ACTIVIDAD CULTURAL

Jueves 14 de Abril de 2005

Teatro Municipal:
Con La Cenicienta, Marcia Haydée rinde homenaje al esplendor


JUDITH GLÄSSER

El Teatro Municipal inicia la temporada 2005 con una puesta de gran ambición y vuelo artístico que se traduce en un exuberante impacto estético y visual de la puesta: la escenografía y vestuarios diseñados por el ya legendario Raymundo Larraín y recreados con maestría y precisión por el equipo encabezado por Pablo Núñez, Imme Möller y Patricio Pérez. La Filarmónica de Santiago, dirigida por José Luis Domínguez, interpreta con sensibilidad la magnífica y difícil música de Prokofiev, sobre todo el gran Vals del I y II Acto que se repite y es inolvidable en su melodía.

Esta Cenicienta, una nueva visión y versión del cuento de Charles Perrault, coreografiada por Marcia Haydée, directora artística del Ballet de Santiago, que manteniendo la estructura original, la interviene con ciertos simbolismos y personajes de fantasía que hacen que la narrativa fluya con ciertos altibajos. Graciosa la presentación de la Hada Madrina, interpretada por Marcela Goicoechea, rodeada de duendecillos, niños de la escuela de ballet del Teatro Municipal, donde introduce el tema de las horas y lo crucial del tic toc del tiempo. Acompañada por sus asistentes, Patricio Melo y José Manuel Ghiso, en una serie de lifts, demasiados pases de uno a otro bailarín y coreográficamente de gran simpleza y sin mayores sorpresas. Curiosamente esta Hada Madrina no tiene el impacto que debería producir en el espectador, siendo ella la gran facilitadora, nos quedamos a la expectativa de una fuerza coreográfica que no llega. Marcela Goicoechea, una bailarina intuitiva, melódica, con hermosos port de bras, gran lirismo en sus arabesque-penchée, queda en una dimensión aislada. El primer acto es la presentación de la protagonista, Natalia Berrios, su lúgubre morada, y el resto de la familia. Comentario aparte la magnífica interpretación de Jaime Pinto en su rol de Madrastra haciendo gala en la mejor tradición del pantomime dame. El Padre, Pablo Aharonian, en una buena caracterización, dominado por su formidable esposa y sus odiosas hijas, Ítalo Jorquera y Esdraz Hernández, son la farsa y las risas de la puesta, tendiendo un poco al grand guignol y menos a las sutilezas y a la perversidad de los personajes. El traje del Padre desentona con la propuesta y es un poco absurdo. Se alarga este primer acto entre las idas y vueltas de estos personajes, se agiliza con la llegada del Marqués de Marval y la invitación al baile, gran caracterización de Cyril de Marval, con un tocado y vestuario espectacular, un resplandor entre las cenizas. La Hada Madrina (en esta versión, el alter ego de la madre de Cenicienta) abre el mundo de la naturaleza (en contraste con lo grotesco del de la hija), donde bailan los duendes, los elfos, las hadas y donde todo es posible; la invitación al baile y al amor, personificado en este Príncipe, interpretado por Luis Ortigoza, que con su sola presencia llena el escenario con romanticismo, bravura y temperamento.

El segundo acto, enmarcado por una escenografía francamente delirante en su belleza de colorido, imágenes que surgen de la noche, seres misteriosos que recrean un orientalismo de cuento de hadas; gran escenario para la llegada de esta Cenicienta transformada en una visión de tutú y brillos coronada por su alba peluca de corte, irreconocible en su delicadeza. Danzan las parejas para deleitar al aburrido Príncipe, destacan la técnica y condiciones de la pareja Randisek-Guzmán, y sorprende la Danza Árabe donde encontramos una Lidia Olmos diferente, dúctil, sensual y un potencial Corsario en José Manuel Ghiso. Muchos valses, un cuerpo de baile coreográficamente monótono. Cautivan por los interminables desfiles de tocados, trajes, todos espejos del genio de Raymundo Larraín, que a más de 42 años de su estreno no pierden su audacia y originalidad. Este segundo acto está mucho mejor estructurado dramáticamente y los alargues son menos notorios, y el gran final del ansiado pas de deux se resuelve con la magnífica técnica de Ortigoza y donde, finalmente, Natalia Berríos se entrega y baila con abandono y pasión, como La Cenicienta perfecta de un happy ending a lo "Marqués de Larraín".

Un espectáculo ambicioso, diferente en su lujo, esplendor y en las posibilidades que abre a esta compañía en el futuro. Una muy acertada gestión de Marcia Haydée, su directora artística.


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