EDITORIAL

Jueves 16 de Octubre de 2003


Don y misterio: 25 años de pontificado

Nadie de ese mar de fieles sobre la plaza de San Pedro imaginaba que con ese hombre de un país lejanose inauguraría una de las etapas más fascinantes de la historia de la Iglesia y de paso de toda la humanidad.
HUGO TAGLE MORENO, PSCH.

El 16 de octubre de 1978, Carolus Joseph Wojtyla, cardenal de Cracovia, sería elegido Papa, tomando el nombre de Juan Pablo II. Esas primeras imágenes revelan algo de su característica mirada inteligente, quizá entonces algo confundida por la envergadura de su nueva responsabilidad. Se le ve admirado ante ese mar de fieles sobre la plaza de San Pedro que, ansioso, esperaba sus primeras palabras. Nadie de los allí presentes imaginaba que con ese hombre de un país lejano seinauguraría una de las etapas más fascinantes de la historia de la Iglesia y de paso de todala humanidad.

Estampas con su rostro nos sorprenden en los más recónditos lugares, y las páginas en todos los idiomas del globo que hablan de sus viajes, escritos y celebraciones no logran dar cuenta de la envergadura de su obra. Pero dejemos a un lado las embriagadoras cifras sobre su vida apostólica que, por importantes que sean, no agotan la hondura de este apóstol incansable. Dos constantes explican en gran parte el secreto de su celo apostólico: Su insistencia en que "el misterio del hombre se esclarece a la luz del misterio de Cristo. Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (GS 22); y el que el hombre es "aquella creatura que no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega de sí mismo a los demás" (GS 24).

La clave de su visión optimista de la historia y el hombre se encuentra en el Señor de la vida. Es optimismo, no ingenuidad. El Papa sabe muy bien que el siglo XX ha sido el siglo de los mártires, de los genocidios, de hambrunas terribles, de la explotación del hombre por el hombre, del absurdo y del vacío existencial. Pero eso mismo lo lleva a alentar a la humanidad al inaugurar su pontificado: "¡No tengan miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo conoce!".

Ante la desesperanza, él le recuerda al hombre que no se basta a sí mismo y que necesita de Dios para ser feliz. Por eso le gusta repetir una frase de Pascal: "El hombre supera infinitamente al hombre". Es esa mirada trascendente, que cruza todo su discurso, la que explica su promoción de una cultura de la vida, donde cada ser humano vale por sí mismo porque ha sido amado por Él. Juan Pablo II ha sabido presentar, en clave de alegría, esperanza e innegable optimismo, el mensaje cristiano, haciendo suyas las palabras de Jesús: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).

Su especial preocupación por los pobres y marginados, por los que a los ojos del mundo nada significan, lleva a volver los ojos hacia quien sufre, ya que en el servicio se descubre una parte esencial de su carisma. Así lo han entendido los millones de jóvenes que no han rehuido sus exigencias y que lo han seguido en el mundo entero. En ellos, el Papa ha descubierto una fe generosa que crece en la medida en que se regala. Su ejemplo los ha llevado a asumir solidariamente la historia y a darle un sentido pleno para los hombres.

Sus gestos y palabras, cargadas de verdad y caridad, han mostrado en todo el rostro paterno de Dios, misericordioso y bueno, que acoge y comprende; que levanta, perdona y alienta. Porque sabe que ése es el Dios digno del hombre, el que ama y enaltece, el mismo al que tantos tienden sus manos ansiosos y esperanzados. Con él, palabras como paz, libertad, dignidad y respeto a los derechos del hombre han adquirido un nuevo significado, una nueva consistencia y profundidad. Nada de cálculos mezquinos. Con valentía, ha defendido su valor intrínseco porque se fundamentan en el hombre mismo. No por nada Kofi Annan, Secretario General de la ONU, dijo en 2000 que "las enseñanzas de Juan Pablo II, hoy por hoy, representan la doctrina fundamental de la paz para los pueblos de todos los continentes".

El hombre impetuoso y enérgico de los primeros años dio paso a ese otro, donde se aúnan paz, serenidad y entereza, virtudes acumuladas en decenios de una vida orante y contemplativa. Su aceptación del dolor en la enfermedad es ya un signo más que elocuente de confianza en las manos de la Providencia. Su lema habla de su entrega a la Madre del Señor: Totus tuus. Como ella, ha sabido alabar al Creador por "las maravillas que hizo en mí el Poderoso" (Lc 1,47) y buscar audazmente su voluntad presente y actuante en todo acontecimiento humano.

Su firmeza en el otoño propio de sus más de 80 años se explica en su profundo arraigo en Dios y en su amor a la Iglesia. Como discípulo fiel e imagen del buen Pastor, el Papa ha servido con generosidad y una vida ejemplar a la tarea que Él le ha confiado, y con ello, al hombre. A todos los hombres.




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