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Sábado 21 de Noviembre de 2015

 
Marianne, Brigitte y la belleza

La novelista y periodista británica Angela Carter asegura que "las ciudades tienen sexo: Londres es un hombre; París, una mujer, y Nueva York, un transexual bien adaptado". La belleza es parte de todos los aspectos de París; entre ellos, su gente.  
 Marianne se ha llamado a la figura alegórica, personificación y uno de los símbolos nacionales de la República Francesa, y hay celebridades que han prestado sus rasgos para ella: Brigitte Bardot, en 1970; Mireille Mathieu, en 1978; Catherine Deneuve, en 1985; Inès de la Fressange, en 1989; Laetitia Casta, en 2000, y Évelyne Thomas, en 2003.

Bajo la apariencia de una mujer tocada con un gorro frigio, Marianne representa la permanencia de los valores de la república y de los ciudadanos franceses: libertad, igualdad, fraternidad. Valores todos elusivos y escasos, incluso en Francia, que los proclama como propios. Marianne sería algo así como la representación simbólica de la madre patria fogosa, guerrera, pacífica, alimentadora y protectora. Una suerte de Juana de Arco renacida después de la toma de la Bastilla.

Pero en esto de íconos de belleza es imposible no detenerse en Brigitte Bardot, la Marianne setentera cuyo mito estimuló los sueños de millones. Hoy, de 81 años, su rostro de joven encarna a esa Francia insolente y rebelde. A los 15 años ya estaba en la portada de "Elle" y a los 18 era la novia de Roger Vadim, el primero de cuatro maridos. El título de su película de 1956 representa bien lo que significó: "Y Dios creó a la mujer". Brigitte fue el resultado de una mezcla explosiva de ingenuidad y malicia, de prepotencia y fragilidad. Reinaba en ella una autoconfianza arrogante que algunos ven como un rasgo de clase. Era hija de "la alta burguesía", así estuviera vestida de revolucionaria ("¡Viva María!", 1965).

Bardot fue esencialmente francesa. Acotada incluso a la Côte d'Azur. Hollywood la recibió de manera fugaz. Era provocativa, mimosa y a ratos temible, donde la natural alegría de vivir alternaba con una personalidad marcada por la angustia. Desde la alta sociedad, era la ruptura con el pasado y estaba disconforme con el presente. Era vista como una libertina fuente de deseo para jóvenes y viejos, y una acuciante preocupación para las mujeres. Cuerpo de escándalo y rostro de la permisividad. "De donde viniera, siempre parecía que acababa de salir de una cama donde había estado con un hombre", dijo de ella Elsa Martinelli, su vecina en Saint Tropez. Era el verano del año 1968, con la revolución de las flores en pleno y también con las protestas estudiantiles, y Brigitte ya estaba cansada de su tercer marido, el millonario Gunther Sachs, y enamorada del playboy italiano Gigi Rizzi. Sachs la había cortejado lanzándole cientos de rosas desde un helicóptero sobre su villa en la Riviera Francesa, pero eso ya era pasado.

También sucumbió Serge Gainsbourg, que le dedicó la escandalosa "Je t'aime... moi non plus", suerte de bandera de la liberación sexual y exitosísima canción de alcoba. "Es mejor ser infiel que ser fiel sin querer serlo", dijo Brigitte. Ella revolucionó el cuerpo y también la moda.

Brigitte dejó de preocuparse por su apariencia física en los años 70: "Estoy envejeciendo y no puedo engañar a nadie con una máscara construida en la sala de operaciones". No se cuidó y hoy luce como si un tornado hubiera pasado por ella. Bardot -defensora de la vida de las focas- fue capaz de apoyar públicamente las ideas de Jean-Marie Le Pen sobre la "terrorífica inmigración" en Francia. A los 62 años publicó un libro de memorias, "BB", donde detalla experiencias y cuenta de sus amantes. Su ex marido, el actor Jacques Charrier, y el hijo de ambos, Nicholas, pidieron a la justicia que sus nombres fueran excluidos de la publicación. Brigitte describió a Charrier como "un alcohólico, golpeador y gigoló", y a su hijo, como a "un tumor que se alimentaba de ella".

 


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