REVISTA DE LIBROS

Domingo 24 de Octubre de 2010

Entrevista Nuevo libro
Elizabeth Subercaseaux y la naturalidad de la muerte

Ya se encuentra en librerías Las confidentes , y su autora, radicada en Estados Unidos, llegará este martes para presentar el libro a la prensa. Con un marcado protagonismo de la muerte, la novela también se acerca a "las infinitas posibilidades que tiene la vida".  
María Teresa Cárdenas Ni escritora light ni humorista. "Yo nunca he sido ni lo uno ni lo otro", afirma Elizabeth Subercaseaux a propósito de su nuevo libro, Las Confidentes (Suma/Aguilar), en el cual, definitivamente, el humor está ausente. "Lo que pasa es que Las diez cosas que una mujer en Chile no debe hacer jamás (1995) tuvo tanta resonancia que de ahí en adelante me tildaron de esa manera", explica. E insiste: " Una semana de octubre , El general Azul , Mi querido papá , El canto de la raíz lejana , Silendra , Un hombre en la vereda , las policiales, etcétera, son todas novelas en donde no hay una gota de humor".

Lo cierto es que esta escritora chilena radicada en Pennsylvania tiene una facilidad innegable para visitar distintos géneros, desde el periodismo y las crónicas humorísticas hasta las novelas que ella nombra. En total, más de veinte libros.

-¿En qué registro te sientes más cómoda?

-En la novela, sin duda, en la elaboración del suspenso, me gustan los thrillers y si tú lees a Ian Rankin, Ruth Rendell, Henning Mankell, James Lee Burke, hasta la francesa Fred Vargas y ese maravilloso Arnaldur Indridason, te das cuenta de que la novela negra es la gran novela de nuestro tiempo.

Con el suspenso de un thriller , Las confidentes se acerca más a la tragedia. Dos historias paralelas de amor y desamor que ocurren en puntos muy distantes: Chile, Estados Unidos, Francia. Cada capítulo es un personaje y sólo dos de ellos narran en primera persona. Dos mujeres, dos posibilidades: Quinn y Juliette, a quienes la vida se encargará de reunir en India, llevando al límite de la verosimilitud el poder de las coincidencias.

-No estoy nada segura de que sea inverosímil que una mujer se encuentre con otra a la cual le ha pasado exactamente lo mismo, a la misma hora, en otra parte -explica la autora-. Las coincidencias pueden ser muy sorprendentes y ocurren. Por otra parte, pienso que en literatura te puedes dar todas las licencias que quieras, inventar las cosas más insólitas, atreverte con tu imaginación hasta límites insospechables. Lo único que importa es que esas mentiras estén tan bien contadas que parezcan verdad.

Desde el epígrafe, de Baudrillard, la autora se hace cargo de esas coincidencias y comparte con el filósofo francés la idea de que siempre son felices, aunque coincidan cosas tristes: "Son la prueba de que no estamos solos, de que somos muy parecidos, vivamos donde vivamos, de que nos pasan las mismas cosas y que podemos encontrarnos en los espacios más insospechados".

Tras dos años de escritura y uno de edición, Elizabeth Subercaseaux entrega una novela de estructura compleja en la que ha asumido nuevos desafíos:

-Es la primera vez en toda mi carrera de escritora que me atrevo a trabajar con personajes de distintas culturas. Tal vez sea porque ya llevo tanto tiempo como una hoja al viento, de país en país, de cultura en cultura, que se me dio, y se me dio relativamente fácil, me salió natural, nunca sentí que estaba forzando las cosas. La verdad es que se necesitaron veinte años viviendo fuera de Chile para que me atreviera con personajes que no son chilenos y me sintiera cómoda con ellos.

Joshua y Alexa son un matrimonio norteamericano; también Quinn, la amante de Joshua. En Chile, una temprana viudez empuja a Nahuel a casarse con Elisa, su amiga de la infancia -ella será una buena madre para su hija-, quien a su vez es la mejor amiga de Prudencia. Según la autora, estas historias paralelas fueron tomadas de la vida real:

-Una amiga, en Chile, me contó una historia muy parecida a la de Prudencia, una señora que se paseaba por su fundo, cuaderno en mano, anotando chismes de los inquilinos, si tenían amantes, si se hacían abortos, si iban a misa, etcétera, para sancionarlos. De allí surgió la historia de Nahuel, Elisa y Prudencia. La historia estadounidense surgió de un crimen espantoso que se produjo en Connecticut, hace unos cuatro años, un médico que jugaba golf todos los domingo en la mañana, en una comunidad de gente muy rica, regresó uno de esos domingo a su casa y se encontró con que un hombre había violado y asesinado a su mujer y a su hija.

Dos tragedias, originadas en el caso chileno por el fanatismo religioso, y en Estados Unidos, por la marginalidad y la pobreza.

-No lo busqué intencionadamente -asegura-, lo que pasa es que si tú sitúas una ficción en la sociedad chilena de hoy, donde la Iglesia Católica sigue teniendo un peso importante, es casi imposible no hacer notar el fanatismo religioso, el beaterío que abunda en varios sectores de nuestra sociedad, y lo conservadores que somos. Y también es casi imposible escribir una historia que ocurra en Estados Unidos sin hacer notar la pobreza y la violencia. Yo siempre he dicho que Estados Unidos es el país pobre más rico del mundo. Y creo que es uno de los más violentos.

-¿Fue por eso que elegiste la tragedia?

-Creo que mi vivencia en Estados Unidos tiene mucho que ver con este acercamiento a la tragedia. Este es un país tan enorme, tan diverso, tan comunicado, que día a día vives intensamente otra tragedia, otro drama terrible, muertes, asesinatos bestiales, luchas políticas como yo no he visto en ninguna parte, guerras, invasiones, todo acá es superlativo, como si el hombre se propusiera vivir en mayúsculas. Los norteamericanos son grandiosos y superlativos para todo, tanto para el tamaño de sus puentes y sus Coca-Cola como para el tamaño de sus tragedias.

Lo más difícil en esta novela, cuenta Elizabeth, fue lograr que las voces se diferenciaran. Y el personaje al que más le costó darle identidad fue Juliette, la francesa que le cambiará la vida a Nahuel.

-Yo he ido mucho a Francia en los últimos veinte años, he leído a los autores franceses toda mi vida, y me gustan, sobre todo Balzac; he pasado largo tiempo en Provenza y conozco bastante bien la cultura francesa, pero nunca he vivido en ese país como en Estados Unidos o Chile o España. Tal vez por eso me costó más.

-Me imagino que si hay un personaje con inspiración autobiográfica es la abuela Rosa, tan sabia y tan libre.

-Mi abuela Ximena Morla tenía una personalidad tan potente, tan fascinante, tan distinta de todas las mujeres que he conocido en mi vida, que cualquiera abuela que yo ponga en mi literatura va a tener algo de ella. Sí, era como la abuela Rosa: sabia, libre, irreverente.

En la novela, todas las historias y los personajes están marcados por muertes tempranas: niños, madres jóvenes, padres. Y por el abandono. Pero ella asegura que no fue algo deliberado:

-Es que es la historia de tantos de nosotros, la mía desde luego, yo perdí a mi padre a los once años, fue un terrible abandono. Me imagino que llevo la semilla del abandono adentro. Es curioso pero cuando escribo siempre me parece más natural que mis personajes se mueran, que los maten, que se les muera la mamá. Es como si yo siempre hubiese nadado muy cómodamente en esas aguas, como si ser abandonado me pareciera un aspecto muy común en la vida del hombre, y creo que lo es. Nunca he creído en ese mito de la niñez feliz, creo que la niñez suele ser muy triste, muy solitaria, muy llena de miedo.

Aún así, no está de acuerdo en que la muerte sea la gran protagonista de esta novela:

-En Las confidentes también hay una metáfora de la salvación: estas dos mujeres, que han perdido a sus amantes, a su amor, de una manera tan brutal, tan definitiva y sin ninguna solución, se encuentran en un espacio donde también es posible el amor, el silencio, la sanación y la paz, pero de manera totalmente distinta, sin sexo, sin la pasión por un hombre y fuera del tiempo en que han vivido, una suerte de espacio propio donde también es posible ser feliz. Desde esta perspectiva resulta que la novela no es una novela de la muerte sino de las infinitas posibilidades que tiene la vida.

-¿Te sientes más cerca de la visión de la muerte que tiene Adhira, la mujer india, o la del mundo occidental?

-Quisiera llegar a ser como Adhira, despegada; llegar a vieja con la mochila casi vacía, y mandarme a cambiar como un zancudo que de repente se echa a volar y se va. Detesto la idea de las pompas fúnebres, los ataúdes con barritas de oro, los inciensos, las iglesias, todo eso me da pavor. Me gustan los entierros judíos, donde meten al muerto en un cajón simple, menos que de madera de pino, lo llevan al cementerio de la esquina, sin ni una fanfarria, y lo bajan y lo entierran en menos de un día. Así no más. Polvo eres y en polvo te convertirás, y chao.

 


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Foto:GENTILEZA EDITORIAL ALFAGUARA


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