ARTES Y LETRAS

Domingo 11 de Marzo de 2001


La Difícil Riqueza de la Realidad

Dos pintoras jóvenes entregan interpretaciones diferentes, pero por igual convincentes, del realismo. Al contrario, en blanco y negro, un grupo de nueve autores ofrece resultados desiguales, a través de la verba más fiel al mundo reconocible.
Por Waldemar Sommer

Inagotables resultan para el pintor las opciones proporcionadas por el entorno real - las cosas, los seres vivos- bien reconocible. Sin embargo, ¡cuánta dificultad halla el artista en seleccionar los datos significativos que, transfigurados, encarnen su voluntad creativa! El grueso público, en cambio, se traga y admira fácilmente, sin mayor análisis, el cuadro que hace mención a un mundo que le es familiar o que refleja sus propias fantasías a ras de suelo. Por eso, resulta misión capital de la crítica educar al visitante masivo de las exposiciones, conviertiéndose en obligación grave suya el separar el oro de la paja y manifestarlo con firmeza y claridad. A algunas de las exhibiciones adictas al realismo que inauguran la temporada santiaguina de 2001 les calzan, como anillo al dedo, las observaciones que encabezan las presentes líneas. Analicémoslas.

Galería Ana María Matthei nos propone a través de óleo, carboncillo, lápiz, tinta o acuarela, y sin color, trabajos recientes o no de nueve autores de edades y trayectorias diferentes. Independientemente de los méritos o desmerecimientos individuales, el conjunto ofrece el reinado de las formas suaves, blandas y de un verismo ilusionista, en ocasiones con la ternura de protagonistas infantiles. Así operan Martín Soria - más que la dureza de su guagua, que el claroscuro sin reciedumbre de sus niños gesticulantes o de los anecdóticos testimonios raciales, interesa el violento grupo de tres soldados que atacan a dos civiles indefensos- y Oscar Vega - muy preferibles los poco novedosos apuntes a tinta de ciudades europeas que las ilustraciones que muestran infantes. Pablo Santibáñez, en cambio, convence por entero tanto con la vigorosa cita estatuaria de la niñita desvalida y temerosa, como con una especie de autorretrato. En este último, si bien sobran elementos - la mapuche y los huacos, acaso- , se saben imponer el buen dibujo y la dosificación enérgica de luces y sombras. Mediante ese par de trabajos, Santibáñez se convierte en el participante más promisorio de la exposición.

Por su parte, Alvaro Bindis se manifiesta como el expositor más profesional y con más segura trayectoria. Sus imágenes, acá de cromatismo apagado y grises predominantes, emergen personales, aunque en su paisaje pudiera asomar el peligro de ablandamiento formal. El sólido patio de taller, por el contrario, se tiñe de un realismo soñador. En el cotejo con sus actuales compañeros de sala, Enrique Campuzano sale bastante bien parado. Su óleo solitario nos ofrece una dinámica composición de sencilla base geométrica; eso sí, la limitada variedad de los grises hace que sus "calas" clamen por la concurrencia del color. Del fotorrealismo de Mauricio Morán podemos decir que le falta la indispensable estructura lineal interna, mientras las frías visiones de Cristián Araneda concretan caminos demasiado recorridos por otros. En cuanto a Andrés Baldwin y Hernán Valdovinos, del primero echamos de menos sus propuestas de otrora. El segundo reitera, una vez más, sus maneras de costumbre.

Valle y Cárdenas

En el más público de los espacios santiaguinos - Estación Cal y Canto del Metro- entrega María Elena Cárdenas su primera exhibición individual. La componen nueve collages. Conviven allí, en completa armonía, pintura realista y fotografía. A través de ambas desarma y, al mismo tiempo, reconstruye su ámbito cotidiano y su propia figura. Se trata, pues, de cuadros en los que las piezas del puzzle que lo constituyen resultan armados, sin tropiezos, por la mirada del espectador. Aparecen, ante todo, escenas de jardín. Sillas de lona, arbustos de hojas alargadas, el vacío blanco en función figurativa, alguna ropa colgada y, por momentos, una mujer sentada y con un decidido gesto del pie, se vuelven los protagonistas de un mundo plácido. En él, nada más que la presencia ocasional de un manchado informalista introduce cierta dimensión dramática.

Dentro del conjunto anotado, al cual la circulación humana no aparenta prestar atención, cuatro ejecuciones - las dotadas de un realismo mayor- dejan ver un mejor logrado equilibrio de formas: sobre el muro poniente del recinto, las realizaciones que portan los números 3 y 5; los números 1 y 2, del lado oriente. Convencen menos la mujer de medio cuerpo y fondo albo - menos precisos- , el par de focos de luz, del lienzo con plantas en primer plano.

Con sabiduría frecuente selecciona Galería del Cerro sus artistas. Recién inaugurado, el grupo de telas grandes - la mayoría- y pequeñas de la joven pintora Patricia Valle confirma la confianza puesta en ella por la sala. En efecto, su relativa verba realista inventa una figuración, donde se desarrolla un bien definido contrapunto entre paisaje y objetos. De esa manera, naturalezas muertas, bodegones, un canasto de mimbre, una puerta-ventana, utensilios de tocador, se contraponen a parajes marinos, lacustres, de alta cordillera y hasta a la cabra que se asoma desde una nortina calle de San Pedro de Atacama. Llaman la atención, en unos y otros, el frescor primaveral de verdes y azules - en un cuadro hermoso, estos últimos funden, unitarios, a dos personajes de suyo antagónicos- , la especial calidez de rojos y naranjas, el sentido etéreo y de vuelo que determina el cortinaje transparente en ciertas telas.

Otros roles atractivos corresponden a la visión del canasto, donde el denso juego de semi oscuridad interior y luz externa, de férrea estructuración de maderas y verdor tierno del panorama, adquieren contorno irreal. Asimismo, a la audacia de un espejo que introduce nueva dimensión dentro de una estancia; a la presencia fantasmagórica de un gran vaso y su sombra inquietante, en el escenario capitalino; al efecto sensorial - se divisa la acción de los cinco sentidos- que provoca el enfrentamiento entre suculencia de alimentos refinados y desolados hielos andinos.

En Galería Palma-Valdés, Gonzalo Ilabaca vuelve a mostrar parte de una exposición anterior alrededor de Valparaíso, sus rincones y su gente. Aunque la comentamos extensamente en su momento, verla una vez más nos testimonia la vitalidad exuberante, la inventiva y fuerza creativas, el dominio cromático del artista, en aquellas obras de 1992-1994. Esperamos que su exposición próxima, en el Museo Nacional de Bellas Artes, pruebe los talentos actuales de este pintor todavía joven.




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"Portillo", acrílico sobre tela de la artista Patricia Valle. Dimensiones: 1m. x 1m. Galería del Cerro, Antonia López de Bello 0135.
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