VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 14 de Agosto de 2004

Jorge Elton Álamos
El don del encantamiento

Hace casi dos meses murió Jorge Elton, alguien que trabajó sin buscar reconocimiento.
Texto, Soledad Salgado S.

En la vida hay personas y personajes. Jorge Elton Álamos fue de estos últimos. El caminar erguido, la chaqueta de corte perfecto, el pañuelo al cuello y los modales finos mostraban a un caballero de estilo muy británico, pero con una alegría de vivir que hacía olvidar aquello de la flema inglesa. Era uno de esos hombres que al verlo acercarse ya provocaba una sonrisa. Elton era un optimista que heredó de su madre una curiosa necesidad de hacer a un lado los problemas. Para él no existían; eran de muy mal gusto.

Esa característica, casi un tic, lo hizo reírse de sí mismo hasta el final. Mientras una enfermera lo tomaba por el brazo para aliviar un Parkinson que lo consumía, pedía caminar solo: "Déjenme, si lo que debo hacer es mantener la vertical, nada más", recuerda su amigo Enrique Browne.

A pocos días de su funeral, me encuentro con uno de sus seis hijos, Federico, también arquitecto, a quien le entusiasma la idea de hablar de su padre. Hace frío en Santiago y entre su abrigo azul que envuelve una figura imponente, se asoma un sobre bajo el brazo. Mientras habla, adivino en el hijo los gestos del padre, una risa fuerte y contagiosa, un natural aceleramiento al hablar de arquitectura, y a la vez imagino qué hay en el sobre: son fotos antiguas. En una se ve al Gringo Elton, como le llamaban, vital y buenmozo, como un galán de fotonovelas, con una sonrisa a medias que seguramente conquistó a muchas mujeres. Otra muestra al abuelo Elton, contento, bastón en mano, bonachón. Hay también una muy especial, junto a su amigo-cliente-hermano Guillermo Pollak, en medio del lago Villarica, para quien hizo el Hotel Antumalal en los años 50. Una de las mejores obras modernistas del país, según el arquitecto Germán del Sol.

El nacimiento de un hito

Cuando los Pollak llegaron a Chile arrancando de Checoslovaquia por la Segunda Guerra Mundial, se asentaron en Pucón con la idea de vivir en medio de la naturaleza y dar origen a un pequeño negocio hotelero. Compraron un terreno a "precio de huevo", por su condición escarpada y casi inviable. Necesitaban a alguien con la suficiente visión y atrevimiento para construir ahí. Los Pollak recorrieron las costas de la V Región y no tuvieron dudas. Las casas de un joven llamado Jorge Elton ­trabajadas a orilla de mar, de líneas sencillas, austeras, casi japonesas, y con materiales como piedra, barro y madera­ eran la respuesta a lo que buscaban. Elton fue el elegido.

El arquitecto diseñó in situ, luego de varias idas y venidas, una de sus obras más queridas, junto a su socio Miguel Eyquem. El Hotel Antumalal nació montado sobre el cerro, más bien embutido en la roca, haciendo el quite a añosos árboles que "Billik" (como le decía a Guillermo Pollak, dando a su nombre un tono más musical) pidió conservar. Elton parió un lugar de cuento, de esos con que sueñas cuando estás cansado y harto de vivir en la ciudad, y con un encanto tal, que fue sitio de paso para la reina Isabel en su visita a Chile a fines de los 60 y una segunda casa para él durante toda su vida. "Se sentía como en familia: lo veo sentado en el piso con papel y lápiz diseñando la piscina... siento su risa fuerte, su entusiasmo y esa frase que repetía cuando algo le gustaba: ¡Fantástico, macanudo!", recuerda la hija de los Pollak, Rony.

Hoy, Guillermo Pollak está muy enfermo y aunque me empeñara en averiguar secretas conversaciones o alguna sabrosa anécdota que hayan vivido juntos, no podría. "Billik" no sabe que Jorge Elton ha muerto. Tampoco él hubiese querido darle una pena. La vida debía vivirse sin problemas, sin dolor.

Una pequeña casa = un gran palacio

El día del funeral, la Iglesia Sagrada Familia, de la calle Los Misioneros de Providencia, a la que asistía regularmente a misa, estaba llena. Casi como para entibiar el ambiente invernal. Y no eran sólo parientes y viejos camaradas, sino también estudiantes de arquitectura. Seguramente amigos de sus siete nietos que siguieron la profesión, atraídos por la figura del abuelo.

