REVISTA YA

Martes 23 de Noviembre de 1999

Coca Duarte: En el teatro no sirve la racionalidad

Observadora de las emociones humanas, destaca dentro de la más reciente hornada de autores teatrales. A pesar de ser actriz y disfrutar sobre el escenario, siente que la dramaturgia es su delirio. Acostumbrada a transformar los sentimientos en palabras, prepara un proyecto sobre Juana de Arco en el Teatro UC: El 2000 es el momento justo para replantearse el tema de la fe, sobre todo en esta era tecnológica donde en lo único que uno cree es en el módem del computador.
Por Pilar Segovia I. Fotografías: Leo Vidal

Ningún cuadro, objeto ni retrato interrumpe las paredes blancas y pulcras que iluminan el departamento de la dramaturga Coca Duarte (27). Mantener así las murallas ha sido una efectiva forma de recordarle que hace un año se autodefinió como mujer en tránsito y se prometió que el 2000 irá a París a hacer talleres y golpear la puerta de los directores galos con quienes ha trabajado. Eso sí, antes de partir dejará listo el proyecto de investigación sobre Juana de Arco, que montará el año próximo en el Teatro UC, y terminará su compromiso con la reescritura del guión de la película Te quiero ver muerta, que dirigirá Alejandro Harriet.

En todo caso, Mal, su primera obra, ya se adelantó en cruzar el Atlántico hasta llegar a Francia.

- El director Michel Didym - el mismo del exitoso montaje La confesión- me la pidió, pero no dijo para qué. El está a cargo de una sección de una editorial de dramaturgia contemporánea y del festival de teatro La Moussondété. No sé qué hará con mi obra, pero decidí confiar...

- En Chile son muy pocas las mujeres que se dedican a la dramaturgia. Eres pionera de las nuevas hornadas que han egresado de la Escuela de Teatro de la Católica, incluso tus obras ya han sido premiadas en festivales. ¿Alguna vez dudaste de seguir este camino?

- Cuando era chica siempre le daba masajes a mi mamá y bromeando le decía que iba a ser escritora o masajista... Pero fuera de eso, creo que siempre me gustó escribir, quizás por una herencia que recibí de mi abuelo materno. En esa época lo conocí poco, porque mis padres se fueron a trabajar a España y yo nací allá. Sólo regresamos en 1981. Durante ese tiempo que estuvimos fuera mi abuelo enviudó y se hizo monje trapense. Por eso, antes de llegar a mi departamento, estos muebles estaban arrumbados en su casa de calle Compañía. A él le gustaba la arqueología, incluso tenía una momia en su hogar, junto con millones de libros de todo tipo. El es un gran estudioso de la vida, un ratón de biblioteca, y mi madre de alguna manera nos traspasó eso. Llegamos a Chile justo para sus votos solemnes.

- Tenías 9 años, ¿cómo fue la adaptación?

- Como mi imaginación ya era florida desde chica, me imaginaba un país donde la gente andaba casi en liana. Tenía un imaginario totalmente peliculesco sobre Santiago y cuando llegué fue una desilusión terrible, porque todo era esmog y edificios, nada parecido a lo que pensé. Debo reconocer que hasta tanto llegaba mi incultura que me imaginaba una selva, pero como nunca lo expresé, nadie me dijo: No, Coca, Chile no es así...

- ¿No querías quedarte en Madrid?

- Extrañamente, mis mejores amigos también partieron. Nuestros vecinos se fueron a Bélgica, otros a México y mi mejor amiga - una vietnamita adoptada por franceses- viajó a Francia. Fue una disgregación, como si estuviéramos coordinados, entonces no fue tanto el sufrimiento. Aunque llegar fue un impacto total. Yo era como una extraterrestre.

- Pero pudiste conocer más a tu abuelo.

- En realidad nunca conocí a mi abuelo sino como monje, entonces esto era algo muy natural. Tenía mucho encanto que fuera monje, era más hipnótico para mí. Incluso tengo varias fotos donde aparezco detrás del hábito, debajo de la capa o del gorro. Hace poco lo fui a ver y le conté que estoy trabajando en Juana de Arco. Estaba muy embalado buscándome información sobre la vida de los santos que le hablaban a Juana de Arco... En todo caso, cambiar de país, además de reencontrame con mi familia - y en una fantasía literaria propia de mí- , marcó el principio de mi visión de escritora del mundo.

- ¿Por qué?

- En España estaba preocupada de vivir no más junto a mi grupo de amigos que era como una pandilla. Al llegar acá el cambio fue muy fuerte, no entendía nada. Los niños y las niñas andaban separados, sólo las mujeres usaban pelo largo. Todo era como Hello Kitty, la amiga o ¿quién te gusta?... Allá los niños andábamos juntos, nos bañábamos juntos y éramos más desparpajados. Al principio me costó entender cómo era la gente, y en ese momento hice una especie de distanciamiento para analizar lo que estaba ocurriendo frente a mis ojos. Fue en ese instante cuando comencé a ser una espectadora de lo que estaba pasando... Centré todo mi esfuerzo en la adaptación. Incluso recuerdo que fue gran escándalo en mi colegio cuando me declaré al niño que me gustaba. Entonces, me tenía que acostumbrar a no decir las cosas, a no ser tan directa ni tan peleadora.

- ¿Pudiste hacerlo?

- Seguía en el esfuerzo de la adaptación, pero como a los 17 años dije: Ya, chao con la adaptación. Voy a ser como soy y si no les gusta filo con ustedes. Y todo comenzó a andar mejor, más naturalmente. En esa época estaba embalada con la poesía, escribía poemas de amor, pero también algunos con críticas a la sociedad.

- Si tu habilidad era escribir, ¿por qué estudiaste teatro y no literatura?

- Postulé a teatro y literatura, y quedé en las dos. En ese momento pensé - y ésta también es una teoría que he elaborado fantasiosamente ahora- : Ernesto Sabato era físico, algo nada que ver con ser escritor... En ese momento sentía que necesitaba una carrera en que pudiera experimentar, que fuera más viva. Pienso que el problema de la escritura es que a uno lo encierra en la casa. Entonces, me decidí por el teatro y hoy es una necesidad completamente mía. No puedo decir que sólo soy una escritora para el teatro, porque tengo una compañía y he montado cosas. Necesito actuar, porque el escenario permite experimentar y retroalimenta. Además, hasta ahora he podido combinar la actuación con la escritura.

- ¿Cuando escribes, lo haces pensando sólo en el teatro o también quieres escribir una novela?

- Mis profesores María Inés Stranger y Marco Antonio de la Parra me hicieron entrar en el delirio de la dramaturgia y ahí encontré la forma de escritura que a mí me gusta. Es lo mejor que ha existido, es mi forma de comunicar. La dramaturgia es tan difícil que para mí es como un desafío. En una novela uno puede expresar muchas cosas, las dice y las presenta. Pero en una obra de teatro hay que lograr que las cosas se evaporen del texto. Nada se puede decir directamente y para mí eso es un misterio precioso. Sobre todo, porque creo mucho en el poder del teatro. Ya es fuerte el hecho de que el público se vea representado. Entonces, encuentro maravilloso escribir para que sucedan esos intercambios de energía. También he sentido cosas fuertísimas actuando y uno se vuelve adicto a eso.

- ¿Cuál es el vaso comunicante entre actuar y escribir?

- El hombre y las emociones. Tengo amigos medio paranoicos que me cuentan algo y luego me dicen: Oye, no vas a poner esto en tus obras, ¿no? Y eso es imposible, porque tomo la anécdota o la historia, pero finalmente le pongo otra forma. Ahí también me doy cuenta de que soy una observadora de la gente, cuando de emociones o defectos humanos se trata. Por ejemplo, en Mal hay un personaje que está enamorado de una prostituta. Yo destrencé eso hasta encontrar las hebras que componían ese amor y me di cuenta de que él quería poseerla; pero como sabía que ese momento no iba a perdurar, le daban ganas de destruirla. Entonces, no basta con decir este personaje habla con amor, sino que hay que descubrir cuáles son los vicios humanos respecto del amor o de dónde viene ese amor... En otro de mis textos, Mala leche, ella también mata a su amante... Siempre hay un poco de muerte en mis obras.

- ¿Te preocupa el tema de la muerte?

- La muerte, como gesto escénico, es lo más grandioso que puedes hacer en teatro. Y también para cierta emoción es el gesto más efectivo.

- ¿Hay otra cosa que te dé vueltas?

- El amor...

- ¿Tus propios amores?

- ¡Ah, no!, para mí el amor es un tema cerrado... ¡No!, exagero. Es que soy así. Tuve una relación preciosa de dos años y medio, que terminó en febrero. Después de eso entré en una especie de reflexión o teoría del amor y escribí una lista - sin ningún afán literario- con lo que uno no tiene que hacer cuando está enamorado, como no desear poseer al otro, no tratar de cambiar la identidad del otro, no cambiar la propia identidad por la del otro, etcétera. Y, al final de la lista, me di cuenta de que todos esos no son los que nosotros entendemos por amor. Uno entiende por amor el que perdona todo, que posterga lo suyo por el otro... En todo caso, para mí lograr ser uno mismo y estar junto a otro es algo que todavía no resuelvo.

- ¿Hay algún momento en que no racionalices tu vida?

- ¡¿Acaso lo racionalizo todo?! No sé. Puede ser. Lo que pasa es que estoy acostumbrada a transformar los sentimientos en palabras, pero no siento que sean racionalizaciones ni que me siente a analizar como espectador porque, en su momento, vivo intensamente las cosas y después las racionalizo. Por ejemplo, esta lista sobre los no en el amor durará hasta que me dé cuenta de que estoy chapoteando feliz en esos no. Hay un poco de incoherencia también, porque como soy apasionada, a veces resulta que no quiero creerle nada a esa lista y no me importa no cumplirla.

- ¿Un escritor puede separar su vida de lo que escribe?

- No lo puede separar aunque lo intente, y creo que tampoco hay que intentarlo. En todo caso, uno tiene las herramientas no para tergiversar pero sí para transmutar las cosas. Por ejemplo, una desilusión amorosa o cualquier cosa que tiene que ver con la vida cotidiana puede servir de pie para encontrar una emoción en una santa como Juana de Arco.

- ¿Cómo surgió hacer Juana de Arco?

- Cuando trabajé con el director Horacio Videla en Hamlet, ya estaba la idea, pero quedó reposando y cada uno se metió en sus propios trabajos. Este proyecto de investigación en la Católica es un reencuentro súper interesante. Además, es el año para hacerlo. Replantearse o ver algo sobre la fe antes del 2000 para mí es muy importante, sobre todo ahora que estamos en una etapa tecnológica donde en lo único que uno cree es en el módem del computador.

- ¿Hay una falta de misticismo?

- Hay una falta, pero al mismo tiempo - con la aproximación del 2000- hay una vuelta al misticismo. Existe una necesidad de saber qué hay más allá.

- ¿Y qué papel juega en esto Juana de Arco?

- Ella es un gran misterio para mí. Juana es la certeza absoluta, inamovible en su misión y, también, la fortaleza de la fragilidad. Tiene sólo 17 años, pero es tan grande su certeza que convence a todos. Al leer su historia es inexplicable cómo ella llegó a ser lo que fue. Tiene una fuerza interior enorme y un carácter increíble, se da tiempo para sus ironías, le pega palos a todos. No es una santa común y corriente y apuesto a que ninguna lo es. Lo que pasa es que cuando nos las muestran tienden a hacer una especie de globalización del tipo ella era tan buena y piadosa, y eso es lo peor que se le puede decir a un personaje, porque aunque suene terrible, eso no conforma ninguna particularidad.

- ¿Y qué particularidad de ella quieres rescatar?

- Su carácter es súper importante, además que no es bondadoso. Era una niña alzada, le decía al gobernador de Orleans: ¡Y si no me hace caso, le corto las orejas! Era temida. Además, me han pasado como especies de casualidades con Juana de Arco. Por ejemplo, la imagen previa que tenía de la primera santa que se le apareció era en una fuente y después me enteré de que fue decapitada en una fuente...

- Dijiste que Juana de Arco era una niña alzada. Y a ti, ¿qué te queda de la niña alzada y respondona que eras?

- Cuando llegué de España era de una manera y pensé que formar parte o pertenecer significaba amansar mi carácter. De lo alzada y respondona no me queda mucho. Pienso que encontré la manera de encauzarlo...

- ¿Cómo?

- Escribiendo (ríe). Además, me di cuenta de que uno no saca nada con pelear. Está bien pelear por lo de uno, pero yo lo hacía de una manera tan apasionada que siempre perdía. También no es que uno se amanse, sino que uno aprende. Hay gente que dice lo que piensa, pero yo me descuadraba diciendo lo que pensaba, entonces por supuesto nadie me prestaba atención. Era superior el hecho que estaba pataleando que lo que realmente decía. Decir lo que uno piensa hace bien, pero uno tiene que aprender a hacerlo.

- ¿Qué proyectos tienes?

- Quería hacer una beca en dirección y dramaturgia en España, pero la deseché. Prefiero irme a París, a meterme en el ambiente, tomar talleres, y hablar con los tres directores franceses con los que trabajé este año (Michel Didym, Adela Hakim y Eric Lacascade). Si no resulta, me vuelvo en tres meses. El problema es que no quiero dejar los ensayos de Juana de Arco que parten en abril. Además tengo el proyecto de la película... En marzo veré si me voy, quizás no. Es que no puedo quejarme, ahora estoy haciendo cosas interesantes y tengo que disfrutar el presente.

- Un poco menos de racionalizaciones y teorías, ¿no?

- Claro, además que esa racionalidad tiene un defecto. Piensa, ¡cuánto tiempo he estado pensando en estas leseras..! Ahí entiendo que necesito actuar también, porque en ese momento no se puede racionalizar nada. Es un instante mágico, para desconectar la cabeza, un alivio. Además, estar sola escribiendo todo el tiempo es una lata. Uno tiene que estar en el mundo. Mishima dejó la pluma y fundó un ejército. En todo caso, mis teorías no sólo son cosas que he pensado, sino que también me han atravesado en algún momento. En el teatro no sirve la racionalidad, porque la única manera de transmitir al espectador es que lo viva como una experiencia.


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales