REVISTA DE LIBROS

Viernes 10 de Junio de 2005

Entrevista a Eduardo Labarca
El tirano somos todos

Entrevista a Eduardo Labarca.
Pedro Pablo Guerrero

Abre la puerta de un departamento - prestado- donde coexisten pacíficamente cuadros de Copello y Delia del Carril. Hasta este viaje no tenía casa en Chile. Ahora se compró una en la playa. Celebró los tijerales junto a su hijo cineasta, Yura, pareja de Francisco Casas, el autor de Yo, yegua. Viene de tiempo en tiempo, pero admite que ya no lo reconoce mucha gente. "Los viejos, no más", dice con una sonrisa carismática.

Azarosa ha sido la vida de Eduardo Labarca (Santiago, 1938). Tras descartar la carrera de abogado - se tituló en la Universidad de Chile- trabajó en "El Siglo", radio Portales y Canal 13, donde fue panelista de "A esta hora se improvisa" durante el gobierno de Allende. Disciplinado, la seductora bohemia periodística de esos años no le impidió escribir libros de trinchera: Chile invadido (1968), Chile al rojo (1971) y Corvalán 27 horas (1973), maratónica serie de entrevistas al entonces jerarca máximo del Partido Comunista. El golpe lo sorprendió como director del Noticiario Nacional de Chilefilms. Estuvo detenido brevemente y a fines de 1973 se asiló en la embajada de Colombia. Exiliado, no tardó en incorporarse al equipo del programa "Escucha Chile", de Radio Moscú. Permaneció en la URSS hasta 1980, después se marchó a París y luego a Viena, donde reside hasta hoy, ganándose la vida como traductor de la ONU.

Su mayor sueño, como el de tantos, es poder dedicarse ciento por ciento a la literatura, un viejo amor del que han dado prueba su libro de relatos El turco Abdala y otras historias (1988); "los apuntes para una novela" reunidos en Acullá (1990), y una original novela histórica sobre la insurrección mapuche de 1598, Butamalón, que conoció una edición española en Anaya & Mario Muchnik (1994) y otra chilena, de Editorial Universitaria y Fondo de Cultura Económica (1997).

Este año Labarca regresó a la narrativa con el que tal vez sea su trabajo más extraño y ambicioso. Elogiada por Raúl Zurita el día de su presentación, Cadáver tuerto (Catalonia) es la novela de un tirano, de la tortura y el exilio, pero también es el relato en clave de una vida, por más que su autor se empeñe en confundir las pistas entre fantasías delirantes, visiones escatológicas, sarcasmos y esperpentos que recorren su paso por el frío y vigilado país de Acullá (la URSS); el Infierno o Allá (el Chile de la represión); el país de Acá, atravesado por las intrigas políticas del exilio y el submundo de los inmigrantes (Francia), y de nuevo el hipertelevisivo y mercantilizado país de Allá (Chile hoy).

- ¿Qué pasó entre "Butamalón" y "Cadáver tuerto"? ¿Te quisiste apartar del realismo y la novela histórica?

- Se fue dando. No es una novela que esté escrita de pe a pa con el mismo narrador, desde el mismo punto de vista, hay distintos ángulos, tiempos, intensidades, enfoques, diferentes grados de irrealidad. Después de publicar Butamalón me tomé un año sabático y me dediqué a leer. Luego me puse a escribir fragmentos para una novela, pero sin tener un plan, y en eso estaba cuando vino la detención de Pinochet en Inglaterra. Fue un lamparazo que me iluminó, porque yo quería aproximarme al tema del tirano y ponerlo en acción. Ese hecho justificó y enlazó todas esas historia que estaban dispersas.

- ¿Hay algo parecido a una catarsis?

- Para mí sí. Esta novela me ha traído un gran alivio. Cuando terminé de escribirla me di cuenta de que habían estallado los moldes en que yo puse mi vida. Con este libro rompo con todo, sin abandonar mis ideas o preferencias, pero sí mis rigideces. Me siento libre, libre para pensar lo que quiera y decir lo que quiera.

- ¿Te refieres al retrato que haces de algunos de tus compañeros de Radio Moscú?

- ¿Cuáles?

- Volodia Teitelboim, por ejemplo, que es igual al personaje Constantino Popescu, al que todos llaman Pope.

