EL SÁBADO

Sábado 16 de Julio de 2011

 
Formas de entender a Zambra

Tres novelas le bastaron para pasar de ser un poeta sin demasiado horizonte al novelista chileno vivo más aclamado en el extranjero.
POR RODRIGO FLUXÁ N.  Alejandro Zambra podrá haber editado su tercera novela, podrá haberse pasado este año en giras promocionales, podrá tener contrato con Anagrama, podrá hacerse de rogar por los derechos de Bonsái para el cine, podrá ser uno de los 22 mejores narradores jóvenes según la prestigiosa revista Granta, podrá estar traducido a 11 idiomas, pero igual, cada noche algo le quita el sueño.-Un dolor que te quieres matar.La migraña cluster es de origen tensional y lo persigue hace años. Probó acabar con ella igual como ataca todos los problemas, escribiendo y leyendo. El personaje principal de Formas de volver a casa las sufría en el primer corte del libro, pero la enfermedad no llegó a la edición final. Y Zambra, el escritor, no el personaje, se devoró Migraña, un tratado de Oliver Sacks sobre los pesares de los dolores de cabeza.-Al menos me pone contento padecer una enfermedad interesante, que dé para 400 páginas. -Es una imagen a explotar: despertarse, atormentado, a escribir. -Con la mitad de la cara paralizada por el dolor no se puede hacer nada. Es una condena muy desagradable. He probado no comer ciertos alimentos, medicamentos fuertísimos. Lo peor es que cada doctor dice tener una solución: te recetan un remedio que te hace efecto por un tiempo, pero al rato tu cuerpo se acostumbra y ya no sirve, entonces tienes que buscar otro que te alivie un poco.-¿Eso es científico? ¿Has considerado la hipocondría?-No la descarto.*Horacio Zambra nació hace 63 años, hijo de un obrero téxtil. Creció en Renca, donde su madre se preocupaba de tenerle tres cosas: una cama individual -rareza en las poblaciones en ese tiempo-, un plato de comida y un baño diario, sin importar lo roñoso de las ropas que llevaran. Terminó el colegio, con una oferta en la mano: tenía que dar la prueba final para ser arquero profesional. Era ágil, pero ocultaba un secreto: una miopía incompatible con el deporte. El día de la prueba final llegó con lentes, saboteándose a sí mismo: en el fondo, sabía que, en su posición social, trabajar era la única alternativa. Hoy ocupa lentes de contacto.Alejandro Zambra, su hijo, nació en 1975, cuando su familia vivía en la Villa Portales. Creció con fútbol por el lado paterno, relatando partidos imaginarios de Colo Colo, y con arte por el materno: su tía abuela era la folclorista Silvia Infantas. Su propia abuela, Josefina Gutiérrez, su gran influencia de infancia, fue cantante lírica en Chillán.-Su familia murió en el terremoto del 39. Me contaba esas historias en la noche, lo que, dicho sea de paso, no es una gran idea para hacer dormir a un niño.A los cinco años su familia se fue a vivir a la Villa Las Terrazas, Maipú. Es el escenario de Formas de volver a casa.-No hay películas o libros ambientados en Maipú, Puente Alto o La Florida. ¿Fue una decisión consciente? ¿Contar historias de esa gente?-En parte, porque existe la sensación de que en esos sitios nunca ha ocurrido nada que merezca ser contado. Mi vida de niño era viajar a Santiago: eran más de dos horas diarias arriba de una micro. Sentíamos que las cosas pasaban en otro lado, no en Maipú.  -¿Hay algo distintivo de la gente que creció en Maipú? ¿Hay algo en común entre Golborne y tú?