REVISTA YA

Martes 7 de Mayo de 2013

 
Maternidad a 2 voces

Cuatro duplas, cuatro momentos. Cuatro formas de vivir la llegada de los hijos y de no perder de vista la realización personal. Aquí Claudia y Raffaella Di Girolamo; Catalina Abbott y Verónica Kramer; Claudia Berger y Emilia Noguera, junto a Delia Vergara y Andrea Huneeus reflexionan sobre los retos de cada generación.  
fotografía: sergio lópez i. maquillaje y pelo: nicole rencoret.  

 Claudia Raffaella & Di Girolamo"A diferencia de mis hijos hombres, a la Raffa le di una educación más de sobrevivencia, porque los hombres llegan a una sociedad que está hecha para ellos. Las mujeres tenemos que pelear".

Quedaron marcas permanentes en su piel. Las agujas penetraron, la sangre brotó y el círculo  se  cerró. Hace dos semanas Raffaella celebró con goce -también dolor- que su madre se encarnara en ella, tal como lo hizo ella 35 años atrás, cuando Claudia di Girolamo la parió.

-Me gustan los tatuajes -explica Raffaella sobre la imagen que cubre su antebrazo izquierdo: una espada que cruza un anillo donde está grabada la leyenda "Mom"-. Los hago en representación de momentos importantes de mi vida. Este fue muy especial, porque al fin logré tener legalmente el apellido de mi mamá. Llevar el apellido de alguien con quien no tengo relación me parecía injusto.  Tener el de mi mamá era lo justo.

 Claudia y Raffaella, actriz y psicóloga respectivamente, están conectadas a un nivel que no deja de sorprender. Posan para las fotos abrazándose en un arrullo constante, y cuando hablan se complementan en cada reflexión. Crecieron en un entorno de familia italiana, donde poco importó que la joven Claudia quedara embarazada a los 19, y donde todos apoyaron cuando se separó del padre de Raffaella, a corta edad. Mucho menos hubo cuestionamientos cuando su hija, a los 24 años, anunció su embarazo en soltería. Por eso, porque han vivido muy unidas pero siempre rodeadas de un clan -al que luego se sumaron los hijos de Claudia con Cristián Campos, Pedro y Antonio- Raffaela decidió tatuarse "mamá".

-Es casi una reconstrucción simbólica del cordón...

-Es que nosotras pensamos que el cordón umbilical no se corta nunca -asevera Claudia.

-Nunca -reafirma Raffaella.

Esa cuestión social de que los hijos tienen que cortar el cordón umbilical, de que tienen que alejarse de lo que ha sido su desarrollo familiar, les parece una aberración.

Una desde las tragedias teatrales y la otra desde la terapia sexual, Claudia y Raffaella di Girolamo han repasado una y otra vez el significado de la maternidad.

-Desde chica quise ser madre -cuenta Claudia-. Me parecía que era algo que una mujer ni siquiera tenía que pensar; que iba a llegar. Cuando quedé embaraza sabía que iba a ser complicado; estaba estudiando. Pero esa cierta inconciencia le da a la maternidad un sentido intuitivo, que tiene que ver con la naturaleza de la mujer.

-A mí me dio un poquito más de miedo -reconoce Raffaella. -Pero a la primera persona a quien recurrí fue a mi mamá. Ella me dio seguridad. Mi temor era desde el "deber ser": iba a ser madre, pero no lo esperaba y estaba sola. No es lo que "debía ser".

Pero fue. Y su madre la acompañó en cada etapa de gestación. "El médico nos miró y nos preguntó: 'Ven lo que yo veo"', recuerda Claudia sobre la primera ecografía. Y agrega: "Le respondí que sí, que veía esa maravillosa tecnología que permitía ver la imagen como en un espejo.... Ahí él nos miró y nos dijo: 'No, ¡¡son dos!!"'. Ambas se largan a reír:

-Ante su cara de espanto, le propuse a la Raffa que uno fuera para ella y el otro para mí, pero no aceptó -ríe Claudia.

