EL SÁBADO

Sábado 2 de Julio de 2005

La joven Silvia Santelices

Tomar un café con ella implica una pasada por la historia de la televisión y una biblia de cómo envejecer.
Por Sergio Paz Fotos Carla pinilla

Nunca le vi los ojos. Estuve con ella casi dos horas y nunca le vi los ojos. Los ocultaban, los protegían, unas prominentes gafas ahumadas que acentuaban su aura Clinique exultante de glamour. Allí ella. Aquí yo. Allí ella luminosa. Fresca: con tan pocas arrugas ­y sin cirugía­ que de verdad lograba conmover. Acá yo: 30 años más joven, pero también más viejo, más arrugado, más patético, lo reconozco, pues de hecho no podía sacarle los ojos de encima a esta abuela de 65 años que se vería bien con mini o lencería.

Acá yo: silencioso. Allá ella: una diva, con sus años, pero diva.

Estamos en un café. A lo lejos una misteriosa mujer no deja de observarnos.

Tal vez porque acá está Silvia Santelices, una estrella, una mujer hiperactiva que se va todos los fines de semana a Rancagua a hacer teatro: para actuar o dirigir. Y se va, claro, en radiotaxi. Y luego en bus. Y luego vuelve a su casa en Santiago, donde vive con su hija, su yerno y sus tres nietos. Una mujer ciertamente especial. Una mujer con fino sentido del humor que, antes de estar en Brujas, luego de un exilio televisivo de diez años, sólo volvió, fugazmente, para una entrevista en el que el tema era la menopausia. Y entonces dijo "¿qué es esto? ¿La próxima vez me van preguntar por el Alzheimer y después por la eutanasia?"

Un resumen: Silvia Santelices nació en Santiago y, como veraneaba en Constitución, siendo lola se coronó reina de las playas. Tal vez por lo mismo no le gustaba el colegio. Es más: simplemente no iba y hacía la cimarra escondida en las iglesias. Entonces le gustaba la ópera. Pero un día vio un afiche en el que invitaban a estudiar teatro en la Católica. Ella no tenía idea de lo que era el teatro. Sólo había visto Bernardo O'Higgins de quién sabe quién. Pero entró a la universidad y fue la única en graduarse junto a Ramón Núñez. A todos los demás los echaron. Sólo quedó el gran Núñez y esta chica que se peinaba como la Kim Novak. Era el año en que empezaba la televisión. Y aún no egresaba cuando ya montaba El zoo de cristal en un canal universitario. Ella hacía el papel de una cojita. Un signo. Después vinieron las telenovelas. Luego las teleseries. Más tarde se fue del país. Volvió. Se llenó de éxitos. Se volvió a ir. Regresó. Nadie la pescó y terminó haciendo más teatro y abrió un salita de reiki en Merced: Silvia imponía sus manos a quienes habían perdido la energía. Esas mismas manos ahora revuelven su café cortado. Ella ha pedido que nos juntemos en el Apumanque para hacer la entrevista. La misteriosa mujer sigue ahí: espiándonos.

­Disculpa Silvia. Es sábado. Es temprano. ¿Qué diablos hacemos en el Apumanque?

­El Apumanque es como mi segundo hogar. Antes vivía muy cerca y me acostumbré. Ahora vivo a unas seis cuadras, pero igual vengo a hacer mis compras, a la lavandería, qué sé yo. Ahora vine a comprar unas joyas.

­¿¡Unas joyas!? Psss. Silvia, por favor. Dilo más despacio...

­Botas. Booo-taaas.

­Haciéndose cariño ¿eh?

­Lógico. Unas botas. Las joyas tienen que ser regaladas, y a mí ya nadie me regala joyas.

Diablos. La tele es siempre una revelación metafísica. Tanto que de pronto se acerca la mujer misteriosa y, discretamente, nos ofrece joyas muy baratas. Pero Silvia la rechaza. Dice que no le gustan los metales. Dice que ella sólo se aviene con las piedras y las perlas.

­Ufff... El fantasma de Pamela Díaz está presente.

­Yo no tengo ­dice Silvia­ los problemas de Pamela. La verdad, hasta el momento, no tengo los problemas de las estrellas actuales. Parece que llegué a una televisión absolutamente distinta.

­¿Distinta?

­A veces siento que no tengo cabida en la televisión de hoy. Y eso porque lo único que yo tengo es mi talento. A mí no me pasan cosas en la vida: ni enredos, ni romances, ni peleas, nada de eso. Es más, me ha sorprendido el poco interés que ha despertado mi regreso. Sí en el público. Pero no en los medios.

Bebo mi café. Silvia bebe su café. Es hora de comenzar esta entrevista.

­¿Dónde te haces ese corte de pelo tan tuyo? ¿Cuál es tu peluquería?

­No, no. Nada de peluquería. Yo misma hago mis peinados. Tampoco soy del tiempo de la silicona. Creo que soy de las pocas actrices que no se ha hecho ninguna intervención. Soy como soy y punto. Y estoy envejeciendo en forma natural.

­Es verdad. Te debería auspiciar Clinique. Tienes menos arrugas que yo.

­Es verdad. Tengo pocas. Me veo bien para mi edad. Nada que decir.

­¡Cielos! ¡Tú no calzas con el perfil de abuela!

­Yo parezco como muy glamorosa, pero no lo soy. Soy bastante sencilla: de gustos, de actividades, de todo. Tal vez por eso no paso rabias, no tengo preocupaciones y cuando no tengo plata me las arreglo con el mínimo y sobrevivo feliz. Al contrario, cuando tengo plata aprovecho de comprarme zapatos y carteras, pero no sigo la moda. Nunca.

­Mujer tranquila.

­Súper tranquila. Y relajada. Pero ahora. Cuando joven fui muy explosiva y tenía una úlcera que me fregó la vida. Es que era muy exigente y muy poco tolerante con la gente que no cumplía. Pero con el tiempo me puse más tranquila y relajada. Soy, gracias a Dios, una persona muy feliz.

­¿Qué significa para ti que hayas estado en el comienzo de la televisión, cuando todo era en blanco y negro?

Blanco y negro: ja, ja. Claro. La gente creía que yo tenía los ojos azules y fue una gran decepción para ellos cuando apareció el color. Es que uno se veía mejor en blanco y negro. Más artístico. Tú sabes...

­En ese tiempo estaba muy politizada la cosa, ¿en qué lado estabas tú?

­Yo era de izquierda, de la Unidad Popular, por supuesto.

­¿Y marcó eso el trabajo que harías en los años venideros?

­Es que a mí el golpe me tocó viajando. Habíamos ido al Festival de las Naciones en Colombia con la compañía Los mimos de Noisvander y estábamos de gira como parte de una embajada oficial de Allende. Luego nos invitaron a un festival en Venezuela y llegamos el 10 de septiembre. El 11 partimos a la embajada para presentar nuestros respetos y había un lío tremendo. Nos subimos a un taxi y, a las nueve de la mañana, mientras escuchábamos cumbias en la radio, nos enteramos que habían bombardeado La Moneda. Casi nos morimos Yo iba por doce días y finalmente volví cinco años después. Y entremedio me casé con un mimo.

­¡Cómo diablos alguien se puede casar con un mimo!

­Me casé con un mimo. Nadie daba un centavo por nosotros. Pero estuvimos veinte años casados. Y trabajábamos juntos en pantomima también.

­Lo siento, Silvia. Debe ser difícil vivir con un mimo.

­Era mimo en el escenario. En la vida era bastante locuaz.

­En Venezuela ya se hacían telenovelas.

­No, no. Allá no había cabida. Ellos son cerraditos. Claro que yo me los hubiera comido a todos con zapatos. A esas alturas ya había hecho mucha televisión y hubiera podido darles cátedra. La cosa es que unos años después regresamos.

­Y conociste a Moya Grau ¿Cómo era?

­La primera teleserie que hice con él fue La Madrastra. Después, cuando ya llevaba como cuatro teleseries haciendo de mala y todos sabían que no quería más porque me están encasillando, Arturo me dijo: te voy a escribir un papel de buena. Y poco después salió La Noche del Cobarde, donde tenía una fuente de soda con mi esposo, el Negro Yánez. Los dos éramos esforzados y en la noche nos sentábamos, hablábamos y llorábamos porque todo era muy triste. Era fantástico estar con Arturo. Moya Grau era el rey del género porque él era de origen popular y la gente, el pueblo, es más expresivo con sus emociones. Tal vez por lo mismo él no creaba muchos personajes. No más de 28, y cada uno con su historia. No como ahora que de repente te toca ser el acompañamiento, el puré, el arroz, de una teleserie en que no tienes historia.

­¿Cuál fue la gran lección de trabajar con alguien como él?

Que el género telenovela era eso: drama. Años atrás no se hacían teleseries, se hacían dramas. Y la gente se identificaba con estas historias en las que se perdían los hijos y las mujeres quedaban ciegas. Después el género fue cambiando. Y a mí, en todo caso, me gusta como es ahora.

­Qué se parece más a la realidad, ¿la tragedia o la comedia?

­La comedia, claro.

­¿Cómo te marca La Madrastra?

­Fue la gran novela de la época: la más popular. Todo el país vibraba con ella. Pero desgraciadamente para mí está marcada por la muerte de mi mamá. Ella enfermó, estuvo agonizando quince días y yo estaba grabando los últimos capítulos y estábamos llenos de almuerzos aquí, cócteles allá, que quién mató a Patricia , que no sé qué y más encima yo era una de las posibles asesinas. Entonces todo era todo muy fuerte y yo no quise contarle a nadie de mi dolor. A las siete de la mañana estaba con mi mamá en la UTI. Y a las ocho grabando.

­¿Cuál fue la última teleserie que hiciste antes de tu desaparición de la escena?

­Los Títeres.

­Nada menos.

­Después me fui a Europa y volví dos años después. Allá hicimos mucho, me fui con los Mimos de Noisvander y Europa fue fantástico. Nos radicamos en España y vivíamos en Madrid, en la Casa de la Cultura. Allá dirigí teatro. Actué mucho. Hacíamos clases de expresión corporal.

­Y tu relación con el teatro cambia...

­Me convertí en directora teatral.

­Luego volviste y, habiendo un espacio para ti en la televisión, permaneciste por mucho tiempo ausente.

Volví y de inmediato me llamaron de la Universidad Católica para hacer El Misántropo de Molière. Y ese año me gané el Premio de la Crítica, así es que fue un retorno muy bueno porque además yo venía mucho más sólida.

­O te llamaron de la tele y no quisiste...

­No, nunca he rechazado nada.

­Te ignoraban no más.

­No sé por qué. No entiendo. Porque si hubiera envejecido rápidamente y estuviera viejita... Pero no. Yo he envejecido lentamente...

­¿Fue un golpe fuerte?

Sí, fue un golpe. Realmente fue fuerte que de repente no me llamaran más. Pero me lo eché al hombro y listo. No lloré y me mantuve digna haciendo teatro, básicamente en Rancagua. No quería quedarme sentada en mi casa deprimiéndome o esperando a que me llamaran o ir a los canales para tomarme un cafecito. Yo pensé: ellos saben quién soy. Pero en verdad nunca pensé que iba a quedar fuera. Pero creo que me administré mal...

­Te administraste mal.

­Sí, he sido retraída en ese aspecto. Demasiado sencilla. Demasiado apartada del brillo. Ya te decía que yo parezco glamorosa, pero no lo soy. En lo absoluto. Si me hubiera manejado mejor, me hubieran valorado más.

­Dime una cosa, ¿de dónde sacas tanta energía?

­De aquí, de la cabeza. Yo soy una persona feliz, tranquila, equilibrada, sana mentalmente. No pierdo tiempo en cosas que no sirven de nada. Ni siquiera memorizo teléfonos.

­¿Qué esperas ahora de la televisión?

­Lo que he aprendido en la vida es no hacerme expectativas por nada. Tomarme las cosas en el momento en que llegan. Ya no hago planes. No me proyecto mucho. Pero tomo lo que me llega intensamente y con muchas ganas. Ahora he sentido la acogida del público, no de los medios, y es lógico porque los actores viejos que estamos en Brujas somos sólidos en lo que aportamos. Ponemos peso y eso se nota. Lo siento, pero así es. Es hacer bien el trabajo, y si eso tiene llegada hay proyección.