- Se parece, pero es pura coincidencia. Necesitaba un personaje así en esa parte y Volodia me daba algunas ideas, pero no es puro Volodia. Igual que el protagonista, Lautraro, que está muy lejos de ser yo mismo, incluso es un autor medio autodidacta. Ningún personaje corresponde ciento por ciento a alguien real. Había un Volodia en la radio y hay un Pope en el libro que cumple una función equivalente, pero hace cosas que Volodia no hacía. Y al revés. A todos mis personajes los diferencié deliberadamente. A lo mejor Volodia se me pasó. Pero José Miguel Varas podría estar mezclado con Volodia. Podría ser. Los dos son intelectuales.

- ¿Por qué te fuiste de la radio? ¿Te de-sencantaste, como el Lautraro de la novela?

- No. Yo quería dedicarme a escribir y partir a Francia, donde estaban mis padres, mis hermanos y mis hijos mayores. Pero faltaba personal: no había a quién traer. Estuve años insistiendo. Me habría ido a los cinco y se me alargó a más de siete. Al final me trasladaron por cansancio, pero salimos tan amigos, incluso me condecoraron. Seguí siendo comunista hasta los tiempos de Gorbachov. En realidad, yo no me fui del PC, sino que el PC se fue de mí, porque en Austria dejó de existir el PC chileno. Los más activos, que eran ya viejos, se volvieron a Chile en cuanto pudieron y un día no hubo más reuniones.

- ¿O sea, después de todo, no haces una autocrítica en esta novela?

- No, y es muy importante esa pregunta, porque existe la literatura de los ex comunistas: Koestler - un grandísimo novelista- , Silone, el propio Semprún, y no quiero que me clasifiquen ahí, porque yo no me siento uno de ellos. No soy el tipo que se va y se dedica a escribir y criticar al PC, obsesionado.

- Lautraro es un personaje transformista: asume las características según el ambiente en que se mueve, como el Zelig de Woody Allen, ¿no?

- Siempre está representando a los demás, su personalidad es más bien indefinida. Por eso le salen bien las imitaciones. Es una característica chilena. Tal vez por inseguridad, pero también por estrategia, el chileno, que es muy ladino, se pone en el lugar de los otros. Somos un país que da explicaciones siempre, muchas más de las necesarias.

- ¿Esa facilidad para imitar al Tirano no habla también de la vieja creencia de que hay uno en cada uno de nosotros?

- No sé si en cada chileno individualmente, pero el tirano es fruto de una colectividad. El tirano somos todos. Esa frase de la novela es importante, la vine a poner cuando ya estaba terminando el libro. Hay quienes dicen que hubo culpabilidad tanto de la UP como de los que dieron el golpe. Eso en el plano político, pero en el plano social-mental, éste es un país de mucha crueldad, que nació con la Guerra de Arauco, en la que murieron 30 mil españoles. Ellos eran muy crueles, medievales todavía: le sacaban los ojos a la gente, cortaban orejas, y los mapuches adoptaron rápidamente formas de crueldad tremenda. Los mapuches cada cincuenta años más o menos se sublevaban. Mira después la Independencia, la guerra civil del 91, Ibáñez, el 73. O sea, cada 40 o 50 años nos matamos entre nosotros, por muy constitucionalistas, legalistas y tranquilos que seamos.

Historia de un apócrifo

Cuando las hijas del general Carlos Prats publicaron en 1985 las Memorias de su padre dejaron establecido en la Presentación que uno de los objetivos del libro era "entregar las verdaderas y únicas Memorias de Carlos Prats González, en oposición al libro apócrifo que alguien escribió en México y que, cualquiera haya sido su objetivo, deriva del compromiso con intereses particulares y no con la verdad". Se referían a La vida por la legalidad, texto de 132 páginas editado por el Fondo de Cultura Económica en México, el año 1976, y atribuido al militar chileno, del que se publicaron diez mil ejemplares en su primera edición. Título que hoy está fuera de catálogo.

