VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 12 de Septiembre de 2009

 
La reconstrucción de Pilar Ovalle

Cuando Pilar Ovalle se percató de que no estaba cómoda viviendo en una parte y trabajando en otra, buscó una casa donde pudiera mezclar el día a día con la escultura.
Mireya Díaz Soto Texto, Mireya Díaz Soto Producción, Paula Fernández T. Fotografías, Sebastián Sepúlveda V.

Esculturas de la artista se ven en distintos rincones de la casa. La simpleza reina en sus espacios.La casa donde Pilar vivió su primera infancia en Santiago estaba llena de obras de arte, de muebles de estilo, de buen gusto. Siendo todavía niña sus padres -anticuarios, amantes del arte- decidieron ir a vivir a Estados Unidos, con ella y sus otras tres hermanas. La llevaron a museos, conoció la obra de grandes artistas y eso le gustaba. Empezó a hacer manualidades y a pasar el día viviendo para dibujar. Hasta que la familia se separó y Pilar, de nueve años, estuvo de vuelta en Chile de un día para otro. Entonces todo pareció invertirse. Empezó a dibujar para volver a vivir. El arte pasó a ser un soporte sólido y reparador, herramienta para crecer.  Igual como cuando un subterráneo de hormigón sostiene a una casa.

Casi treinta años después, Pilar Ovalle ­-escultora cuyas obras se han expuesto en Chile, Brasil, Estados Unidos y Canadá, tres hijos, separada, menuda, cocinera esporádica, lectora, mermeladera de verano, intensa, enemiga del arte mediático, geométrica, emotiva, estudiosa, abstracta, ojos claros y pelo oscuro ondulado, acelerada, nariz respingada, conversadora, dueña de una cabeza que piensa mucho y que por eso le carga­-  tiene una casa rodeada de huertas, jacarandáes, magnolios, una piscina redonda y dos perros gigantes, que reposa sobre un subterráneo de 300 metros cuadrados, donde está su taller de esculturas en maderas y textiles, todo esto en Pedro de Valdivia Norte, a los pies del San Cristóbal.

Es un día de semana en que llueve y hace frío. Pilar circula ágil por la casa, la muestra como una perfecta guía, y parte por la cocina, punto de reunión familiar cada noche, donde todos se juntan a comer. Living y comedor son dos espacios amplios, donde apenas hay dos sofás, un par de esculturas-sillón, algunas bancas pegadas a la pared, una mecedora y una mesita de centro. Los colores son neutros, domina esa gama de café y beiges que evoca el material que reina en esta casa, la madera.

A veces este lugar funciona como galería. Las esculturas, cuando están listas, emergen del subterráneo y van quedando aquí, esperando ser expuestas. Pilar tiene el espacio para revisarlas, mirarlas con perspectiva, incluso puede seguir trabajando en los últimos toques gráficos. Otras veces, este lugar también funciona como sala de juego cuando los niños instalan la mesa de ping-pong. El piso es de madera, fino, pero ellos tienen la libertad para jugar y recorrerla corriendo o en skate. Es una casa grande, el costo de mantenerla es alto, hay que aprovecharla y usarla al máximo. 

Con la ansiedad de quien quiere llegar pronto a lo más importante, muestra un par de salas de estar y baja al subterráneo. Es una seguidilla de pequeñas salas, una es para guardar papeles, dibujos antiguos, obras pendientes. Otra es donde están los géneros que a veces incorpora en sus esculturas. Textil y madera están vinculados, dice Pilar, porque se tratan de la misma manera, ambos son entramados que ella, al trabajarlos, va cosiendo.

En otra está su escritorio con un sillón viejo, una chimenea, dibujos de sus hijos y una fotografía con su mamá y hermanas. Un ventanal evita el paso del polvo y el aserrín desde la otra mitad del taller. Allí Pilar se jacta del despliegue de herramientas puestas en el muro como en una ferretería, como uno de sus pequeños orgullos, años coleccionando piezas con las que puede convertir cualquier madera, en tabla o en estado natural ­-como las raíces que trae de los lagos del sur- en una obra de arte: reinterpretaciones de ideas, búsquedas espirituales, reflexiones en torno al vínculo entre el ser humano y la naturaleza, preocupaciones del arte actual.

Pilar aquí trabaja mucho, aunque con un ritmo menos brutal que hace diez años. Entonces no había aprendido que esto es como una danza que hay que sentir mientras se baila. Antes era un energúmeno del trabajo, y ahora se rige por la ley del menor esfuerzo. Va armando cada pieza, pedazo a pedazo, algunos más grandes que ella, otros del porte de un caramelo. Igual como ha ido armando su vida.

Cuando hace unos cinco años se vino del norte, después de ocho viviendo en Algarrobito, camino al valle del Elqui, pleno campo, donde habían nacido sus tres hijos, compró una Ley Pereira en Providencia. Invirtió en ella ahorros y esfuerzos, hasta que un día, haciendo yoga, comprendió qué era lo que la tenía inquieta y desconforme: quería vivir y trabajar en el mismo lugar. Cuando encontró esta casa, supo que era la indicada, aunque tuviera que volver a empezar. Los tres niños entraron y sintieron que habían recuperado, también, una parte de su origen.

 


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Esculturas de la artista se ven en distintos rincones de la casa. La simpleza reina en sus espacios.
Esculturas de la artista se ven en distintos rincones de la casa. La simpleza reina en sus espacios.


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