Para Claudia y Raffaella el verdadero desafío de la maternidad está en la crianza. Más específicamente, en la enseñanza de los roles de género. Claudia reconoce que su mamá esperaba tener un hijo cuando ella nació, y que siempre se ha sentido muy conectada con la masculinidad. No es casual, por lo tanto, que su hija haya visto y revisto a Claudia en teatro cuando protagonizó "Orlando" (2009), un rol masculino, de Virginia Woolf. La espada que grabó en su brazo es una réplica de la que su madre usó en esa representación.

-A la Raffa le dí una educación un poco más dura, de sobrevivencia, de no dejarse abatir, que a mis hijos hombres. Porque los hombres llegan a una sociedad que está hecha para ellos. Las mujeres tenemos que abrirnos paso, salir a pelear.

-¿Cuál es la pelea que le tocó a cada una dar en su generación?

-Claudia: "Romper con los roles tradicionales de la mujer. No soporto los prejuicios, la discriminación. Me parece aberrante anular al otro, ya sea por sexo, raza o religión. Mi respuesta es hacer eso a un lado, no enfrascarme en una discusión con alguien que crea que la mujer debe estar en la casa para criar a sus hijos, o que no debe meterse en política, o que su cuerpo está prestado para la maternidad... Eso es absolutamente prehistórico. Y desde el teatro, con todas las mujeres y las suicidas que he hecho, lo trato de combatir. Soy más de pelear. La Raffa es más de analizar".

-Raffaella: "De mi madre aprendí a no tener prejuicios, a no enjuiciar. Y eso me ha servido para mi trabajo. Si soy una buena terapeuta y puedo escuchar, y soy diversa en mis pensamientos y con la gente que trabajo, es porque lo que hizo mi mamá en teatro yo lo aplico al espacio social de políticas públicas y de la educación sexual".

-¿Por qué pasan tantas generaciones y permanece la discriminación?

-Raffaella: "Seríamos más consecuentes con nosotras mismas si la mujer fuera criada como mi mamá me crió a mí. Los hombres también sufren abuso, discriminación. El no tolerar las diferencias nos hace repetir patrones. Las luchas en materia de género y diversidad son importantes, ni siquiera para la generación de mis hijos, sino para las que vendrán. Por eso agarro a mis mellizos (Gabriel y Roberto, 12 años) y los subo al auto para ir a las marchas por la diversidad. Aunque ellos quieran andar en bicicleta, les digo: 'Esto es importante. Vamos'".

Claudia mira con admiración a Raffaella mientras habla. La misma que su hija tenía por ella cuando la veía en televisión, y cuando trataba de imitar su firma para vender autógrafos en el colegio o cuando memorizaba los capítulos de teleseries para traficar con el final.

"Siempre la veo", dice la actriz sobre su hija psicóloga, panelista recurrente en la TV. "Lo primero que pienso es que es preciosa. Después la escucho con orgullo; profesionalmente se metió en un tema espinudo. La encuentro extremadamente inteligente y brillante, me hace aprender mucho, porque yo soy de otra generación".

Catalina Abbott & Verónica KramerFue de cara a los treinta años que la destacada artista Catalina Abbott (hoy de 45) cambió la oficina de diseño por su taller de telas, paletas y frascos de pintura. Dejaba de ser la empoderada diseñadora gráfica y empezaba de cero, a dedicarse a la pintura, al grabado y a la escultura. Rápidamente se convertiría en una de las exponentes más visibles de su generación.

No era la primera del "matriarcado" -como ella define a las mujeres de su familia que la preceden- que decidía darle un giro a su vida de cara a los treinta. Décadas atrás, en un tiempo en el que era más difícil atreverse a los vuelcos, Verónica Kramer, su madre, también lo había hecho. Un vuelco, eso sí, más personal que profesional, en un tiempo -1970- en el que no estaban permitidas muchas licencias para las mujeres. Verónica -en plenos 25 años y con un matrimonio en su sexto año- anunciaba que necesitaba un tiempo para pensar qué hacer con su vida. Lo consiguió. Dejó a sus hijos a cargo de su marido, y tomó una avioneta al, entonces muy inhóspito, archipiélago de Juan Fernández. Se estableció allí, por unas semanas, para pintar, escribir un libro y pescar pero, sobre todo, para probarse a ella misma si era capaz de estar sola.

-Juan Fernández fue lo más exótico que se me ocurrió en ese momento -cuenta Verónica.

No pintó ni escribió pero sí confirmó que podía arreglárselas sola y que estudiar en la universidad era una oportunidad que no podía dejar pasar. Quería, ya en esos años, ser una madre activa, trabajadora, que pudiera financiar las necesidades del hogar y estimular a sus hijos -Catalina, de 5 años y Andrés, de 3 años entonces- a hacer lo que los apasionara.

A poco más de cuarenta años de la aventura que marcó la vida de su madre, Catalina, la artista, reconoce que ese suceso, ese viaje personal de su madre, la marcó para siempre.

-No fue ningún drama. Era parte de la bohemia de mi mamá. Sabíamos que mi mamá necesitaba su búsqueda y eso para mí fue tremendamente inspirador. Yo siempre cuento cuánto me marcó. Era muy aventurera y eso a mí me dio alas -cuenta Catalina.

-Las mujeres en mi época se preocupaban exclusivamente del cuidado de sus hijos y de su hogar. Cada cual se casaba y sabía que el marido iba a mantenerla. Yo empecé a trabajar por necesidades económicas y fue ahí que me di cuenta de lo importante que era trabajar y no quedarme en casa -cuenta Verónica, quien se separó de su marido dos años después de regresar del archipiélago.

Ella tenía otras inquietudes. Llevaba años trabajando de secretaria en varias oficinas pero eso no era suficiente. Entonces, sin dejar de trabajar, entró a estudiar Arte a la universidad, estudios que combinó con cuatro horas diarias de clases de guitarra clásica y con largas jornadas en la bolsa de comercio. Tenía que mantener el hogar que ella encabezaba y echar a andar la citroneta que manejaba. Desde los 16 años, Verónica había sido una activa usuaria del mercado de valores, incursionando por necesidad, aunque con mucho éxito, en un mundo muy masculino.

Son los acordes de la guitarra clásica, la prensa de grabado que había en una de las piezas -que Verónica sabía usar con delicada precisión- y, sobre todo, el lenguaje bursátil que su madre dominaba a la perfección, parte de los recuerdos más potentes que Catalina conserva de su niñez.

-Para mí la mamá era como una heroína en la Bolsa de Comercio, entre medio de todos estos hombres. Aparte, como era tan buenamoza, todos la miraban como locos. Yo me creía la muerte. A mí me ponía orgullosa. La encontraba valiente -dice Catalina, aunque confiesa, eso sí, haber reprochado a su mamá no pasar tanto tiempo con ella.

-Cuando chica a veces pensé: "Qué ganas de haber tenido una mamá que tejiera y que pasara más tiempo en la casa. Que fuera más normal". Pero, claro, pienso que si las cosas hubiesen sido de otra forma yo tampoco hubiese forjado el carácter que tengo.-...y hubieses seguido tejiendo -interrumpe la madre sonriendo.

Verónica asegura haberse fijado los treinta años como meta para desarrollarse en todas las áreas posibles.

-Me puse intelectual, música y artista. Yo consideraba que a los treinta años una tenía que llegar realizada. En aquellos años el promedio de vida era mucho más bajo. A los treinta años yo quería sentirme satisfecha de mí misma. Siempre me han gustado las cosas distintas -dice Verónica.

-Por mi lado, siempre consideré que había que ser activa, que había que estudiar y trabajar porque lo había visto en mi mamá. En mi caso nunca pensé que alguien me debía mantener. Mi mamá siempre me impulsó a estudiar en la universidad, y eso no era algo optativo -dice Catalina.

Verónica dice haber sentido cierta presión del entorno al trabajar, sobre todo por dedicarse a las artes. "Lo encontraban rarísimo", dice. No había, eso sí, presión parental porque la suya era una familia de artistas. Descendientes de uno de los fundadores de la academia de pintura de Chile, el pintor y escultor Francisco Mandiola, Catalina dice que en su hogar abundaban los libros -sobre todo de autores franceses-, las revistas extranjeras y la música clásica.

-Creo que, de hecho, fue gracias a la música que empecé a sensibilizarme como ser humano y de ahí eso se fue plasmando en la pintura. Además, siempre vi a mi mamá con una brocha en la mano -dice Catalina.

