PORTADA

Martes 4 de Septiembre de 2001


Religiosas en Medio del Mundo

Miembros de diferentes congregaciones realizan su trabajo pastoral insertas en la comunidad. No usan hábito porque, según dicen, limita el acercamiento con la gente.
Por María de la Luz Galleguillos

"Me gusta que me llamen sólo Marlen", dice con humildad la hermana superiora de la residencia de la Congregación Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, ubicada en dependencias del Colegio Universitario Inglés. Vestida con pantalones oscuros, suéter fucsia y chaqueta morada, esta joven alegre y llena de energía no representa sus 37 años, 17 de los cuales ha dedicado a la vida religiosa.

Sus signos externos son sólo una cruz con el símbolo de su agrupación y el anillo que testimonia su compromiso de consagración a Dios. Estas representaciones son las mismas que caracterizan a toda mujer entregada a la vida en comunidad, cuyo compromiso implica hacer tres votos: de obediencia, pobreza y castidad.

Como superiora, Marlen Díaz tiene a su cargo el hogar que comparte con otras nueve monjas. Además de dedicar su vida a la oración y a la convivencia con las demás hermanas, esta profesora hace clases de cultura religiosa a los 3.os y 4.os medios del plantel.

La educación es parte del carisma de su congregación, que además de ese colegio del sector oriente, tiene otro ubicado en Cerro Navia, más una casa de inserción parroquial en Maipú, donde atienden distintas pastorales. Sin desmerecer el trabajo al interior de un convento, su ideaes vivir la fe también puertas afuera, integradas a la sociedad.

Marlen considera que la relación con sus alumnas es muy buena. Según deduce del diálogo que mantiene con ellas fuera de clases, lo que buscan las muchachas en una religiosa actual es que las escuchen. Dice que su misión es orientarlas para que por sí mismas descubran qué es lo mejor para ellas. "Me cuentan de todo, desde que pelearon con el pololo hasta problemas familiares. No se limitan conmigo ni hay temas tabú, porque los jóvenes de ahora son muy directos y críticos", afirma.

Sus alumnas la quieren como a una amiga e incluso, para algunas, es una verdadera hermana. "Es cercana a todas y entregada por los demás. Se preocupa hasta del más mínimo problema que uno tiene", afirma Carolina Arancibia (17). "Uno entra a la residencia pastoral como "Pedro por su casa" y, a veces, nos invita a su pieza. Cualquier cosa que se necesita, ella está allí. Hasta se nos olvida que es monja", dice Isabel Cardemil (16).

Vivir un Dios más próximo y presente en la realidad de diversos grupos sociales es el enfoque que tienen las comunidades de inserción de religiosos. Un concepto que comenzó a gestarse a partir del Concilio Vaticano II, cuando se le dio una nueva orientación pastoral a la Iglesia Católica.

Aunque no todos están afiliados a la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile (Conferre), ella reúne a 259 congregaciones, con un total de 5.000 integrantes en todo el país, según estadísticas de diciembre de 2000. De ellas, 29 son de clausura (vida contemplativa), masculinas y femeninas.

En las otras 230, consideradas de vida activa, el 70% corresponde a mujeres y el 30%, a hombres. Según explican en Conferre, su misión consiste en trabajar en diversos ámbitos como la salud, comunicaciones, misiones, educación y pastoral parroquial.

Enamorada de los Pobres
Aurelia Rocco trabaja hace 15 años en diversas poblaciones de la comuna de Lo Espejo. Pertenece a las Misioneras Corazón de María, cuyo carisma es la evangelización, preferentemente de la mujer a través de la educación formal en sectores populares.

Sin vestir hábito, esta hermana asegura que lo que más le sedujo al optar por su congregación fue la cercanía con la gente a través de un apostolado intenso. Cuenta que le gusta mucho "callejear" para acudir en ayuda del que lo necesita, dando esperanza a través del Evangelio. "Estoy enamorada de la población. Aquí me siento querida y acogida. Para ellos yo soy su monja, no para pedirme que les dé algo, sino que simplemente para contarme sus dramas y desahogarse", afirma.

Observa que, como religiosa, lo que le preocupa es levantar a la persona que está caída, sin importar si es creyente o profesa otro credo. Su labor pastoral se centra en la formación y capacitación de líderes, de modo que los grupos se organicen y aprendan a resolver por sí mismos sus problemas comunes.

Para vivir de cara al ser humano, Aurelia considera que lo mejor es pasar por una pobladora más. "Eso permite llevar una vida sin tratos especiales y es conveniente, en el sentido de que uno pasa inadvertida".

Coincide Marlen, quien usó hábito durante cinco años, período en el cual recibió algunos insultos en la calle, pero también privilegios. Esto último lo ejemplifica recordando que, a veces, los choferes de micro no le cobraban pasaje o, cuando debía esperar en una fila, la hacían pasar primero.

Con el tiempo se dio cuenta de que esa vestimenta ponía una barrera ante las personas a las cuales se acercaba. Sin embargo, lo que más la convenció, y le sirvió de argumento para que la autorizan a dejarla, fue un episodio que vivió hace varios años en Perú, como misionera.

Mientras esperaba, vestida de monja, para un trámite de inmigración, un vigilante la vio y gestionó para que la atendieran de inmediato, saltándose varios puestos. Esa vez no le pareció mal hasta que regresó, al poco tiempo - ya sin hábito, porque sus labores en una comunidad selvática así lo exigían- , a realizar el mismo papeleo, para el cual hizo una larga fila.

Entonces apareció otra religiosa, pero de túnica, con la cual tuvieron la misma deferencia que ella experimentó antes, lo que la situó en otra perspectiva. "Fue un momento muy marcador, me di cuenta de que el hábito me daba ciertos privilegios y me hacía ignorar la realidad de mucha gente", reflexiona.

En opinión de la hermana Audelina Gonzalo, de las Misioneras de Jesús, María y José, se llega más fácilmente a la gente vestida como una persona común y corriente. Su labor pastoral y de evangelización se inserta en diversas poblaciones de La Granja, con cuyos habitantes asegura tener una relación muy cercana.

Esta española llegó hace 11 años a Chile y desde entonces se ha dedicado al trabajo social desde la parroquia, ayudando a la formación de agrupaciones con diversos intereses. "Lo que más me gusta es escucharlos, pero no solucionar sus problemas. Yo los oriento, para que ellos mismos lo hagan, de modo que el día que yo me vaya, ellos sigan funcionando solos".

Tan Difícil Como Antes
Las religiosas de hoy concuerdan en que vivir integradas en el mundo que les tocó no es más difícil que antaño, desde el punto de vista de ser fieles a sus votos y realizar la misión que les encomienda su congregación.

"Ser coherente con lo que uno cree y piensa nunca ha sido fácil, ni antes ni ahora. Puede haber situaciones un poco distintas. Si uno asume lo que es desde sí misma, siempre va a ir contra la corriente en muchas cosas", afirma Audelina Gonzalo.

Marlen Díaz está consciente de cuáles son sus límites, lo que según ella, depende de la estructura interior de cada monja. Dice que su condición de religiosa no le impide gozar de su corporeidad. De hecho, participa en un taller de expresión corporal, porque siente que Dios también pasa por ese aspecto. Califica su vestuario como normal, pero discreto, acorde con su realidad. "Encuentro lindo ser mujer y no me gusta verme desastrada. Me encanta combinar los colores y andar bien peinada, por respeto a los demás", asegura.

Angela Pérez (33), hermana de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y encargada de la pastoral juvenil de Talca - que agrupa a muchachos de liceos, universidades y parroquias de esa ciudad- , cree que las personas pueden sentirse realizadas desde distintas vocaciones, pues todas son importantes.

"Aquí descubrí el espacio en que estoy más plena y feliz. Desde una vida comunitaria y con un tiempo para la misión me siento más yo misma, sin pensar que haya otros que vivan vocaciones a medias. Una persona puede casarse, tener hijos y ser santísima. Pero para mí hay sólo una vida: la religiosa", asegura.

Admite que su opción tiene una cuota de renuncia, la misma que puede tener una madre que de repente se limita en muchas actividades porque tiene que cuidar a sus niños. No obstante, añade, también tiene mucho de alegría con una sensación de que hay alguien que le llena el corazón, y que hace que su vida tenga verdadero sentido.

De su trabajo con los jóvenes resalta que son personas con un gran potencial, que necesitan que los escuchen para encauzar su vida por un camino claro. Tampoco usa hábito y reconoce que verse como ellos le ayuda a transmitir un Dios más cercano y palpable.

Angela dice que cuando recién entró a la congregación sentía que su nexo personal con el Señor era sólo de ella con él. "Pero con el tiempo siento que esa relación se ha poblado de otra gente a la cual quiero y me debo como religiosa. En el fondo soy un poco hermana y madre de ellos. Y siento que eso vale la pena".




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Escuchar las inquietudes de sus alumnas y aconsejarlas para que ellas aprendan a enfrentar y resolver sus dificultades es parte de la labor pastoral de la hermana Marlen Díaz (37), miembro de la Congregación Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Hace varios años que no viste hábito porque, según estima, representa una barrera para un diálogo franco y fluido con las jóvenes del colegio donde está inserta. En la foto, la religiosa, quien se diferencia por llevar colgada una cruz al cuello, comparte con estudiantes del Universitario Inglés.
Escuchar las inquietudes de sus alumnas y aconsejarlas para que ellas aprendan a enfrentar y resolver sus dificultades es parte de la labor pastoral de la hermana Marlen Díaz (37), miembro de la Congregación Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Hace varios años que no viste hábito porque, según estima, representa una barrera para un diálogo franco y fluido con las jóvenes del colegio donde está inserta. En la foto, la religiosa, quien se diferencia por llevar colgada una cruz al cuello, comparte con estudiantes del Universitario Inglés.
Foto:Héctor Yañez
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