EL SÁBADO

Sábado 11 de Febrero de 2012

 
Los fantasmas que dejó el maremoto

A dos años del terremoto y del tsunami, aún hay 25 desaparecidos. Diez estuvieron en Constitución la noche en que el mar asoló la ciudad e inundó las islas Orrego y Cancún. Reconstruimos el último día de ocho víctimas, entre ellas cuatro niños. Sus historias son el capítulo pendiente que complica a los responsables de no haber dado la alerta a tiempo, quienes serán formalizados ante la justicia en las próximas semanas.  
Por Tania Araya y Rayna Razmilic, desde Constitución | Fotos Juan Carlos Romo Ese viernes 26 de febrero comenzó como todos los viernes: 7:00 am, despertador, desayuno, un beso a la señora, a los hijos, y a la barraca. Pero, en realidad, Juan Carlos Gacitúa, 54 años, tenía un plan: cuando regresara a su casa, en la tarde, iba a preparar las mochilas, las cosas de camping y partiría a la isla Cancún a poco más de 200 metros de Constitución para celebrar el cumpleaños 47 de su mujer al día siguiente.

Toda su vida trabajó en las barracas, rodeado de maderas y camiones. Pasadas las seis de la tarde se quitó el overol y se fue a su casa, 30 minutos cerro abajo. Su esposa, Carmen Gloria Faúndez, todavía estaba trabajando en el  restaurante La bodeguita del medio, frente a la playa de Constitución, y Juan Carlos aprovechó de dejar todo listo para cuando ella llegara. Se duchó, se afeitó, se perfumó.

Oye, si vamos pa'l río, no vamos a una fiesta, pa' dónde vai tan arreglado le dijo Carmen Gloria a su regreso.

Hoy hay que andar bien arregladito respondió él.

Juan Carlos Gacitúa era de ojos claros, tez blanca, pelo rubio; ella, morena hasta los huesos. Tenían cuatro hijos y más de 30 años de matrimonio.

La idea era encontrarse más tarde con sus dos hijos los otros dos vivían en Santiago y otra familia amiga en la isla y quedarse hasta el domingo. Pasaron a comprar algunas cosas para comer, no mucho, pues Juan Carlos tenía calculado volver a Constitución al otro día temprano a comprar carne y celebrar a su esposa en la isla con un asado. Por mientras, llevó sólo la parrilla.

Quedaba un poco de luz, pero ya hacía algo de frío y Juan Carlos se puso un polerón mientras caminaba con su mujer hacia la orilla. Eran las nueve de la noche y aún había muchos botes transportando gente desde la ciudad a la isla Cancún.

Carmen Gloria le puso particular atención al agua: vio que estaba más arriba de lo normal y, como no sabía nadar, se asustó. Entonces su marido dijo:

Debe ser desesperante ahogarse y que nunca más lo encuentren a uno.

Y giró hacia su esposa.

No te preocupes, que el bote no se va a dar vuelta le aseguró.

En la isla, el grupo tenía seis carpas y a Juan Carlos le dejaron toda la leña lista para que hiciera el fuego apenas llegara. Los niños de la otra familia adoraban al tío Juan Carlos, el que alegraba la fiesta, al que le gustaba bailar y cantar. Esa era otra de las razones por la que él quería ir a la isla: ahí podía poner música sin reclamos de los vecinos. Además, tenían televisión y radio.

Comieron pollo al jugo con puré, y por la tele vieron el Festival de Viña del Mar completo. A Juan Carlos Gacitúa le apasionaban las canciones románticas y esa noche quería ver a Ricardo Arjona.

Sólo hubo una interrupción: 00.00 am, apagaron la tele y cantaron el cumpleaños feliz a Carmen Gloria. No había torta, porque la celebración oficial era al otro día. Al finalizar, Juan Carlos se paró y se acercó a su mujer.

Feliz cumpleaños -le dijo, y le dio tres besos: en ambas mejillas y en su frente.

Negro, te faltó algo -respondió ella.

¿Qué?

No me dijiste que cumpliera muchos más -reclamó ella.

Entre bailes y canciones, la celebración terminó a las tres de la mañana. Juan Carlos Gacitúa se sacó las zapatillas y se acostó en la carpa, mientras que Carmen Gloria se distrajo siguiendo las siluetas de la gente que guardaba la tele y la radio. Miraba, fijamente, sin pensar en nada, hasta que la tierra empezó a sacudirse.