-Pero nunca nos imaginamos que Catalina iba a terminar dedicándose a la pintura. Para mí fue ver en ella un despertar fantástico que le nació del interior, del alma. Despertó a este mundo maravilloso -agrega Verónica.

No tenían sospecha de lo que vendría después de ese despertar. De lo que sí había certezas era de que tanto Catalina como Andrés, su hermano menor, contarían con el apoyo incondicional de su madre para realizar sus sueños. También con el de su padre que, ellas aseguran, sin estar en casa, estuvo siempre muy presente en sus vidas.

-Si nadie me apoyaba, yo sabía que siempre iba a estar mi mamá. Ella me decía "no te desanimes, dale, dale, dale, juégatela por lo que te gusta". Nunca fue "cuidado, no te va a ir bien". Siempre nos impulsó a desarrollar nuestro lado más intelectual. Que saliéramos, que estudiáramos, que tuviéramos sed de conocimiento. Yo, incluso, hoy, a veces, digo "ya, voy a tirar la toalla", y mi mamá me dice, "no, no lo hagas, por ningún motivo". El viaje a Juan Fernández no fue el único que las marcó. Vinieron varios más, pues Verónica consideraba que eran una buena instancia para compartir con sus hijos; "una instancia de unión y de conocernos más".

Verónica y Catalina recuerdan un viaje que hicieron a Las Bahamas en los años setenta.

-En el diario salió un aviso grande: 'Véngase por un fin de semana por solo 250 dólares'. No la pensé y calculé que tenía esos dólares en el cajón. El viaje era por un fin de semana pero el avión no podía volver, así que nos pagaron diez días. ¡Lo pasamos fantástico! -dice.

-Fuimos cuando nadie iba. Y en realidad íbamos, sin saber, a un lugar donde la gente que iba era toda adulta. No era un destino para niños. Mi hermano no cachaba nada, pero yo sí... -cuenta Catalina.

-¡Lo pasamos fantástico! -dice Verónica, entre risas.

Los viajes también eran al sur del país sobre todo a Toltén, porque Verónica era fanática de la pesca y le gustaba subir a sus hijos al bote y lanzarse, con ellos, río abajo.

Las diferencias entre madre e hija vinieron, recién, en la adolescencia. De ser devota de su madre -"yo la consideraba una súper woman", dice Catalina- empezaron a criticarse mutuamente.

-Tuve un encontrón con esta madre que era tan potente. Yo buscaba mi potencia, imponiéndome frente a mi mamá y mi mamá también frente a mí. Fui muy rebelde. Siempre chocábamos -dice Catalina.

La misma situación que dice haber vivido Catalina, años más tarde, la repitió con sus propios hijos, hoy de 11, 16 y 18 años respectivamente.

-Todo lo que critiqué me estaba pasando a mí, con mis hijos. Cuando mi mamá me decía "sal de mi pieza que quiero dormir" yo pensaba: "cómo es posible que mi madre prefiera dormir que jugar conmigo". Hoy digo: "cómo no la comprendí". Es agotamiento y la sensación de no poder, por ejemplo, impulsar mi carrera hacia afuera ni tampoco irme a vivir afuera. Mis hijos están ahí primero y me necesitan.

Las dificultades que a Catalina le tocó enfrentar durante la maternidad la llevaron a reencontrarse con su madre en la adultez.

Pese a que Verónica se desarrolló mucho más en el grabado -que hoy sigue ensayando- que en la pintura, es la seguidora número uno de su hija. Hoy, aseguran, poseer una relación basada en el apoyo incondicional, en el consejo mutuo, pero, sobre todo, en la admiración que sienten la una por la otra.

Claudia Berger & Emilia NogueraA sus nueve meses Mila sabe decir la palabra "Nase", que es como se traduce "nariz" en alemán. La dijo, hace unos días, apuntándole con su minúsculo dedo la nariz a su abuela materna, que la tenía sostenida entre sus brazos.

Mila es hija de la actriz, dramaturga y directora teatral Emilia Noguera y nieta del actor Héctor Noguera y Claudia Berger, una mujer de largo y ondulado pelo canoso, voz firme y segura, hoy dedicada a la asesoría y orientación comunicacional de rostros provenientes de mundos tan distintos como la política y la televisión. Y hace algunos meses, también, ocasionalmente a cargo del cuidado de ella: su primera nieta biológica. En esos momentos de intimidad, ella confiesa, le ha "surgido" hablarle y hasta cantarle a Mila en alemán.

Sobre todo estas últimas semanas que para Emilia han sido especialmente ajetreadas, combinando sus días con un taller de dramaturgia, los ensayos del "El Jardín de los cerezos" -obra que dirige su padre- y las clases que dicta en Teatro Camino. La llegada de Mila, dicen ambas, las "ha hermanado", las "ha vuelto compañeras en la maternidad". Siempre han sido muy buenas para conversar pero ahora lo hacen, incluso, hasta varias veces al día.

Mientras habla, Claudia trenza su larguísimo pelo, el mismo que se le puso color ceniza cuando tenía quince años y el mismo que tenía cuando fue madre, por primera vez, a los 31 años, de Claudia, quien falleció a pocas horas de nacer. En ese año, 1981, convivía con el actor Héctor Noguera, pero para ella ser madre soltera nunca fue tema. En los ambientes en que se movió, dice, no había esquemas demasiado establecidos respecto a cómo debía desenvolverse la mujer.

-No había prejuicio. Si estás esperando una guagua, ¡qué felicidad! No existía la creencia de que ibas a quedar marcada y de que estabas esperando un "huacho". En mi ambiente, no. Nadie me miró raro ni nunca tuve que lidiar con mi familia -dice Claudia.

Fue enfrentando los miedos de su pérdida en los siguientes embarazos, el de Diego y el de Emilia, que fueron inmediatos, con casi meses de diferencia. Damián, el último, nació cuando ella tenía 40 años. En todos los embarazos, dice Claudia, nunca dejó de trabajar. Para el de Diego trabajó hasta el último día y fue ella misma la que manejó el auto con el que llegó a la clínica. No podía darse la licencia de quedarse en casa porque su pareja debía apoyar su hogar anterior. Además, Héctor tampoco podía hacerse cargo del cuidado de sus hijos. "¡En qué momento!", dice.

Un patrón que Emilia dice seguir hoy en su propia maternidad pero con la diferencia, dice ella, de contar con mucho más apoyo de su pareja. Algo que madre e hija identifican como uno de los cambios más notorios en las épocas en que a cada una le tocó enfrentar su respectiva maternidad.

-El ejemplo de mi madre me ha servido mucho para afrontar todo con la mejor energía y la mejor buena onda, dentro de todo el cansancio que significa trabajar y cuidar a una guagua chica al mismo tiempo. Ella también lo hizo así conmigo. Además cuento con el apoyo de mi pareja. Todo puede ser menos pesado que antes -dice Emilia y cuenta que Etienne, su novio, tiene exactamente las mismas responsabilidades que ella en el cuidado de Mila.

-Lo único que no hace es dar pecho, aunque si lo pudiera hacer, ¡lo haría!

-El (nuevo) rol del hombre yo lo veo en mi yerno, que me trae la guagua en la mañana. Yo no recuerdo que el Tito haya cambiado ningún pañal en su vida. No porque no quisiera, si no que porque no estaba dentro de los cánones. No es que fuera un mal hombre ni un mal padre: es un estupendo padre y es un estupendo hombre. Pero en ese tiempo no era tema -dice Claudia Berger.

Claudia, así como Emilia, también fue hija de padres de pelo blanco. Cuando ella nació, su madre tenía 37 años y su padre, un inmigrante judío-alemán, tenía 49. Por eso nunca sintió que ser madre después de los treinta significara romper esquemas.-Recién me di cuenta de que podía ser "tema" cuando una señora en la calle me dijo: "¿y a usted no le da vergüenza estar esperando guagua con la cabeza llena de canas?" Para mí fue muy natural el embarazo de Damián. No es que yo haya planificado tener una guagua a los cuarenta años. Me embaracé y era lógico que se continuara con el embarazo y era lógico que era una guagua muy querida. No le di ninguna vuelta -dice Claudia.

Sin derecho al posnatal al ser trabajadora independiente, Emilia dice que dentro de las ganancias de su situación laboral está poder hacerse los tiempos y escaparse, a veces mañanas enteras, para estar con la que llama su "hija circulante". Tal como lo hacía Claudia, con ella misma, décadas atrás. De su madre dice haber heredado la capacidad de estar repartida en varios lados en compañía de Mila, sin que eso sea motivo de angustia. La estrategia ha sido establecer y cumplir rutinas.

