VIDA Y SALUD

Sábado 29 de Enero de 2000


El Regalón de las Abuelitas

Aún no cumplía la mayoría de edad cuando su voz ya se escuchaba en las radios. Pero su rostro no comenzó a ser popular en Chile si no a partir de mediados de los '70, gracias a la animación de programas como Dingolondango y el Festival de la Una, acompañamiento televisivo de innumerables almuerzos de los ochenta. Con una modulación impecable, una risa bonachona y una popularidad asociada a frases propias y otras atribuidas, Enrique Maluenda aún espera - aunque ya tiré la toalla- concretar el sueño de conducir un programa que rescate nuestro folclor.
MIENTRAS los demás dormían la siesta, burlando el calor del verano santiaguino, él decidió salir de su casa, se sentó junto a la puerta de entrada y comenzó a mirar el cielo. Era apenas un niño; su vista se centró en las esponjosas nubes blancas que interrumpían la inmensidad y el azul intenso del cielo capitalino de mitad de siglo.

Me imaginé que era Superman y volaba hasta pararme en una nube. Desde allí veía todo hacia abajo: al norte estaba Perú; a la izquierda, el Océano Pacífico; a la derecha, Argentina, y a mi espalda el sur chileno. Entonces me propuse irme a países del norte, a trabajar o hacer algo en que destacara como chileno, recuerda Enrique Maluenda.

Alto, ceremonioso en sus movimientos y educado en el trato, se sienta en un amplio y blanco sillón en su departamento, casi a la altura de aquellas mismas nubes que lo hicieron soñar cuando pequeño. Héctor Enrique Maluenda Meneses, el popular animador de televisión, repasa y enumera cronológicamente los aspectos más importantes de su vida. Desde su nacimiento - un cinco de agosto del siglo pasado- hasta la mañana de un martes de enero del año 2000, antes de partir con rumbo a la playa.

Entremedio se suceden una serie de acontecimientos: sus inicios en la radio, su paso a la televisión, sus incursiones en otros países (ha vivido en Perú, Ecuador y Puerto Rico), programas radiales y televisivos, su familia...

Nunca me imaginé que sería un hombre ligado a las comunicaciones. Con el tiempo asocié aquella experiencia infantil con mi trabajo en televisión, comenta con su inconfundible e impecable dicción, la que le valió desde chico el reconocimiento de sus profesores y el asumir la categoría de lector oficial de cuanto texto valiese la pena ser escuchado.

- Una vez fui a veranear a una playa del litoral central y una chica muy simpática se me acercó a preguntarme de qué nacionalidad era, si colombiano, ecuatoriano... porque no sonaba como chileno.

RUMBO AL NORTE

Es la misma buena pronunciación que facilitó su ingreso a la radiofonía nacional cuando apenas era un adolescente sin experiencia, pero con un conocimiento acabado de todas las radios y locutores del dial santiaguino de la época.

Tenía 17 años y aún estaba en el colegio cuando comenzó a trabajar en la radio Prat, en 1955. La idea era que yo siguiera leyes; desde mi infancia siempre escuché que mi madre quería que yo fuese abogado. Quizás habría servido, por la facilidad de palabra y de argumentos, pero mi vocación era otra, precisa.

Aquel año, radio Prat era la última en popularidad, según el ranking que publicaba la revista de espectáculos Ecran. El grupo de jóvenes locutores de la emisora - además de Maluenda, estaban Patricio Varela, Mario Barahona y Julio Pérez- decidió hacer todo lo posible para revertir la situación.

El desafío dio frutos y, al año siguiente, del lugar 24 ascendieron al octavo. Como en el fútbol, cuando un equipo llega a primera división, nos levantaron de otras partes y el grupo se disolvió.

El partió a Talca, donde luego de un tiempo asumió como director de radio Lircay, a los 20 años. En la sureña ciudad estuvo hasta fines de la década del '50, cuando regresó a Santiago a continuar en radio.

En 1962, el año del Mundial de Fútbol en Chile y del comienzo de la masificación de los televisores en el país, tuvo su primera aproximación con la pantalla chica a través de un programa dominical en Canal 13. Sin embargo, en esa época, el presidente Jorge Alessandri no quería la televisión, porque decía que era un nuevo gasto para el bolsillo del pueblo y un nuevo escape de divisas. Por eso fue autorizada sólo la televisión educativa, a través de las universidades, cuenta.

- Entonces pensé que cuando terminara ese gobierno, en 1964, el nuevo presidente tendría que autorizar la televisión comercial. Y como estaba seguro de tener condiciones para la TV, decidí ir a prepararme afuera.

A través del descarte, el destino elegido fue Perú. No tenía ningún ofrecimiento; me fui a la aventura, con maletas, ilusiones y con muy poco dinero en los bolsillos.

Después de un largo viaje en bus, llegó a Lima a una residencial barata. Con una carta de recomendación y mucho aplomo, comenzó a buscar trabajo. Después de muchos trámites, consiguió empleo en una radio, pero sólo un año y medio después de llegar a tierras peruanas logró debutar en la televisión.

Por entonces, en 1964, ya estaba casado con su actual esposa, Mercedes, y ya tenían un hijo.

Sin ensayos y reemplazando al animador de un programa en vivo y en directo, pasó por la prueba de fuego. Fueron seis años en la conducción de El hit de la una (precedente de lo que años más tarde haría en Chile), en Panamericana Televisión. Le debo mi carrera televisiva a Perú. Me trataron muy bien, reconoce.

VANGUARDIA EN EL VESTIR

Su regreso al país coincide con el inicio de los años setenta, invitado por Toño Freire a animar Sábado en el Nueve, uno de los primeros programas creados por Televisión Nacional para arrebatarle sintonía al ya popular Sábados Gigantes. Y lo consiguió. Hubo un período en que lo desplazamos al segundo lugar. Pero después de animarlo por dos años, me ofrecieron un contrato en Puerto Rico, y partí para allá.

En 1976 vuelve nuevamente a Chile, esta vez a la conducción de un programa cuyo extravagante nombre seguía la costumbre televisiva de la época: Dingolondango.

- El nombre lo crearon Jorge Pedreros, Fernando Alarcón y Eduardo Ravani (los mismos del (Jappening con Ja), productores y director del progama. Se prestó para chistes, lo llamaban el Tintoconblanco.

A su juicio, es el programa que más satisfacciones le ha dado en su carrera. Fue lo más grande que se hizo en televisión en esa época y me ubicó en primer plano. Se grababa en el Casino Las Vegas - hoy Teatro Teletón- y se transmitía durante seis horas los domingos en la tarde, durante dos años.

Es tanta su pasión por aquel programa que asegura que uno de sus espacios dio origen a la Teletón. Hacíamos algo similar todas las semanas. El espacio se llamaba El copihue de oro y consistía en reunir fondos para alguna institución. Llegaron a participar ciudades enteras y según estimaciones de Televisión Nacional, en los dos años se juntaron 35 millones de dólares.

Pese al éxito, el programa no continuó al aire. Con algo de amargura en el rostro, prefiere no hablar de las causas de su término. Es una historia muy larga, se limita a decir.

Entonces comienza un nuevo período en la carrera televisiva de Enrique Maluenda con El festival de la una, compañía infaltable de los almuerzos ochenteros.

Fueron los años de concursos tan peculiares como Su sueño por un día, Yo quiero ser vedette y Afírmese usted compadre; de las cucharaditas de salsa de tomate, de las guitarras Tizona; de frases inmortales como Sígame, camarita amiga y de otras apócrifas como platita poca, pero segura - Zalo Reyes me atribuyó eso- .

Situaciones que se mantienen en el recuerdo colectivo, al igual que sus policromadas y llamativas chaquetas. Modelos que inspiraron bromas e imitaciones - como el genial Pepito TV, de Fernando Alarcón- . En una ocasión Jorge Pedreros me dijo: 'apaga el terno' .

- Cuando llegué a animar el Dingolondango venía de Puerto Rico y en esa zona se usa ropa muy colorida. Traía ropa fantástica, pero muy tropical para el gusto azul, gris y café del chileno. En esa época traje los colores que años después comenzarían a usarse por acá.

DEFENSOR DE NUESTRA IDENTIDAD

Después de diez años al aire, El Festival... terminó su ciclo. Fueron años muy buenos, aunque desde el punto de vista de la popularidad fue menor que el Dingolondango. En esa época no podía caminar tranquilo.

No tiene deudas con el programa. Terminó cuando debía hacerlo. Incluso muchas veces antes yo había pedido acabar, estaba cansado. Grabábamos los cinco programas semanales en dos días y el resto del tiempo lo dedicaba a recorrer Chile haciendo notas.

Tanto esta afición por rescatar lo folclórico como su buena relación con las abuelitas, incondicionales del programa, son quizás dos legados de su crianza.

Su madre murió a los 22 años, cuando él tenía once meses de vida, y fue su abuela paterna, Carmen, quien lo crió. No afectó en nada crecer sin mi verdadera mamá, no me di cuenta; tenía el regazo de mi abuelita y ella fue mi madre realmente, comenta algo emocionado.

Su padre era comerciante y permaneció viudo por muchos años, hasta que se volvió a casar cuando Enrique tenía 24 años y ya estaba casado con su primera señora, con quien tuvo dos hijos.

Después de su separación, a los 27, Enrique Maluenda se casó con Meche. Son 36 años de casados, felices, con tres hijos grandes y prontos a recibir un quinto nieto esta semana.

Junto a todos ellos comparte el amor por las raíces campesinas
- aunque es citadino de nacimiento- , el que encuentra su máxima expresión cada 18 de Septiembre en su campo en Longaví. En los últimos diez años, realiza toda una ceremonia para celebrar Fiestas Patrias, la que comienza el día 17 con el izamiento de la bandera - canción nacional incluida- y tres pies de cueca. Después vamos a cuanta ramada hay por la zona.

Y aunque por ahora está satisfecho con su participación en el programa Fiesta de Millones, en Megavisión
- después de El Festival..., pasó por Radio Nacional y luego volvió a Perú a principios de los '90 a hacer un programa de concursos- , ya tiró la toalla en cuanto a concretar un proyecto que tuvo por mucho tiempo: hacer un programa de música y tradiciones chilenas.

- Hace falta en este momento. El olvido al folclor chileno en la televisión es imperdonable. De aquí a 20 años los niños no conocerán nada; dirán que una tonada era un ritmo que se cantaba en el siglo pasado. Perder la música propia es como perder la identidad.

Cristian M. González S.




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