¡Levántense! -gritó Carmen Gloria

Juan Carlos Gacitúa salió de la carpa y afuera se juntaron todos, incluso otras familias que no eran del grupo, mientras los árboles se bamboleaban amenazantes encima de sus cabezas, hasta que dejó de temblar. Luego se tomaron de las manos y rezaron durante 15 minutos.

De repente alguien advirtió:

¡Hay que salir de aquí!

 

×

Juan Francisco Gatica Bratti llegó de vacaciones a Constitución el martes 23 de febrero de 2010. Trabajaba como guardia de seguridad en un centro comercial de Talca, pero su familia era de Constitución. Con 39 años, era el mayor de cinco hermanos. Juan Francisco no llegó a la casa de sus padres. Tampoco les comentó sus planes.

Él venía con Mari Carmen su pareja, el hijo de ella, Tomás, 11 años; y la hija de ambos, María Constanza, de tres.

Como su ex mujer tenía una relación cercana a su madre, prefirió quedarse en la casa de Luis, su hermano menor, de 29 años.

Luis vivía en la casa de su pareja, Sandra Muñoz Contreras, de 25 años. Juan Francisco quería irse a acampar a la isla Orrego ese mismo martes.

Vámonos el fin de semana. Para qué vamos a estar tantos días, nos vamos a aburrir le dijo Sandra.

Acordaron, entonces, partir el viernes para asegurarse un buen lugar y disfrutar al día siguiente del cierre de la Semana Maulina, los fuegos artificiales y los barcos alegóricos de la Noche Veneciana. El grupo sería: los cuatro de Talca; Luis, Sandra y su hija Estefanía de cuatro años; la hermana de Sandra Antonia, siete años y un sobrino, Felipe, de nueve. En total, eran nueve personas.

La madre de Sandra, Maribel Contreras, también vivía con ellos. A Maribel no le gustaba acampar y tenía que trabajar en la noche. Quedó de ir el sábado.

El jueves fue el día de las compras y en la noche Sandra y Luis arreglaron las cosas: las carpas, los colchones inflables, las ollas, la pelota de fútbol. Sandra, que trabaja como costurera en su casa, aprovechó de llevar hilos, agujas y unos pantalones que tenía que arreglar. Pensaba terminarlos el fin de semana.

Muy temprano en la mañana del viernes, los hombres cruzaron el río hacia la isla Orrego. Llevaron las cosas más pesadas, eligieron el lugar apropiado y armaron las tres carpas.

Al mediodía partió el resto del grupo.

Sandra, por favor cuídense -le pidió Maribel.

Mami, no te preocupes, si nos vamos a cuidar. Qué nos va a pasar.

Pero igual.

 Sandra, Mari Carmen y las tres niñas cruzaron a la isla en un bote llamado "Río Bueno". Llegaron a preparar tallarines para el almuerzo. Después se quedaron en la orilla de la isla, jugando en la arena y bañándose con la ciudad de fondo. A las ocho de la noche Sandra cruzó de nuevo a Constitución. Le habían faltado algunas cosas. Aún había botes para ir y volver.

Cuando oscureció, Sandra ya estaba de regreso. Quisieron jugar "comando": dividirse en bandos, esconderse detrás de los altos eucaliptos y superar al adversario. No pudieron. La luna estaba tan grande y tan brillante que les impedía camuflarse. Se fueron a dormir.

En la madrugada, apenas los árboles empezaron a crujir y la tierra a sonar, Luis le ordenó a Sandra:

¡Viste a las niñas!

Él salió de la carpa y fue a buscar a Juan Francisco. Despertaron al resto y corrieron hacia la punta de la isla más alejada del mar la zona más alta, con los ojos clavados en el río y en la ciudad. No había botes, no había luz. Alrededor de ellos las personas movían sus celulares iluminados, hacían señas hacia Constitución. No hubo respuesta.

Sólo oscuridad y silencio.

Tenían que salir de la isla, pero lo que venía era mucho peor de lo que imaginaron.