-A pesar de que Mila me acompañe a todos lados, me siento tranquila sabiendo que puedo cumplir con sus rutinas, lo mismo que mi mamá hizo en su momento conmigo -dice.

-Yo creo que cuando más las hijas se parecen a sus madres es cuando se transforman en madres. Ellas se basan en el modelo que tienen como hijas. No es tanta la diferencia. No es que ellas quiebren esquemas con respecto a lo que hizo la madre. En general, yo pienso que los hijos seguimos los moldes que nos entregaron nuestros padres -dice Claudia.

Ella, eso sí, no dejaba a sus hijos con su madre. Las abuelas de su generación, dice, eran muy distintas a lo que son ahora. No concebían como prioridad el cuidado de un nieto. No porque no los quisieran, sino porque no se acostumbraba hacerlo.

Fue de sus padres que Claudia heredó el alemán como lengua natal. Y aunque no le "surgió" enseñarles palabras en alemán a sus hijos como sí lo ha hecho con Mila -que también dice "Kette", collar en alemán, porque Claudia los usa- , sí hubo otras instancias en las que demostró esa "otra forma de crianza" que había aprendido de sus padres.

-La gente piensa que siendo hija de padres artistas tuve una crianza como "muy de artistas" y eso no fue así, principalmente, porque estaba mi mamá, que era la que incentivaba esta rutina. Siempre tuvimos ritos como los cumpleaños, los años nuevos y las navidades, que todavía mantenemos -dice Emilia.

-Yo, también, siempre fui súper disciplinada con los horarios. La guagua despertaba a cierta hora, almorzaba a cierta hora, dormía a cierta hora, comía a cierta hora, y yo no salía con ella- dice Claudia.

Emilia dice que pese a tener un padre muy popular, nunca se sintió distinta al resto y en eso, cree, su madre siempre jugó un rol muy fundamental.

-Mi mamá siempre se preocupó de no ser "demasiado" especial, como para que fuéramos bichos raros con los amigos. Ya con un papá actor, súpermega famoso, que llegaba a buscarnos al colegio con la barba roja porque estaba actuando Van Gogh en el teatro, ella se preocupaba de dar cierto grado de sobriedad -dice Emilia.

Claudia les impuso rutinas como las visitas semanales a la Orquesta Sinfónica y la obligación de asistir a clases de educación musical. Además de los bonos en plata que les regalaba a sus hijos para que canjearan por entradas al teatro y los libros y lápices de colores que les compraba cada vez que querían dibujar.Claudia y Emilia conversan desde el living de su casa en La Reina, adonde Claudia llegó a vivir estando embarazada, y de la que Emilia partió -pero nunca abandonó- a los 22 años. Es ahí donde intenta almorzar cada domingo que puede. Ella y los hermanos y medias hermanas que tiene del matrimonio anterior de su padre, con sus respectivos hijos y hasta nietos. Son las reuniones de los Noguera donde no importan los enredos de edades ni de parentescos ni que las guaguas nazcan siendo tíos y a veces hasta tíos abuelos. En esta cálida casa donde abundan la madera, los cuadros, grabados y libros de arte y donde las verdes enredaderas se apoderan de cada rincón, todos tienen su espacio.

El mismo que fue escenario de numerosos cumpleaños infantiles que Emilia recuerda de su niñez con especial nostalgia. Tiempos en los que Claudia se las ingeniaba para entretener a los niños con juegos que ella misma inventaba, como el de la búsqueda del tesoro que aseguraba al ganador un cofre lleno de helado. El entusiasmo al organizar ese tipo de rituales, dicen ambas, se ha dejado de ver en algunas madres de hoy. Claudia cree que tiene que ver con la competencia en la que han entrado las madres por ofrecer el cumpleaños más popular, en el lugar de moda, y olvidarse de la creatividad y de entregarles cariño a los niños. El tener miedo a equivocarse, a que el hijo se aburra y se frustre.

-Yo siempre me acuerdo de las tortas que hacía mi mamá -dice Emilia.