­Qué dices, ¿las teleseries son mejores que antes o no?

­Técnicamente la cosa ha ido de uno a cien.

­¿Se ha perdido algo?

­No se ha perdido nada. Se ha ganado porque ahora el público es más masivo que antes. Y aparte esta novela que estoy haciendo tiene mucho humor; y yo soy una persona que tiene humor. Así es que espero que me sigan llamando. De verdad me gustó el regreso.

­O sea que la menopausia no existe.

­No, no. Existe a nivel fisiológico, okey, pero el gran problema es que en este país no se valora la edad. Pese a que uno con los años se pone más sabio e interesante. Yo estoy en el umbral de la tercera edad, pero a mucha honra.

­Entre paréntesis, dicen que Chile pronto será un país de viejos.

­El otro día me sorprendí. Escuché que hay 45 mil personas de la tercera edad. Pero en apenas diez años más habrá dos millones.

­¿No te da miedo convertirte en un estorbo en tu casa?

No. De partida yo nunca he peleado con mi hija. Y, aparte, soy una abuela-abuela. Nunca he sido una carga, al menos hasta aquí no. Y prefiero no llamar la desgracia de la vejez y las enfermedades. Con la filosofía de vivir el presente, armo y desarmo. Y eso me hace sentir joven y viva. Prefiero ni pensarlo. Yo no tengo nada: casa, nada. Pero prefiero no preocuparme, Dios sabrá cómo moriré. Ahora vivo como un pájaro.

­Ser siempre la mala en las teleseries, ¿qué ha sido? ¿un karma?

­Un poco, porque yo no soy mala: ja, ja. Yo no soy mala, soy buena onda.

­Pero gozabas actuando de mala.

­Es muy interesante porque son las malas las que van detonando las situaciones. Pero eso es sólo actuación, porque yo no soy mala. Estéticamente una persona mala, enrabiada, con mal carácter, diciendo cosas fuertes, implica un fuerte trabajo para mí porque yo prefiero ser encantadora, simpática, divertida. Y obviamente que hacer un personaje de linda es mucho más agradable que hacer de fea, de pesada. Pero es más interesante, lo reconozco.

­Y para poder hacer de mala algo de maldad tiene que haber en ti.

­Por supuesto, claro. Debo tener una maldad escondida. Obviamente.

­¿Y cómo se libra uno? De la maldad, digo.

­Cambiando los esquemas mentales. Siendo tolerante. Amándose a sí mismo y amando al prójimo. Teniendo una actitud positiva.

­Pero el odio hay que cultivarlo ¿no?

­No. ¿Para qué?

­¿La venganza no tiene sentido?

­Todas las cosas negativas se devuelven. Te enferman. La gente se enferma por sus dolores ancestrales. El dolor que te produce una separación, por ejemplo, obviamente que te puede producir una enfermedad si es que quedas lleno de rencor.

­Sufriste una dura separación. ¿Cómo fue?

­Un infarto civilizado. Algo muy fuerte porque mi marido se enamoró de una alumna, de una discípula de la edad de su hija, y yo me quedé marcando ocupado. Deshice mi casa y embalé todo, pero anduve pateando piedras bastante tiempo. Lloré mucho y me iba caminando desde Los Militares hasta Maipú para conversar con una amiga.

­¿Te juzgaste mucho?

­Me juzgué, pero no correspondía. Yo tenía 48 años cuando me separé y ya estaba grandecita. Qué diablos. Yo de verdad pensé que iba a terminar mi vida al lado de este marido, con mi hija, los nietos, en fin. Pero no fue así. Pese a que él no pensaba separarse, yo fui la que le dije que no era una simple canita al aire y que esa historia él tenía que vivirla solo. Y lo hizo. La chica joven estuvo unos años con él y después lo dejó. Yo, en cambio, le ofrecía una vida.


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir

Foto:Carla pinilla


[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales