REVISTA YA

Martes 22 de Abril de 2014

 
Clan Aylwin su intimidad a cuatro voces

La historia de las mujeres de la familia Aylwin bien podría servir como cronología del desarrollo femenino en Chile. Con 95, 64, 38 y 2 años de edad, cada una representa la vida, inserción laboral y maternidad de su generación. Por primera vez doña Leonor, Mariana, Paz y la pequeña Leonor hacen públicas parte de las vivencias de una de las familias más emblemáticas del país.  
Por Claudia Guzmán V. Fotos: Sergio López I. Producción: Catalina Dominguez. Hace más de 50 años que parte de la historia de Chile se escribe en la calle Arturo Medina, de Providencia. En una casa de dos pisos creció el clan Aylwin Oyarzún y luego, cuando el patriarca llegó a la presidencia en 1990, su dominio se extendió a una casa vecina conectada por el jardín. Ahí se acopiaron centenas de libros y documentos que resumen la vida política del país; en la otra casa, la original, aún se almacenan los felices recuerdos de una intensa vida familiar. En la casa-oficina don Patricio Aylwin tiene sus dominios; en la otra, doña Leonor Oyarzún, ocupa su sitial.

-Esta casa siempre ha sido con mucha gente -define Leonor, con voz delgada y 95 años que solo se le notan al caminar. Alta y muy esbelta, sentada de pierna cruzada sobre el sillón de madera noble, siempre enhiesta, la esposa del ex Presidente domina cada escena de este lugar. Las artesanías traídas de los viajes, las lámparas de cerámica pintadas por ella al estilo inglés, y la platería que sus bisnietos usan como set instrumental, todo está en el lugar que ella asignó y que, de tanto en tanto, le gusta rotar. Al otro lado del ventanal crece frondoso el jardín que ella misma levantó, con el que les enseñó a sus hijas y nietas el nombre de cada flor, y por el que aparecerá, desde la casa contigua, don Patricio, a la hora del té.

-Pacita, anda tú a avisarle a tu Tata que es hora del té -le dice a su nieta, la actriz Paz Bascuñán, que esta tarde comparte el sofá junto a su abuela, con su mamá, la ex ministra Mariana Aylwin.

Cuando doña Leonor habla, todas las generaciones de Arturo Medina obedecen sin chistar. Lo hacen los bisnietos que marcan el ritmo con los adornos de la mesa de centro, y lo hace el hombre que a comienzos de los 90 simbolizó al pater familia de la reconciliación nacional.

-Antes teníamos una nana que le decía La Generala a mi mamá -cuenta Mariana.

-Yo antes mandaba más, ahora no -dice ella. Y su hija Mariana y su nieta Paz se miran incrédulas y se largan a reír. La pequeña Leonor, la bisnieta de dos años, deja de sacudir la platería y también se ríe; no porque capte la ironía, sino porque escucha las carcajadas de su madre, abuela y bisabuela.

Las cuatro generaciones femeninas del clan se han reunido para recordar y hacer públicas, por primera vez, parte de sus vivencias en torno a la familia y la femineidad. Lo hacen porque esta semana Paz, la nieta regalona de doña Leonor, regresará al teatro con "Esa relación tan delicada", obra donde junto a Coca Rudolphy recrea escenas de maternidad.

-La obra la hice por primera vez hace 10 años, cuando no era mamá -explica la actriz-. Hoy la hago desde un lugar completamente distinto, con otra corporalidad, porque ya no tengo solo mis recuerdos de niña, tengo a mis niños para observar. Y entiendo mucho mejor el personaje de mujer madura, porque veo de otra forma a mi mamá y a mi 'ita' Leonor.

***

La historia de las mujeres de la familia Aylwin bien podría servir como cronología del desarrollo femenino en Chile. Con 95, 64, 38 y 2 años de edad, cada una representa la vida, inserción laboral y maternidad de su generación. Doña Leonor, es la mujer del Chile agrario y latifundista, donde las niñas apenas podían salirse del alero de una sociedad patriarcal, que les fijaba como destino el matrimonio o la religiosidad. Ni hablar de tener derecho a voto.

-En mi época había pocas mujeres que estudiaban carreras como leyes y otras se dedicaban a la costura, pero la perspectiva de todas era llegar a casarse bien. Era como el fin, el destino de toda mujer -recuerda, la otrora joven criada en una casa patronal de Santa Cruz-. Y mi papá, que era profesional, era profesor y abogado, encontraba que la universidad no era el ambiente conveniente para mí... Es que antes la gente era muy pacata, tenía miedo de que una niñita viera cosas que no debía o se juntara con gente que no correspondía.

El severo mandato paterno pudo haber llegado a su fin con la muerte de Manuel Oyarzún Lorca, Síndico de Quiebras en esa época. Pero la ambición profesional no era la meta para una mujer.

-Si bien no fui a la universidad, estudié inglés, estudié francés, estudié costura, hacía gimnasia, y ayudé mucho en mi casa. Ayudé porque mi papá murió cuando yo tenía 18 años, y entonces mi mamá quedó con seis hijas todas mujeres y yo era la mayor... ¡Mi hermana menor tenía cinco años! Entonces, mi mamá entró en una profunda depresión, y a mí me tocó apechugar.

-Mi mamá era la mayor de sus hermanas, y la única que va quedando -destaca Mariana.

En la bonanza del Chile de los años 30, doña Leonor no necesitó emplearse para salir adelante; en esa época las mujeres representaban apenas el 10% de la fuerza laboral. Las rentas de las propiedades, del campo, la ayuda de los familiares generosos y emparentados con linaje presidencial -una tía fue casada con un Ibáñez del Campo- bastaron para que ella tomara en sus manos la administración del hogar.

Ese inusual carácter de mujer autónoma en un medio tradicional, fue el que atrajo a Patricio Aylwin Azócar, un promisorio político que se enamoró de una veinteañera Leonor. Se casaron en 1948 y Mariana nació al año, luego vinieron cuatro hermanos. Justo la prole de 5 hijos, registrada en esa época como la tasa promedio de fecundidad por mujer.

-Criar hijos en esa época era muy bonito -dice doña Leonor y comienza a apuntar con su mano delgada, y largos dedos, hacia la entrada del hogar familiar-. Yo tuve mucha ayuda, teníamos una situación estable, con tres nanas, pero recuerdo que los niños llegaban a la casa tiraban los bolsones y al tiro gritaban "¿está la mamá?".

-Eso es lo primero que uno se acuerda, que siempre estaba la mamá -dice Mariana para confirmar.

-Yo aprendí a coser, les hacía los vestiditos, los overoles para el colegio -sigue doña Leonor, reconstruyendo con sus recuerdos el camino hacia la independencia económica de una mujer que recién en 1953 votó por primera vez en una elección presidencial.

-Mi mamá hacía unos vestidos preciosos, y después en el gobierno de Frei-Montalva empezó a trabajar en Cema enseñando a coser -complementa su hija-. Era una acción social, iban las mujeres y les enseñaban a otras a cortar, a coser...

-Es que la mujer de pueblo estaba muy, muy abandonada en ese tiempos -se lamenta Leonor-. Ellas se juntaban en estos centros, que organizó la Maruja (María Ruiz-Tagle de Frei), llegaban con estos delantalcitos y apenas sabían sacar las cuentas, porque les vendíamos algunas cosas que ellas hacían... Eran de una modestia, pero tan cariñosas.

Hacia fines de la década del 60, la fuerza laboral femenina llegaba al 25%, y prometía seguir en ascenso. Lo mismo pasaba al interior de la familia Aylwin Oyarzún. Con la entrada a la universidad de su hija mayor, doña Leonor también se quiso perfeccionar, y entró a estudiar orientación familiar. Ahí conoció de cerca el proceso de evolución de la mujer.

-Trabajé 20 años en orientación familiar. Con un grupo de orientadoras que nos recibimos juntas y nos hicimos bien amigas, hicimos los primeros grupos de desarrollo con mujeres -recuerda-. No eran mujeres enfermas sino que, en ese tiempo, la gente de la burguesía se ahogaba en un dedal de agua. Sus problemas eran de comunicación, de expectativas, de peleas con los hijos... Mujeres que no sabían cómo aceptar cosas de la vida. Entonces, ellas vaciaban sus problemas y nosotros las dejábamos que buscaran sus caminos.

Los caminos que se abrían a las mujeres por esa época eran los de la profesionalización, los de la entrada al mundo laboral. Y eso, claramente chocaba con el rol tradicional. Las más jóvenes, como Mariana Aylwin, comenzaban a cambiar la sociedad a costa de varias cuotas de sacrificio personal.