-Já. Los maipucinos se toman el mundo. Tiene que ver con la falta de identidad. Hay una identidad en la falta de identidad.En séptimo básico postuló al Instituto Nacional. En el formulario de ingreso, donde decía "Lugar residencia", su papá dejó el espacio en blanco.-Era un periodo muy tenso. Había una directora designada por los militares. Varios profesores que apoyaban al régimen. Me acuerdo que humillaban a los alumnos porque andaban con calcetines blancos. Una hueá muy marcial, muy desagradable, muchos se retiraban. Uno de apellido Venegas nos decía: ¿Usted es de Puente Alto? Quédese allá pues, no pertenece acá, allá hay un excelente liceo para usted: no vuelva. En el fondo nos decía: son unos pungas, no tienen que estar acá. Era bien brutal, porque era un colegio diverso, muchos se jugaban ahí su chance de ascenso social, la única.-¿Fue muy marcador pasar de la tranquilidad de Maipú a eso?-Sí, porque ahí la dictadura, que para mí era un concepto difícil de entender, fue de golpe visible. El primer día de clases se evacuaba el colegio por Alonso de Ovalle por las lacrimógenas. El colegio era tan diverso que nos enseñó temprano que el mundo era bien injusto.Elizabeth Azócar fue su primera profesora de castellano en el Instituto. Zambra dice que ella debió aparecer en Formas de volver a casa, pero se le pasó.-Los hacía escribir dos horas a la semana. Ponía afuera un cartel que decía: Jóvenes inspirados, no molestar -dice ella-. Alejandro era tartamudo y como encorvado, pero luchaba por leer en voz alta. Era un placer ser testigo de su lucha con la timidez. Era muy sensible: un día llegó llorando a mi sala porque había tenido un problema con un profesor.-Sería mentir decir que lo pasé mal. Disfrutaba de la independencia. Me iba a San Diego a buscar libros, a fumar. Fueron años de mucho mirar.Zambra integró la Academia de Letras Castellanas del Instituto Nacional, el Alcin. Llegó, de hecho, a presidirla en 1993, sumándose a una lista de nombres que incluye, por ejemplo, a Ricardo Lagos, José Venturelli y Antonio Skármeta.Publicó varios poemas en el boletín anual. Uno se llamaba XX.Así me voy quedando, con el muerto/ y ardides de otros días imprecisos /aquí, con los siglos, numerando /con los dedos de los pies y de las manos.-Era como Rushmore. Presidí el Alcin; lo digo con vergüenza. Iban a vernos escritores como Waldo Rojas y Skármeta, lo que no suena tan mal, pero la impostura que teníamos era bien vergonzosa.-¿Jugabas al poeta maldito?-Fueron muchos años así. Nos cambiábamos de ropa después de la sesiones de taller y nos íbamos a curar al Indianápolis. Jorge Ferrada era el profesor que lo coordinaba.-Estaban en la onda de la película La sociedad de los poetas muertos. Leían a Rimbaud y Baudelaire. La mayoría decía que eran antisistémicos y antipinochetistas. Las sesiones eran brutales; se destrozaban los poemas entre ellos. Había niños que nunca se atrevieron a leer. Alejandro sí. Tuvo el mérito de nunca frustrarse.Ferrada y Zambra se mantuvieron en contacto después, coincidiendo en los círculos de lectura de poesía. La última vez que se vieron, Ferrada le preguntó por su último libro.Zambra le respondió:-Ahora sí que se van a enojar en la casa. *

Zambra y su padre chocaron bastante durante la adolescencia. Una batalla significativa fue cuando contó lo que quería estudiar.

