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Sábado 26 de Octubre de 2013

 
¿Son los hombres cada vez menos capaces de arreglar algo en la casa?

¿Se le rompió una cañería? ¿Hay que cambiar una rueda? ¿Una lámpara que genera cortocircuito? Hace 20 años, solucionar esos problemas era tarea para "el hombre de la casa". Los tiempos cambiaron y ahora ambos géneros están en igualdad de condiciones. Es decir, igual de indefensos y poco instruidos. ¿Por qué esta dinámica casi icónica del machismo está en extinción? Juan Ignacio Cornejo  
 Son las diez y media de la noche de un lunes. El silencioso descanso de Felipe Montt después de un día de largo trabajo en la oficina se ve interrumpido por el llamado de dos ex compañeros de la universidad. El problema es que el par de amigos tiene que solucionar una pana eléctrica del auto de uno de ellos. "¿Dónde van los cables para cargar la batería? ¿El rojo al positivo? ¿Es positivo con positivo o positivo con negativo?".

Al cabo de unos minutos, los amigos de Felipe lograron solucionar su problema. Todos tienen algún amigo, conocido, pariente o "contacto" en quien confiar como referencia en campos que hoy están lejos de ser del dominio generalizado de los hombres, pero que alguna vez lo fueron. Hablamos de mecánica, gasfitería, carpintería y electricidad.

Por alguna razón, esas habilidades, en las que campearon los que hoy tiene más de 50, ya no son parte de los más jóvenes. Hoy, mientras más jóvenes, menos duchos con las manos. ¿Ha visto alguna vez a un universitario tratando de arreglar una cañería? Es un grotesco y trágico espectáculo.

¿Por qué sucede esto? ¿Qué explica que los varones menores de 40 años (y muchos mayores también) seamos tan ineptos en áreas que antaño eran de dominio masculino e, incluso, medidas de hombría? Parece ser un tema machista, pero así es como está instalado.

Felipe Montt tiene 30 años y revela que lo que sabe de mecánica automotriz lo aprendió viendo a su padre. Y no precisamente porque este sea "tuerca"; simplemente, él "le ponía empeño. Si el auto lo dejaba botado, al menos le echaba un vistazo al motor, como para ver si entendía lo que había pasado. Yo me crié así".

A sus 53, Roberto Vázquez ha trabajado toda la vida en oficinas, sentado frente al escritorio. Sin embargo, ante cada falla que se presenta en la casa que comparte con su señora hace más de un cuarto de siglo no se hace problemas. Según él, "no es algo que la gente de mi edad se cuestione. Nuestros padres nos enseñaron así. Nuestros abuelos jamás hubiesen tolerado que la mujer le hiciera pedir ayuda. Eran otros tiempos, pero también creo que son conocimientos útiles, porque problemas como una llave que gotea o una ventana que se rompió y hay que cambiar se presentan comúnmente y en el minuto menos pensado".

No hay dudas de que estos fueron conocimientos que se fueron traspasando de una generación a otra. ¿Y por qué comenzaron a perderse? "Yo diría que nunca fueron todos los padres los que enseñaron o incentivaron eso. Igual se ha mitificado el cuento, creo. Ocurre que hoy un mueble viene listo para armarse; en ese contexto, es innecesario que le diga a mi hijo que aprenda a usar serrucho y martillo", dice Carlos Salas, ingeniero de 37 años.

Ni tan macho ni tan importante

Desde el punto de vista de la mujer, este tema también dejó de ser relevante. Mónica Pérez, dueña de casa que solo reconoce "haber pasado la barrera de los 50", recuerda que en sus tiempos las madres trataban de meterle en la cabeza a sus hijas que el hombre de la casa tenía que cumplir estas tareas, casi como una muestra de hombría.

"Háganse la imagen", sugiere Mónica. "De esto pasaron más de cuarenta años, pero íbamos de vacaciones al sur en auto y pinchamos un neumático. Mi papá era el único hombre, el resto puras mujeres. Y ninguna se acercó a ayudar a cambiar la rueda; era tarea del hombre. Por suerte eso cambió, porque siempre me pareció innecesario", concluye.

A Cristina Urra (ingeniera comercial, 29 años), que un hombre sea capaz de cambiar un lavaplatos o un soquete le es indiferente. "Si se puede costear a alguien que haga los arreglos eléctricos, del auto o de un cálifont, no veo el problema. Es más, diría que me molestan un poco esos hombres a los que les gusta sacar alicates y destornilladores y que se 'dan color' por eso", sentencia.

Beatriz Valdés es un caso atípico: una mujer que desde chica se preocupó de entender de este tipo de ejercicios. Confiesa que "no ando armando muebles, pero si tengo una gotera o algo así, sí trato de hacer algo. Tengo mi cajita de herramientas incluso. Si llega un maestro, me gusta ver lo que hace. Instalé la cocina de mi casa yo, antes de que llegara la compañía de gas que se iba a demorar un siglo. No creo que a esta altura te defina como hombre saber hacer ese tipo de cosas".

Es Beatriz quien lanza la segunda hipótesis de por qué esto fue desapareciendo en el tiempo: "Ahora hay menos tiempo. Si llegas de la pega, con suerte alcanzas a hacerte algo para comer, entonces no te vas a poner a arreglar una cañería. Y la sociedad, en todo sentido, se ha ido especializando cada vez más en sus funciones. Es raro que alguien le haga a todo".

Aunque escaseen los hombres menores de 35 que van a optar por arreglar un problema mecánico o de gasfitería por sí mismos, Carlos Salas es de los que no restan importancia a estar informados. "Si voy al taller a arreglar el auto, no quiero que me hablen y que yo no entienda nada. Sea al especialista que sea, si uno le habla en su lenguaje no te van a tomar por tonto y así evitas también que te terminen cobrando por cosas que no son. Un gásfiter te cobra 20 o 30 lucas solo por ir a ver lo que tienes, mínimo es que uno pueda evitarse eso", avisa Salas.

Roberto Vázquez se ríe contando de un sobrino que en un año quemó 4 fuentes de poder de su computador de torre y nunca siquiera se cuestionó si tenía problemas de corriente en el enchufe. Eso sí, advierte que dentro de todo, tampoco es llegar y empezar a meter mano a ciegas. "Si no tienes ningún conocimiento eléctrico, puede ser muy peligroso tratar de abrir un enchufe, por ejemplo. Lo mismo con el auto, si cargas mal una batería se puede quemar el computador y ese arreglo sí que es caro".

Al final, si usted es del equipo de los "manos de hacha", nadie dice que tenga que transformarse en un MacGyver casero. La recomendación es poner ojo y oreja, para que no lo hagan tonto. Y de vez en cuando trate de hacerse el héroe con alguna tarea menor, como instalar algún mueble en la casa. "Si tampoco una quiere a un hombre de cristal que tenga miedo a usar un martillo para no romperse un dedo", dice risueña Mónica Pérez. "Eso no lo aguanta ni una mujer de 50 ni una de 20".

"En estos tiempos ya no es tan necesario. Ahora un mueble viene listo para armarse, sería innecesario que yo le dijera a mi hijo que aprenda a usar serrucho y martillo en ese contexto".

Existen cursos de gasfitería e instalaciones sanitarias por $5.000 la hora, y tarifas similares para talleres de electricidad básica (aunque en algunas instituciones municipales incluso puede encontrarlos gratis). No se pierde nada.

 


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Foto:SERGIO LOPEZ
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