VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 23 de Noviembre de 2002


Centro de extensión uc

El notable edificio diseñado por el italiano Ignacio Cremonesi, el mismo autor de la refacción de la Catedral, fue reciclado en 1989 por un equipo encabezado por Teodoro Fernández y Montserrat Palmer.
Texto, Miguel Laborde D., Fotografías, José Luis Rissetti

La Universidad Católica, interesada en contar con un centro cultural, en 1988 inició conversaciones con el Instituto de Humanidades Luis Campino que, por décadas, ocupara el edificio vecino adosado por el poniente a la universidad. La posibilidad que tuvo el colegio de trasladarse, afortunada para ambas partes, permitió su cambio de destino.

La tarea fue coordinada por la Dirección de Proyectos e Investigación (DPI) de la universidad, radicada en su Facultad de Arquitectura, la que confió la obra general a dos profesores, Teodoro Fernández y Montserrat Palmer; la sala de exposiciones de la esquina norponiente y el restorán cafetería se encargó a Sergio Miranda, y la Sala Blanca de proyecciones de cine, a José Antonio Gómez.

La investigación del lugar permitió constatar que Cremonesi había hecho el primer proyecto de toda la universidad, iniciándose la construcción desde el poniente, por lo tanto, el actual Centro de Extensión es obra suya. El resto del proyecto ­la actual Casa Central­, fue rediseñado por Emilio Jecquier (autor del Palacio de Bellas Artes, la Estación Mapocho, la Bolsa de Comercio) con Manuel Cifuentes.

La huella de Cremonesi, arquitecto de numerosas obras para la Iglesia Católica, comenzando por las torres de la Catedral, sumado a la calidad refinada de su diseño, indujo a los arquitectos a actuar con prolijidad. Se trataba de un monumento, un patrimonio bien construido, de magníficos cimientos, en una ciudad de mucho neoclásico de mala factura. La cafetería, de muros expuestos, muestra a sus visitantes la calidad de la albañilería.

La primera dificultad la encontraron en el patio central, por entonces de tierra, cancha de fútbol del colegio. Una galería en el segundo piso, que miraba el patio, reducía el espacio. De estructura metálica, oxidada, la fatiga del material obligó a eliminarla y, de paso, a ampliar la magnitud del lugar. Esto mismo permitió aumentar el área a cubrir por la nueva cubierta. Ésta también fue objeto de largas evaluaciones, pues no se deseaba ofrecer una estructura estándar en un edificio de estilo y carácter. Para lograr un contemporáneo afín al lenguaje neoclásico, plantearon algo que evoca un cierto naturalismo con diseños inspirados en elementos vegetales. Fernández, hombre de números, tuvo que calcular cada detalle de las vigas.

En los puntos de encuentro del metal con los muros antiguos, Palmer diseñó elementos de apoyo con el mismo objetivo: que lo nuevo entroncara con lo antiguo. Decidieron resaltar la capacidad ornamental de Cremonesi. Por ejemplo, en las puertas del segundo piso, coronadas por elementos originales, optaron por trabajar pintura en dos tonos.

En cuanto al color general, los arquitectos se encontraron un día con que la faena estaba iniciada en verde, según órdenes de alguna autoridad. Lograron demostrar que el edificio debía tener una coloración de estilo neoclásico, un tono masilla, por ejemplo, tal como los que ofrece Roma.

Transcurrida una década de la entrega, celebran que su mantención sea acorde con el valor patrimonial del centenario edificio.


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Foto:José Luis Rissetti


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