-Te encargo que un hijo te diga que va a estudiar literatura. Sobre todo a nosotros que no éramos de plata. Le dije no, no, no. Al final, como máximo, yo había transado periodismo -cuenta el papá.Era 1994 y el fraude al fisco operado por Juan Pablo Dávila llenaba los diarios. Don Horacio trabajaba en una empresa de informática cerca del centro y veía, todos los días, decenas de periodistas esperando por horas al ex funcionario de Codelco.-Y cuando salía ni los pescaba. Entonces me dije: ¿Cómo voy a obligar a mi hijo a eso? Ahí le dije que estudiara lo que quisiese.Zambra entró a la U. de Chile con beca Presidente de la República. A los 20 años ya había dejado su casa. Trabajó contestando teléfonos, en bibliotecas, como cartero. También fue junior.Pero se consideraba un poeta.-Entrar a literatura fue muy hippie. Era una cosa maravillosa, todo el mundo tomando y fumando marihuana. Después vi que no era tan así: a mucha gente no le gustaba tanto la carrera. -¿Qué futuro le veías a tu vida en ese punto?  -Fue un proceso. Tenía profesores muy inteligentes y yo quería ser tan inteligente como ellos al principio. No me costaba. Era un problema querer escribir: los profesores se reían un poco. El discurso era: no hay Dios, no hay referentes políticos serios, no hay arraigo. Eso se celebraba en esos círculos. Eso era ser inteligente. Recuerdo haber pensado: Ok, pero yo estoy buscando algo. Ahora soy mucho menos inteligente que en ese tiempo. Porque, inteligente sin guata, no me sirve. Zambra egresó en 1998, fue becado a Madrid un año, se casó con una diseñadora, se separó, volvió a Chile, a vivir en una pieza de doce metros cuadrados en Dardignac, donde lo único que tenía era un gato, una silla de ruedas antigua, una cama y una pila de libros. Salía a Bellavista y cada juerga terminaba en la habitación, leyendo pasajes de Mudanza, su libro de poesía editado en 2003 y recibido tibiamente.Años después de eso escribió el polémico ensayo Contra los poetas, en la revista peruana Etiqueta Negra."A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizá han concedido una o dos precoces entrevistas. (...) A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. (...) A los treinta años han sido incluidos en antologías nacionales y latino americanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. (...) A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. (...) A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea.-¿Te alegra no terminar así?-Ese escrito me trajo problemas. En el fondo, me reía de mí mismo. Y esa es una pregunta tramposa, porque mis amigos son poetas, pero la respuesta es sí, me alegro de no tener que recorrer ese camino. Me parece muy terrible cuando alguien confunde las cosas y cree que la literatura es su vida. Entonces intentas rentabilizar tu literatura, tu vida, con fondos estatales, talleres literarios, toda esa maquinaria para seguir figurando.Andrea Insunza, amiga de Zambra, nieta del fallecido dirigente comunista Luis Corvalán, y quien inspiró Formas de volver a casa, ha sido testigo de su evolución.-Para él debe ser raro verse todas las semanas entre las listas de los más vendidos, al lado de escritores con los que no tiene nada en común. No ha necesitado inventarse ninguna historia para que le vaya bien, sólo hace muy buenas novelas. No necesita ser un personaje.Él concuerda.-No me siento en ningún bando de la narrativa chilena. Cuando fui crítico en LUN me di cuenta.-¿No te preocupó cerrarte puertas siendo un crítico tan ácido?-Fue arriesgado, pero quería escribir de literatura. No me preocupaba lo otro. Sí me hice mala fama.-¿Tienes enemigos por eso?-Yo creo, varios. Pero con otra gente que critiqué mal, como a Fuguet, ahora me llevo bien. -¿Influyó para que ninguna editorial chilena editara Bonsái?-No sé. Fue así: llevé el libro a cuatro: dos no respondieron, otras dos tuvieron buena acogida, pero ahí apareció Anagrama. -En Formas de volver a casa repasas a varios narradores chilenos como Isabel Allende, Rivera Letelier, Marcela Serrano y Pablo Simonetti al identificarlos en el estante de libros que lee tu mamá, en contraposición a lo que leerías tú. ¿Es tu forma de situarlos en el bando contario?-Tal vez la mamá tenga razón: hay que leer esa literatura. No me siento atacando a nadie.