ARTES Y LETRAS

Domingo 11 de Agosto de 2002

JOSEPH EMPERAIRE y los Kaweskar. La leche derramada:
Nómades del mar

La Editorial Lom reedita el célebre trabajo del etnólogo y naturalista francés Joseph Emperaire traducido en Chile por Luis Oyarzún. Desde que los nómades del mar abandonaron para siempre los archipiélagos australes, este libro se ha convertido en una referencia esencial sobre esta etnia. De paso, puede echarse una lágrima sobre la leche derramada.
MARCELO SOMARRIVA Q.

En diciembre de 1958, el desmoronamiento de una pared de tierra y piedras, en Posonby a orillas del mar de Skyring, terminó con la vida del etnológo y naturalista francés Joseph Emperaire. El derrumbe terminó, también, de golpe, con 12 años de investigaciones y estudios sobre el pasado y el presente del extremo austral de Chile. Doce años antes, en enero de 1946, Joseph Emperaire había desembarcado junto al doctor Louis Robin en Puerto Edén, en la costa oriental de la isla de Wellington, para investigar y recoger los últimos testimonios que podían obtenerse sobre la etnia kaweskar. Fueron 22 meses de convivencia e investigación, que concluyeron en su libro "Los nómades del mar", que, tal como el propio autor lo caracterizaba, es "un estudio apasionado y trágico sobre la desaparición de un pueblo".

Después de trabajar algunos años en Francia, Emperaire, regresó al extremo sur de Chile en marzo de 1951, donde permaneció hasta 1953 dedicado a investigaciones arqueológicas y a complementar sus estudios lingüísticos y demográficos sobre los kaweskar de Puerto Edén. En esta ocasión lo acompañó, por un año, la antropóloga Annette Laming, su
señora.

El libro "Los nómades del mar" se publicó en Francia por la editorial Gallimard como parte de la colección "L'especie humaine" (donde también se incluía el trabajo "Isla de Pascua" del etnográfo suizo Alfred Metraux). En enero de 1957, el escritor y diplomático chileno Salvador Reyes envió a las páginas de este diario la primera reseña chilena sobre el libro de Emperaire, algunos años antes de que sus páginas fueran traducidas por el ensayista y poeta Luis Oyarzún y luego publicadas por la Universidad de Chile. En su reseña, entre llamados a la descentralización mental de los chilenos y alabanzas a la armada, Reyes destacaba cómo las descripciones de Emperaire eran de artista a la vez que de investigador. Contaba, además, que había conocido a Emperaire en Francia inmediatamente después de la guerra cuando éste se aprontaba a partir a Chile. Reyes y él intercambiaron cartas. Según cuenta el primero, Emperaire le habría escrito, diciéndole: "Me he dejado tomar por la Patagonia y los archipiélagos del oeste como por mi tierra natal." La afirmación no parece tan exagerada después de leer "Los nómades del mar", un libro atravesado por el patetismo de lo narrado y por el afecto que el autor siente hacia el objeto de su estudio.

"Regalar"

La editorial Lom ha tenido la feliz iniciativa de incluir "Los nómades del mar" entre uno de sus clásicos de los siglos XIX y XX, por sorprendente que pueda ser que un libro como éste figure entre títulos de Lastarria, Jotabeche y Carlos Vicuña Fuentes. La primera edición de "Los nómades del mar" fue recibida con entusiasmo. Un joven Jorge Teillier, escribió, en la revista Mapocho de 1963, que Emperaire por momentos "describe con palabras que no vacilamos en calificar de poéticas", y el crítico Ricardo Latcham concluyó una crónica literaria de La Nación, destacando cómo "una triste lección surgía de un magnífico análisis". Por otro lado, Francisco Coloane, el recientemente fallecido escritor especialista en temas australes, según manifestó en una entrevista, sentía una enorme admiración por el trabajo de Emperaire.

Los alacalufes - como suele ocurrir en estos casos- jamás se llamaron a sí mismos de esta forma. El primero en llamarlos así habría sido Fitz Roy; Bougainville y otros navegantes, que más tarde siguieron su ejemplo, hablaban de ellos como los "petcheray". En ambos casos, el nombre correspondía a la primera palabra que los europeos les escucharon pronunciar con insistencia. Emperaire descubrió que "petcheray" era una deformación de la palabra que los nativos usaban para referirse a los extranjeros y que "alacalufe", así como sus derivaciones similares, provenía presumiblemente de la expresión "alakala", una deformación en su lengua de la palabra castellana "regalar". Un término que los navegantes comenzaron a escuchar desde que los nómades del mar adquirieron la costumbre de pedir las cosas que les llamaban la atención. De este modo, quienes se llamaban a sí mismos como "kaweskar", palabra que de acuerdo a Emperaire designaba a "los hombres" - o bien, a "ellos mismos" o "los que llevan la piel"- , pasaron a convertirse en el siglo XIX en una comunidad de pedigüeños por antonomasia. Paradójicamente, éste terminó siendo su trágico destino: vivir en la mendicidad, a la espera de que se les entregara aquello que creían necesario para convertirse en "civilizados"; mientras que el propio contacto con sus dominadores y la inmovilidad a la que se les sumía a fuerza de darles las cosas, los iba detereriorando progresivamente.