 

×

Sofía Monsalve se despertó. Eran pasadas las ocho de la mañana del viernes y Emilio Gutiérrez, su pareja, ya estaba en la ducha. Sofía fue a la cocina, puso la tetera, sacó las tazas, el pan, el queso y la mantequilla. Desayunaron juntos. Emilio se despidió y caminó el par de cuadras que lo separaban del río Maule, de su bote a motor "Simón" y de su trabajo paseando a turistas alrededor de la isla Orrego. El resto del año Emilio trabajaba en la construcción.

En la casa, Sofía despertaba a Emilito, su hijo de cuatro años, con la mamadera de leche tibia en la mano. Como Sofía tenía que salir, le pidió a su suegra, quien vivía al lado, que cuidara al niño. Su suegro, Emilio Segundo, conocido como el Gringo, también tenía un bote -el "María Dolores"- y a sus 62 años trabajaba con su hijo en el río.

Sofía dejó al niño sentado en el patio, en una caja de arena que tenía unos barquitos que su padre había tallado para él. Emilito los deslizaba haciendo ruidos. Jugaba a los pescadores. Igual que a su padre y a su abuelo, le encantaban los botes, pero sobre todo, le encantaba el agua.

Para el mediodía, Sofía ya había vuelto con las compras, había bañado y vestido al niño y había cocinado la tortilla de acelga y el arroz para el almuerzo. Como todos los días de verano, tomó en brazos a su hijo y partió hacia el río para acompañar a su pareja promocionando los paseos en bote. Emilito comenzó a llorar. No quería ir al río. Sofía no sabía por qué, pero por primera vez no quería ir al río.

Lo llevó igual.

Cerca de la orilla se le pasó el llanto y Emilito se puso su chaleco salvavidas naranjo y verde que tenía mordisqueada la solapa izquierda: le gustaba morderlo mientras lo llevaba puesto. Después ayudó a su abuelo a ordenar el bote. Con los turistas se entretenía haciendo dos cosas: entregándoles los chalecos e interrogándolos: "¿Usted por qué habla así? ¿Usted por qué tiene la nariz así? ¿Usted por qué tiene los dientes así?". Sus preguntas hacían reír a los pasajeros.

A las dos y media de la tarde, Emilito le tomó la mano a su abuelo para acompañarlo a almorzar a la casa. Emilio se quedó. Quería aprovechar que había mucha gente en Constitución. Ese día hizo el doble de los viajes habituales. Ganó 150 mil pesos. A todos los boteros les fue bien. Media hora después, cuando volvieron del almuerzo, Emilito venía disfrazado de hombre araña, con chupalla y botas, y así se lanzó al bote. Sofía también se sumó al recorrido. Rodear la isla demoraba unos 15 minutos. Ir a la isla y volver, alrededor de cinco.

Oye, mamá, yo voy a ser grande y voy a trabajar y te voy a comprar unos zapatos y un vestido.

Emilio, mira lo que me está diciendo el Emilito.

Sí po', si te voy a comprar unos zapatos y un vestido.

Sofía sonrío. Abrazó a Emilito poniendo su cabeza sobre la de él, cerró los ojos y susurró:

Dios mío, este hijo me va a salir tan buen hijo. Nunca me va a dejar sola.

El último viaje de la jornada lo hizo el Gringo. Llevó a cuatro jóvenes hacia la isla Orrego. Emilito les entregó los salvavidas y se subió con su abuelo. Sofía y Emilio se quedaron conversando con los otros boteros. Estaban organizando un asado para el sábado en la noche. Querían hacerlo en la isla antes de los fuegos artificiales.

Volvió el "María Dolores" y el Gringo dejó a Emilito jugando cerca del agua antes de volver a su casa. Llevaba los chalecos salvavidas de su bote para guardarlos. Eran las nueve y media de la noche y el nivel del río empezó a subir. Sofía pensó que Emilito se podía caer al agua, que podía ahogarse, que ya era tarde. Lo tomó en brazos y se fue con él a la casa. El río subió tanto que tres boteros tuvieron que amarrar sus barcazas en el muelle de Emilio, porque sus fondeos estaban cubiertos por el agua.

Emilio volvió a la casa media hora después. El niño estaba durmiendo sobre la cama matrimonial, la mamadera vacía a su lado y la televisión prendida con una de sus películas de Disney favoritas: Los 3 Mosqueteros. Sofía se acostó acurrucada hacia una esquina con su hijo en los brazos. Emilio al otro lado. Se durmieron.

Cuando empezó a temblar, escucharon unos golpeteos en la ventana. Era el Gringo. Emilio se puso de pie, salió a la terraza y vio el río aún más crecido.

Es pura subida del río no más, pura corriente. La embarrada va a quedar acá abajo le advirtió a su padre.

Constitución había quedado a oscuras, tras el terremoto. Corrieron a los botes en medio de la neblina marina que se había dejado caer sobre la costa.

Emilio quería ir río arriba. Pensó que allí estarían a salvo de la corriente.

Pero no fue así.

 

×

Andaba con esos zapatos cafés con punta de metal, grandes y pesados, esos que usa un estudiante de Prevención de riesgos para ir a su práctica. Uno como David Vásquez. Pelo largo, 30 años, soltero, el menor de diez hermanos, el religioso de la familia, el hippie. Había trabajado todo el verano. Por la mañana era la práctica y por la tarde iba con su hermana Fanny a una asociación de alcohólicos anónimos a servir café y sándwich.

Aún había mucho sol en el momento en que David cruzó el viernes a la isla Orrego con el Huaso, un amigo de Linares, para celebrar al día siguiente la Noche Veneciana. Allá estaría su hermano Augusto con su esposa Mariela Rojas, algunos familiares y amigos. Pero David no alcanzó a ver a su hermano ese día, hacía poco rato que Augusto había cruzado a la ciudad.

Mariela Rojas y su hermana Priscila se habían instalado en la isla apenas había comenzado el verano, tenían un quiosco en la orilla hecho con palos y unas tejas, donde vendían golosinas.

En la isla también estaba una familia amiga de las hermanas Rojas: Mariela Alejandra Gómez, de 29 años, sus hijos Miyarai Palma, de ocho y José Palma, de nueve, y su pareja Mario Leal. Desde el lunes que Miyarai y el Josito insistían, "queremos ir a la isla, queremos ir a la isla" para ver los fuegos artificiales.

Cuando llegó David, Miyarai todavía tenía puesto su bikini rosado y se bañaba en el río con su hermano y Tomás, de cuatro años, hijo de Mariela Rojas. Desde la mañana que andaban chapoteando, jugaron con la arena, los baldes, la pelota, con su camión tolva. A menudo Miyarai iba a pedir unas monedas para comprar un helado o unas papas fritas al quiosco.

El sol se escondía y Mariela Alejandra Gómez, una vez más, les fue a decir a sus hijos que basta de agua por hoy. Miyarai salió con las palmas arrugadas y su piel aún más morena. Entonces, vio a su madre y a David con pedazos de papel en sus manos

¿Qué están haciendo? -preguntó Miyarai.

Era una versión a escala de la "piedra de la iglesia" -un promontorio rocoso que es símbolo natural de Constitución para decorar un bote y concursar en la Noche Veneciana.

A David le gustaban las manualidades y se dedicó toda la tarde a eso. Nunca se puso traje de baño. No sabía nadar.

En la noche hicieron papas fritas y comieron los restos del asado del día. Se acomodaron todos en un mesón rústico de madera cerca del quiosco donde había luz, pues tenían un generador.

Alrededor de la medianoche la familia de Mariela Alejandra Gómez se fue a dormir. Miyarai no quería, estaba feliz hablando y hablando y no tenía sueño. Pero su madre le puso un chaleco y la mandó a la carpa.

Los demás quedaron ahí, conversando, tomaron vino, pero no hubo carrete como otras noches. David estaba cansado, ni siquiera cantó, con lo que le gustaba cantar. Tal vez porque sus canciones favoritas eran católicas y nadie más era religioso. Tal vez porque no había guitarra. Tal vez porque no tenía ganas.

Pasadas las tres de la mañana, Mariela Rojas, en el quiosco, dibujaba el escudo de Constitución para agregarlo al bote. El resto la esperaba para apagar las luces e irse a dormir. Mariela terminó de trazar las ondas azules en el escudo y fue a buscar unos huevos cocidos. En ese momento, el quiosco comenzó a agitarse con fuerza.

Mario Leal y Mariela Alejandra Gómez salieron arrodillados de la carpa y con los niños en brazos. José y Miyarai no lloraban, pero sus caras asustadas lo decían todo. David se alejó del quiosco para buscar al pequeño Tomás a la carpa y luego todos rodearon los árboles.

Mejor pongámonos los chalecos salvavidas dijo David, por si acaso. El único chaleco nuevo era el de Tomás.

Mario Leal, consumido por la desesperación, por la imagen de los árboles que se caían, se tiró al agua para ir a buscar un bote al otro lado, a Constitución.

Nadie lo siguió.

Entonces vino la primera ola.

 

×

Hace media hora estaba cantando las canciones de Arjona y ahora Juan Carlos Gacitúa subía a un bote junto a su familia y amigos para salir de la isla Cancún. El río se veía cada vez más alto. Subieron a la barca unas 12 personas y dejaron todo tirado en la isla. Pero por el peso, el bote se enterró y Juan Carlos, su hijo Nicolás y otro joven se bajaron a empujar.

¡Que se vayan los niños y las mujeres primero, nosotros salimos después! le escucharon decir a Juan Carlos Gacitúa.

Carmen Gloria, su mujer, de- sesperada, quería tirarse al agua, aunque no sabía nadar, pero finalmente se fue en el bote.

La corriente estaba cada vez más fuerte. Otro bote regresó y alguien sólo alcanzó a agarrar a Nicolás de la polera y llevarlo arrastrando por el agua hasta el otro lado. Juan Carlos Gacitúa estaba más lejos de la orilla.

La última vez que Nicolás lo vio fue abrazado a un árbol. Llorando. Su cuerpo nunca ha sido encontrado.

Juan Francisco Gatica y su familia de Talca se abrazaron a un árbol en la orilla de la isla Orrego. A unos metros, en otro eucalipto, estaba su hermano Luis con el resto. El río empezó a subir. Luis pensó que era eso, una subida por el terremoto. Tomó a los niños Antonia y Felipe, y los subió sobre unas ramas. A su hija Estefanía la puso en sus hombros. Vio la masa negra de agua cuando ya estaba encima. Sandra, su pareja, estaba delante de él. La ola los arrastró y los separó. La corriente arrancó a Estefanía de los hombros de Luis. Ella lo llamaba. Él trató de agarrarla, de nadar hacia ella. No pudo. Trató de buscar a los otros. Nada. De los nueve, Luis fue el único que sobrevivió, usando unas botellas plásticas que lo mantuvieron a flote.

Sandra, Antonia, Estefanía y Juan Francisco todavía no aparecen.

La primera ola que cubrió la isla Orrego le llegó a David Vásquez, el estudiante de Prevención de riesgos, hasta el pecho. Se puso a rezar. Los demás lo imitaron. Estaban todos agarrados a los eucaliptos y David abrazaba, por detrás, a Mariela Rojas y su hijo Tomás. El Huaso, su amigo de Linares, sujetaba a la pequeña Miyarai en otro árbol. La segunda ola estuvo a punto de arrebatar al Tomi de los brazos de Mariela. Fue David quien alcanzó a sujetarlo.

No me lo hubiese perdonado nunca le dijo David, y los apretó a ambos contra el tronco mojado.

Pero la tercera ola les pasó por arriba y se los llevó a todos. Sólo se salvaron Mariela Rojas, su hijo Tomás, el Huaso y Mario Leal, quien había logrado nadar hasta la otra orilla.

David Vásquez y Miyarai Palma jamás aparecieron.

En Constitución, el muelle del botero Emilio Gutiérrez se estaba llenando de agua. El Gringo, su padre, se encaramó al "María Dolores" y tomó en brazos a Emilito, quien estaba envuelto en una frazada gris. Cuando Sofía, la pareja de Emilio, se iba a subir, la amarra se cortó. El bote desapareció empujado por la corriente.

Emilio, Sofía y su suegra se subieron al "Simón". Se pusieron los salvavidas. Emilio había olvidado guardarlos en la casa. Sofía no sabía nadar. Sólo pensaba en su hijo: en el "María Dolores" no había salvavidas.

Los vamos a ver río arriba intentó tranquilizarla Emilio. Pero no los vieron.

La primera ola alcanzó al "Simón" a la altura del puente que pasa sobre la isla Cancún. Resistieron. Aguantaron también la segunda ola, pero la tercera los volcó y los tres cayeron al agua. Flotaron por más de dos horas antes de poder salir de la corriente.

Al otro día encontraron el cuerpo de el Gringo, tres kilómetros río arriba, con el brazo izquierdo acunando el vacío que dejó el niño y la mano derecha aferrada a unas ramas de aromo. Tenía marcados en la mejilla izquierda los dientes de Emilito.

Del niño, no se supo más.

×

Después del maremoto, la isla Orrego dejó de ser boscosa. De un lugar lleno de eucaliptos frondosos, de cultivos, de gente, pasó a ser una silueta sombría de árboles sin hojas.

En la isla Cancún quedó apenas un puñado de árboles.

Durante el primer año, la búsqueda fue diaria e intensa, río arriba, en la playa, en los riscos, alrededor de la isla; las familias de los 10 desparecidos de Constitución llevaban chuzos, palas, palos, esperaban ansiosos las noticias de los rescatistas.  Sólo se encontraron restos de ropa, carpas, salvavidas, documentos.

Algunos aún los buscan. Ninguno ha abandonado la costumbre de examinar con la mirada el río.

Los 27 de cada mes se hace una velatón con trozos de velas sobre pedazos recortados de botellas. Se tiran al río encendidas junto con flores. Algunas familias cruzan a las islas para Año Nuevo, Navidad, los cumpleaños de las víctimas. Otros van todos los días.

Carmen Gloria, la mujer de Juan Carlos Gacitúa, va seguido a dejarle flores a su marido a la isla Cancún.

En la isla Orrego se levantó un santuario con cruces, fotos, flores, placas con sus nombres y un sector con asientos para recordar a los desaparecidos.

El botero Emilio Gutiérrez bautizó su nuevo bote como "Emilito José" y en el santuario le construyó a su hijo un pequeño barco lleno de flores.

En la zona donde acamparon David Vásquez, las hermanas Rojas y los Gómez, las familias pusieron una animita para recordar el último lugar donde estuvieron.

Y Luis, el único sobreviviente de su grupo, entró a trabajar como paramédico al Servicio Médico Legal, sólo esperando noticias de su mujer, las niñas y su hermano, según supone su madre. Nadie sabe por qué, pero renunció en noviembre. Hoy trabaja en los juegos de la plaza de Constitución. Regresó por primera vez a la isla Orrego seis meses después del maremoto, en septiembre de 2010. Ayudó a construir el santuario. Recién entonces empezó a acompañar a Maribel, su suegra, en la búsqueda.

Nunca ha vuelto a hablar del día de la tragedia.

Tampoco quiere hablar ahora.

Eso es algo sólo mío dice.

__________

La última vez que Nicolás vio a su padre fue abrazado a un árbol. Llorando. El cuerpo de Juan Carlos Gacitúa nunca ha sido encontrado.

Luis tomó a los niños Antonia y Felipe, y los subió sobre unas ramas. A su hija Estefanía la puso en sus hombros. Vio la masa negra de agua cuando ya estaba encima.

Al otro día encontraron el cuerpo del Gringo, tres kilómetros río arriba, con el brazo izquierdo acunando el vacío que dejó el niño y la mano derecha aferrada a unas ramas de aromo.

La primera ola que cubrió la isla Orrego le llegó a David Vásquez hasta el pecho. Se puso a rezar. Los demás lo imitaron.

Las familias de los desaparecidos llevaban chuzos, palas; esperaban ansiosos las noticias de los rescatistas. Sólo se encontraron restos de ropa, carpas, salvavidas, documentos.

El botero Emilio Gutiérrez bautizó su nuevo bote como "Emilito José" y en el santuario le construyó a su hijo un pequeño bote lleno de flores.

 


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<p>Familia desaparecida Sandra Muñoz (25), Estefanía (4) y Antonia (7) desaparecieron en la isla Orrego. Desde entonces, Maribel Contreras (al centro), madre y abuela de las víctimas, se ha dedicado a buscarlas.</p>

Familia desaparecida Sandra Muñoz (25), Estefanía (4) y Antonia (7) desaparecieron en la isla Orrego. Desde entonces, Maribel Contreras (al centro), madre y abuela de las víctimas, se ha dedicado a buscarlas.




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