EDITORIAL

Lunes 30 de Julio de 2007

Pessoa y el sí mismo


En columnas anteriores he escrito sobre Fernando Pessoa. Lo vuelvo a hacer, pues quienes hemos leído algunas de sus obras experimentamos el estremecimiento, hondo como un pozo infinito, que despiertan sus páginas. Lo digo, al menos, en relación con el "Libro del desasosiego", una obra que oscila, sin salir nunca de esos márgenes, entre la belleza y la melancolía; un libro que manifiesta, en una tenue paradoja, la exaltación de la pesadumbre y la pesadumbre de la exaltación.

Pessoa fue un autor con una conciencia extrema de sí mismo; demasiado acentuada en una visión negativa de su persona, como cuando dice "envidio a todos el que no sean yo", o como cuando sólo ve "mi timidez y mi incompetencia para la vida". Todas sus líneas trazan, así de golpe, juicios similares acerca de sus carencias y de sus vértigos. Qué fineza tuvo, por ejemplo, en reconocer el peligro de su propio tedio, y en observar el tedio que también habita en el peligro. Por lo mismo, anhelaba una vida tranquila, aquella que no es alterada por los acontecimientos, que no es derrotada por los "fracasos", que no es embriagada por los "éxitos". Pessoa, en su solitaria existencia, bebió el paso fugaz de la vida, la transitoriedad del sujeto y del entorno. Lo dice en uno de sus versos: "Breve el día, breve el año, breve todo./ ¡Que nos ocurra pronto no ser más nada!".

RODERICUS


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