ARTES Y LETRAS

Domingo 28 de Noviembre de 2010

La vida actual de uno de los teatros más importantes del mundo:
Pasado y futuro convergen en Covent Garden

Mientras la producción de "Adriana Lecouvreur" reflexiona sobre el mundo perdido de la ópera, la Royal Opera House explora y usa técnica de punta y también asume riesgos artísticos, como integrar a Rufus Wainwright a su temporada y estrenar una ópera sobre la vida de la playgirl y modelo Anna Nicole Smith.  
Juan Antonio Muñoz H. Desde Londres, Reino Unido Los días lluviosos de Londres. Leves. La atmósfera de Kensington al atardecer, con los parques deshojándose todavía porque el invierno no se adueña aún de todo. La humedad del Bankside, junto al Támesis, con el mercado de Navidad improvisando nieve para adornar los primeros pinos... Todo eso se borra de un plumazo al acercarse uno a Covent Garden: el estallido de colores, sabores y aromas es tal que casi se olvida el frío, y la fiesta de sonido urgente, de copas en brindis, de vendedores insistentes y artistas de primera y última hora se adueñan de los sentidos. Es otro Londres, y es Londres en plenitud. Además, Drury Lane presenta "Oliver" y Charles Dickens se toma las calles.

Allí en medio se levanta la Royal Opera House (ROH), escenario de leyendas que todo el mundo nombra como el barrio que lo acoge. "Ramón Vinay cantó Otello en el Covent Garden", se dice, y no en la ROH. Fue en Covent Garden donde Joan Sutherland interpretó su famosa "Lucia di Lammermoor" en 1959, donde se levantó la leyenda de Margot Fonteyn y Rudolph Nureyev, donde Grace Bumbry y Shirley Verrett cantaron su famoso recital doble en 1983.

Los rincones en brocato y felpa roja del foyer y de los accesos a la sala conducen a algunos descubrimientos... chilenos. Porque, claro, ahí están María Callas, Birgit Nilsson, Peter Pears, Marie Collier y tantos otros que hicieron historia, pero nuestro país también tiene un sitio. El más cercano está en la tienda, donde se venden postales con Cristina Gallardo-Domâs en "Madama Butterfly", papel por el que ganó el premio Laurence Olivier en 2004. Pero a pocos metros está "el asesino mejor pagado del mundo": Ramón Vinay como "Otello" (Verdi), en las funciones de 1955 con Gré Brouwenstjin como Desdémona. Son imágenes que forman parte de una muestra que recorre sectores desde anfiteatro a platea con fotografías de Roger Wood entre los años 1947 y 1960, y que estará allí hasta el 12 de marzo de 2011. Vinay tiene buena compañía, junto a Vickers en "Los troyanos", Elisabeth Schwarzkopf en "Madama Butterfly" y María Callas en "La traviata".

Esta muestra no por nada tiene un espacio tan destacado: los años 50 y 60 fueron gloriosos para la ópera. Décadas de grandes voces, con Europa queriendo olvidar la guerra y volviendo a recuperar el goce de los sentidos y las emociones. Los que corren, en cambio, son años de controversia, en los que el experimento reina y donde la escena lírica parece congelada a propósito, como si los sentimientos y su expresión fueran signo de mal gusto. ¿Una nueva forma de fascismo?

Es justo en este momento difícil que Covent Garden apuesta por "Adriana Lecouvreur" (Cilea), ópera cargada al melos , con las voces comprometidas -Jonas Kaufmann y Angela Gheorghiu- en disputa tan feroz como la de los personajes en la trama. Y con una puesta en escena de David MacVicar que es un canto al teatro, a las tradiciones y a la reflexión sobre qué es la realidad.

En paralelo, el programa insiste en este mismo punto desde su otro frente, pues el Royal Ballet, que también tiene sede ahí, repone "Sylvia", en la versión de Frederick Ashton, coreógrafo al que se debe la fama de la compañía de danza y que cimentó las bases de la era Fonteyn-Nureyev. "Cenicienta", de Prokofiev-Ashton, se suma a la misma línea de trabajo.

Covent Garden no parece creer en las apuestas rupturistas de Bayreuth del último tiempo, y es probable que tampoco en las opciones extremas de Gérard Mortier en el Real de Madrid; viaja más de la mano con la Opera de París, con Viena, San Francisco y Barcelona, teatros con los que coprodujo "Adriana". Pero sí cree en la ópera y eso lo ha transferido a todo el país: Gran Bretaña vive un insólito aumento de actividades relacionadas con el género. Hace sólo 20 años había alrededor de 34 compañías de ópera y ahora ¡hay más de 200!

El riesgo involucrado

Este mirar al pasado para contemplar su valor y ver cómo desde él impactar la modernidad, no implica inercia. Covent Garden se ha abierto a todo. Un ejemplo claro es que Rufus Wainwright (1973) será compositor en residencia y debutará allí en cinco fechas de julio de 2011, partiendo el día 18.

Quizás sin saberlo, millones de personas han escuchado al menos una vez la voz de Wainwright: en "Shrek", cuando el ogro y Fiona se pelean, es él quien interpreta una versión de "Aleluya", de Leonard Cohen. También está en la cinta "I am Sam", con un cover de "Across the universe". Pero además de estas participaciones en cine, es desde mediados de los 90 que Rufus Wainwright labra su nombre. Su trabajo es definido como "pop barroco". La Royal Opera House ya había invitado antes a artistas como Elton John o la islandesa Björk, pero Wainwright es el primero que ha conseguido una residencia, tal vez porque se declara amante de la ópera y porque presentó en Manchester su aplaudida "Prima Donna".

Wainwright recuerda así el día que se enamoró de la música clásica. Fue su madre la que le hizo escuchar el "Réquiem" de Verdi. Tenía 13 años: "Era todavía un adolescente y al día siguiente me había convertido en un anciano de 70 años amante de la ópera", relata.

Si de ópera se trata, el 17 de febrero será el estreno mundial de "Anna Nicole", basada en la vida de la modelo y playgirl Anna Nicole Smith, fallecida a los 39 años, al parecer producto de una sobredosis de drogas. El compositor es Mark-Anthony Turnage; el libreto pertenece a Richard Thomas, y la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek tendrá a su cargo el rol titular, que replica en el siglo XXI los riesgos que en otros años asumieron Verdi o Donizetti con personajes complicados y socialmente discutibles como Violetta Valery ("La traviata") o Leonor de Guzmán ("La favorita").

Tecnología de punta

Durante su historia, las distintas direcciones artísticas han ido adaptando a las nuevas tendencias. En especial el salto tecnológico ha sido clave, porque el "efecto" teatral debía tener relación con los cambios que experimenta el gusto del público.

La transformación más reciente se produjo entre 1997 y 2000, y persiguió hacer de la sala un espacio más "democrático", con los pisos interrelacionados, lo que implicó cambios drásticos en la estructura. Fue en esos años también que se comenzó a estructurar el impresionante restaurante y bar de champagne del Paul Hamlyn Hall (ver recuadro). Pero también había que explorar nuevos recursos de producción.

El uso de la tecnología NVIDIA es el más notable de los aspectos técnicos que se pudo poner en funcionamiento. David Harvey y George Panait construyeron un escenario virtual en el que todo el aparato lumínico se explora y afina, y que después permite reproducir lo logrado en la sala verdadera. Esta herramienta ha servido incluso para coordinar los cambios escenográficos y llega a tal punto de exactitud que el diseñador puede ubicarse virtualmente en cualquier butaca del teatro y ver cuál es el efecto que las luces tienen en esa posición.

"Nuestro escenario posee todas las características del original. Podemos mover los focos, crear efectos especiales y ver las sombras en tiempo real, y este nivel de realismo hace que el proceso de diseño siga siendo muy intuitivo", dice David Harvey, y agrega: "En producciones complejas, como el ballet 'La bella durmiente', donde la iluminación y los cambios escenográficos llevarían muchísimo tiempo, el equipo de diseño puede ir al sistema virtual y plasmar su visión del espectáculo en sólo unas horas". Esta tecnología ha servido para ahorrar tiempo y dinero, y ha mejorado el nivel artístico de nuestras producciones".

Ramón Vinay, Rayén Quitral, Cristina Gallardo-Domas, Tito Beltrán y Verónica Villarroel son algunos de los chilenos que actuaron allí.

 Tres teatros y un gran restauranteFlanqueado por Floral Street y la plaza del mercado, "el Covent Garden" de hoy es el tercer teatro que ocupa ese lugar. El primero se inauguró en 1732 con "The Beggar's Opera", de Gay, y sirvió luego de primer escenario a muchas creaciones de Haendel. Se incendió en 1808. Al año siguiente, 1809, se presentó en sociedad la nueva sala, cuya administración subió los precios de las entradas para financiar los gastos, medida tan impopular que produjo lo que se llamó "revueltas por los precios antiguos". Fue tal el escándalo que fue necesario volver atrás. Otro incendio, en 1856, redujo el teatro a cenizas y hubo que hacer otro en poco tiempo. En 1857 se inició la construcción y la apertura se realizó el 15 de mayo de 1858 con "Los hugonotes", de Meyerbeer. En 1892 recibió el nombre de Royal Opera House.

Las modificaciones iniciadas en 1997 dieron por resultado también un gran restaurante donde los asistentes al teatro pueden comer y beber durante los intermedios de la función. Es la zona conocida como Paul Hamlyn Hall, en honor al filántropo fallecido en 2001. Al centro de la planta baja se encuentra un llamativo bar de champagne circular con toques Art Nouveau. Desde el restaurante del primer piso, una gran escalera mecánica comunica con la localidad de anfiteatro donde también hay un gran mesón de atención, terrazas para comer en verano con la vista sobre el barrio y un mirador de cristal que parece suspendido sobre el restaurante del primer piso. Se puede contratar el exclusivo servicio gastronómico junto con la compra de tickets por internet.

Tampoco se puede olvidar el shop, pues la selección de discos y DVDs es excelente, mientras que los recuerdos van desde adornos para el árbol de Navidad a porcelana fina, pasando por miniaturas escultóricas de trajes de ballet realizadas por el diseñador Vin Burnham, cuyos precios parten en las 800 libras y que se pueden encargar a través de la web.



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Foto:Rob Moore


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