ARTES Y LETRAS

Domingo 9 de Marzo de 2008

Ediciones Universitarias de Valparaíso Libro "Voces en el Panteón":
Las historias y misterios del primer cementerio porteño

Lápidas de cuerpos que no están en su sepultura y premoniciones de muerte son algunas de las historias que alberga este camposanto. En su estudio, Patricia Stambuk reúne este patrimonio de tumbas y mármoles.

Constanza Rojas V.

Por estos días, el aire en el cerro Panteón está cubierto de cenizas. El incendio que consume las cercanías de Valparaíso arrojó restos a gran parte del puerto. El cielo está oscuro y el polvillo blanco amenaza con adherirse a las paredes y entrar en ojos y bocas.

Patricia Stambuk, quien ha visitado numerosas veces el Cementerio N°1, observa cómo este tipo de efectos deterioran el mármol de las tumbas y esculturas. Sin embargo, su principal preocupación no está en el tesoro arquitectónico que resguarda el recinto, sino en lo que ella denomina "patrimonio humano". Su libro "Voces en el Panteón" es el fruto de esta inquietud, y el rescate de singulares relatos ligados al camposanto.

Memoria porteña

"Se trata de las historias de vida, la cotidianidad de los personajes que generalmente conocemos sólo por sus grandes obras. En este sentido, los cementerios son una especie de 'memoria encriptada', donde, a partir de la inscripción de una lápida y los archivos del recinto, se puede hacer un gran rescate de este patrimonio humano", comenta la autora de "Voces en el Panteón".

La idea de hacer esta investigación del Cementerio N° 1 surgió de la Corporación Municipal de Valparaíso. Su gerente, Juan Torrejón, le ofreció el proyecto a Patricia Stambuk, a quien le pareció una excelente forma de acercarse a la zona en la que vive hace años.

Finalmente, la investigación de la periodista abarcó desde la selección de los nombres que serían estudiados, hasta la verificación de si los cuerpos realmente estaban bajo las lápidas que los anunciaban. Atando pistas, se consiguió una panorámica de la historia del cementerio y de los singulares relatos que contiene.

Construcción en alturas

Donde hoy se construiría un lujoso hotel, un monumento histórico o un restorán de categoría. Ahí, en la cima del cerro, con una privilegiada vista al mar y a las coloridas casas porteñas, está el Cementerio N° 1 de Valparaíso. Y, para demostrar que esta ubicación no es un accidente, el campo santo tiene ventanas en sus paredes de cemento y balcones para contemplar el puerto. "Una ciudad de los muertos entre la ciudad de los vivos", comenta Stambuk.

Su construcción en las alturas de un cerro responde principalmente a la búsqueda de ventilación natural. Las crónicas de la época relatan que, en los primeros años del Cementerio N° 1, el mar llegaba hasta las cercanías del acantilado del recinto, y las olas se escuchaban desde su interior. Así también, otras increíbles historias circulan relacionadas con su particular ubicación.

Algunas crónicas reproducidas por Renzo Pecchenino, Lukas, relatan que el temporal de abril de 1855 fue de tal magnitud que la tierra se ablandó bajo el cementerio: los ataúdes, sin suelo firme que los retuviera, se resbalaron por la quebrada Elías y aterrizaron en las casas que bordeaban la ladera. Algunos habitantes incluso murieron sepultados por la avalancha de cajones despedazados y restos humanos: "En aquel abril de lluvias mil, los muertos mataron a los vivos en Valparaíso", relata Stambuk en el texto. Un aterrador espectáculo que sólo se hace verosímil al observar la inclinada pendiente de tierra fresca que, hasta hoy, separa el cementerio del resto de las viviendas.

De religión y alcurnia

El camposanto N° 1 tuvo una difícil puesta en marcha. Si bien la fecha de fundación del recinto está registrada en 1825, hay lápidas de años anteriores a éste. ¿Cómo se explica este desfase temporal? La principal hipótesis apunta a los conflictos religiosos: "Separado de él solamente por una muralla, se halla el sitio que la superstición católico-romana ha asignado por fin a los herejes para sus sepulturas". Este testimonio de María Graham, viajera inglesa que registró en sus crónicas el Chile de la época, da indicios de por qué demoró el pleno funcionamiento del cementerio. Al parecer, había cierta reticencia en enterrar a los seres queridos cerca de los disidentes.

Pero tiempo después, su suerte cambió: "Fue, principalmente, un recinto de élite", comenta la periodista. O al menos de clase media acomodada. Esto se observa en el tipo de construcciones de las tumbas y mausoleos, la mayoría en mármol y con abundantes detalles; y también en las decenas de apellidos influyentes que ahí habitan: Vergara, Santa María, Montt, Edwards, entre otros.

Hoy, la mayoría de estas construcciones están en mal estado y muchas conviven con carteles plásticos azules que, sobre espacios de tierra vacíos, dicen "Se vende". Curiosamente, el desperfecto más común es la falta de cabeza de las estatuas. Ángeles, niños y mujeres de piedra sólo conservan su cuerpo del cuello a los pies. "Han sido los terremotos", comenta Sandro, uno de los cuidadores. Los sismos y los constantes saqueos que sufría el recinto hasta hace unos años han sido las grandes amenazas a su arquitectura.

Por esto, se ha reforzado la seguridad, y la Corporación Municipal de Valparaíso ha desplegado un programa de recuperación de los camposantos. Visitas nocturnas al Cementerio N° 1 y el libro "Voces en el Panteón" son algunos de sus frutos que han ayudado a "desencriptar" las historias de los cementerios porteños.

