REVISTA DE LIBROS

Domingo 11 de Marzo de 2007

CARRERAS PARALELAS
El otro Simonetti

Ya no se molestan en aclarar equívocos. Asumen que compartir un apellido poco común en un ambiente literario pequeño es garantía de confusión. Como si fuera poco, los dos empezaron publicando un volumen de cuentos y sorprendieron al público y a la crítica con el segundo, una novela. El posible parentesco, eso sí, hay que rastrearlo en Rapallo, Italia, en el siglo XIX. Por primera vez, Marcelo Simonetti y Pablo Simonetti se encuentran en este juego de espejos. Aquí responden las mismas preguntas y se interrogan entre ellos.

MARÍA TERESA CÁRDENAS

MARCELO:

1- Más de una vez me han confundido. Al principio me tomaba el trabajo de separar aguas y aclarar, efectivamente, que yo era el otro. La explicación siempre resultaba engorrosa. Que no era el best seller, que no era el famoso, "no, señora, no somos parientes". Alguna vez pensé plagiar a Borges y su poema "Borges y yo" y decir: "Al otro, a Simonetti, es a quien le ocurren las cosas". Pero me pareció de una autocompasión horrorosa. Ahora prefiero no aclarar nada y si me dicen que les gustó mucho Madre que estás en los cielos, suelo asentir con la cabeza en señal de aprobación; si el elogio va para La traición de Borges, me lo llevo al bar más cercano e invito la primera ronda.

2- Los premios no surgen por generación espontánea, hay lectores bien particulares que son los encargados de entregarte esos premios. La crítica también nace de lectores que han hecho del placer de leer un oficio. Un escritor puede vivir sin premios ni críticas, pero imaginarlo sin lectores me parece un despropósito, así es que puesto a elegir pondría en primer lugar a los lectores. Pero no cualquier tipo de lector. Me interesa aquel que se compromete con el texto, el que se presta a jugar el juego de la literatura y es capaz de darle el final a esa historia que el escritor, por propia voluntad, ha dejado abierta. Ese lector que deja que la literatura le haga heridas en el cuerpo.

3- La traición de Borges tuvo el mérito de haber ganado un concurso de novela en España. Verla en los escaparates de la FNAC, de La Casa del Libro y en las vitrinas de las librerías más importantes de Madrid me provocó una sensación extraña. Lo mismo que las críticas que le hicieron en El País y en El Mundo. Es una vitamina para el ego difícil de disimular. Pero más allá de eso, hablar del gran golpe me parece un poco pretencioso. Uno no escribe para dar grandes golpes. Es más, si hay algo que no me gusta son los golpes. Sí me sirvió para advertir que esta ficción que uno se inventa, la de ser escritor, funcionaba y que muchos, no sólo en Chile, se la habían comprado.

4- Escribir una novela es como atreverse con un maratón. Las posibilidades de desertar a mitad de camino son altas y nunca sabes si vas a llegar a la meta. Con el cuento es distinto. Desde que arrancas sabes que vas a terminar, la duda pasa por si vas a hacer una buena o una mala carrera. La traición de Borges me tomó cerca de cuatro años. Cuatro años en los que, aunque sea un cliché, estuve conviviendo con el falso Borges, con Emilia, sintiéndome un poco como Antonio Libur, los personajes de la novela. Y eso en medio de tu otra vida, la de un ciudadano común que necesita trabajar y desplazarse por medio Santiago todos los días... Te lo resumo así: para escribir una novela tienes que tener aguante y oficio; para hacer un cuento, a veces basta con el talento.

PABLO:

1- Sí, me ha pasado. Cuando la confusión es de alguien más o menos enterado del acontecer literario, le digo que él escribió La traición de Borges y yo, Madre que estás en los cielos. Por lo general, con eso basta. Cuando me felicitan por alguna entrevista o reportaje, les explico que él es el periodista. Pero si la confusión es grande y la pregunta es fruto de la ignorancia y de una malsana ansiedad social que padecen muchos chilenos, los dejo creer que existe un autor que escribió "algo que tiene que ver con la madre de Borges".

