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Sábado 17 de Enero de 2015

 
La experiencia extrema de una doctora chilena en Zambia

Olivia Hernández cumplió once meses en la maternidad de una tribu africana. Desde Sichili, donde hace un voluntariado, cuenta cómo es trabajar sin insumos ni recursos.  
Federico Grünewald Olivia Hernández Bellolio tiene 26 años, es médico general y el relato que hará a continuación se ubica entre la crudeza de la miseria y la inclemencia de la agonía. Antes de eso, hay que saber que Olivia acaba de cumplir once meses como voluntaria en el hospital de Sichili, en Zambia, y que el recinto es apenas una casona administrada por tres monjas indias. En él se atiende a 30 mil personas.

Pese a que la doctora sabe cómo enfrentar la muerte de un paciente, ver cómo un niño pierde la vida es algo que la sigue estremeciendo. "Los padres traen a sus hijos por lo general en muy malas condiciones, llegan a pie por pésimos caminos. La mayoría camina descalza durante horas, incluso días. La primera causa de mortalidad infantil en este país es la malaria severa. Sin tratamiento oportuno, la muerte es inminente. Nos damos cuenta cuando eso va a pasar: los niños llegan débiles, inconscientes y ni reaccionan a los pinchazos. Se apagan como velas".

-¿Qué se hace ante algo así?

"Hay que armarse de valor y dejar de lado los sentimientos. Yo los abrazaría, pero hay que actuar rápido, proporcionarles el tratamiento y hacer todo por salvarlos. Muchas veces no hay sangre para transfundirlos o simplemente llegaron demasiado tarde: al ponerlos en la camilla, fallecen. Es desgarrador para el equipo médico. Darles la noticia a los padres es muy difícil".

Olivia salió del colegio The Grange y estudió medicina en la Universidad del Desarrollo. Al egresar, en 2013, postuló a Africa Dream. La fundación la envió por un año a Zambia, donde conviven 73 tribus. Una de las cuatro grandes es la de los lozi.

Allá, las enfermedades infecciosas más comunes son malaria, tuberculosis, rabia, filariasis, esquistosomiasis y sida. La mortalidad infantil es alta, en Sichili no hay agua potable ni caminos, internet no existe, y cuando Olivia saca su celular, decenas de niños la rodean para tocar la pantalla.

En realidad, los pequeños curiosean todo, explica Olivia. "Es impresionante verlos jugar felices, por horas, solo con un palo. Son ingenuos y puros, el día para ellos es una aventura, bailan y se emocionan con la lluvia, porque saben que con ella comienza la vida", relata y muestra un video en el que se ve a cuatro niños chapoteando de alegría en un lodazal. Es el patio de su casa y cae la primera lluvia de la temporada.

Los lozi son polígamos. Las casas, de adobe y techos de paja, se reparten alrededor del jefe del clan. Respetan ante todo a los antepasados, porque como la expectativa de vida anda por los 40 años, los ancianos son muy pocos. El contraste con las ciudades es fuerte. En la capital, Lusaka, donde Olivia tuvo que validar su título ante el ministro de Salud, hay malls y circulan autos de lujo. En Sichili, en cambio, "yo uso mi pelo suelto y los niños que caminan al lado mío no tienen, se les cae por desnutrición", comenta y detalla que hace 50 años las tierras en Zambia fueron saqueadas y su gente humillada. Por eso "los blancos son respetados y temidos", aunque los aldeanos se acercan a recibir el cariño de los "makúa doctors" -doctores blancos-.

Al Sichili Mission Hospital los insumos llegan una vez al mes, los recursos casi no existen, a veces se corta la luz o se escapa un paciente. La doctora Hernández ha aprendido a echar mano al ingenio, "a amarrar por aquí, atornillar por acá, improvisar con lo que haya", pero advierte que "la medicina no tradicional de acá es peligrosa: llegan pacientes muertos, intoxicados con hierbas".

Las dos visitas chilenas que ha tenido esta voluntaria han sido también para trabajar. Su mamá, la nefróloga Teresa Bellolio, fue a verla en agosto pasado. "Fue una bomba de cariño, ánimo y energías que me duran hasta hoy. Ella seguía mi rutina, nos levantábamos juntas, nos bañábamos con agua fría con tarros y partíamos al hospital. En Chile, de seguro volveremos a trabajar juntas", dice y adelanta que su idea es continuar en la salud pública y obviamente volver un día a la aldea.

La segunda visita llegó en diciembre. Se llama José Tomás Reyes, también médico, es el pololo de Olivia y fue como voluntario. Los otros chilenos que llegaron allá en febrero del año pasado son los doctores Antonio Robert y Antonia Mena.

Olivia es la encargada de maternidad. A varias recién nacidas las han bautizado con su nombre. "La tradición lozi dice que cuando se les cae el cordón umbilical se les puede poner nombre a las guaguas. Hace unos meses nacieron unas gemelas por cesárea. Las recibí casi muertas, moradas, sin respirar, con latidos aislados", recuerda. Pero les dio reanimación y sobrevivieron. Cuando se le cayó el cordón a la primera, le pusieron Olivia. Y a la segunda la llamaron Teresa, por su mamá.

-¿Algo que la haya marcado?

"Nuestro primer paciente pediátrico desnutrido fue Myanga (5 años). Llegó en brazos de una mamá ciega, descalza, con ropa raída. Atrás venía su hermano Johnny (8), con una guagua en su espalda (la hermana menor, Beauty, de un año). Más atrás, arrastrándose con las manos por el suelo, el papá, que no tenía piernas, porque tuvo poliomielitis en su juventud. Johnny era el jefe de esa familia, lo veíamos desde temprano cuidar a su hermano hospitalizado, lavarlo, cambiar las sábanas, cocinarles a todos. En las tardes dormía en el suelo, en una esquina de la sala. Habían vivido de allegados donde unos amigos, pero los habían echado. Venían caminando desde hace días, con nada más que un par de ollas, y Myanga estaba crítico, sin fuerzas ni para abrir los ojos".

Myanga se recuperó luego de unos meses, pero Johnny no podía seguir viviendo una vida de adulto. Lo mismo ocurría con Florence, una niña de 9 años que cuidaba a su mamá con sida avanzado y desnutrida. ¿Qué hacer con todos ellos? Las doctoras les consiguieron matrícula en la escuela a los tres niños y les compraron útiles y uniformes. El 8 de septiembre entraron a clases. Celebraron juntos Navidad y Año Nuevo. "Son nuestro orgullo", declara Olivia, quien ahora es una especie de jefa de obra de la casa-ruca que les están construyendo especialmente a ellos y acondicionada para sus padres, una mujer ciega y un hombre sin piernas.

 


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La joven médico chilena Olivia Hernández es la encargada de maternidad en el hospital de Sichili, en Zambia. A varias recién nacidas las han bautizado con su nombre.
La joven médico chilena Olivia Hernández es la encargada de maternidad en el hospital de Sichili, en Zambia. A varias recién nacidas las han bautizado con su nombre.


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