ARTES Y LETRAS

Domingo 2 de Octubre de 2005

Colectiva En el Museo Nacional de Bellas Artes:
Seis escultoras

Distintas corrientes volumétricas del país se reúnen en esta importante muestra que se exhibe en nuestro Museo Nacional de Bellas Artes.

WALDEMAR SOMMER

Vuelven a exponer juntas seis escultoras, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Aunque cinco de ellas pertenecen a la misma generación y la sexta recién sobrepasa los 40 años, todas representan bien distintas corrientes volumétricas de nuestro país. Así, la tradición abstracta rigurosa y no poco manida del siglo pasado, tiene en Cristina Pizarro una testigo fiel. Presenta cinco piezas en acero inoxidable, su material habitual. Por lo menos durante los primeros días de exhibición, éstas no siempre coincidían con la ficha que las identifica en el museo. Del grupo destaca la valentía y fluidez de "Alma de caracola" (2005). A través suyo se desarrolla un movimiento de curvas y de superficies, donde se oponen las convexas y las cóncavas. No falta cierta grandeza formal a su dinamismo. El resto de lo mostrado tiende a reiterar soluciones ya conocidas en la producción anterior de la artista.

El único y amplio aporte -"Inter-extra muros" (2005)- de Patricia del Canto opta por el acero al carbono y espejos. Ha construido, de esa manera, una especie de mueble laberinto, penetrable para el público. Grandes planos verticales conforman sus paredes, en las que puede sumarse la presencia corpórea del espectador y hasta multiplicarse en un juego de reflejos. Por más que la porción interna de este trabajo resulte la más interesante, ahí el pronunciado ángulo agudo que conforman los dos muros hace perder el efecto visual a los trozos de espejo en su seno.

También dentro de una línea más bien abstracta, Verónica Astaburuaga, con sus realizaciones recientes, nos propone una especie de plaza ritual. Al entrar en el espacio circular que define, cinco pedestales altos, protagónicos de madera pulida nos rodean. Remata a cada uno la masa metálica -aluminio, bronce, cobre- de signos con aire de emblemas de cementerio mapuche. Uno de ellos, redondo, obliga a recordar "Luna", de Lily Garafulic.

Pese a su relativo atributo espacial, este conjunto opera como unidades individuales y no como instalación.

Mucho más cercanas a la sugerencia de figura reconocible aparecen las otras tres expositoras del hall central del Bellas Artes. La figura humana es el personaje de dos de ellas. En cambio, a insinuaciones arquitectónicas, eso sí vinculadas al ser humano en su dimensión espiritual, nos conducen las tres obras de Aura Castro. Priman en sus contundentes construcciones de acero síntesis formales de una simplicidad monumental. Además, por más que creamos hallarnos frente a arquitecturas de tiempos legendarios, con sus respectivos espacios arquetípicos, estos volúmenes jamás pierden el esencial carácter escultórico. Por eso aquí conviene hablar mejor de altares, de adoratorios de un celebración religiosa ambigua. De ese modo, si en el hermoso "Espacio ceremonial" reina la quietud y el silencio, en "Petitorio", cuyos paralelos espacios acanalados pretenden conducir algo, creemos oír el ruido de las monedas cayendo en una alcancía para el culto. Por su parte, "Templete" y sus dos colores del metal aparece más figurativo, evocándonos una importante escala ritual.

Tres construcciones con tubos de acero cuadrados y rectangulares, más una plancha del mismo metal, permiten a Francisca Cerda entregarnos, al igual que en el caso de sus colegas, sus elaboraciones más recientes. Constituyen aquellas tres obras de masa profundamente calada, transparente, piernas o brazos humanos en pleno gesto expresivo. Lo mismo que sus compañeras, muy vinculado a su exposición de hace pocos meses atrás resulta el cuarto producto ahora mostrado. Pero se aparta de ellas. En efecto, se trata de una gran superficie plana, donde se ha abierto un portal, cuyo vacío adquiere la apariencia de silueta recortada, capaz de sugerirnos una pareja de enamorados.

Casi dos décadas menor que las otras cinco expositoras, Francisca Núñez se les opone por su neoexpresionismo poderoso y, especialmente, por la insolencia de sus materiales. Frágiles, perecibles -pedazos de lienzo pintado, objetos de desecho-, configuran éstos once obras flamantes y dos ya bien conocidas por el público. Una vez más, se hace admirar la imaginería personalísima y lo genuino del cromatismo aplicado.

Detengámonos en sólo cinco de estas nuevas esculturas. Así, de las tres cabezas retratos, capaces de conjugar figuración e informalismo, "Autorretrato" surge lleno de encanto, humor y... parecido con el modelo.

A continuación, "El bodegón", con sus diversas botellas envueltas, asombra por su irreverencia conceptual, mientras "La corona" constituye una interpretación fantasiosa e irónica del gran símbolo de poder. "Modelo de dibujo", entretanto, parte de cuerpos geométricos enloquecidos por las piezas desordenadas de un puzzle multicolor.

Para "La muñeka de mi nena" basta un tarro de aceite vacío y de cinco litros como recinto, que la mano de la autora convierte en elegante ámbito infantil.

Dentro de él reposa el más kitsch cuerpo de muñeca, cubierto enteramente por pedacitos de espejo.

Vuelven a exponer juntas seis escultoras: ubicadas desde la abstracción hasta la figura.


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Una de las obras de la muestra.
Una de las obras de la muestra.
Foto:MNBA


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