EL SÁBADO

Sábado 27 de Diciembre de 2014

 
San Pedro clandestino

La desaparición del guía Kurt Martinson puso todos los ojos sobre este pueblo del desierto de Atacama, sacando a la luz las fiestas ilegales que se realizan en la periferia y el consumo de drogas entre los visitantes. Así funciona el  
Por Andrew Chernin, desde San Pedro de Atacama. En las reseñas de las guías turísticas, en los mapas que reparten los hoteles que se instalaron en esta parte del desierto, la calle Caracoles es el lugar de San Pedro de Atacama donde uno debe estar. Porque de día, en este camino de tierra, que funciona como una suerte de galería, donde el pueblo se ofrece en inglés, portugués y francés, está todo. Los bares rústicos, los restoranes gourmet, los almacenes, las tiendas de lapislázuli, las de artesanías en lana y una interminable fila de agencias de viajes que venden expediciones a pie, en bicicleta o en van. Las publican en pizarras puestas en la vereda, rayadas con tizas de colores, que dicen laguna Cejar, salar de Uyuni, géiser del Tatio. Pero hay algo -otra atracción turística, si se quiere- que esas pizarras no anuncian y que los lugareños y los visitantes conocen, desde hace años, como "las fiestas clandestinas".

Aquí, donde la municipalidad no permite discoteques para evitar ruidos molestos, y los fines de semana los bares y restoranes cierran a la una de la mañana, la pregunta que más se repite poco antes del cierre de los locales en calle Caracoles, es: ¿dónde sigue la fiesta? Los garzones siempre saben -o conocen a alguien que sabe- algo, y de a poco aparecen las pistas sobre el lugar y cómo llegar.

A veces son en casas de la periferia urbana de San Pedro, pero algunos fines de semana pueden ser en parcelas en medio del desierto.

Los que han ido dicen que lo primero es conseguir transporte -generalmente gratis para las mujeres, o por unos cinco mil pesos ida y vuelta- para llegar hasta diferentes explanadas, algunas a más de media hora del pueblo. Pero hoy, ni en la calle ni en las tiendas ni en los bares se habla de estas fiestas.

-Ya no están haciendo -dice la mesera de un restorán.

La desaparición del guía turístico Kurt Martinson tendió un manto de silencio sobre ellas. 

Perdido

Sentada en un banco de la plaza, frente a la municipalidad, bajo un calor seco, Ana María García, que llegó hasta San Pedro apenas supo de la desaparición de su hijo, dice que Kurt conocía esta zona. Que la familia vivió en Chuquicamata unos 15 años y que muchos fines de semana venían hasta el pueblo.

-A Kurt siempre le llamó la atención San Pedro -dice-. Visitábamos las ruinas de Tulor e íbamos al Pozo Tres, donde había una piscina de agua termal. Le gustaba mucho el norte, el sol. Por eso trabajó tantos años aquí como guía turístico.

Martinson, a los 35 años, ya había desempeñado su profesión en San Pedro durante 2011 y 2012, en agencias. Un año después viajó a Bolivia. Allá consiguió empleo como modelo y con un orfebre que le enseñó a hacer joyas. Cuando Ana María García dice esto, muestra su brazo y las pulseras que Kurt le regaló. Cuando regresó, viajó a Torres del Paine y estuvo con su madre en Santiago. Ahí decidió que quería volver a San Pedro, donde se radicó hace unos siete meses.

Kurt vivía en una pensión. Arrendaba una pequeña pieza en la parte sur del pueblo, frente al terminal de buses.

-En octubre hablé con él. Me contaba que todo iba bien, que estaba contento -dice su hermano, el abogado Francisco Martinson, desde Santiago.

El motivo de su alegría tenía una explicación laboral. Casi 30 días antes de su desaparición y después de estar algunos meses como guía free lance para agencias locales, Kurt había encontrado empleo en el hotel Alto Atacama, a unos cinco kilómetros de San Pedro, pasado el pucará de Quitor. Su labor era preparar las excursiones de los huéspedes. Trabajaba un turno de 12 x 4. Según su madre, se iba caminando al hotel.

-Él me dijo que necesitaba comprar una bicicleta -cuenta Ana María-. Yo le respondí que le mandaba la mía, que era bastante buena. Eso fue el miércoles 19 de noviembre. Quedamos en que se la mandaría el lunes. Fue lo último que hablamos.

Las sospechas de García aparecieron el martes 25: Kurt no había ido a cobrar una plata que ella le había depositado.

La denuncia por presunta desgracia, sin embargo, no la puso ella, dice, sino que el jefe de expediciones del hotel, Amaru Sutil Zárate, en la comisaría de San Pedro de Atacama, el miércoles 26, dos días después de la última vez que fue visto. García cuenta que se enteró del hecho por Carabineros. Sutil, en cambio, ha dicho que ambos presentaron la denuncia.

Según el hermano de Kurt, Sutil ha dado varias versiones.

-Primero, se atribuye el despido de mi hermano. La razón habría sido porque tuvo problemas con unos turistas. Decía que tenía un comportamiento errático. Lo mismo que asegura en la denuncia de presunta desgracia: que lo vio casi ido, con un estado mental perturbado. Después, tras seis versiones distintas, en el hotel dicen que mi hermano renunció porque echaba de menos a su familia. Sutil, además, es el primero en presentarse a registrar las cosas de mi hermano en su pieza de la pensión.

El jefe de expediciones ha desmentido públicamente los cuestionamientos en su contra, mientras que desde la gerencia del hotel fue imposible obtener una declaración a comienzos de esta semana, pese a los intentos de "Sábado".

García agrega que, cuando fue a visitar la pensión, vio que a su hijo le faltaban unas piedras semipreciosas y una cámara fotográfica, y prefiere no hablar de los supuestos planes de Kurt de establecer una discoteca en San Pedro.

Francisco Martinson, en cambio, dice que su hermano tenía proyectos y no desmiente que uno de ellos fuera la discoteca.

-Tengo entendido que sí. Más allá de eso, no puedo ir.

Esa idea que habría tenido Kurt ha dado pie a una de las líneas investigativas más comentadas en el pueblo: las fiestas clandestinas.

Buscar lo prohibido

-Para darle una idea -dice Hugo Miranda-, esto lleva unos 10 años.

Miranda, jefe de gabinete de la alcadesa de San Pedro, Sandra Berna (DC), dice que las fiestas clandestinas son un problema. Que alteran la convivencia en la comunidad, pero que aun así había organizadores que eran conocidos por los habitantes.

-Había uno al que le decían el "Carnicero", porque antes tenía una carnicería y después se dedicó a organizar fiestas. Llegó aquí hace años. Él rotaba el lugar donde las hacía. Carabineros ya lo tenía identificado. Lo multaban y le aplicaban las sanciones. Hace unas semanas llegó la orden de que lo detuvieran por el no pago de multas que acumulaba. La policía lo puso a disposición de la justicia. También clausuraron un terreno que tenía. Lo que uno escucha es que las ganancias de estas fiestas son atractivas. Que en solo una noche pueden ganar sobre dos millones de pesos.

El mundo paralelo de San Pedro, como dice Miranda, es tan conocido, que los turistas lo comentan como una más de las atracciones del pueblo. Es cosa de mirar blogs de viaje. En uno, journeum.com, dicen esto: "Para encontrar las fiestas clandestinas, la mejor apuesta es darse vueltas por los bares y restoranes de calle Caracoles. Incluso los meseros pueden decirte qué fiestas habrá esa noche. Normalmente comienzan a la hora en que cierran los restoranes. Los tragos son caros, por supuesto. Y, obviamente, está prohibido que traigas tu propio licor (...). Si decides ir, prepárate para hordas de borrachos locales, aire frío y fuentes de energía no confiables, ya que la electricidad casi siempre viene de generadores de gas".

Aun así, no es un tema que se comente públicamente en las calles. Menos por estos días. Solo dos personas, guardando su anonimato, quisieron referirse a ellas.

-Son a las afueras del pueblo -dice una-. Pasan unas vans a ciertas horas a buscar a la gente. Sé que antes paraban en la calle Tocopilla, después de la una y hasta las dos de la mañana. Tienes que pagar por la entrada y el traslado, y ellos te pasan una especie de tarjeta de invitación a un cumpleaños. Entonces, si los carabineros te paran en la van, tú les dices que estás invitada al cumpleaños de fulanito. Después llegas a una parcela. Porque se hacen en terrenos privados, no en el desierto. Bueno, llegas a la parcela, pasas tu entrada y claro: hay música electrónica, se vende copete, cocaína, ácido.

Otra, que fue a una hace poco, lo recuerda así:

-Con unas amigas llegamos a un bar y empezamos a pensar cómo meternos en una de estas fiestas. Le preguntamos al mesero si sabía de alguna y nos dijo que sí, que cuando cerrara el bar nos juntáramos afuera. Lo esperamos y cuando cerró, nos dio instrucciones para llegar a una casa abandonada que había al final de una calle. Pasaban hartas camionetas llevando gente. Adentro, un DJ ponía música. Estaba todo oscuro, salvo la iluminación que provenía de los focos delanteros de una camioneta. También tenían unas fogatas. No solo había chilenos, sino que además extranjeros.

Sobre los precios que se cobran para ingresar, se habla desde 5 mil pesos por traslado y entrada, hasta 25 mil.

Jorge Álvarez, presidente de la directiva de la comunidad de Coyo, una de las 16 que hay en San Pedro de Atacama y, además, uno de los lugares en donde suelen realizarse las fiestas clandestinas, lleva un tiempo peleando contra ellas.

-La última vez que hubo una fiesta fue el 11 de octubre, entraron a un sitio arqueológico en la aldea de Tulor y sacaron piezas de valor. Esa vez pillamos a un australiano, de unos 30 años, en una de las dunas. No sé qué droga tomó, pero despertó a todo sol a las diez de la mañana y quería comer arena. Pescaba arena y trataba de metérsela a la boca. Otra vez uno de los chiquillos de la comunidad encontró la billetera de uno de los gringos que había ido a una fiesta. Tenía una droga que es como un parche que se pega en la piel. Pero este niño, al no saber, se lo puso en la lengua. Estuvo dos días inconsciente.

El problema de estas fiestas, cree Álvarez, es que hay mucha gente en el pueblo que gana. Porque, dice, los meseros cobran comisiones y los que manejan las vans también:

-Es complejo meterse con el tema. Al haber droga, hay mucha plata. Y si usted le jode el negocio a alguien así, es como echárselo encima. Hay que tener cuidado con quién habla uno.

En el municipio dicen que, actualmente, hay cinco empresarios que desean instalar discoteques o pubs en sectores retirados del pueblo. Y que la alcaldesa está conversando con Bienes Nacionales para ver si hay terrenos que ofrezcan los resguardos necesarios. Pero Hugo Miranda, el jefe de gabinete, tiene otra mirada. Una más pesimista:

-Yo creo que estas fiestas van a seguir existiendo, porque desde afuera esto se ve como algo que no podría encontrarse en un lugar establecido. Para embriagarse de la manera en que se señala que los asistentes lo hacen, para drogarse del modo que se señala que lo hacen, no van a ir a un lugar establecido. Van a buscar siempre lo prohibido.

Balizas en la oscuridad

Muchos turistas han llegado estos días hasta San Pedro. Los hoteles no están totalmente llenos, pero en los principales restoranes de Caracoles a veces hay que esperar un poco antes de conseguir una mesa. En la calle, cargando sus mochilas y vestidos con ropa tipo The North Face, se les escucha hablar en portugués, francés, alemán o inglés, indiferentes al caso Martinson.

La posibilidad de que su desaparición pudiera estar relacionada con las fiestas clandestinas, ha derivado en el cuestionamiento contra la policía y en discusiones sobre la penetración que tendría la droga en el pueblo.

-Carabineros de San Pedro tiene una versión muy particular de lo que es el mundo y la vida de San Pedro -dice Francisco Martinson-. En Providencia, que son más de 200 mil habitantes, la alcaldesa sabe perfectamente dónde están los clandestinos y los cierra. En un pueblo de 10 mil habitantes, no puede ser que no sepan dónde hacen las fiestas.

El coronel Marcelo Araya, de la prefectura del Loa, tiene una opinión diferente:

-Cualquier persona que va a San Pedro se da cuenta de que puede caminar tranquilamente. Que no están vendiendo droga indiscriminadamente. Lo que hay ahí, efectivamente, es un problema de microtráfico, como en todas partes. Hay que entender que se trata de una comuna inmensa, fronteriza con Bolivia. Y es en esos sectores donde se han incautado grandes cantidades de droga que, en su mayoría, no se queda en San Pedro, sino que va en tránsito hacia los principales centros de consumo y distribución del país.

El mayor Gonzalo Pereira, de la comisaría de San Pedro, añade:

-En 2013, se realizaron 47 denuncias por fiestas clandestinas. En lo que va de 2014, llevamos 44. No hay aumento. Lo que pasa es que hay gente que está mal informando sobre la situación acá. Que ve un pito y piensa que ha aumentado la droga.

Jenny Mosquera, administradora del restorán La Casona, dice que las fiestas clandestinas siempre han existido en el pueblo.

-Uno tiene la opción de ir a una o no. Puede consumir drogas o no. Es un asunto personal.

Una amiga de Martinson que ayudaba en su búsqueda, piensa que el caso de Kurt incomoda en la comunidad de San Pedro.

-Sienten que nosotros los estamos acusando y que les ahuyentamos el turismo. Para ellos es súper fuerte que uno los cuestione, porque ven el tema de las fiestas como normal.

Afuera, mientras cierran los restoranes y los bares, la calle Caracoles se apaga. Después de la una de la mañana, lo único que ilumina al pueblo son los destellos de la baliza verde de una camioneta de Carabineros en la oscuridad. 

 


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<p>En la calle Caracoles, poco antes de la una de la mañana, cuando cierran los bares y restoranes, la pregunta que más se repite es ¿dónde sigue la fiesta? Los garzones siempre saben o conocen a alguien que sabe.</p><p>ALFONSO DíAZ</p>

En la calle Caracoles, poco antes de la una de la mañana, cuando cierran los bares y restoranes, la pregunta que más se repite es ¿dónde sigue la fiesta? Los garzones siempre saben o conocen a alguien que sabe.

ALFONSO DíAZ


Foto:ALFONSO DíAZ


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