2- Ojalá pudiera determinar cuál es la fórmula exacta que me dejaría satisfecho. Pero sería un ejercicio inútil. Cada vez que publico me asalta un deseo enfermizo de recibir una avalancha de lectores, premios y buenas críticas. Lucho por mantenerlo a raya, con éxito relativo. Si escasea alguna de estas fuentes de reconocimiento, un exceso de alguna de las otras es una reconfortante compensación. En cuanto a los premios y las críticas, depende de quiénes provengan, en más de un caso pueden llegar a ser un flaco favor. Los lectores, en cambio, son siempre bienvenidos.

3- Más allá del éxito, escribir la novela significó un crecimiento como escritor. Me creía incapacitado para permanecer por largo tiempo dentro de un mismo espacio narrativo, conservar el impulso original, respetar la voz elegida para contar la historia, aceptar la falta de control y la impureza inherentes a un texto largo y complejo. Ahora puedo pasarme años dentro de una novela y eso ha generado un cambio en mi rutina, y hasta en mi manera de ser. Mis cercanos podrán juzgar mejor que yo, pero creo estar menos ansioso, menos inseguro y un tanto más ermitaño.

4- El libro de cuentos me tomó tres años escribirlo, mientras que la novela, no más que un año y medio. Cada cuento tiene asociado el momento de la revelación y el lugar donde lo escribí. Es decir, Vidas vulnerables tiene una extensión temporal y geográfica mayor. Sin embargo, para escribir Madre que estás en los cielos tuve que conservar el "aliento" que me inspiró, hasta llegar al final.

MARCELO LE CONTESTA A PABLO

- ¿En qué punto te ubicas de la recta que tiene en uno de sus extremos la literatura nutrida sólo por tus lecturas y aficiones literarias y, en el otro, aquella inspirada por tu experiencia personal?

- Para mí la lectura también es una experiencia personal, así es que me costaría poder ubicarme en esa recta imaginaria. Todo lo que escribo se basa en lo que veo, en lo que leo, en lo que me toca vivir en carne propia. Esa es la materia prima que luego, en el proceso de escritura, se va deformando hasta dar con una realidad diferente, ficcionada. Con todo, me gustaría trabajar una novela en donde lo que le ocurre al autor sea el motivo literario. Vivir una historia de novela de punta a cabo para luego escribirla.

- ¿Cuándo leíste a Borges por primera vez? ¿Es tu escritor favorito? ¿Influyó en que te convirtieras en escritor?

- Soy de la raza de los lectores tardíos. Y con Borges no fue la excepción. En la universidad lo desprecié convencido de esa etiqueta que decía que escribía con la razón y no con el corazón. Y eso, en aquellos días, era un pecado mayor. Pero una vez llegó a mis manos "El Aleph" y fue toda una revelación. Y luego "Pierre Menard, autor de El Quijote" y "Funes el memorioso". Me arrepentí de no haberlo leído antes. Pero lo que más me atrajo de Borges fue su condición de personaje y todas esas contradicciones que había en él y que pueden resumirse en un solo episodio: su designación como director de la biblioteca nacional cuando estaba prácticamente ciego. Qué es eso: ¡un ciego a cargo de una biblioteca! Releí algunos cuentos de Borges en el proceso de escritura, pero por sobre todo me nutrí de biografías y libros de entrevistas.

- ¿Compartes la opinión de que en materia de arte uno intenta no decir, sino mostrar, como dijo John Banville en el número anterior de esta revista?

- El muéstralo, no lo digas es un mandamiento al que suscribo. El arte de escribir, como todo arte, se basa en la construcción de un espejismo, de una ilusión. Una ilusión que es preciso que se valide por sí misma. Y no hay mejor camino para ello que a través de las imágenes. Las historias no son otra cosa que una sucesión de escenas. El lector no quiere que tú le digas qué ocurrió, quiere verlo con sus propios ojos en las páginas del libro. Un buen escritor debiera ser capaz de llevar a cabo este acto de ilusionismo.

