ARTES Y LETRAS

Domingo 29 de Septiembre de 2002

ARTESPACIO. Lucía Waiser:
La alegría del despojo

Sin caretas ni maquillajes, desnuda florece la energía vital de la mujer en las esculturas de esta artista viajera del mundo.
MAITE ARMENDÁRIZ AZCÁRATE

Torsos abiertos, vírgenes en espera de ser vestidas, manos femeninas, finos rostros, tratados primero en la arcilla para inmortalizarse luego en bronce sobresalen entre el blanco entorno de la Galería Artespacio. "Más que mirar, a la escultura hay que acariciarla", asegura Lucía Waiser. "Muchas veces cuando trabajo cierro los ojos, porque las manos engañan menos". Tal vez por ello invita a personas no videntes a enfrentar su obra y valora la intensidad de su apreciación.

Contra la corriente se lanzó en este quehacer artístico. Donde le tocó vivir, Zurich, recién casada, o más tarde en Inglaterra y California se las ingenió para cultivar su espíritu creador. Estudió diseño en la Universidad de Chile, y dibujo en Foothill College de EE.UU. Obtuvo un magíster en Historia y Teoría del Arte en la Universidad de Sussex. En Inglaterra también se perfeccionó en litografía. Richard Randell fue su profesor de escultura en la Universidad de Stanford, y más tarde realizó un taller de papel en Berkeley. En esas latitudes como en su patria realiza diversas exposiciones individuales y colectivas. Sus obras integran colecciones públicas y privadas.

Hoy, sus esculturas nacen tras la idea de sacarse las máscaras, tema que le ha dado vuelta desde hace unos siete años. "Me encanta lo que veo acá, ya no es la búsqueda del vuelo, de querer cambiar la realidad, es quedar en esencia, armar la escala de valores y empezar a despojarse para intentar descubrir quién se es realmente".

Quedar en esencia

Interpela a lo íntimo del ser femenino: "Tal vez por tremendas admoniciones hemos tenido que decorarnos tanto, como si por dentro fuéramos vacías. Es todo lo contrario. No necesitamos afeites, tenemos un espacio inmenso para llenarlo de significado, de modo que la comunicación con el otro sea total". Hacia ello interpelan un par de bustos de madera cuyas caras pulidas de todo rasgo reconocible llevan una máscara de bronce.

Todas desnudas en la superficie, sus figuras representan distintos grados de despojo. Hay torsos en bronce de frentón abiertos desde el cuello hasta el pubis. A estas obras llamadas "Caladas" le sigue "Albergue", llena de maternidad. En cambio, en "Celebración" la muerte se hace presente: sólo una cabeza y las manos quedan por hundirse. "A pesar de que algo sea doloroso, el hecho de entenderlo produce goce", dice mirando la obra.

De la época de la colonia rescata la Virgen de vestir. Aquellos enigmáticos rostros montados sobre un trípode de madera están sin duda despojados de ropajes, muestran de algún modo el alma.

"No quiero parecer ingenua, pero tengo esa ambición de poder ayudar a los demás a lograrlo. Despojarse de esas interferencias que nosotros mismos creamos y dejar aflorar los sentimientos, estar atentos al otro y de-
safiar la vida cuando las palabras se enredan y empiezan los portazos".

El continuo entrar y salir de su patria y vivir en diferentes tierras según el lugar donde trabajaba su marido fue para Lucía Waiser un despojo obligado. Tenía colecciones de todo tipo, asegura: escobas, manos, alfombras, muebles de Viena; "era lo único permanente. Eso de despertar y pensar en qué idioma hay que hablar y qué clima tocaba, no me era fácil, y menos para mis dos hijas". Viajaba siempre con un cuadro y el mismo cubrecama para lograr un poco de estabilidad cada mañana. "Personalmente, es muy importante el espacio donde vivo, porque es un trozo de mí".


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"Despojada". Detalle. Escultura en madera y bronce de Lucía Waiser.


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