El horror

En la medida en que los kaweskar fueron desapareciendo del lúgubre rincón del planeta que les tocó habitar, el libro "Los nómades del mar" fue convirtiéndose en una referencia indispensable para todo aquel que quisiera enterarse de la efímera existencia de esta etnia. El libro no es un recuento anecdótico de las experiencias de Emperaire entre los kaweskar, sino que un trabajo etnográfico que comprendió exámenes médicos, mediciones demográficas, investigaciones en base a entrevistas y observaciones en terreno; todo ello cotejado con el abundante y, al mismo tiempo disperso, acopio de testimonios acumulados a lo largo de los siglos especialmente por viajeros y misioneros. Se trata de un libro científico y accesible a la vez, escrito con una prosa clarísima, sin ripios de ninguna especie.

"Los nómades del mar" comienza con un detallado y sucinto relato de la odisea marítima que significó el descubrimiento del Estrecho de Magallanes y de la larga franja de archipiélagos de la Patagonia occidental por donde los kaweskar se desplazaron en sus canoas. Desde los viajes de Magallanes y Ladrillero, (el primero en recorrer toda esa franja costera) hasta la experiencia de los loberos y balleneros del siglo XIX. Pasando entre tanto por las experiencias trágicas de Sarmiento de Gamboa - de quien Emperaire proyectaba escribir una biografía- y del guardiamarina inglés John Byron. Precisamente, habría sido Byron, el abuelo del célebre poeta romántico, quien más tiempo convivió con los kaweskar. Por la misma razón, señala Emperaire, sus testimonios recogidos en su libro de recuerdos (traducidos en Chile por José Sepulveda en 1901) son un testimonio invaluable sobre las costumbres de este pueblo. Guardando las distancias, es probable que Byron y Emperaire hayan sido los europeos que más tiempo convivieron con los kaweskar. El primero tenía 17 o 18 años, cuando la fragata en la que viajaba se estrelló contra las rocas de la islas Guayaneco y por razones de sobrevivencia se vió obligado a vivir entre ellos y los chonos quienes lo llevaron hasta Chiloé. Si Byron nunca tuvo muy claro lo que le estaba sucediendo, Emperaire, por su parte, sí sabía lo que buscaba, pero no tuvo la fortuna de ver a los kaweskar en su modesto esplendor. Las experiencias australes de Byron no llegaron hasta allí; veinte años más tarde volvió a recorrer las tierras del estrecho, esta vez a la cabeza de una expedición de pretendidos objetivos científicos y que ocultaba intenciones estrátegicas. Cuenta Emperaire que en una parada de abastecimiento uno de sus marinos le tocó el violín a un grupo de nativos, otros tripulantes bailaron y los kaweskar no podían creer lo que sucedía. Terminaron pintándoles la cara con grasa roja en señal de amistad.

Más adelante, Emperaire hace una descripción geográfica de la larga banda de accidentados archipielagos, islas y fiordos, "el mundo de prodigio y pesadilla" donde vivieron los kaweskar. Emperaire mediante imágenes precisas consigue trasladar al lector a un lúgubre escenario de hielos, tormentas, playas estrechas, turberas humeantes y bosques impenetrables. Una región donde las temperaturas oscilan entre los 0 y 5 grados bajo cero la mayor parte del año; donde la lluvia cae en forma permanente y en la cual el viento no para nunca. Emperaire transmite la impresión enorme y debilitante que puede ocasionar esta sujeción de la actividad física y mental a un paisaje invariable e inclemente. Sin embargo - añade- no se trata sólo de un asunto meteorológico, ya que "en todas partes reina una impresión de misterio, de poder desmesurado de las fuerzas naturales". Según el autor, esta naturaleza aplastante y terrorífica habría redundado en que los kaweskar hayan tenido una cultura material precaria, sin cerámicas, tejidos ni forma estética alguna. Y que incluso - según presume Emperaire- , tampoco contaran con el resguardo de ninguna divinidad positiva o benefactora, sino que siempre fueran acechados por "pesadillas deificadas", para usar una expresión de Bataille. Emperaire, pasa luego a estudiar las condiciones de vida de los individuos con los que convivió, sus características físicas y el estado de su salud. Detalla la vida dentro del campamento, las técnicas en la preparación de armas, utensilios, canoas y las formas de caza y pesca, actividades cada vez más escasas en la base de puerto Edén. Describe también las relaciones humanas entre los miembros de la comunidad y las relaciones que tuvieron con el espacio y el tiempo. Por último, se interna en el ámbito de sus creencias e interdicciones religiosas.