-Al igual que mi mamá, yo siempre supe que me iba a casar, pero también tenía claro que iba a estudiar, que iba a ser profesional -recuerda-. Los que éramos jóvenes a fines de los 60, en los 70, hemos sido una generación de transición bien fuerte. Creo que en general toda mi generación pensaba en casarse, a excepción quizás de los primeros hippies, los que se fueron con Silo, que fueron los que rompieron más los esquemas. Pero uno no rompió los esquemas, uno cambió el que existía pero agregando una pega más. Dijimos: 'Vamos a formar una familia, pero además vamos a ser profesionales'. Y creo que hemos vivido muy tensionadas por eso.

Mariana Aylwin se casó en 1972 con el historiador Carlos Bascuñán, a los 23 años, mientras estudiaba pedagogía en Historia, y fue madre un año después. Carlos, su hijo mayor, fue seguido de Paz, y seis años después llegaron dos hijas más. En esa época, y con la píldora de anticoncepción en pleno régimen, las familias se podían planificar. La tasa de fecundidad femenina era de 3,68 hijos por mujer.

-Antes nadie planificaba, los hijos llegaban altiro -recuerda doña Leonor-. Una estaba criada en la escuela de que había que recibir a los hijos que Dios mandara. Y yo siempre he sido una católica muy observante.

-Mi generación, en cambio, trataba de criar a los hijos mientras se hacía una vida profesional, no sé cómo, en realidad -exclama Mariana-. O sea, yo veo a la Paz, que tiene una vida profesional intensa, que hizo muchas cosas antes de casarse que uno no pudo hacer o que las ha ido haciendo de a poco, con harto esfuerzo detrás.

-Es que en mi caso y en el de mis amigas, siempre estuvo la idea de la maternidad, pero como una posibilidad -le explica su hija Paz-. No todas mis amigas piensan ser madre, hay otras posibilidades, y es muy legítimo que sea así. Ya no hay estigma si es que no eres mamá.

Paz Bascuñán Aylwin, de 38 años, criada en un mundo donde la mujer representa casi el 50% de la fuerza trabajadora y el 40% de las jefaturas de hogar, siempre tuvo claro que sería profesional.

-Formar familia hoy tiene que ver con "hacerse el tiempo para" -sentencia Paz-. Como que uno en un minuto de su vida, en medio de todo lo que se quiere hacer, se da el tiempo para formar pareja o ser mamá. Antes uno quiere realizarse profesionalmente, viajar por el mundo.

-Antes uno viajaba entre Santiago y el fundo de una amiga en Pichilemu donde llegaban los pololos -recuerda doña Leonor-. Ahí llegaba Patricio, a unas fiestecitas que empezaban a las 7 de la tarde y se acababan a las 10.

-O sea, una vida súper movida -bromea Paz-. En la época de la Ita era esperar a que 'ojalá me toque un hombre bueno'. Y eso ha cambiado demasiado hoy. Y en la época mía es 'a ver, voy a esperar, y cuando quiera busco lo que es mejor para mí. Y si no encuentro, bueno, chao, sigo sola no más'.

-Siento que en la generación de la Paz -interviene Mariana-, se da más el hecho de que se juntan dos proyectos de vida ya armados, y empiezan a caminar juntos. En cambio, uno se casó con una persona y empezó a armar su proyecto junto a él. Entonces, claro, puede haber sido más difícil porque implicaba tener que ir conciliando con el otro todo el tiempo. Uno se casaba a los 23 años, a la aventura no más. Hoy día la gente lo piensa y dice 'este sí, este no', 'me calza o no me calza con la vida que quiero llevar'... Nosotros nos enamorábamos y nos casábamos no más.

Justo ese cambio de mentalidad fue el que Paz llevó exitosamente a la TV con su rol en "Soltera otra vez". Ahí encarnó a Cristina, una mujer de treintitantos que busca marido utilizando el método de ensayo y error. Pero para que ese personaje pudiera existir, para que lo encarnara la nieta de una mujer que no fue a la universidad por tradición, tuvo que pasar casi un siglo de evolución social.

En lo familiar, para que Paz llegara a su total realización profesional, no solo tuvo que ver a su madre abrirse camino en el mundo laboral a costa de alguna ausencia maternal. Antes de eso su propia abuela Leonor tuvo que hacer su propia renuncia: dejó la asistencia social cuando don Patricio Aylwin se lanzó en campaña presidencial.

-Entonces el país estaba muy dividido, sobre todo entre las señoras de la burguesía -recuerda Leonor sobre el fin de los 80-. Yo no quise ser foco de conflicto para Patricio, y además lo tenía que ayudar ¿no? Tampoco es que haya tenido una parte muy destacada (como futura Primera Dama), porque me cargaban las entrevistas, para empezar, pero bueno, tenía que recibir gente, vestirme bien y ser amable.

Don Patricio carraspea, como queriendo bromear, mientras escucha atento a su esposa.

-Claro que era amable, ¿cómo que no? -dice, seria, doña Leonor.

La sombra del magnolio, buganvilias y azaleas cierra la tarde en el jardín. Al interior, los gruesos pantalones de cashmir de doña Leonor confirman que la caldera necesita reparación. Y es entonces cuando, con el avance de la tarde y del frío, la dueña de casa decreta que es hora de pasar al comedor.

***

Son pasadas las 6 de la tarde y la matriarca de la familia decide los puestos que cada uno tendrá en torno a la mesa. Ella en la cabecera y don Patricio Aylwin al costado izquierdo. Mariana se sienta junto a él, y al frente Paz se afana con una doble ración de kuchen de nuez. Algunos toman té; otros, jugo natural. La escena parece un rito habitual. El centro de atención, eso sí, no es la conversación: es la pequeña Leonor -delicada y de pelo claro-, un retrato cercano a como su bisabuela dice que alguna vez ella misma fue.

-La ita cuenta que cuando chica le decían "canarita" porque era rubia como mi hija Leonor-informa Paz, con el escepticismo propio de una mujer castaña, hija de otra igual.

La niña, de dos años, es la segunda hija de la actriz con el cineasta español Miguel Asensio. Según Paz, que se casó a los 33 años, y fue madre casi un año después -de Teo, de 4 años-, la pequeña será la última hija que tendrá. Y no sólo porque la tasa de fecundidad llegue a 1,8 en la actualidad.

-Mi tipo de mamá no da para más de dos hijos -lanza Paz, y en el otro costado de la mesa don Patricio suelta una carcajada, celebrando la determinación de su nieta.

Le pregunto cuál es ese tipo, y ella comienza a enumerar:

-A mí me gusta estar con mis hijos, me encanta estar con ellos, me encanta estar en las cosas de ellos, me gusta ir a dejarlos y a buscarlos al colegio. Me gusta que si hay un cumpleaños del colegio no se lo pierdan, me gusta que si van las otras mamás del colegio yo también poder ir...

Y antes de que termine, un grito se ahoga detrás de la servilleta de su mamá:

-¡Ayy pobrecita... pero qué mal lo pasó! -dice Mariana, reaccionando con culpa a un listado que le suena a recriminación-. Es cierto que no he sido una persona que haya sido especialmente maternal. Digamos que siempre hice una vida profesional... -se calla y mira a su madre, buscando que finalice la oración.

-Intensa, muy intensa -le ayuda doña Leonor.

-O sea, yo soy trabajólica, eso es innato -reafirma la ex ministra de Educación que tuvo que lidiar con los estereotipos de género desde su sillón ministerial, sacando cuanta ilustración de mujer planchando se veía en un texto escolar-. De verdad no sé cómo me las arreglé con cuatro hijos... Aunque sí, si sé. Mira, primero tuvimos dos, pasaron varios años y encontré que dos era muy poco. Decidimos tener un tercero y después dijimos tengamos otro. Y en mi experiencia fue bueno, porque al tener de dos en dos se acompañan entre ellos. Porque yo veía a mi hermana que tenía uno y tenía que llevarlo a la plaza siempre... En esa parte yo era más práctica teniendo más niños.

-Y nadie con más sentido práctico que mi mamá -le concede Paz-.

-O sea, era tanto mi sentimiento de culpa que apenas dejé de ser ministra fui a una reunión de apoderados y me ofrecía a ser delegada de curso... ¡me inmolé! Y las niñitas se querían morir- dice riendo la mayor de las Aylwin.

-Yo, en cambio, siento que soy súper apegada -retoma Paz-. Como que antes había una manera de criar que era mucho menos aprensiva

-Yo crié a mis hijos sin leer ni un libro, y hoy como que uno no se atreve a quedarse con los nietos -exagera Mariana-. Yo digo si uno los crió a pata pelá y no se resfriaban, ahora parece que se resfrían de nada... Están como demasiado cuidados. De verdad te da miedo.

Las carcajadas de don Patricio brotan en cada pausa de la conversación. La pequeña Leonor, cómplice, se une a las risas del Tata, mientras las mujeres del clan siguen con la comparación.

-En mis tiempos, en el campo hacíamos torres de barro; y en la playa, torres de arena -recuerda doña Leonor-. Nos bañábamos siempre en el canal que corría en el campo, ahí en Santa Cruz. Perdíamos las toallas y nos quedábamos mojados no más.

-Y hoy -compara Mariana- hay que estar preocupados de si el agua de la piscina está limpia, que si el filtro funciona, que hay que secarles el pelo apenas salen, que hay que cambiarles el traje de baño tres veces...

-Bueno sí -cierra Paz-, reconozco que soy súper paranoica con que los niños se enfermen. ¿Por qué? No sé, no tengo idea por qué.

-Porque ahora tienen hijos muy viejas -lanza Mariana, y ya no hay carcajadas, sino un silencio total.

Le pregunto a Mariana si le hubiera gustado ser abuela antes, y asegura que no. Precisa que solo le sorprende que sus hijas, o todas las mujeres de esta generación, vivan tan pendientes de la crianza, un proceso que para ella fue tan natural como una tarde de campo:

-Nosotros también veraneábamos en el campo, por Santa Bárbara, y nos perdíamos tardes enteras a caballo, galopábamos por horas -recuerda-. Muchas veces mi mamá ni sabía dónde estábamos... O sea, uno se podría haber llegado a morir.

-Lo mismo viví yo -dice doña Leonor.

-Quizás es la diferencia -concluye Paz, mirando a la pequeña Leonor-. Quizás la irresponsabilidad, entrecomillas, al tener hijos jóvenes hace que les dé lo mismo si los hijos salen chicos a galopar... En cambio, yo, que me casé a los 33, que ya me saqué la cresta a caballo más de una vez, no quiero que mis hijos lo vivan así. No me parece sensato no más. ¿Te parece que es aprensivo pensar así? -pregunta, mirando a su mamá.

Y doña Leonor, responde para zanjar, mientras Paz y Mariana discuten en paralelo sobre hermanas y primas con mayor grado de aprensividad:

-La Mariana es lo más buena abuela que hay. Fantástica, yo encuentro que ha sido súper generosa con sus hijas para que puedan salir y tener libertad. Se queda con los nietos, y al mismo tiempo está escribiendo, trabajando, pensando... O sea, son dos partes que se complementan sin problema. Ideal.

Al final de la tarde, les pregunto cómo se imaginan la vida de la pequeña Leonor en unos años más. Y, sin un diagnóstico claro, todas coinciden en que será mucho mejor. Todas destacan que tener una mujer Presidenta, siempre acompañada por su madre, es un signo del poder femenino que les gustaría ver a Leonor disfrutar. Don Patricio asiente, y las deja con su conversación.

"Yo siento que soy súper apegada a mis hijos. antes había una manera de criar que era mucho menos aprensiva". dice Paz Bascuñán.

Doña Leonor sobre sus años como orientadora familiar: "Las mujeres de la burguesía se ahogaban en un dedal de agua".

"Uno se casaba a los 23 años, a la aventura no más. Hoy día la gente lo piensa, dice 'este sí, este no'", Dice MAriana AYlwin.

 


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<p>Las cuatro generaciones en el jardín de la familia Aylwin Oyarzún: doña Leonor, Mariana, Paz y la pequeña Leonor.</p><p>MAQUILLAJE Y PELO: MELANIE TETZNER Y MARÍA JOSÉ SOBARZO.</p><p>AQUÍ Y EN PORTADA: PAZ: VESTIDO BCBG EN MACARENA RIVERA. ZAPATOS ALDO. MARIANA: VESTIDO LIOLA. ZAPATOS ALDO. LEONOR: BLUSA KARYN COO. FALDA MNG KIDS.</p>

Las cuatro generaciones en el jardín de la familia Aylwin Oyarzún: doña Leonor, Mariana, Paz y la pequeña Leonor.

MAQUILLAJE Y PELO: MELANIE TETZNER Y MARÍA JOSÉ SOBARZO.

AQUÍ Y EN PORTADA: PAZ: VESTIDO BCBG EN MACARENA RIVERA. ZAPATOS ALDO. MARIANA: VESTIDO LIOLA. ZAPATOS ALDO. LEONOR: BLUSA KARYN COO. FALDA MNG KIDS.




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