¿Quién era el autor de esas memorias apócrifas? ¿Con qué objetivo fueron publicadas? La lectura de Cadáver tuerto da la pista para aclarar estas interrogantes. En el segundo capítulo de la novela se afirma que el poderoso Constantino Popescu, más conocido como el Pope, cerebro del programa radial "Escucha Allá", le encomienda al periodista Lautraro un "proyecto de los hermanos mayores". Es decir de los altos mandos del Partido Comunista. Se trata de "mejorar" el Diario de un general diferente, escrito por un General en Jefe retirado, muerto en un atentado explosivo. Pese a sus aprensiones ("¿Cómo íbamos a mejorar el Diario de un muerto?"), Lautraro acepta la misión, respetando las instrucciones del Pope: "Lo principal es que el pensamiento del General Diferente esté de acuerdo con la Línea". El resultado es tan convincente que el Pope lo felicita: "Si no conociera la verdad, me habría tragado tu Diario con anzuelo y todo".

Casi treinta años debieron pasar para que Eduardo Labarca decidiera revelar la gran cuota de verdad en su ficción: hoy admite que fue él quien escribió el diario apócrifo publicado en México.

"Eran años muy duros, en Chile la represión era terrible y nosotros, desde el exilio, queríamos a toda costa denunciar los crímenes de la dictadura y mostrar que Pinochet era nefasto para el país. Cuando Prats fue asesinado, la policía no encontró el original de las memorias que estaba escribiendo y se dio por sentado que los que pusieron la bomba se lo habían robado. El diario apócrifo estaba dirigido especialmente a los militares chilenos, queríamos abrirles los ojos, al menos ésa era nuestra intención".

En cuanto a los nombres de quienes le encargaron la misión, Labarca ha decidido no dar ninguno. "El 'diario' - afirma- salió de mis manos y estoy convencido de que no había otra persona capaz de escribir un texto que pareciera auténtico, por lo que asumo toda la responsabilidad y todas las consecuencias que ello me pueda acarrear. Pero soy leal con mis amigos y camaradas. Muero en la rueda".

- ¿Te costó mucho tomar la decisión de aceptar el encargo?

- No me costó nada. Al contrario, me pareció excitante. Me sentí un James Bond de las letras, era mi primera obra de ficción. Eso te demuestra que dentro de la tragedia que vivíamos, con nuestros amigos detenidos y torturados hasta la muerte y hechos desaparecer, estábamos bastante locos, porque a la distancia hoy me parece un acto inconcebible, descabellado, insensato, inútil, que seguramente no acortó ni en cinco minutos la duración de la dictadura.

- ¿Estás arrepentido?

- Tal vez la palabra no sea "arrepentimiento". Al escribir ese "diario" fui fiel a mi tiempo y mis circunstancias. Ambos han cambiado y algo he reflexionado y aprendido por el camino. La verdad es que después de unos siete años, antes de que aparecieran las Memorias verdaderas, empecé a tener ganas de dar un paso al frente y aclarar el asunto. Pero Pinochet seguía en su puesto y con esto le habría hecho un regalo, pues el dictador, el Mamo y compañía no habrían perdido la oportunidad de salir con cualquier disparate. Además no sabía bien cómo hacerlo. Al escribir Cadáver tuerto se me prendió la ampolleta, y cuando Cheyre le rindió homenaje a Prats me dije: "Llegó el momento, la ficción es la vía adecuada". Tengo mis años y no quería morirme con este embuchado.

- ¿Te disculpaste con alguien de la familia de Carlos Prats?

- Sí, primero un abogado amigo habló en Santiago con Sofía Prats y le contó la película. Hace poco, antes de venir a Chile, viajé a Grecia, donde ella es embajadora, a darle personalmente explicaciones. En estos días en Chile he asumido la tarea de excusarme ante las otras dos hijas del general, Angélica y Cecilia. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que la iniciativa del diario apócrifo constituyó una grave falta de lealtad a la memoria de un militar que fue fiel a sus convicciones hasta pagarlo con su vida. También faltamos el respeto a sus familiares, amigos y camaradas que tanto dolor han sufrido. ¿Qué nos habría parecido a nosotros si alguien le hubiera colgado diarios a nuestros desaparecidos? ¡No nos habría gustado! Por eso yo asumo y doy explicaciones... en un país donde, en cambio, los que mandaron matar a Prats y a miles más pretenden que no supieron nunca nada.

Texto escogido de "Cadáver tuerto", de Eduardo Labarca (Catalonia) en nuestro sitio de internet:

http://diario.elmercurio.com/_portada/revista_de_libros.asp


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