ARTES Y LETRAS

Domingo 23 de Octubre de 2005

RESEÑA. La era ochentera:
Arqueología prematura

Dos periodistas de Artes y Letras, Óscar Contardo y Macarena García, reconstruyen una historia cultural reciente: la del Santiago de los años ochenta. Es una estampa que huele tanto a la grapa, el neoprén y el gel de los new waves de la Plaza Italia para abajo, como al whisky y los aires de censura política de Plaza Italia para arriba.

ESTEBAN CABEZAS

El libro "La era ochentera. Tevé, pop y under en el Chile de los ochenta" (Ediciones B) es semejante a una serial inglesa que se emitió a fines de la década inmediatamente anterior, "Upstairs, downstairs". Lo de arriba y lo de abajo, algo que en la trama televisiva hace referencia a amos y lacayos, mientras que en este libro tiene a los medios masivos por un lado y a lo que pasaba fuera de la agenda mediática por el otro. Son dos extremos que rara vez se tocaban. Y aquí, por un lado, se ilumina el lado oscuro del olimpo catódico y por el otro se reconstruye lo que fue un limbo artístico bajo el toque de queda.

"La era ochentera" es un libro con más de doscientas páginas, cerca de dos años de investigación y sobre las 150 entrevistas. Y todo para juntar los pedazos de una década tan brillante como fragmentada. Igual que la bola de espejos sobre la pista de baile de una disco.

La banda sonora

En veintiún tracks, divididos en once capítulos y diez perfiles -individuales o colectivos, como el referido a Las Yeguas del Apocalipsis-, se va armando esta singular arqueología viva que tiene como hito fundacional la caída del dólar dulce y como Rubicón el triunfo del No. Lo que está antes -el despilfarro- y después -el desencanto- son complementos a este tramo en el que sube el volumen como nunca, tapando a la anterior banda sonora.

El ordenamiento -como consignan los autores- es tan arbitrario como entusiasta, como el de quien graba un casete pirata. No pretende ser un registro exhaustivo (desde ya, faltó el bar El Biógrafo), pero sí pone su foco en escenarios que podrían ser excluyentes entre ellos -por ejemplo, las teleseries y las performances de Vicente Ruiz- y va estableciendo algunos nexos.

Además, es bueno recordarlo, Santiago era aún más pequeño entonces.

Y para ligar todo esto, lo mejor del periodismo: el testimonio y la cuña, el recorte de prensa, o el rescate de alguna declaración y su contraste con la realidad de unos años después.

Parte todo con el capítulo titulado igual que un tema del grupo nórdico A-ha, "El sol siempre brilla en la tevé", y desde ese instante ambos periodistas -que suenan como una sola voz, aunque provengan de la Chile y la Católica- se lanzan de entrada a iluminar la tramoya de la pantalla chica. Son años de libre mercado y de votaciones "cauteladas", como la que consagró a la Constitución de 1980. Es un tiempo de horas ociosas frente a la pantalla chica, cuando las tardes (seguramente para los dos autores) eran largas y lánguidas, cuando el mejor "traje de noche" frente al toque de queda era el piyama y el mejor panorama, el programa nocturno. Este último fue un género televisivo que en esos años y, a la luz de esta investigación, ayudaba a cambiar el foco de los temas incómodos. Era el brillo de la evasión. Por eso todas las facilidades para montar musicales en el teatro Casino Las Vegas. Por eso la existencia de programas como Sabor Latino, donde Maripepa Nieto dio -literalmente- un histórico espaldarazo a la sintonía con su derriere.

¿Quién mató a Patricia?

En estas primeras páginas se arma el audio que suena en las casas de esta década reciente. Son tardes sin apuro en compañía de Enrique Maluenda y sus salsas de tomate y sus guitarras Tizona, tardes con el frenetismo musical de los primeros monitos japoneses, matizadas con las sentencias y juicios doctos de Cuánto vale el show y -ya de noche- con el folklore pasteurizado de Chilenazo.

Arriba y abajo. Por un lado Raquel Argandoña leyendo las noticias, por el otro radio Cooperativa que siempre estaba "llamando".

Esta reconstrucción de la estampa televisiva se amplía con especial cariño cuando llega el turno de las teleseries. Y no es por antojo, ya que el boom de La Madrastra -la primera teleserie en colores- marcó hito en 1981, abriendo un espacio que fue ocupado tres años después por la Adriana Godán de Los Títeres, una Munchmayer enloquecida, peinando sus muñecas mientras su padre paralítico (Aníbal Reyna) es el único testigo de esta merecida caída final.

Son horas de melodrama y de las primeras batallas de una sangrienta guerra por la sintonía pre-noticiarios que se mantiene hasta hoy.

Villa Los Aromos y La Gran mentira fueron las cartas de Canal 7, y en este último caso se rescata una anécdota límite: la caída en desgracia de un personaje protagónico de Shlomit Baytelman que no obedeció a motivos argumentales, sino a una venganza del director hacia su "estrella". Se hace memoria sobre la conflictiva escena de cama en El juego de la vida (en la que no se ve nada, pero en la que ambos sujetos no están casados) y luego es posible saber -tantos años después- que el abrupto final de su protagonista también obedeció a razones extra-argumentales: la idea era liberar a la actriz de su rol.

La reconstrucción de escena sirve para recordar el ambiente un tanto paranoico que se vivía, donde las listas negras eran un tema recurrente, cuando las tablas y las 525 líneas del televisor eran escenarios casi inversos.

A veces era mero rumor acumulado, a veces un razonable temor. O era la dura realidad que tocaba a la puerta de tramoya de las teleseries. Y así pasó. En dos grandes éxitos del canal nacional, La Torre 10 y Marta a las ocho, actuaba la pequeña Javiera. Durante las grabaciones de esta última teleserie (en 1985) se supo que José Manuel Parada, su padre, aparecía degollado.

Por un lado duras realidades como esta, por el otro surrealismo puro, como ocurrió con La dama del balcón, una historia con saltos temporales y conjuras nazis que fueron transformadas -mediante urgentes doblajes- para cambiar (entre muchas cosas más) Dachau por Melipilla, como recuerda la protagonista, Loreto Valenzuela.

Fueron años duros, como se reconstruye en otro capítulo del libro, en los que las amenazas de muerte a los actores eran una realidad, tomada de distintas formas por sus destinatarios (Radrigán, al final, confiesa que se reía de los anónimos por acumulación). Y es una de estas amenazas masivas -a gran cantidad de hombres de las tablas- la que suscita la visita protectora a Chile de Christopher "Superman" Reeve, a solidarizar con sus colegas. En la reconstrucción de este episodio se combina heroísmo y absurdo, tragedia y comedia. Esto último, uno de los grandes aportes de estilo en este libro.

Corona el capítulo de las teleseries un perfil de Raquel Argandoña, descrita así: "Raquel es la lengua sin pelos, cargada de municiones. Raquel es muchas cosas y ninguna a la vez; Raquel es el triunfo de la voluntad. El destino pudo haberla condenado una vida entera en la Villa Frei, de donde apenas pudo emigró a fuerza de empeño".

¿Son duros los autores con ella? ¿Con alguien que confiesa a revista Cosas (1985): "Quisiera ser la reencarnación de Helena de Troya"? Difícil.

La fiebre publicitaria

Y son años de inversión publicitaria, de rearme del libre mercado luego de la huida de muchas agencias durante el gobierno de Allende. Y son gráficas ascendentes, con inversión en publicidad de 27 millones de dólares en 1975, 182 en 1979, 299 en 1980. Es una época en la que muchos cineastas se refugiaron en este otro formato de la ficción, en el que los protagonistas eran el Perico que andaba en bicicleta, o el Gerardo Baeza que ni se movía de su escritorio para acceder a los beneficios de Financiera Condell.

La idea era comprar.

Es el boom del tetra brick, de los pañales desechables, de los productos diet. De las AFP, de North Star y de pasta de dientes con sabor a tutti frutti. Años en los que nace el concepto de la "ciudad-rural" de las parcelas de agrado, una idea aliñada con bautizos sugerentes, algunos obra del poeta y publicista Antonio Gil: "Yo inventaba nombres, todos muy arribistas, siúticos, como La Llavería, El Alba y cosas por el estilo".

Se acaba lo naif, entran las leyes de mercado y aparece una campaña confrontacional entre marcas de bebidas cola -el Pepsi Challenge- que revela al país el ángel de Katherine Salosny, uno de los rostros de otro fenómeno de los ochenta: los programas de video clips.

A partir de la página 104, cambia ligeramente el tono y el foco de García y Contardo. Dejando en la primera parte las razones y causas tras la televisión y parte de lo alto, comienzan un rastreo y una reconstrucción de lo bajo. Al ritmo de las nuevas músicas y el nuevo estilo de baile.

Es la señera visita de Charlie García, que a muchos les abre las orejas a una música en español que no era folk ni trash. Son los discos de The Clash pasando de mano en mano, hasta la aparición de una versión sanmiguelina del mismo tipo de rock combativo y sucio, firmada por Los Prisioneros y llamada La voz de los ochenta. Es 1984, con Aparato Raro autocensurando su tema Calibraciones al cambiar la palabra "fascistas" por "ciclistas". Proliferan los peinados y los nombres raros: Paraíso Perdido, Banda 69, Emociones clandestinas, La Ley, Upa!, Viena y Electrodomésticos. Es la hora en que los recitales en recintos universitarios dejan de lado la guitarra de palo y el vino navegado. La política se vuelve eléctrica y sin carné de partido. Es el comienzo de una creación que no surge como oposición a lo establecido, ya que se sienta en lo que pasa e intenta partir de un cero propio.

Algunos sellos se interesan, se firman contratos, hay algo de interés mediático. Pero en 1987 el fenómeno se va desinflando y dos años después, casi al fin de la década, el disco Corazones de Los Prisioneros es una especie de cierre -en clave romántica- de estos años prodigiosos.

Hay parte de esta historia cultural fragmentada -con apenas dos décadas de distancia- que ya ha sido rescatada por otros. Pasa con el cine, con los trabajos de Jacqueline Mouesca que han hecho parte de esa tarea. Pero citas como la del realizador Leo Kocking sobre lo duros que habían sido algunos cineastas con Jorge López por haber filmado El último grumete de la Baquedano sin problemas (en esos años) y sin carga ideológica (en esos años), aportan con más a la humanidad que recorre este libro. Es tanto un mea culpa como un buen ejemplo del exceso de suspicacia que crecía en esos fértiles años del rumor.

El underground

Algo de historia pequeña rescata a Teleanálisis -un noticiario hecho a pulso y repartido en cintas de video- y a las aventuras del Ictus y su pantalla gigante que recorría poblaciones. Y mientras Raúl Ruiz era bendecido por la revista Cahiers du cinema en 1983, Ignacio Agüero se atrevía a mostrar su documental Lonquén, no olvidar, un hito en el complejo (y peligroso) campo del documental de denuncia.

Como revelan los autores, son una gran cantidad de cineastas los que siguen trabajando en Chile después de 1973, refugiados en la publicidad. Son los mismos que salen después a lucirse con la Franja del No.

Y concluye esta tarea de arqueología prematura con dos escenarios emblemáticos: el Trolley, en calle San Martín, y el Garage Matucana, a pasos de Alameda. Es la bajada final en esta escalera, donde se concentra lo más experimental del teatro (con las performances de Vicente Ruíz), los inicios de la dramaturgia de Ramón Griffero y la escena más radical del punk (que quedó sin registro y a la que sólo la historia oral, un tanto magnificadora, ayuda a revivir). Aquí, a las finales, gana el fragmento.

Es parte de una historia no oficial de la pintura, que se sumó más a los espacios del teatro y la música que a las galerías. Es parte de la historia no rearmable de un teatro sin libreto. Es parte de las factorías de revistas de comic sin kiosko.

Es el final de una década que cumplió su utopía encerrada en sí misma, como en una carrera de postas generacional que poco traspasó a sus reemplazantes. Y esa idea de puente cortado, de quemar las naves, de un no future bastante concreto, es parte del retrogusto que deja este libro -liviano, nunca ligero- de García y Contardo.

Publicidad

"Eran los años del boom y en el mundo del avisaje todo parecía indicar prosperidad, aunque en "el otro Chile" los hábitos de consumo estaban lejos de los ideales del mercado. Así se desprendía del estudio que leyó la creativa Gelly Walker cuando la Papelera decidió lanzar al mercado un papel higiénico para consumidores de bajos recursos. Allí se decía que el uso de papel higiénico no se extendía más allá del 65% de la población. El resto se repartía entre "quienes usaban papel de diario, lo que encontraran en el momento, y hojas de choclo". La idea de la Papelera era que ese segmento de la población adoptara un producto que hasta el momento les parecía de consumo suntuario. Así nació el papel higiénico Sutil". (página 69)

Las divas new wave

"Pero es Patricia Rivadeneira, la principal actriz de sus últimas performances, la que sigue más fielmente la senda de Ruiz. "Cuando se fue, nos quedamos sin papá. Entonces yo llamé a las que habíamos trabajado con él y que nos habíamos hecho más o menos amigas", cuenta la actriz. Las reunió en su casa para mostrarles videos de Cindy Lauper, Madonna y Janis Joplin. "Hagamos una performance que sea nuestra", fue la propuesta. Tiempo después debutaron como "Las Cleopatras", un grupo de danza-teatro que en algún momento intentó convertirse en una banda de rock, grabando temas e intentando persuadir a un mánager (Carlos Fonseca, quién otro) de que ellas eran un grupo con futuro. Tahía Gómez, Patricia Rivadeneira, Cecilia Aguayo, Jacqueline Fresard y María José Levine armaron cuatro espectáculos -cada uno de una sola función; lo habían aprendido del padre-, la mayoría con una importante cobertura de prensa porque Patricia Rivadeneira era conocida como la manipuladora Soledad Labarca de Secretos de familia. La revista Vea, por ejemplo, vio en la protagonista de la teleserie del canal católico una fuente para indagar en los valores de la juventud de la época:

"-Al parecer, te interesa mucho el movimiento "new wave", ¿en qué consiste?

-No sé definirlo, es demasiadas cosas y nada a la vez. No tenemos una ideología como los hippies la tuvieron. Simplemente se trata de un encuentro de jóvenes de mi generación que tienen un mismo propósito: embellecer el mundo.

-¿Para qué pecado tienes más indulgencia?

-No creo en los pecados.

-¿Cómo es tu relación con Dios?

-No tengo relación con Dios". (página 201)

Censura y teleseries

"Cada elenco implicaba una fuerte negociación para Sonia Fuchs, productora ejecutiva del área dramática del 7. Tanto ella como el director Ricardo Vicuña sabían que sin figuras que la audiencia reconociera era muy difícil conformar un proyecto exitoso. Ésa fue la razón de que, al comenzar a planearse La represa, levantar el veto que pesaba sobre el actor Luis Alarcón en la estación estatal se transformara en una prioridad. Ni Vicuña ni Fuchs estaban equivocados. Alarcón encarnaría a Betancourt, el villano, el personaje, más recordado del canal estatal en la década". (página 52)

Consumo juvenil

"Los comerciales de las megaestrellas Pepsi estaban destinados al territorio norteamericano, por lo que los spots de las celebridades de comienzos de la década nunca llegaron a nuestro país. Resultaban muy lejanos, por no decir inalcanzables. Tampoco los jóvenes chilenos como segmento de consumo tenían la relevancia que cobraría con el pasar de los años. Durante los tempranos ochenta los grandes anuncios para ese segmento se restringían "al último Danky o el nuevo Miti-Miti de Dos en Uno", según Tomás Dittborn. Así, el "espíritu de la Nueva Generación" aterrizó en Chile encarnado en una forma diferente. La enorme brecha entre la realidad norteamericana y la chilena empujó a los publicistas a optar por una campaña más antigua: El Pepsi Challenge".

Cuando manda el pop

"Igor Rodríguez, otro músico que había sido compañero de Fonseca y González en la Universidad de Chile, capitaneaba Ojo de Horus, un grupo de jazz-rock que mutó al pop en esos días.

"Hacíamos canciones largas y experimentales, pero Carlos nos llevó a Fusión y nos puso unos discos de Depeche Mode.

Nos demoramos dos semanas en tener temas nuevos, unos que eran cortos y bailables", cuenta Juan Ricardo Weiler, el baterista, quien advirtió que necesitarían rebautizar el grupo.

Fue él quien propuso el nombre de Aparato Raro, un homenaje a ese nuevo invitado que era el sintetizador". (página 108) (el libro será lanzado en la feria de la estación Mapocho).


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La más numerosa banda del
La más numerosa banda del "under" capitalino, posa con sus dos vocalistas a la izquierda: Javiera Parra -cuando todavía no usaba ese apellido- y María José Levine, quien después integraría UPA!
Foto:Esteban Cabezas


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