El joven sacerdote que presidía la ceremonia se veía conmovido. Hace unos días le había dado la Extremaunción. Verónica, una de las Elton, había llegado de Estados Unidos por tercera vez a despedir a su padre; las veces anteriores él había resistido el paso de los años. Vinieron las palabras. Un poema del hijo mayor cuando el patriarca cumplió 50 años de profesión. Un escrito de una de sus nueras y sus nietas. Luego, los recuerdos divertidos de Verónica, como las idas a la bomba de bencina de la Costanera, donde se peleaban por atenderlo, porque inmediatamente empezaba la "chacota", provocaron en los asistentes algo especial. Esa extraña sensación de no saber si reírse o llorar de la emoción. En cambio, el aplauso fue espontáneo, largo, era el Gringo Elton de pies a cabeza.

Durante el entierro, Cristián Fernández Cox, arquitecto y Premio Nacional de Arquitectura, se acercó a Federico y le comentó: "Una vez vi a tu padre trabajando y pensé: si los arquitectos son así, entonces yo quiero ser arquitecto". Federico sabe muy bien a qué se refería. Tuvo la suerte de ser dibujante en la oficina de su padre. Más bien tuvo el placer, según deduzco por la fuerza de sus palabras.

En el taller se trabajaba duro, y cada obra recibía toda la atención de Elton. Así fuera una casa para un ferroviario o una construcción mayor. Podía estar semanas dándole vueltas a una vivienda de 80 m2, prefabricada, buscando el mayor confort, o llegar al terreno y redibujarla entera porque no estaba conforme. En ese sentido, Miguel Eyquem reconoce la maestría de Elton: "Tenía una plástica muy fina, como de un mueblista, preocupado siempre de los detalles, muchas veces hacía de constructor y armador". En algunas oportunidades él mismo llevaba los paneles y palos en una camioneta, y otras tantas más se embarcó arriba de un buque a los lugares más insólitos de Chile, transportando consigo las casas para armar. Debe ser el profesional que más kilómetros recorrió siguiendo una obra.

Conoció la prefabricación en el año 48. El empresario Joaquín Gandarillas tenía la idea de introducir la industrialización en la construcción nacional, a través de un material llamado isolita, que daba origen a paneles de hormigón livianos. A Elton le pareció una solución inteligente y económica para construir viviendas. En poco tiempo estaría abocado 100% a desarrollar casas que, si bien eran prefabricadas, tenían distintas soluciones espaciales. Poblaciones enteras a lo largo del país tienen estampada su mano.

El arquitecto Víctor Gubbins, que alguna vez lo quiso postular al Premio Nacional de Arquitectura, comenta: "Las casas tenían ese rostro Elton, eran tremendamente sencillas, con rememoranza japonesa en la modulación de la arquitectura, algo de estilo inglés en los pilares que enmarcan los paneles, puertas batientes o correderas, cerchas a la vista, algunas con patios interiores, y con ventanas amplias para apreciar el exterior". Enrique Browne continúa: "Tenían un ambiente muy acogedor, dado por la conexión con el verde, la luz controlada y la presencia de la madera". Elton tenía el don del encantamiento, podía transformar una pequeña casa en un palacio.

En Cachagua también dejó su sello. Sus casas prefabricadas poblaron el balneario en los 50 y luego, en su labor de director de obras de la Municipalidad de Zapallar, impuso la moda de los techos de coirón, buscando generar unidad con el paisaje. Convencía a las señoras de que la lluvia se llevaría las arañas que ese material podía anidar, o simplemente insinuaba, con su natural alegría, que si el proyecto no contemplaba techo de coirón, probablemente la carpeta se perdería.

Federico Elton recuerda que cuando era un niño vivían en la calle Londres con sus abuelos, en una casa de cinco pisos que incluso tenía ascensor. "Mi padre decía que todo era maravilloso, excepto el tener que prender la lámpara de lágrimas para almorzar". Para él la arquitectura moderna debía tener una relación directa con la luz natural, el espacio debía ser transparente. Cuando se cambiaron a Pedro de Valdivia Norte, Elton armó una casa a su medida. Con unos ventanales de dos metros traídos de Bélgica, y, por supuesto, con un techo de coirón que los curiosos se plantaban a mirar desde la calle. "Los más atrevidos tocaban el timbre, querían entrar a ver esta cosa tan rara, esta arquitectura revolucionaria". Elton intentaba demostrar que todos podían ser felices en este país, sin pretensiones, básicamente relacionándose con el jardín.

