REVISTA DE LIBROS

Domingo 31 de Octubre de 2010

 
Óscar Castro cumple cien años

"El culto regional a este poeta ha ido creciendo", escribe Óscar Hahn, quien mañana leerá frente al sepulcro de Óscar Castro en el cementerio de Rancagua, tal como lo hizo hace más de cinco décadas.  
 A fines de 1954, con 16 años y recién llegado a Rancagua junto a mis padres y hermanos, traté de obtener alguna información acerca de la ciudad. Alguien dijo: "Aquí la gran figura es Bernardo O'Higgins, por supuesto. Pero hay otra persona que le sigue, y no de muy lejos. ¿Sabes quién es?". "Ni idea", contesté. "Oscar Castro", dijo mi interlocutor. Me pareció una exageración. Sin embargo, el tiempo terminó por darle la razón, porque el culto regional a este poeta ha ido creciendo, hasta alcanzar el nivel que tiene hoy día. Oscar Castro nació en Rancagua en 1910 y murió en Santiago el primero de noviembre de 1947.

Un día cayó en mis manos un delgado libro suyo de publicación póstuma, titulado Glosario gongorino (1948). Contenía 12 sonetos en los que Óscar Castro utilizaba un verso de Góngora para cerrar cada uno de sus propios sonetos. Pensé: cómo diablos va a escribir estrofas que lo conduzcan a terminar con palabras ajenas. Me preparé para un desastre. Pero nada. El autor construyó los poemas de una manera eficaz y los remató de forma impecable. Y es que Óscar Castro estaba tan bien dotado para la poesía llamada culta como para el romance campesino. De sus novelas, me conmovió La vida simplemente (1951). Es un relato nada borgiano, desde luego, pero los cuchilleros y el ambiente prostibulario del primer capítulo, y su tensión dramática, traen a mi mente el cuento "Hombre de la esquina rosada" de Jorge Luis Borges. Hay escenas de La vida simplemente que recuerdo hasta hoy día mismo, como si las hubiera vivido. Y en cierto modo las viví, porque muchas veces pasé por las calles descritas en la novela.

En el Liceo de Hombres de Rancagua trabajaba Isolda Pradel, viuda del poeta. Aunque yo era un simple estudiante, Isolda y yo nos hicimos amigos. Ella me mostró los manuscritos originales de su esposo y me estimuló a que perseverara en el oficio de escribir. También me puso en contacto con el grupo literario Los Inútiles. Ese era el nombre sarcástico que habían adoptado algunos escritores y artistas rancagüinos, para desafiar a una sociedad que creía que las artes y las letras eran menesteres de ociosos. Uno de esos "inútiles" había sido Óscar Castro.

En 1958, siendo alumno del Instituto Pedagógico, formamos con mis compañeros un grupo literario llamado "Yunque". En esos tiempos se realizaba anualmente, en distintas ciudades de Chile, un Congreso de Grupos Culturales, al que acudía gente de todo el país. Ese año le correspondió a Rancagua. Nosotros, jóvenes poetas de entre 18 y 20 años, decidimos participar. Asistían varios escritores importantes, ahora fallecidos, como Nicomedes Guzmán, Juvencio Valle y Ángel Cruchaga Santa María, que estaba acompañado de Albertina Azócar, una de las inspiradoras de los 20 poemas de amor de Pablo Neruda. Fue en esa ocasión cuando conocí a José Miguel Vicuña, cuyo estímulo sería primordial en mis inicios como poeta.

El Congreso culminó con una romería al cementerio. Mis compañeros me pidieron que los representara. Frente a la tumba de Óscar Castro leí el poema "Letanía para un poeta difunto". Unas semanas después, un periodista del semanario Vistazo, que había viajado especialmente a Rancagua para cubrir el Congreso, le dedicó un reportaje. Aludiendo a mi lectura durante la ceremonia escribió: "A la salida, todos estuvieron de acuerdo en que había nacido un nuevo poeta". Se producía así una curiosa coincidencia. Óscar Castro había nacido a la poesía con el "Responso a Federico García Lorca" que fue leído en un homenaje póstumo al poeta andaluz, y a mí me había sucedido algo semejante en un homenaje a Óscar Castro, autor de ese responso.

Mañana, primero de noviembre, estaré de nuevo en Rancagua, frente al sepulcro de Óscar Castro, para leer la misma elegía que leí en ese mismo lugar hace más de cinco décadas. No sé cómo me voy a sentir. A lo mejor me sucede como en esos cuentos fantásticos, en los que el protagonista vive muchas cosas durante mucho tiempo y de pronto descubre que nada de eso le pasó y que los años no han transcurrido. Son vanas fantasías, claro, con las que los seres humanos tratamos de exorcizar el paso del tiempo.

 


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir

Foto:Alfredo Cáceres


[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales