VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 16 de Diciembre de 2000


El barro de la pintura

El mural pintado por Claudia Missana (1964) fue instalado en el Policlínico del Hospital del Trabajador de Talagante en 1996. En este díptico, la mirada avanza desde la imagen general de un paisaje ribereño hasta lo profundo de la materia: el fango.
Por Ramón Castillo, licenciado en arte
Fotografías, Julio Maillard

Aunque Juan Francisco González persiguió la fisonomía y la textura del paisaje nacional, su despliegue eficiente de pincel, mirada y tela siempre estuvo acosado por el horror y la imperfección de las formas. Su numerosa producción explica parcialmente esta hipótesis, como también la cantidad de trabajos que el mismo destruyó o simplemente no firmó. Es decir, que en este impulso virtuoso se ocultaba la sensibilidad de un hombre obligado a sostener una representación del mundo real al límite de lo reconocible, porque tampoco estaba dispuesto a entregarse desinteresadamente a la manipulación de la materia pictórica, a pesar de que él conocía perfectamente la existencia del arte abstracto.

Claudia Missana se instaló precisamente en esta transición plástica. En este díptico reconocemos la mirada que oscila entre la imagen de un paisaje general que es observado bajo la línea de horizonte y otro fragmento de paisaje más acotado, en el que vemos un eco temático de las aguas de las riberas del Mapocho de Alberto Valenzuela Llanos, o de Limache, de Juan Francisco González; o tal vez el estanque desde donde emergen los nenúfares pintados por Claude Monet en Giverny.

No obstante, una distancia profunda se abre entre los pintores de oficio y Claudia Missana, pues tras la observación detenida de las dos telas, se reconoce que el gesto del pincel ha sido reemplazado por otro instrumento, que en este caso son sus propias manos. Estas han permitido que los dedos se hundan compulsivamente, una y otra vez en los ocres, verdes, amarillos y blancos.

Con este procedimiento, las aguas describen una superficie texturada, donde se van ocultando y desocultando formas; entre gesto y gesto, las capas sucesivas de acrílico comienzan a cubrir el fondo, la tela en blanco, que es la superficie sobre la cual se ha formado el fango.

La artista se refiere a la estrategia de trabajo que desarrolló: La verdad es que para mí había una relación bastante erótica con la tela y el gesto de pintura. En el sentido de la importancia del tacto y de mi gesto corporal. Pero fuera del ámbito técnico, con el tiempo he ido entendiendo mi relación con el espacio, que sigue siendo una constante. Si tú piensas la superficie de la tela como un campo activado de color, como un espacio sin forma, los pequeños datos (piedras en el agua, por ejemplo, o la línea de horizonte), son una marca, un mínimo de información para activar un paisaje.

Es más fácil explicarlo prosigue Claudia con un juego de palabras en inglés. Ese gesto mínimo transforma para mí un SPACE (espacio) IN (en) A (un) PLACE (lugar). El paisaje es un espacio enorme y caótico, inabarcable, que se organiza en torno a un hito, una marca, un algo que da un sentido de orientación.

El paisaje y el espacio en la pintura de la derecha se torna paradojal, pues en medio de efectos ondulados y manieristas, la mano y el pigmento se han ensimismado, provocando formas autónomas, pero dependientes una de la otra. El fluir de las aguas es discreto y regular: no es un caudal encauzado lo que nos hace pensar en el agua de un estanque o una represa donde el movimiento es interior, mientras la superficie parece estancada. En la superficie de la pintura no hay referencias de tal nefasta quietud, el color y las formas dejan reconocer piedras, arbustos y vegetales en suspensión, y más arriba, tal vez, la punta de un sauce.

Dibujo, trazo, pigmento y manualidad en un pulso vital, como una condición urgente donde la artista reclama la recuperación del cuerpo, y el regreso a los sentidos de los espectadores. Una sanación perceptiva ofrecida al interior del recinto hospitalario para impedir, alegóricamente, que la indiferencia se apodere de los enfermos.

Una sensualidad vital que recuerda las palabras de un poeta de Temuco, Hurón Magma, que recitó alguna vez: Mis manos no son manos si no juegan con el barro.



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Vista general del díptico realizado en acrílico sobre tela, cuyas medidas son 2mt x 3 mt en el Policlínico del Hospital del Trabajador de Talagante.
Vista general del díptico realizado en acrílico sobre tela, cuyas medidas son 2mt x 3 mt en el Policlínico del Hospital del Trabajador de Talagante.
Foto:Julio Maillard


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