ARTES Y LETRAS

Domingo 14 de Noviembre de 2004

EXPOSICIONES. Museo de Artes Visuales y Galería Gabriela Mistral:
Materia espiritosa

Los aciertos de cinco instalaciones escultóricas en el MAVI y el vuelo de magnitud que emprende Mónica Bengoa en Gabriela Mistral.

WALDEMAR SOMMER

A la espiritualización de la materia aluden, en el Museo de Artes Visuales, las instalaciones escultóricas de cinco expositoras. El bien probado talento de ellas, esta vez, parece rendir mejores frutos a través de los trabajos de un más evidente contenido ecológico. Aquellos que manejan elementos recogidos directamente del entorno natural se enriquecen, así, al hablarnos de quietud protectora -Wynecken-, de inmensidades -Naranjo-, del inagotable dinamismo generador de la naturaleza virgen -Z. Ramírez-. Y esas dos primeras cualidades, ¡con qué simplicidad de medios resultan transfiguradas!

Tenemos, de ese modo, la circular construcción con adobes de Ana María Wynecken. Si por fuera el barro se vuelve soporte vertical de un texto en metal que, pudoroso, proclama su idea, dentro integra, con marcado peralte, un íntimo ámbito vegetal alrededor de aguas en cambio continuo. La regularidad del virtual devenir acuático y el silencio de la fronda umbrosa envuelven al espectador. Lo inducen a adoptar una actitud contemplativa, haciéndolo olvidar la ciudad tensa. Hasta pierde la conciencia del hecho de hallarse, en ese momento, en un museo, en una institución cultural de uso público.

En lo más profundo del museo, la tierra sobre el piso nos sugiere una planicie con despojos de desierto. Sobre ella, dos mínimas piedras superpuestas aparentan constituir el punto de arranque. En efecto, desde ahí eleva Elisa Naranjo, ingrávidas y en volumen creciente, seis metáforas tridimensionales de nubes. Preñadas éstas de luz, crecen de acuerdo a la mayor altura. Esta elevación abarca la totalidad de los pisos del museo y se adapta muy bien a su arquitectura, cuyo cromatismo se complementa con exquisitez a la obra entera. Pero, más allá de eso, la sensación de subida que aquí se logra pareciera transmitirnos el vínculo misterioso y la capacidad redentora existentes entre cielo y suelo.

Más compleja resulta ahora Mandala, la propuesta más reciente de Zinnia Ramírez. Desde luego su relación con el mundo reconocible adquiere connotaciones de ritual indígena. Un efecto mágico se desprende, así, de la ornamentación geométrica con signos precolombinos de sabor cabalístico, del eco lejano de una especie de plegaria permanente que lo acompaña, del ritmo reiterativo que establecen las intermitencias luminosas de su gran disco volumétrico. Lo conforman ingredientes naturales -ramaje, palos muy delgados, hojas- y papel de fibra vegetal. Si de un modo predominante tales materias y sus tintes ocres, terrosos, están dispuestos en el sentido radial de los rayos solares, del epicentro de esta especie de platillo volador estalla una bullente madeja de ramas empapada de claridad.

Obra plena de fuerza dinámica, posee un anverso todavía más hermoso que su extendida porción frontal. En esta zona adopta, por el contrario, una fisonomía mucho más identificable con la realidad habitual. Se trata de una monumental flor luminosa, henchida de luz. En cuanto a la ventana que resulta común, tanto para esta realización como para la de Naranjo, en el caso de esta última se complementa sin mayor problema. En el de Ramírez está por entero de más.

Menos cercanas a inquietudes ecológicas se muestran las otras dos artistas que hoy presenta el MAVI. Bonita emerge, sin duda, la contribución de Paula Rubio: un largo, angosto e irregular pasillo transparente. La sucesión de sus colores refinados, etéreos y bajo una iluminación cambiante, constituye su razón de ser. Para apreciarlo es indispensable penetrar en él y recorrer toda la extensión de esta estructura elemental. Barras de fierro sostienen el tejido protagónico. Muy fino éste, sus variaciones de suave coloración no ocultan el vínculo espacial de exterior e interior.

Cinco corazas de cerámica esmaltada se hallan suspendidas por finas cuerdas en el primer espacio que nos propone el museo. Cordones de cera de abeja seccionan las curvas superficies corporales, comunicando a esos remedos de cuerpo de mujer cierta apariencia de viscerales insectos. No pueden ser más que productos característicos de Norma Ramírez, que aquí componen una instalación unitaria. Pero las formas protagonistas definen, además, un hueco capital, capaz de proporcionar el más variado cobijo, y, al mismo tiempo, ser una proa que avanza desafiando el espacio por recorrer. Situación, además, posible de asociar con la eterna condición femenina.

Mónica Bengoa

En Galería Gabriela Mistral, Mónica Bengoa continúa su juego visual con la ambigüedad de la intimidad familiar diaria. De nuevo parte de la fotografía. Pero emprende vuelo con ella, ahora, hacia magnitudes, oposiciones e intermediarios genuinos. Por un lado, en efecto, reduce las imágenes cotidianas a dimensiones casi miniaturescas, a través del bordado y de su formato correspondiente. Por el otro, las convierte en un inmenso mural. Y muy bien se acondiciona al entorno este mosaico de pequeñas servilletas de papel pintado. La adherencia parcial de éstas al muro comunica al conjunto un dinamismo y una sensación de fragilidad peculiares. Más que en aportes anteriores suyos, la transfiguración del fundamento fotográfico se abre ahora a interesantísimas posibilidades.



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La circular construcción con adobes de Ana María Wynecken induce a adoptar una actitud contemplativa, haciendo olvidar la ciudad tensa. El texto en metal proclama, pudoroso, su idea.
La circular construcción con adobes de Ana María Wynecken induce a adoptar una actitud contemplativa, haciendo olvidar la ciudad tensa. El texto en metal proclama, pudoroso, su idea.
Foto:Museo De Artes Visuales


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