REVISTA YA

Martes 6 de Noviembre de 2012

 
El dilema de las besis

Por Josefina Licitra El dilema de las "Besis"

Estoy juntando fuerzas: dentro de unos minutos tendré que "hacer puerta". Ese es el término que usan algunas madres de la escuela de mi hijo para referirse al acto de esperar a las criaturas fuera del colegio. "Hacer puerta" es, justamente, una actividad artesanal, algo que se "hace"; una gimnasia que consiste en aguardar a que tu prole salga de estudiar, pero que encuentra su verdadera esencia en un objetivo aún más importante: aceitar lazos sociales, criticar a las maestras y organizarse en torno a dudas sobre regalos, cumpleaños, mascotas, en fin: dudas sobre lo que sea; siempre hay algo pendiente entre las madres que hacen puerta.

Por eso las miro y me canso. O todavía más: me canso antes de verlas. Pero a la vez siento que mi niño se alegra cuando lo busco y por eso junto ánimos y cada tanto hago puerta como quien tiende la nuca en un altar sacrificial. En algunos casos tengo suerte y en la entrada veo una madre amiga (con la que comparto fobias escolares, entre ellas la de hacer puerta), pero en general la situación es otra: están las mamás de siempre y con las de siempre -este es mi problema- no sé de qué hablar o mejor dicho: sostengo charlas que no duran más de unos segundos.

-¿Estás juntando para el cumpleaños de Fabricio? -pregunto, por ejemplo.

-Sí, son treinta pesos -me responde la mamá.

Pago. Fin del diálogo. Las dos nos miramos con cara de "y esto cómo sigue", hasta que la mamá recaudadora encuentra alguna excusa para hablar con otra mamá más dada a hacer puerta. Eso alguna vez me angustió. Alguna vez pensé que la integración de mi criatura (la posibilidad de que lo invitaran a jugar a la casa de un amigo, por ejemplo) dependía de mi inserción social en el universo de las madres. Menudo problema, pensé. Sobre todo porque me conozco. Hasta que pasado un tiempo noté que mi niño era capaz de armar sus propios lazos -él es muy simpático, salió a mi marido- sin que yo lo apuntalara desde alguna periferia. En cualquier caso, para ese entonces ya era tarde: la obligación de alternar con las madres se había instalado como una rutina compulsiva a la que yo debía acceder cada vez que intentara buscar a mi cría.

Mi amigo Tomás, padre separado que también se ve obligado -eventualmente- a hacer puerta, les puso un nombre a las mujeres habituadas a charlar en el portal: las llamó "Besis", un nombre que remite al modo singular con el que algunas madres se despiden en las cadenas de mails. A falta de besos, que para ellas no han de ser lo suficientemente melindrosos, las Besis dicen "chau, besis" y con esa palabra encarnan un modo de ver el mundo tan amable que se me hace extraterrestre.

Hay, pensamos con Tomás, varios tipos de Besi del modo que hay varios tipos de Barbie: entre otras está la Besi Deportista (siempre en joggineta y zapatillas); está la Besi Reina (¿La calle está colapsada y no hay espacio para estacionar? ¡No importa! Ella aparca el auto en triple fila y despide a su niño como si se fuera a Harvard); está la Besi Perezosa (no trabaja pero igual todo la cansa); está la Besi Obrera (siempre está dispuesta a todo y mira con recelo a la Besi Perezosa); y está la Besi Blackberry, que no puede parar de mandar mails.

¿Dije mails? Oh, sí. Las cadenas de mails son la prolongación online del mentado "hacer puerta". Si la política es la guerra por otros medios, internet es la puerta de la escuela también por otros medios. Las mamás de mi clase han hecho de la red una forma infinita de prolongar las charlas en la calle. ¿Hay que comprar libro nuevo? 37 mails. ¿Es el día del maestro? 47 mails. Incluso tengo una cadena titulada "Buen día" con diecisiete mails adentro.

Lo bueno de estos intercambios, eso sí, es que por mail todo me sale mejor. Vivo de escribir: soy capaz de fabricar una respuesta afable de la misma forma en la que un mago saca su conejo del sombrero. Pero en persona es distinto: no sé fabricar nada, no sé de qué hablar, no sé cuál es la palabra correcta. Así que ahora, a dos cuadras del colegio de mi hijo entro en algo parecido a la famosa crisis de la página en blanco: no tengo tema y me angustio. Pero no puedo volver. Ya crucé la vía de tren; ya puedo ver, de lejos, el grupo de mujeres que toma la puerta y se mueve en murmullos. A medida que avanzo busco con urgencia alguna Besi Fóbica -de ellas soy amiga- y entonces diviso, sí, a Paula: hoy debe tener franco. Está detrás de un árbol mirando su télefono móvil.

-Ey -le digo por lo bajo- ¿Qué hacés acá?

-Estoy esperando -susurra Paula-. ¿Ya salieron?

Le digo que están saliendo. Le digo que tenemos que hacer puerta de inmediato. Entonces Paula enfunda el celular, me mira y dice "vamos" como si fuéramos Neo y Trinity antes de la balacera en el edificio de Matrix. Somos rematadamente exageradas, pero qué más da: hay estupideces peores. Así que vamos juntas a la entrada, abrazamos a nuestros hijos, pedimos un tiernísimo permiso entre las Besis y -como si hubiera que salvarse de algo, probablemente de nosotras mismas- huimos a toda velocidad.

Un amigo llamó "Besis" a las madres que esperan a sus hijos en la puerta del colegio. un nombre que remite al modo con el que algunas de ellas se despiden en las cadenas de mails. A falta de besos, que para ellas no son lo suficientemente melindrosos, las Besis dicen "chau, besis" y con esa palabra encarnan un modo de ver el mundo tan amable que se me hace extraterrestre.

 


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