No es raro que su labor nunca haya sido premiada o mayormente difundida cuando estaba vivo. Elton cultivaba el bajo perfil y la egolatría le era ajena, en una profesión donde esa palabra se repite como un eco. Si alguien hablaba bien de él en su presencia, se incomodaba, como cuando el profesor alaba al alumno frente a toda la clase. Prefería la discreción, y ni siquiera guardaba un registro ordenado de sus obras. Incluso cuando debió ponerle nombre a la empresa de viviendas prefabricadas que creó, fue y le pidió sugerencias a sus hijos. "Pero, papá, es obvio, Casas Elton". A él no se le habría ocurrido.

- El verdadero premio para un arquitecto como él era sólo escuchar "aquí te traigo una obra para que te encargues de ella"- , dice su antiguo socio Miguel Eyquem. El Antumalal, por ejemplo, más que un premio fue un regalo.

Federico acaba de recibir, hace pocos días, una distinción póstuma del Colegio de Arquitectos dirigida a su padre. El reconocimiento llegó tarde, pero llegó.

Conectado al exterior

Elton habría cumplido noventa este año. Hijo de inmigrantes ingleses, dedicados a la importación de telas, pasó su infancia entre los buques porteños y Viña del Mar. Su estadía en la V Región le dejó como saldo un amor al mar que lo llevó a ser un entusiasta navegante a bordo del yate Manutara, y una sensibilidad especial frente a la naturaleza. Oscar Aitken, presidente honorario del Club de Yates de Higuerillas, obra que Elton diseñó en los 80, fue a visitarlo en uno de sus períodos críticos de salud hace unos años. "La enfermera me comentó que estaba en sus últimos minutos y que quizás no me reconocería. Cuando me acerqué y le comenté que venía en representación del Club, Elton abrió los ojos, sonrió y me dijo: 'Recuerden que los pilares pueden sufrir socavamientos'. Fue muy emocionante". Elton prácticamente revivió con esa visita.

Se casó con Teresa Aguirre y tuvo seis hijos, a quienes siempre les transmitió el respeto a la naturaleza. Una de sus hijas, Carolina, es paisajista gracias a él. Con ellos recorrió cuanto parque nacional existe en Chile, organizaba picnics y pescaba él mismo los mariscos que comerían mientras estaban de paseo en la playa.

En Cachagua se construyó "La Pajarera". En esa casa de barro que levantó sobre delgados pilotes, recubierta con chagual y con una vista vertiginosa del
océano, pasó largas temporadas contemplando el paisaje y también diseñando.

Era tanto su interés por la naturaleza, que llegó a ser Director del Club de Jardines, y junto a su amigo, el pintor Nemesio Antúnez, en la década de los 70, llevó la exposición anual de flores al Museo Nacional de Bellas Artes. Fue la primera y última vez que las plantas ocuparon el más importante lugar del arte en el país.

El deporte era otra de sus pasiones. Miguel Eyquem se acuerda que ese entusiasmo por el entorno y la naturaleza dio a Elton suficiente atrevimiento para aprender a andar en planeador. Quería volar como un pájaro. Contemplar desde arriba. Alberto Cruz, amigo y antiguo socio, lo recuerda mirando por la ventana de la Universidad Católica, tratando de adivinar si la nieve estaría buena o no para subir a esquiar. Fue justamente con él, mientras compartían una oficina en el séptimo piso de un céntrico edificio, con quien se aventuró a ubicar un parrón en la terraza. Una humorada que se mantenía por un artesanal riego por goteo, hecho por el propio Elton.

En su despedida, entre todas las flores, había un ramo muy especial. Eran 50 rosas blancas, enviadas por Alberto Cruz, quien no pudo llegar al funeral. Verónica Elton las repartió entre varios de los asistentes y una a una las lanzaron sobre el ataúd. Elton se fue lleno de flores, como él hubiese querido, y dejando en los asistentes la sensación de partida de un gran hombre, pero también de un gran arquitecto. Uno con A mayúscula.


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir
Elton tenía la inscripción número 40 del Colegio de Arquitectos. Eran pocos y se conocían entre sí. Su casa fue muchas veces lugar de reunión para destacados profesionales.
Elton tenía la inscripción número 40 del Colegio de Arquitectos. Eran pocos y se conocían entre sí. Su casa fue muchas veces lugar de reunión para destacados profesionales.


[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales