ARTES Y LETRAS

Domingo 23 de Diciembre de 2007

EN LIBRERÍAS "Historia de un sueño fragmentado":
La novelesca vida de Mario Carreño

La próxima semana, El Mercurio-Aguilar presenta la biografía del pintor cubano-chileno con la que Marilú Ortiz de Rozas ganó este año el Premio Revista de Libros/Artes y Letras, auspiciado por Empresas CMPC.

PEDRO PABLO GUERRERO

Cinco meses antes del estallido de la Segunda Guerra, el 24 de abril de 1939, Mario Carreño, junto a otros dos pintores caribeños, inaugura su primera exposición en la galería Bernheim-Jeune, de París. La muestra es un hito para el joven artista. Logra vender dos cuadros y Picasso le da un consejo que no olvida: "Como tú eres cubano, le pones mucha azúcar. No te olvides que lo primero que debe hacer un artista es asustar al público".

Las palabras del maestro español no caen en el vacío. Con el correr de los años, el rigor académico, clasicista, de un joven Carreño todavía deslumbrado por el Renacimiento italiano, irá dando paso a fracturas, grietas, cercenamientos, como los de su pintura "Un sueño fragmentado", elegida por Marilú Ortiz de Rozas como el emblema que resume toda una existencia marcada por las separaciones: de su país natal, de su familia, de sus mujeres, de sus amigos, en un constante deambular entre Europa y América, siempre con alguna guerra o tiranía pisándole los talones.

La biógrafa captó el profundo simbolismo de esta pintura en la vida de Carreño: la destrucción del hombre por la violencia, pero también una experiencia personal devastadora, la muerte de su primera esposa, la cubana María Luisa Gómez-Mena, fallecida junto su marido, el poeta español Manuel Altolaguirre (por el que dejó a Carreño en 1944), en un accidente automovilístico ocurrido en una carretera de Burgos en 1959.

"Mario Carreño, que residía en Chile, recibió la noticia como una puñalada que lo atravesó de un flanco a otro. Se sentó, lloró, y a los dos días empezó a esbozar en su mente, en el aire, sosteniendo los pinceles secos frente a su caballete vacío, un cuadro que no vería la tela sino en 1975. Lo llamó Sueño fragmentado", escribe la biógrafa.

El libro de Marilú Ortiz de Rozas muestra el revés de las telas de Carreño, interpreta sus obsesiones a partir de documentos y testimonios de quienes lo conocieron, y recopila los sucesos más notables de su vida errante por Cuba, México, España, Francia, Estados Unidos y finalmente Chile, su patria de adopción, lugar de nacimiento de sus dos últimas esposas: María Luisa Bermúdez e Ida González, ambas pintoras.

Desde tiempos de Vasari es sabido que las vidas de pintores contienen tantos elementos novelescos como la mejor de las novelas, y que se pueden establecer significativas relaciones entre el artista y su biografía. Mario Carreño (1913-1999) no tiene una existencia atormentada como la de Caravaggio, ni mucho menos, pero sus años están traspasados de episodios luctuosos, encuentros notables y una que otra aventura rocambolesca. No es tarea fácil reconstruir en todos sus detalles una trayectoria que atraviesa gran parte del siglo XX, con frecuentes cambios de escenario. La ausencia de registros obliga a usar más de una vez las facultades deductivas y a entrevistar a los sobrevivientes, tareas ambas que recuerdan la pesquisa detectivesca.

Sobresale la capacidad de la biógrafa, Marilú Ortiz de Rozas, para recrear, a partir de conjeturas totalmente plausibles, el momento preciso en que se quebró la gran amistad entre el pintor cubano y Federico García Lorca. Sólo alguien que haya investigado por tantos años un tema, con acceso a fuentes de primera mano y viajes al "sitio del suceso", puede llegar a saber tanto de su objeto de investigación. Al punto de tener la audacia de asumir, en ciertos pasajes de la biografía, una voz en primera persona, entrando en la conciencia del protagonista.

Esos textos, que aparecen en cursiva, son elaboraciones literarias de la autora. Muchas veces se apoya en los que escribió el propio Carreño en su libro Antillanas, publicado en 1949, con una serie de dibujos que luego inspiraron varias exposiciones. Corresponden a su primera estadía en Chile, cuando enfermó de pulmonía y nostalgia. A pesar de esas dificultades iniciales, después de nuevos viajes y un retorno frustrado a Cuba, el artista terminó por hacer de nuestro país su segunda patria, donde contribuyó a fundar la Escuela de Arte de la Universidad Católica (1959) y recibió el Premio Nacional de Arte en 1982. Su integración en los circuitos locales fue completa, hasta el punto que todavía hay quienes creen que nació en Chile. Entre sus grandes amigos se contaron Pablo Neruda, Mario Toral y Nemesio Antúnez.

Crítico de arte

Una de las facetas menos conocidas del pintor caribeño es la de crítico de arte. Ejerció esta labor en El Mercurio durante algunos meses de 1968, en reemplazo de Antonio Romera, quien se encontraba enfermo. Carreño, que muy piadoso no era, terminó rezando para que el crítico recuperase la salud. Tantas eran las presiones que recibió de artistas para ocuparse de sus exposiciones. Un recurso desesperado para evitar el acoso fue adoptar un seudónimo. Eligió el de Jorge Vasari.

Historia de un sueño fragmentado no es un libro dirigido a especialistas, aunque encontrarán en él valiosa información y aspectos desconocidos de su quehacer. Es una biografía para lectores que gustan del arte de Carreño y quieren saber más de su vida. Quienes no se consideren incluidos en ninguna de las categorías anteriores, lo pueden leer como una novela entretenida, con interesantes personajes reales y detalles sabrosos de la pequeña historia de un artista cuya obra se aprecia cada día más.


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