ARTES Y LETRAS

Domingo 22 de Agosto de 1999

Cabezas, de Patricia Vargas

La artista presenta ahora una serie de cabezas esculpidas y pintadas, que van acompañadas por otras dos series, con dibujos y fotografías. Hasta el 19 de septiembre en Galería ArtEspacio.
Por Pablo Oyarzún*

Después de una prolongada trayectoria como dibujante, Patricia Vargas derivó, sin renunciar a su primer oficio, hacia la escultura. Se recordará la instalación, hará cuatro años, de una misma figura - un cuerpo viril, de hinojos- en las hornacinas del segundo piso del Museo de Bellas Artes, que mostraba su precisa rotación en cada una de cuatro fases.

La artista presenta ahora una serie de cabezas esculpidas y pintadas, que van acompañadas por otras dos series, con dibujos y fotografías. Las primeras son el centro de la exposición. Dispuestas en el vano de la sala a tramos espaciados, se elevan sobre varas de fierro de construcción, las cuales han sido implantadas sobre ásperos pedestales de concreto. La altura que alcanzan coincide con un porte humano habitual.

La asociación con la antigua práctica penal de ensartar las cabezas de los ajusticiados en altas picas es inevitable. Pero no me parece que esto tenga una gravitación especial en la muestra ni en su sentido. Nada cruento ocurre ni ha ocurrido aquí. La relación con las picas se da, ante todo, porque éstas resuelven también, a su modo y según sus exigencias específicas, lo que se podría llamar el problema general de la exposición. Con ocasión de aquella práctica lo que se buscaba era hacer patente, en el horror de la decapitación, de la sangre y de la mueca, la majestad de la justicia y del poder. En cambio, aquí, el sosiego perfecto del semblante suspende toda elocuencia, disipa la eficacia épica y nefasta del hecho.

La artista había ponderado, previamente, otro sistema de exhibición, que en lugar de la erección de las cabezas consideraba mostrarlas en estado yaciente al interior de unas cajas de madera para embalaje de frutas, acomodadas sobre paños rudimentarios. Muchas de las fotografías dan prueba de esta idea y de algunas de sus variantes: cajas de embalaje de cartón, jofainas, retales. La exclusión de tal alternativa se ha debido al prurito de no ofrecer una solución esteticista, que redundara en el primor y la exquisitez. Con todo, esta posibilidad ejerce su indudable atractivo desde las fotos, y deja pendiente y vigente la opción.

Las cabezas - no todas- han sido pintadas al óleo, por omisión de la técnica del policromado. Se las ve delicadamente cubiertas con una sobria gama cromática que recuerda ciertas piezas gráficas que realizó Patricia Vargas hace varios años. El pincel ha lamido la superficie reiteradamente, alterando el viso del material: el yeso da, en unos casos, la impresión más tosca de la madera; en otros, ostenta la tersura del mármol. Los juegos de la iluminación seguramente ofrecerán otras variantes o matices, y las que se dejó sin aliño marcan el idóneo contraste.

La colaboración lleva también consigo el efecto de la pátina. No quiero decir un deliberado pasatismo, ni tampoco un afán de cita historizante. Una de las cosas que - imagino- podrán dejar al espectador prendado de estas efigies es su notoria economía, en virtud de la cual antiguos estratos de la memoria escultórica son convocados: egipcio, griego, romano.
Fuera del retrato

En virtud de la misma economía, y a pesar de unas pocas piezas, el carácter de estas cabezas no está dado por la intención de retrato. En su diversidad - que ciertamente recorre una galería de familiares y amistades- no rigen, ante todo, los rasgos característicos, la signatura personal, sino la mera aptitud de aparecer. Su juego no es la identidad, sino la parca presencia.
Los dibujos constituyen una serie aparte. Han sido realizados con linaza y grafito, y varios de ellos ofrecen el inventario de las herramientas utilizadas en la elaboración de las cabezas, en tanto que otros incorporan los trapos de limpieza de los pinceles que fueron empleados para pintarlas. Uno que otro evoca la soltura de los bocetos rodinianos.

Las fotografías, ya lo dije, enseñan otras opciones de muestra, que no sólo dan cuenta de las diversas posibilidades de emplazamiento: también exploran, a través de las combinaciones, los ángulos y los detalles, los escarceos de la inspección ocular, la multiplicidad de las vistas.

Sin haber asistido todavía a la instalación de las diversas piezas en la sala, puedo imaginar una impresión general de omnímodo silencio. Las cabezas enhiestas han de prevalecer en el espacio de la galería, difundiendo en ella un clima obstinado y taciturno. Cada una aislada y como absorta en sí misma - no sólo las que establecen su reticencia en el pliegue de los párpados y en la tranquila oclusión de los labios, aun aquellas que parecen devolvernos con pleno desplante la mirada o que discretamente trasuntan un dejo de cuita o de inquietud- , cada una se sostiene, más allá del soporte material, en la autarquía y la entereza de su estricta comparecencia. Guardan su distancia, y tal distancia, y esa guarda y esa guardia - centinelas de sí mismas son las cabezas- es la condición de su hermosura.

*Pablo Oyarzún es filósofo y académico de la U. de Chile.




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