WIKÉN

Viernes 25 de Agosto de 2000


Jaime Azócar: En la crisis de los 55 años

Después de seis años de productor artístico, Jaime Azócar vuelve al escenario con una comedia sobre un inmaduro pero bien intencionado hombre que revisa su vida con humor, honestidad y una buena dosis de autocrítica. No es autobiográfica, pero casi.
Una botella es la única y fiel compañera de Julián, el Piterpan nacional, obra dirigida y protagonizada por Jaime Azócar que el próximo jueves abrirá las remodeladas puertas del Teatro Circus Ok. Y aunque no está llena de alcohol verdadero, bien sirve para acompañar el sabor amargo de esta comedia de ritmo contingente con que el actor vuelve a las tablas después de seis años tras bambalinas.

El proyecto nació a mediados de los 90, cuando Azócar se aprontaba a cumplir el medio siglo, recién había ingresado al Circus Ok en calidad de director artístico y acababa de estrenar junto a Coco Legrand el exitoso espectáculo humorístico Al diablo con todo.

Entonces mi idea era abordar el conflicto que sufren los hombres cuando cumplen 50 años. No por mí, sino que por mis congéneres, mis contemporáneos, que se complican mucho con una serie de aprensiones que en el fondo son mitos.

Y el resultado es una obra donde la línea argumental propuesta por Azócar y los textos de Desiderio Arenas se combinan para retratar a Julián, un inmaduro pero bien intencionado ejecutivo de la industria telefónica celular que pasa revista a su existencia con humor, honestidad y una buena dosis de autocrítica. Todo esto ocurre justo en el día que cumple los 55 años, solo, interrumpido por las llamadas de sus hijos ya emigrados, acorralado entre la nostalgia de 25 años de matrimonio con Alejandra (interpretada por Gloria Laso), y las exigencias de su nueva y emancipada novia, la pintora Paula (Erika Corbalán).

- Dices que te inspiraste en tus congéneres. Pero, ¿qué tanto hay de ti?

Bueno, tengo 55 años, dos hijas que no viven en mi casa y nunca me he separado, llevo 25 años con la misma mujer. Soy el único de mi generación que no se ha separado nunca. Y lo digo con mucho orgullo, ríe. Pero éste no es mi caso, no estoy haciendo un mea culpa.

- ¿Y por qué?

No lo sé. En primer lugar, nos vemos muy poco por nuestra profesión. Ella es productora de publicidad, y también le toca viajar mucho... A lo mejor por eso hemos durado tanto tiempo. Puede ser. Pero para esta obra también me he inspirado en las cosas que uno siente. ¿Qué me pasaría a mí si me separara? Yo creo que me costaría mucho armar pareja, lo digo de verdad. Si me llegara a separar ¡no me volvería a casar, pero por ningún motivo!.

Según los cálculos, Jaime Azócar ya lleva más de un centenar de obras en el cuerpo. Mucho café-concert, como todos saben. Pero también, antes y después, bastante teatro serio con clásicos universales (La mocedad del Cid, Don Juan Tenorio, Martín Rivas y El ideal de un calavera) y chilenos contemporáneos (Parejas de trapo, Tres tristes tigres, ¿Dónde estará la Jeannette? e Invitación a comer).

Lo que pasa es que yo hace más de 20 años que conozco el señor Alejandro González Legrand. Empezamos a hacer espectáculos el año 80 con un teatro-concert que se llamaba Tú te lamentas, de qué te lamentas. Un boom, porque fue el primer café-concert en que se hablaba en contra del régimen... Contra el régimen alimenticio de esa época, alza las cejas. Era una tomada de pelo increíble.

Después, el Coco me llamó el 94 para hacer el reemplazo de una humorista, añade. Inventé la historia de un televisor y de un gallo que no habla. Se lo copié a Mr.Bean, pero a la chilena. Eso duraba 12 minutos, y fue la primera vez que me pagaron por no hablar.

- ¿Fue fácil encajar en el humor de Coco Legrand?

Yo tenía mucho miedo de trabajar al lado de un cómico. Porque él no es actor, pero tiene un gran talento histriónico y yo no sé contar ni un chiste. Te juro. No sé contar chistes. Tengo que aprenderme un texto para poder decirlo bien. En cambio el señor González Legrand tiene una facilidad de improvisación extraordinaria, agarra un tema y te habla cuatro horas. Pero al final eso lo aprendí de él, y me ha ayudado mucho.

- ¿Veinte años de humor y café-concert son tan satisfactorios como todos los otros de teatro?

Para un actor nunca es satisfactorio nada. Yo siempre quiero más, más y más. Esto es una etapa más en mi vida, después vendrá otra y otra más, hasta que me dure la salud. De lo único que me siento satisfecho es de mi vida privada. De tener la pareja que tengo, dos hijas maravillosas y una profesión que cada día me gusta más y que me permite hacer lo que me gusta hacer: teatro.

- ¿Y cómo es ejercer un papel ejecutivo?

Duermo muy mal, muy poco. Siempre me estoy preguntando: si me caigo, aquí queda la embarrada. El producto artístico no tiene que dar explicación, tiene que hacerse. No puedo decir: no, no alcancé a armar el show, no pude ensayar. No. Aquí no hay excusas. Si te piden un elefante, preguntas de qué color. Y si es un elefante rosado, tenís que conseguirte un elefante rosado. Esa es mi responsabilidad, mi reto. Y me encanta, estoy fascinado.

- ¿Cuál es la motivación de hacer una obra solo? ¿Buscar un poco de independencia?

No, todo lo contrario, yo quiero darle mayor capacidad de trabajo a la sala.

- A nivel personal, ¿no se trata de retomar una veta que había quedado un poco de lado?

Sí, también. Yo estudié para actor, no para productor artístico. Lo he asumido porque me han dado la oportunidad y ante ella no me he echado para atrás ni me he corrido. Lo he asumido y he aprendido mucho, mucho. Pero en ningún momento siento que tengo que seguir probándome como actor. No, yo soy un actor nato y se acabó.

Rocío Lineros




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Foto:Claudio Vera
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