Lazo.

Respecto a Cristián Abelli, su collage resulta un muy buen augurio de lo que será su muy próxima exhibición individual. Un vasto panel cuajado de nombres en rojo o blanco, y posado sobre una especie de intrincado bosque nada de reconocible, representa a Pablo Jansana. Realización de auténtico interés y de raigambre sin duda conceptual, nos obliga a pensar en un Anselm Kipfer más amable y menos trascendente. A la inversa, los dos dibujos de Francisco de la Puente, con naturalezas muertas geométricas sobre mesas de pie, bien poco tienen de abstractas. Por último, la tela en blancos, grises y amarillos de Omar Gatica carece de la suficiente solidez constructiva.


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Su obra no alcanza el interés poderoso de los altos vuelos de Larraín.
Su obra no alcanza el interés poderoso de los altos vuelos de Larraín.
Foto:Galería Trece


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