El regreso al puerto de Camilo Mori

Camilo Mori nació en Valparaíso, y, desde ahí, emprendió una cosmopolita carrera para nutrirse como artista. Estuvo con Juan Gris en España, viajó a París, donde convivió con Picasso y Braque, y vivió unos años en Nueva York. Sin embargo, el puerto y su país se mantuvieron presentes: pintó múltiples paisajes de la ciudad, y en 1941 refundó el Museo de Bellas Artes junto a Augusto D'Halmar.

Sara Vial, poetisa y amiga del pintor, comenta que éste en cierta forma preveía su muerte en Valparaíso. Un mes después del deceso de Pablo Neruda, amigo de los dos, Sara recibe una carta de Mori en la que le comenta lo que significa haber vuelto a vivir en el puerto. Finalmente, dice que su proyecto es: "Empezar a pintar Valparaíso", que era justamente lo que había hecho toda su vida.

Una caída en su casa no le permitió volver a levantarse, hasta su muerte ese mismo año. Su cuerpo, luego, fue llevado al Cementerio N°1, en el puerto que quería pintar.

José Tomás Ramos Font y su cabeza postiza


Este hijo de inmigrantes portugueses fue un pionero y exitoso comerciante. A los 19 años, instaló en Santiago una importadora de licores franceses y otros productos extranjeros. A los 22 años, ya era el asesor de confianza de Francisco Álvarez, quien era el hombre más rico de Chile en la época, según Diego Barros Arana. Lo representaba en los juicios, y compraba y vendía en su nombre.

Poco a poco, fue dedicando su vida a los negocios, en un comienzo en el comercio exterior, y luego en las importaciones y bienes raíces. Justamente, para proteger su patrimonio, se casó con su sobrina Juana Rosa Ramos y se afirma que con parte de la dote que recibió por ella compró algunos barcos.

Este hombre, que fue reconocido por cronistas como "de mente calculadora, gran calidad de concepción y rapidez de procedimientos", fue sepultado a su muerte en el Cementerio N°1 de Valparaíso, con la figura de un ángel al costado de su tumba. Esta estatua, paradójicamente, perdió su cabeza, y en un afán de reconstrucción recibió una postiza. La imagen de esta escultura, con una cabeza postiza y desproporcionada, resulta una gran ironía para quien justamente destacó por su aguda inteligencia.

La familia Pinto en la tumba de Jorge Montt

Jorge Montt nació en Casablanca en 1845. Ingresó a la Escuela Naval y ahí comenzó a entrecruzar su vida política con la militar. Luego de ser Presidente de la República y vicealmirante de la Armada, se retiró y asumió como alcalde de Valparaíso entre los años 1915 y 1918.

Su vida siempre estuvo ligada al puerto, y al tener una tumba esperándolo en el Cementerio N°1, era de suponer que su muerte también lo estaría. Pero Jorge Montt, a pesar de lo que dice la inscripción de la lápida, nunca estuvo en esa tumba. Patricia Stambuk formula la pregunta que naturalmente nace ante estos hechos "Si después de haber sido Presidente de la República regresó a su provincia para postularse como alcalde, ¿por qué sus restos no están en la sepultura que lleva su nombre?". La respuesta proviene de quienes terminaron de resolver el misterio: las nietas del Presidente Anibal Pinto. "Estaba muy dolido por la actitud de algunos vecinos porteños que apedrearon su residencia, por lo que hizo poner en su testamento la voluntad de no ser sepultado en Valparaíso". Esta información la escucharon Cecilia y Olga González Pinto de las mismas hijas de Jorge Montt, Teresa y Lila, y quedó certificada ante notario.

El cuerpo de Montt fue llevado al Cementerio General, y tiempo después, por amistad, su familia decidió ceder los derechos sobre el nicho a la familia González Pinto. Por eso, sobre el nombre del ex Presidente, puede leerse, en letras notoriamente más pequeñas, nombres como "Isabel Pinto de González" y "Carmen González Pinto".

Lukas en la tumba que tanto esperó

"Al filo de lo que es y no es... basta un paso para cambiar de mundo". En sus "Apuntes Porteños", Renzo Pecchenino escribió estas palabras luego de visitar el Cementerio N°1 de Valparaíso. Según relata, se asomó por un balcón y le impresionó profundamente el frágil límite que había entre el campo santo y el resto de la ciudad, cómo el vacío de la quebrada separaba el mundo de los vivos y de los muertos. Y no sólo esas palabras fueron su mención al cementerio: también dedicó varios dibujos al recinto, que apodó "el tobogán de tumbas" por el episodio en que los ataúdes cayeron desde el cerro mojado por el temporal. "Es como la pasa de un queque gigantesco, sobre nuestras cabezas", escribió también el caricaturista.

La periodista Stambuk comenta: "Fue quizá en esas horas cuando quedó formalizada la elección de su último mirador, en el precario borde del cerro". Esto porque, efectivamente, en el límite entre el Cementerio N°1 y la ciudad, casi equilibrándose para no caer a uno u otro lado, se encuentra hoy la tumba de Lukas.






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Ciudad de vivos y muertos
Ciudad de vivos y muertos "Damos un paso, atravesamos el umbral... y todo se viene abajo", escribió Lukas acerca del Cementerio N° 1. Como él, varios cronistas de la época se impactaron del frágil límite entre este recinto de tumbas y las viviendas porteñas.
Foto:Ediciones Universitarias de Valparaíso


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