El fin

Uno de los aspectos importantes de "Los nómades del mar" es la precisión que Emperaire proporciona respecto de lo que se entiende por la desaparición de una etnia. A su juicio, un pueblo, a diferencia de un individuo que sólo desaparece cuando muere, deja de existir cuando sus miembros ya no contribuyen a las actividades de su colectividad o a la renovación de ésta. De manera que no es necesario que los miembros de una comunidad mueran para que ésta deje de existir como tal.

Cuando Emperaire y Rolin llegaron a puerto Edén, hacía ya quince años que el gobierno de Pedro Aguirre Cerda había dictado una ley de protección indígena. Para cumplir con esta ley se habilitó una estación aeronáutica en la que se implementó un puesto militar que, en teoría, debía proporcionarles víveres y asistencia médica a los aborígenes. En torno a este puesto se congregaron un centenar de nativos, mientras que otros se reunieron alrededor del faro de San Pedro. Este momento habría sido el epílogo de la progresiva decadencia de los kaweskar.

De acuerdo a Emperaire en este proceso fatal pueden señalarse tres etapas. La primera de ellas habría sido entre los años 1880 y 1930, cuando los aborígenes iniciaron un contacto sostenido con extranjeros chilotes o blancos - que, como señala Emperaire, no eran precisamente la flor de la civilización- . Este momento correspondería a la primera serie de modificaciones profundas introducidas en la vida material kaweskar y a la expansión, y deformación de su horizonte de intereses. La segunda fase habría comenzado a partir de 1930 cuando los kaweskar iniciaron un contacto más o menos permanente con las expediciones de caza de focas de goletas chilotas que se dispersaban por los archipiélagos. Estos cazadores no tardaron en abusar tanto de la mano de obra diestra y gratuita de los aborígenes como de los favores de sus mujeres, iniciándolos de paso en prácticas que resultaron funestas. La tercera etapa corresponde al establecimiento de una ruta marítima continua entre Valparaíso y Punta Arenas que pasaba justamente por los territorios frecuentados por los kaweskar, momento en que arraigó en ellos el hábito de mendigar.

El tiro de gracia habría sido precisamente la ley de protección indígena con la cual los aborígenes abandonaron el nomadismo y sus prácticas habituales, que hasta entonces eran la única salvaguarda de su sobrevivencia. Es así como a la fecha de la llegada de Emperaire a Puerto Edén sólo dos familias conservaban la vida nómade y los hábitos de cazar y pescar, mientras que el resto del grupo se dejaba morir, vegetando en un estado de pobreza nauseabunda sustentándose en la mendicidad y padeciendo enfermedades vénereas como la sífilis, que no podían evitar transmitirse entre ellos.

De los 800 kaweskar que Emperaire calculó que habrían nacido en un lapso de 60 a 80 años sobrevivían sólo 60 que iban muriendo a una velocidad acelerada.

Es aconsejable complementar la lectura de "Los nómades del mar" con el libro de la antropóloga Annette Laming, "En la Patagonia, confín del mundo", donde la antropóloga narra las distintas experiencias del matrimonio Emperaire por la región. Annette Laming escribía tan bien como su marido y en su capítulo "Los últimos alacalufes" cuenta detalles algo oscuros que obstaculizaron la expedición de su marido y que él prefiere omitir.

Sólo la muerte trágica de ambos en Sudamérica interrumpió la pasión que sentían por la investigación de la Patagonia. Los dos compartían además la perplejidad y la conmoción ante la vida humana en la desolación del extremo sur. Laming escribió que era "difícil imaginarse algo más desgarrador que una canoa de indios alejándose bajo el batir de la lluvia, confundiéndose con el vaho del mar, del cielo y de la piedra, un minúsculo centro de vida en medio de la soledad y el desamparo de los archipiélagos".

FICHA

LOS NÓMADES DEL MAR

Joseph Emperaire.

Editorial LOM. 333 páginas.



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Emperaire y el periodista Osvaldo Wegmann examinan un cráneo en el sitio arqueológico de los restos de la ciudad
Emperaire y el periodista Osvaldo Wegmann examinan un cráneo en el sitio arqueológico de los restos de la ciudad "Rey don Felipe".


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