-¡Eran un desastre! -interrumpe Claudia.

-Me acuerdo de una torta a la que mi mamá le chantó una Barbie en la punta. La torta supuestamente tenía que parecer como la falda de la muñeca pero...

-Cumplía 4 o 5 años y armó el escándalo, ¡¡fue espantoso!! ¡¿qué hacía su barbie adentro de la torta?! ¡Fue un desastre! ¡Le dio un susto! ¡Y para mí había sido tan buena la idea! -dice Claudia.

Mamá e hija no paran de reír. Para ellas, y en eso coinciden, ser madre es algo que se va aprendiendo en el momento.

"La gente piensa que siendo hija de artistas tuve una crianza como "muy de artistas" y eso no fue así, principalmente,  porque mi mamá incentivaba la rutina", dice Emilia.

Delia Vergara & Andrea HuneeusFue como una "bomba liberadora". Más de cuarenta años después de haber leído el imprescindible libro de la feminista Betty Friedan, "The Feminine Mystique", Delia Vergara (72) cuenta que hacerlo marcó para ella un antes y un después.

El libro -que identifica en las mujeres de los suburbios norteamericanos lo que la autora llama "el problema sin nombre", es decir el profundo malestar de una generación de mujeres educadas que seguían relegadas a su rol de dueñas de casa- llevó a la periodista y fundadora de la revista Paula a replantearse ciertas cosas de su vida.

-Leí "The Feminime Mystique" en 1968 y entrevisté a Betty Friedan en Nueva York unos años después. Me sentí completamente interpretada e interpelada por ella. Describía magistralmente la opresión que yo sentía, sin todavía poder articularla. Ella develó el mito en que vivíamos encasilladas las mujeres, el mito femenino que nos asignaba roles de servicio, adorno, objeto sexual y reproducción, mientras los hombres eran los dueños del mundo y llegaban a la casa a mandar. La lucidez y la furia de Friedan para pintar un cuadro personal y social que hasta entonces las mujeres silenciábamos, operaron como una bomba liberadora -dice Delia.

Después de esa lectura, la periodista y feminista se encontró con otras mujeres que, dice hoy, la empujaron a ella y su generación a "salir de la pasividad y el aguante". Progresivamente, Delia empezó a sentirse parte de un gran cambio cultural y del empoderamiento de las mujeres.

-Mi vida empezó a cambiar y cambié la línea editorial de Paula, la enrumbé en esa dirección, lo que tuvo un tremendo impacto y masivo apoyo en las chilenas de ese tiempo.

Delia Vergara está felizmente retirada, pero sigue muy conectada con el mundo actual, porque hace poco descubrió y empezó a participar en Twitter (@deliaconectada). Tiene tres hijos: dos hombres y una mujer, la destacada ginecóloga y obstetra especializada en adolescentes, Andrea Huneeus, quien está actualmente terminando un máster en Salud Pública de Salud Materno Infantil en la Universidad de California, en Berkeley. Ambas vivieron tiempos distintos y enfrentaron batallas diferentes.

-Las mujeres de mi generación fuimos las primeras en cortar masivamente con el camino de nuestras madres. Salimos en manada a estudiar y a hacernos profesionales. Empezamos a romper la estructura de la familia tradicional. Nuestro gran desafío fue reinventarnos, porque fuimos educadas en los valores tradicionales y solo conocíamos eso. Les abrimos un ancho camino a nuestros hijos e hijas -dice Delia.

Andrea lo confirma.

-Ella tuvo que encarar una media revolución para salir adelante, afortunadamente la revolución estaba más encaminada cuando yo decidí ser profesional -cuenta.

La ginecóloga dice ser parecida a su madre en muchos aspectos: al igual que ella, trabaja "demasiado" y tiene una vida muy desarrollada fuera de la casa.

-Soy diferente en que mi rol de mamá no se ha visto contrapuesto al profesional por la época en que me tocó vivir -dice.

Si a Delia convertirse en profesional y desarrollarse en el mundo del trabajo le resultó fácil, no le pasó lo mismo una vez que fue madre.

-Desde adolescente me preparé para ser profesional y llegué a serlo como por un tubo. Cuando llegaron mis hijos me di cuenta de que tenía muy pocos dedos para ese piano, no me sentía hecha para eso. Me costó estibar el bote, equilibrar mi ser profesional con mi ser mamá. Para mí era más fácil trabajar profesionalmente que criar a mis hijos y llevar la casa. Así y todo saqué adelante a mis hijos y ellos han sido lo más cercano que he tenido en mi vida, mi segunda piel.

La periodista dice que la vida en pareja tampoco se le dio sin conflictos. Vivía tironeada entre el deseo de tener a alguien al lado y las ganas de ser independiente.

-Mientras tuve pareja, luché por permanecer yo misma, por sacar mi voz, por no convertirme en mi mamá, que era una sumisa furiosa, aunque las células de mi cuerpo me inclinaban a eso. Tremenda lucha interna. Logré una cierta independencia porque una vez divorciada, nunca más volví a casarme ni a vivir en pareja -comenta.

Andrea vivió la maternidad de manera distinta a Delia. Tiene dos hijos, de 15 y 22 años.

-Yo tuve una mamá potente y cuestionadora del rol que la sociedad le había adjudicado como mujer. Y con un don impresionante para trabajar. Era una mamá de la que siempre me sentí orgullosa aunque eso tuviera a veces el costo de tener que prescindir de ella como mamá -dice hoy. Agrega:

 -Ser madre me ha gustado mucho. Hija de mi madre, no tenía mucha referencia de cómo era esta cosa de la maternidad, pero afortunadamente una vez embarcada, ser mamá me ha salido muy natural e instintivo.

Andrea dice ser su "mamá y más en el feminismo". Comparte su visión de equidad de género. Y a ella también le tocó enfrentar resabios de machismo mientras estudiaba.

-Cuando entré a la Escuela de Medicina todavía se decía que las mujeres ocupábamos cupos de los eventuales hombres médicos y después abandonábamos la carrera a medio camino para casarnos - dice-. En lo profesional, yo partí con un paso adelante porque soy hija de una mujer profesional, entonces para mí fue totalmente natural. No tuve que romper ningún modelo.Dice que fue motivada por el machismo, del que fue testigo, que descubrió su vocación por la ginecología.

-La posibilidad de trabajar con mujeres para ayudarlas a resolver todos sus temas reproductivos, para que tengan una vida más plena, me ha estimulado desde entonces. Mi rol como ginecóloga es ayudar a que las niñas vivan una pubertad normal, que no las asuste ni las haga sentirse raras, que cuando decidan iniciar su vida sexual aprendan a cuidarse para no contagiarse infecciones y no embarazarse hasta que no lo decidan. Y que cuando quieran ser mamás el proceso sea sano y seguro. Cuando estás detrás de las mujeres en estos temas sensibles, estás empoderándolas para que se desarrollen plenamente. ¿Qué más feminista que eso?

Delia, sin embargo, siente que a la generación de su hija le ha faltado fuerza a la hora de seguir las batallas por los derechos de las mujeres.

-Nosotros nos subimos a la ola revolucionaria de los sesenta y comienzos de los setenta, la sociedad estaba en eso. A nuestras hijas les tocó la resaca, la sociedad se volvió ferozmente conservadora. Ellas se criaron en una sociedad oscura, autoritaria, machista. Por otra parte, vivieron nuestras crisis personales, mucha ruptura, inestabilidad. Como consecuencia de todo eso les ha costado más sacar la voz. Son menos jugadas que nosotros, menos vocales. Escucho muchas veces a mujeres de generaciones más jóvenes decir que todo está bien con los hombres, que el mundo cambió, que el feminismo es cosa anticuada. Ese feminismo tan radical y rupturista de mi generación puede ser anticuado, pero el mundo sigue igual, el mito femenino del que hablaba Friedan rige en la mayoría de las mujeres, y el mundo lo siguen manejando los hombres en su ley -dice.

"Cuando llegaron mis hijos me di cuenta de que tenía  pocos dedos para ese piano. Me costó equilibrar mi ser profesional con mi ser mamá. Me era más fácil trabajar profesionalmente que criar a mis hijos", dice Delia Vergara.



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"Es que nosotras pensamos que el cordón umbilical no se corta nunca", dice Claudia sobre la relación con su hija Raffaella.


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