DEPORTES

Lunes 17 de Julio de 2006

REPORTAJE:
Roberto Ávalos, el futbolista que pasa las noches en la cárcel

Un jugador del equipo de Palestino está condenado a la reclusión nocturna, pero todos los días entrena, a la espera de una nueva oportunidad que parece no llegar.Es la historia de un amigo que traiciona, una esposa que espera, todo por un fatal mediodía en el Cementerio Metropolitano.

Rodrigo Fluxá N.

Lunes 12 de noviembre de 2001. Mediodía en el patio principal del Cementerio Metropolitano. Roberto Ávalos y su amigo de infancia Ademir Riquelme se miraban uno a l otro. Esperaban nerviosos. Al rato, tres sujetos llegaron en un auto, lo estacionaron para entrar al recinto que colinda con la Panamericana.

Los cinco se saludaron brevemente. Apenas un "qué tal" antes de que una decena de gritos irrumpiera. "Hasta los vendedores de flores eran pacos", dice hoy Ávalos. Los detuvieron y los separaron. Revisándole los documentos encontraron el carnet del Sindicato de Futbolistas (Sifup). "Así que jugai a la pelota. Y en Palestino. Bueno, o nos contai quién la lleva acá o esto va a salir en todos lados", le dijeron. Dato útil: En el auto había un paquete con un kilo y medio de cocaína.

"No sé nada de nada. No los conozco a ellos, ni he visto ninguna droga". Era la primera verdad de Ávalos. Como todas las cosas en su vida, cambiaría con el tiempo.

Era verdad también que él constituía un proyecto sensacional de jugador. A los 17 años, Julio Suazo lo vio jugando un partido en las canchas de San Ramón. No tenía divisiones inferiores ni había pasado por ninguna escuela de fútbol, pero a la semana Jorge Aravena lo había subido al primer equipo. Debutó ese mismo año contra O'Higgins y entró ya en la maquinaria de los futbolistas: empezó a ganar plata y se compró un auto. "Desde que llegué a Palestino, decidí que esa iba a ser mi vida. Que sería exitoso".

Jaime Valdés era su compañero en ese primer año. Se hicieron amigos. Ambos venían de sectores populares, hablaban el mismo idioma, pero tomarían caminos distintos. "Era muy buen jugador. Ganamos un título de juveniles me acuerdo. Cometió un error, como a cualquiera puede pasarle, y ya lo pagó", dice Valdés. Y lo pagó muy caro.

2006. Julio. Seis y media de la mañana. "¡Ávalos!", grita un gendarme. Dos uniformados abren el portón de la cárcel de San Miguel y Ávalos aparece. Recién bañado. Es una madrugada lluviosa y no tiene paraguas. Su ánimo, pese a todo, es impecable. Camina hacia la esquina de Ureta Cox con San Francisco, rumbo al primero de los viajes que hace cada día, desde que le dieron el beneficio de la reclusión nocturna.

Antes de las ocho está en su casa. La casa de su padre más bien. Ahí vive su señora y sus dos hijas también. Ávalos conoció a su mujer cuando era apenas un niño: era una vecina de su abuela. Pololearon de jóvenes, se perdieron un buen tiempo, y, como le gusta decir a él, se volvieron a encontrar de grandes. Se casaron el '99, cuando Francisca, su primera hija, ya tenía más de un año. Nadie los obligó: sólo tenían ganas.

Su padre, don Roberto, lo recibe en la puerta. Hombre esforzado, partió de abajo y tras años logró crear una pequeña empresa de transporte y construcción. De chico le dijo a Roberto que tuviera cuidado con quién se juntaba. Suele recordárselo, pero omitió el regaño el 23 de mayo pasado. Ese día tomó el auto con el resto de la familia y se pararon afuera de la cárcel. Salió emocionado Ávalos hijo: era su primer día libre en tres años y medio (42 meses) y el comienzo de una nueva era para él.

Ese mismo día fue a La Cisterna a cumplir una vieja promesa. Habló con el técnico Daniel Salvador para ver si podía volver a entrenar con el equipo. "Yo lo conocía de antes. Nos puso muy contentos que estuviera libre. Y de todas formas aceptamos que se integrara", dice el DT.

Al otro día ya entrenaba, otra vez, con el primer equipo. Y así todos los días. Hasta que le dijeron 'no'.

La vida adentro

"Ese día yo fui a visitar la tumba de mi primo José Darío, que cumplía un año de fallecido", le decía Ávalos a "Las Últimas Noticias" dos semanas después del incidente del cementerio. Eso alcanzó a estar detenido antes de que lo soltaran por falta de méritos. Igual en Palestino ya no lo querían: narcotráfico es una palabra muy dura.

Otro viaje: se fue a préstamo a San Luis, por esos años en Tercera División. En Quillota encontró su lugar en el mundo. "Era tranquilo, me gustaba. Ganaba poco, pero era feliz".

Un día, ya meses después, fue a la sede del club a cobrar unas platas atrasadas, cuando se pilló de frente con dos funcionarios de Investigaciones.

-Se reabrió su caso: tiene que acompañarnos a Santiago.

-Bueno, los sigo en mi auto -contestó.

-No, no entendió parece. Está detenido.

Corría noviembre de 2002. Ávalos supo después lo que pasó en los pasillos de la cárcel. "Mi amigo terminó sapeando todo. Así que tuve que pagar yo. Me da mucha rabia, porque él ya está afuera y a mí me dieron cinco años".

Habló tiempo después con él y confirmó todo de su propia boca. Pero lo perdonó. "Porque fui yo el que me equivoqué", dice, ya preparado para contar la verdad del cementerio.

"Quisimos hacernos los pillos, los bacanes. Hicimos el contacto entre unos compradores y unos vendedores pa' ganarnos quinientas lucas. Pero no era nuestra la coca".

Antes de ingresar a la Penitenciaría de San Miguel, Roberto habló con Angela, su esposa. Le dijo que ella era joven y bonita. Que rehiciera su vida. Que conociera a alguien más. Pero es ella la que le sirve el desayuno hasta hoy.

Las historias de los internos nuevos tenían medio asustado a Ávalos ese primer día. "Había escuchado lo típico: que pa' sobrevivir en la cana había que pegarle a alguien el primer día, ser bien choro, pero yo me salvé", reconoce.

Días antes, su madre fue a hablar a Gendarmería para pedirle trato especial a su hijo, dado que no tenía antecedentes penales y que era futbolista. Extrañamente resultó: fue asignado a la Platina, una especie de VIP dentro del penal. O sea, dentro de lo posible: comparte una pieza con siete personas (cómplices de homicidio, narcotraficantes), pero no de máxima peligrosidad.

"En las otras torres, en el mismo espacio duermen como 140. Yo vi toda esa realidad de cerca, cosas horribles, pero gracias a Dios no me tocó a mí. Es otro mundo, no hay rehabilitación posible. La gente sólo aprende a ser mejor delincuente ahí. Y a tener más contactos".

Afuera la cosa también se complicaba. Su familia lo lloraba e Investigaciones registró varias veces los negocios del papá buscando droga. Perdió la mayoría de los clientes con las redadas.

Los días son largos y Ávalos tenía sólo dos objetivos en mente. Uno, no perder la forma física para volver a jugar cuando lo liberaran. Dos, salir lo antes posible. Así que se puso a trabajar y se mantuvo alejado de los grupos más conflictivos del penal.

Por su buen comportamiento, los gendarmes lo dejaban organizar partidos de baby fútbol casi todos los días, la mayoría contra uniformados. Además trotaba mucho: 139 vueltas a la cancha en cada sesión.

Tomó también trabajos de aseos. Limpiaba y limpiaba por ocho mil pesos al mes.

Trataba de cuidar la dieta. Religiosamente, su mamá le llevaba comida, porque la de adentro... "La gente come, porque o si no, se muere de hambre. Pero es mejor ni mirarla".

Sus compañeros de Palestino también lo visitaban con frecuencia. Y su historia se hizo conocida en el medio. "¿Qué chuchas estai haciendo acá?", le dijo Daniel Morón, cuando lo fue a ver. Ávalos leyó bien la situación y pidió permisos para organizar charlas a los reos: fueron Valdés, José Luis Villanueva, Rodolfo Madrid, Hugo Droguett, Humberto Suazo y varios más.

Ganaba puntos para obtener beneficios, pero no todos lo celebraban. Otros reos lo molestaban por las regalías que tenía -pudo pedir hasta unas pizzas por teléfono una vez- y por su cercanía con el capitán de Gendarmería Freddy Herrera, su mentor adentro. "Decían que me hacía el huevón. No creían mucho que no era ni delincuente ni traficante", dice.

"Hacía cosas para mantenerme ocupado, porque la cabeza te mata adentro. Los cumpleaños, las navidades sin tus hijas, son lo peor. Me sentía muerto".

Cuando le hablaron de la reclusión nocturna, revivió. Podía salir. Y quería jugar.

¿Reinserción?

"Que te vaya bien", le dice su señora a Roberto, ya desayunado. Palestino entrena en unas canchas sintéticas de Las Condes, por las lluvias.

El viaje desde Calera de Tango es feroz, más en micro. Y más con el corazón en la mano: una semana antes Juan Carlos Berliner, gerente del club, le había dicho que había chances de hacerle un contrato, bajo, pero contrato. Salvador también lo quería. Con eso la sabatina -opción de salir de viernes a domingo- sería cosa de días.

Pero anoche le informaron que el directorio había decidido que no seguiría en el club. O sea, podía entrenar con los juveniles, pero no estaría inscrito. Apenas se supo, su celular comenzó a sonar: el resto del plantel estaba indignado.

Al final de la práctica, Fabián Estay pidió la palabra y habló claro: se redactaría una carta para mostrar la molestia. "Esto va más allá del fútbol. Es una causa social, el club debe dar un ejemplo y darle una segunda oportunidad. En Chile se discrimina mucho a la gente por cómo habla y de dónde viene. Él ha sido un ejemplo para todos".

Ávalos, ya en Las Condes, se mira las manos y repasa otra vez en su cabeza la situación: el DT dice que lo quiere, el gerente también, pero el directorio no. El plantel está en rebelión. "Tendrán que escucharlos", cree.

Todos saludan a Ávalos y piden la carta para firmarla. Salvador es enfático: "Como cuerpo técnico lo pedimos. Estuvo más de tres años sin entrenar y casi no se nota. Es una alternativa en el mediocampo", defiende.

En el club niegan la existencia de la carta y aseguran que hay que diferenciar lo social de lo deportivo: Ávalos no jugará este torneo.

Ayer Palestino debutó en Talca contra Rangers. Ávalos supo del partido por la radio, contando las horas para el peor viaje de todos: el que hace cada noche de vuelta a la cárcel.

Foramndo un equipazo en la cárcel

Luis Núñez era la estrella de San Joaquín. Y Roberto Ávalos brillaba en San Ramón. Los dos fueron convocados a la selección del fútbol amateur a mediados de los '90.

"De ahí nos conocemos", dice orgulloso el atacante de la Universidad Católica, quien también tuvo un paso por la cárcel de San Miguel: en febrero de 2003 fue detenido en un confuso incidente también ligado al narcotráfico. Estuvo preso seis meses "Adentro nos hicimos muy amigos. Él me ayudó mucho, porque es complicado entrar allá. Nos dábamos fuerza para salir adelante. Además, conversamos mucho de los errores que cometimos y de lo distinto que queríamos hacer todo cuando saliéramos".

Los dos, asimismo, formaron la dupla más temible de la Penitenciaría. En la cancha claro. "Ganamos todo lo que jugábamos y eran partidos bravos. Cada cosa que te dicen los otros presos", dice Ávalos.

Núñez lo recuerdo algo distinto. "Siempre estuvimos en el mismo equipo, pero a veces perdíamos. Yo adentro he visto a los mejores de toda mi vida. Al menos en el

babyfutbol".

Ávalos tuvo que repetir su apadrinamiento en 2005 cuando Róbinson Carreño, también jugador de Palestino, estuvo seis días adentro por porte de joyas robadas. "Le traté de hacer más fáciles las cosas. Hablar con los gendarmes y otros internos para que no los traten tan mal. Porque si estás solo, las cosas se te pueden complicar", rememora Ávalos.



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Foto:Claudio Bueno


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