Marcelo Simonetti

(Valparaíso, 1966)

Periodista de la Universidad Católica de Chile. Trabajó como periodista deportivo, guionista y docente. Fue redactor de la revista Sábado de El Mercurio, columnista y editor de reportajes en la televisión. Actualmente escribe en revista Caras.

En 2002 publica el libro de cuentos El abanico de Madame Czechowska (Alfaguara), Premio Municipalidad de Santiago, y en 2005 obtiene el Premio Casa de América (España) por su novela La traición de Borges, nominada este año al Premio Altazor. Mientras avanza en su segunda novela, se apronta a estrenar "La gran noche de Eusebio de la Vega", obra escrita en el taller de dramaturgia de Juan Radrigán.

PABLO LE CONTESTA A MARCELO

- Si te propusieran escribir una novela a cuatro manos, ¿cuál de estos autores elegirías: Pedro Lemebel, Gonzalo Contreras o Carla Guelfenbein? ¿De qué trataría?

- Me cuesta imaginar la escritura de una novela a cuatro manos. Es algo tan personal, un viaje al interior de uno mismo. Además, requiere de compromiso y disciplina, conceptos que significan algo diferente para cada uno. De sólo pensar en las reuniones para corregir los textos se me hace un mundo. Yo no soy fácil y creo que Pedro y Gonzalo, a pesar de su agudeza y simpatía, tampoco lo son. Nos pasaríamos peleando. Si tuviera que hacerlo, lo haría con Carla. Ya hemos trabajado juntos y nos complementamos bien. Nos decimos lo que pensamos del trabajo del otro con honestidad y a la vez con delicadeza. Es mi gran amiga y sería una excelente excusa para pasar más tiempo con ella. ¿De qué trataría? Ambos compartimos el gusto por las historias íntimas, por la interioridad de nuestros personajes, por lo general escribimos acerca de relaciones de pareja o de familia. No sé por qué me imagino que nuestra protagonista sería una mujer de gran carácter enfrentada a los problemas propios de la mitad de la vida.

- Te piden readecuar los planes de lectura obligatoria para los estudiantes de enseñanza media. ¿Cuáles serían los cinco libros que calificarías como indispensables para los combativos pingüinos?

- No sé qué libros integran los programas actuales, pero aquí van seis sugerencias: Las memorias de Adriano, de la Yourcenar; El gatopardo, de Di Lampedusa; El lugar sin límites, de Donoso; Los detectives salvajes, de Bolaño; El buen soldado, de Ford Madox Ford. Y, por supuesto, Ana Karenina, de Tolstoi.

- Hay un cuento de Borges que se llama "La memoria de Shakespeare" en donde al protagonista se le ofrece la memoria del dramaturgo inglés para hacerla suya. Si te ofrecieran lo mismo, ¿qué autor elegirías para apropiarte de sus recuerdos y sus vivencias?

- La memoria de Shakespeare me llena de curiosidad. ¿Bastará apropiarse de su memoria para descifrar cómo surgió una imaginación tan prodigiosa? No creo. Pedir la de Proust no tendría mayor sentido. En busca del tiempo perdido es una memoria desplegada ante los ojos del lector. De los escritores menos conocidos que me gustan y de cuya intimidad no sabemos mucho, E.M. Forster sería una vida interesante de conocer.

PABLO SIMONETTI

(Santiago, 1961)

Ingeniero civil de la Universidad Católica con Master en la Universidad de Stanford, en 1996 decidió dedicarse exclusivamente a la literatura. En 1997 ganó el Concurso de Paula con "Santa Lucía", cuento incluido en el volumen Vidas vulnerables (Alfaguara, 1999). Su novela Madre que estás en los cielos (Planeta, 2004) obtuvo un éxito rotundo de ventas y un entusiasta respaldo de la crítica. Ha sido publicada en toda Latinoamérica y traducida a varios idiomas. Para agosto se anuncia la aparición de su próxima novela, 'La razón de los amantes'.




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