-Pero ¿referirse a Carla Guelfenbein como "una mujer a la que besarías, pero no te acostarías o que te acostarías pero no besarías" no es romper el fair play? -No me interesa el fair play. Hay una literatura que está en función de su público, más aún, en función de sus compradores. Es derechamente un producto. Me parece que en un libro de Isabel Allende hay una especie de Power Point, unas tablas de Excel, y unos ingredientes que tiene que tener para cautivar ese público. Respecto a lo de Guelfenbein está en el espacio del diálogo. No tengo ningún problema personal con esos escritores, pero sí me identifico con otra gente que hace algo más genuino, que no está complaciendo. Y no estoy jugando al outsider.-Ya no lo eres.-Mis libros encontraron su público, me alegra. No me pone incómodo que me vaya bien. No me sorprende que un periodista español quiera saber de mí, porque valoro muy bien mis obras. Pero quiero ser libre, publicar cuando tenga algo que decir.  -Es fácil tomar esa postura cuando sabes que, sea lo que sea, te lo van a publicar.-Siempre fue así. Pasaron cuatro años y no sentí que tuviera que apurar mi tercera novela para ganar unos pocos pesos o para estar vigente. Los procesos artísticos tienen unos tiempos genuinos. No me siento en carrera, no tengo planes para hacerme aún más internacional o más grande. Sólo sé que quiero seguir escribiendo. No voy a tener un agente literario apurándome para aprovechar el momento. No voy a aguantar que un editor diga: por qué no le sacamos la cosa de la reflexión, esto directo vendería más libros. Estoy contento con lo que he hecho: no tengo muy claro qué voy a hacer ahora, pero no me angustia, perfectamente podría desaparecer. *Al prestigioso editor español Luis Herralde le llegó un manuscrito en 2005.-Fue por mail, sin ninguna recomendación. Lo leí y me pareció excelente, inesperado, personalísimo. Sin una palabra de más ni de menos -dice Herralde desde Barcelona.Bonsái fue editado en 2006, en medio de críticas de otros escritores por su escasa extensión y por lograr ser editado directamente por Anagrama en España. Sólo allá vendió 6.338 unidades.A Horacio Zambra le costó entender.-Yo leo poco. Tengo la colección de Ercilla en mi casa, pero he abierto dos. Me gusta John Grisham. Que me dijeran Anagrama era lo mismo que me dijeran tres pilitas de dulces.Igual partió a la librería Antártica. Llegó al mesón y dijo:-¿Tiene Bonsái, de Alejandro Zambra?Le trajeron dos libros sobre cómo cultivar árboles.*Formas de volver a casa trata, en parte, de un escritor que lucha para terminar una novela sobre su infancia en la dictadura. El escritor es fanático de Colo Colo, vivió en Maipú, tiene una hermana mayor, estudió en el Instituto Nacional, su papá ocupa lentes de contacto y está viviendo una dura separación de una diseñadora.Hay episodios brutales.Página 129. "Y finalmente viene la frase temida y esperada, el límite que no puedo, que no voy a tolerar: Pinochet fue un dictador y todo eso, mató alguna gente, pero al menos en ese tiempo había orden. Lo miro a los ojos. En qué momento, pienso, en qué momento mi padre se convirtió en eso".En otra escena, el protagonista da detalles, bien específicos, de su ruptura matrimonial. Y en otra, le explica a su hermana que ella no va a aparecer en el texto."Porque es mejor no ser personaje de nadie. No salir en ningún libro". -Pero igual transformaste a gente cercana en personajes. ¿No te da pudor?-Claro. Pero al final el único que sabe qué tan personal es lo que sale, soy yo. Es un tema del libro, protegerse o desprotegerse cuando se escribe. Lo autobiográfico no me interesa en el sentido habitual de la expresión. Soy yo, pero si esto lo siente mucha gente, sí vale.-Pero al relatar cosas tan íntimas de gente cercana, ¿tuviste que pedirles permiso?-No, no pedí.-Pero asumes que lo que escribas puede dolerle a gente real.-Espero, por el contrario, que el libro permita conversaciones que antes eran imposibles. Creo que verse reflejado en un libro puede ser complejo y doloroso, pero creo en el sentido de ese dolor. Hablo de cosas que me parecen importantes y cómo sean recibidas sí me importa, pero tiendo a pensar que pueden gatillar otras reflexiones que antes eran imposibles. Hay un punto que va más allá de las posibles consecuencias que acarree lo que escribo. Si tus palabras pueden causar dolor, pero hay que decirlas, se dicen.-Pero ese es un proceso tuyo, a la gente que involucras no tiene por qué interesarle. -Estoy de acuerdo. Si preguntas por las reacciones de mi familia, han sido muy positivas, me han hecho estar muy contento de haberlo escrito. Hay cosas que jamás podría haberles dicho en persona. Yo escribo para decir lo que no puedo decir.-¿No es desgastante eso?-Sería menos desgastante escribir ficción por ficción, pero no creo en eso: me costaría mucho situar un relato en otro país e inventar una trama coherente. Escribir un libro no puede ser gratuito. Es extraño: tengo la sensación de no haber inventado mucho en el libro, pero también hay cosas que no sucedieron así. Me di cuenta de que no me bastaba la ficción, pero tampoco me basta la no ficción. Como dice Natalia Ginzburg: cada vez que me sorprendía inventando algo, lo corregía. -A pesar de lo personal, ¿te sientes representando a una generación?-Por mucho tiempo no quise ser generacional. Leía Mala Onda que se suponía representaba a los jóvenes de los 90, pero hablaba de una gente de otro estrato social, que vivía otras cosas. Creo ahora que mi generación necesita hablar, porque llevamos mucho tiempo en silencio, como pidiendo permiso para opinar.-¿Te refieres a la frase que no se puede opinar de la UP y la dictadura porque eran muy chicos?-Sí, recibí esa frase, casi advertencia, no sólo de mis papás, sino de mucha gente. Es muy agresiva. Éramos niños, pero vivimos la dictadura igual. Somos parte de una generación nostálgica, echamos de menos algo, pero no sabemos bien qué es; nos acordamos de marcas y de los comerciales; de Don Francisco, de ver la Teletón muertos de miedo, creyendo que íbamos a amanecer sin piernas un día. Pero eso es pura forma, nada sustancial. En ese vacío traté de buscar.-En el libro eres duro con la generación de tu padre, que, en su mayoría, vivió el régimen militar desde la pasividad. ¿Te parece que son culpables de algo?-Es una gran pregunta, qué clase de país somos, cuando asumimos que muy poca gente hizo cosas o manifestó su descontento por lo que pasaba. Incluso las familias de izquierda hicieron eso, protegerse, dejar la militancia. Yo escribí la novela de los hijos de los que no hicieron nada. Me imagino que los hijos de militantes tendrán que escribir la suya. -El final del libro se sitúa en la victoria de Piñera, con un tono más bien apocalíptico. ¿Cumplió tus expectativas pesimistas?-Yo era medio concertacionista, pero me desagradaban muchas cosas que pasaban. Ahora me desagradan más. *Formas de volver a casa está entre los libros más leídos de Chile desde su edición, en abril. Su acogida internacional ha sido insólita.-Es muy glocal; de global y local -dice Herralde, de Anagrama-. Con los componentes políticos y biográficos tendrá aún mayor acogida de ahora en más. La prueba es que, incluso antes de su publicación, es decir, sin pasar por el test de la crítica española, la habían contratado cinco editoriales grandes de otros países.Horacio Zambra no se ve en el libro ni se siente culpable por cómo vivió la dictadura.-Cero, cero, cero. Es muy distinto con guitarra: cuando uno tiene todo resuelto es muy fácil ponerse a pensar en otras cosas. Yo tenía que sacar adelante a mi familia. Si hubiese pensado como dice el libro, en los detenidos y la gente que sufría, Alejandro a lo mejor no hubiese estudiado, ni hubiese escrito libros.Rosa Infantas, la madre de Alejandro, que administra una estación de servicio, aprendió el mes pasado a revisar las noticias en internet. Lo hizo para saber cómo le iba a su hijo en Cannes, en la presentación de Bonsái, la película.Horacio está feliz por otra cosa.-Él escribe muy bien y le va excelente para su edad. Pero lo que me pone más orgulloso es que es una persona normal, no como los otros escritores. Se puede sentar a hablar con cualquiera. Es un hijo de vecino.En mayo, cuando se lanzó Formas de volver a casa, don Horacio fue de nuevo a la librería Antártica del centro. Llegó al mesón y dijo:-¿Tiene el último libro de Alejandro Zambra?Al pagar con la tarjeta, el vendedor vio el apellido en la boleta y le dijo:-¿Zambra? ¿Es algo suyo? ¿Su sobrino, su nieto?-Es mi hijo. 


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Foto:JOSÉ LUIS RISSETTI


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