REVISTA YA

Martes 4 de Diciembre de 2012

 
Reginato reina, la otra historia

Hija de italianos, Virginia Reginato se transformó, con su segunda reelección como alcaldesa de Viña del Mar, en un fenómeno regional que sobrepasa la política y su partido, la UDI. Aquí desmenuza su infancia, su juventud y sus reinados de belleza a los 18. "En 1959 también la llamaron para Miss Chile, pero mi hermano no la dejó", recuerda su hermana Mafalda.  
Por María Cristina Jurado. Fue el año en que murieron Gabriela Mistral y Humphrey Bogart. El año en que Albert Camus ganó el Nobel y en que se conocieron, en el jardín de una iglesia en Liverpool, John Lennon y Paul McCartney.

Pero, para la alcaldesa de Viña del Mar, Virginia Reginato Bozzo, -reelegida por segunda vez en octubre con 61.574 votos, que ella encuentra muy pocos porque antes sacó sobre cien mil- el año 1957 fue inolvidable por otras razones.

-Yo había cumplido recién los 18 cuando me eligieron como reina de Asiva, una feria industrial muy importante de la región. La fiesta fue en el Casino. Mi familia, que era dueña de un negocio grande de electrodomésticos, Reginato Hermanos, y tenía la representación de Madeco y Mademsa, había puesto un stand en la feria. Yo fui a ayudar, me vieron y me convencieron. ¡Salí! Después gané otros concursos. En total, fui reina cinco veces en un año.

La primera feria de Asiva, la Asociación de Industriales de Valparaíso y Aconcagua, fue todo un hito en la sociedad viñamarina de esos años. La elección de Virginia Reginato fue tan comentada en la región como otros hechos noticiosos de 1957. Puso su nombre en letras de molde por primera vez. Para esta alcaldesa, la elección fue un vuelco en su vida:

-Gané, no por designio, sino porque la gente votó por mí como candidata de belleza. El concurso fue patrocinado por el diario La Unión, tanto, que la corona que me pusieron estaba adornada con una miniatura de la torre de ese diario. Aún la conservo.  Hasta ahí yo había vivido muy recluida en mi casa, en una burbuja protegida, como buena familia italiana de los 50. Terminé absolutamente deslumbrada: la lluvia de regalos, atenciones y fiestas fue demasiado grande para alguien tan joven y con una educación tan estricta como la mía.

No le regalaron auto, dice, pero sí joyas, relojes, un refrigerador y una cocina Fensa, -que donó, porque de las mismas vendía su padre-, medias de nylon para un año, pieles y una suscripción anual al diario La Unión. Tampoco recibió pasajes de avión. "¡Cómo se te ocurre, si era 1957! ¡A lo más me habrían hecho ir desde Valparaíso a Viña!".

Se ríe con el alma en su oficina céntrica donde -confiesan sus subalternos- funciona como un motor todoterreno. A los 73, no vacila en tomar una aspiradora o correr los muebles si viene una visita importante. La han visto servir café, regar plantitas y hasta pegotear cosas en el diario mural.

Los ecos de su primer reinado trajeron consecuencias. Hasta su casa -una construcción de lujo que levantó su padre, Luis Reginato, en Recreo- llegaron los organizadores del concurso de belleza del Club de Regatas italiano del puerto. La convencieron y volvió a ganar como soberana de los "canotieri italianos", recuerda con brillo en los ojos. Sus reinados se sucedieron: por su belleza, considerada extraordinaria en la región, Virginia salió reina también de la kermesse de la Scuola Italiana, uno de los colegios donde estudió, y del Carnaval de la Cruz Roja. Y, cuando la familia pensaba que los brillos habían pasado, los bomberos de la Sexta Compañía de Viña del Mar fueron a hablar con su mamá para que la dejaran, de nuevo, concursar. Y ganó por quinta vez.

-Me iban a pedir a la casa, otra cosa hubiera sido impensable. Yo era una niñita muy protegida, rodeada de italianos para quienes el concepto de familia y de choclón era muy fuerte. Éramos muy activos en la colonia de Viña y Valparaíso, entonces muchos de estos reinados tenían que ver con la cultura y el legado italianos. La cosa es que me eligieron cada vez que me presenté a reina. Mi mamá me tuvo que mandar a hacer varios trajes de fiesta porque, aunque Chile era austero, no podía figurar coronándome tantas veces con el mismo vestido.

Su hermana menor, Mafalda, recién elegida concejal UDI por Viña del Mar, recuerda:

-El vestido para el reinado de Asiva se lo hizo una modista de la familia, la Nena, que le conocía el cuerpo de memoria. Ella podía coser un traje de fiesta en una sola noche e hizo maravillas con cada tenida de gala para sus reinados. Más tarde, fue quien nos cosió, a Virginia y a mí, nuestros trajes de novia. En 1959 también la llamaron para el concurso Miss Chile, pero mi hermano no la dejó. Los organizadores no alcanzaron ni a entrar a la casa. La alcaldesa recuerda que Claudio quedó a cargo de la familia a fines de los 50 porque su papá había muerto un año antes.

-A usted y a sus dos hermanos la criaron con estrictez.

-¡Mucha! Yo tuve un papá maravilloso, elegantísimo, distinguido, pero muy estricto. De una sola línea, pero cercano, igual que mi mamá. Con mis hermanos Claudio y Mafalda fuimos criados con estrictez, pero mucho amor y atención, más de la que se estilaba en ese tiempo. Los Reginato venimos de Montebelluno, en el Véneto, y los Bozzo, de Camogli, una localidad parecida a la costa de Cochoa, en Génova. Toda mi infancia fue muy acolchonada y muy protegida, salíamos de vacaciones a Olmué o La Serena con otras familias. Era una cosa familiar, chicos y grandes revueltos. Por eso, mis reinados fueron una cosa extraordinaria para mí.

El deslumbre de sus 18 no paró en la ropa de gala y los regalos. También trajo consecuencias en su vida privada. Virginia, rubia y vivaz, no pudo con el vendaval de invitaciones y halagos.

-Me sobrepasó. Decidí terminar con mi pololo Marcos Valenzuela, llevábamos poco menos de dos años. Era estupendo, pero tanto reinado me abrió los ojos a un mundo nuevo. No quise seguir atada. Yo fui muy polola en mi juventud, pero ese año quise darme libertad.

Marcos Valenzuela, en ese entonces cadete naval, reapareció en la vida de la Alcaldesa de Viña del Mar muchos años más tarde, cuando ella quedó viuda de Juan Grey Budinic, su marido de cuatro décadas. Se reencontraron en plena campaña de ella para ganar la Alcaldía de Viña. Apareció de repente, habían pasado 47 años, ella tenía dos hijos adultos y una carrera política en ascenso.

-Me empezó a perseguir, literalmente, con flores, llamados telefónicos e invitaciones. Yo estaba en campaña y no tenía un minuto ni cabeza para nada más que esa elección, había quedado viuda hacía muy poco. Pero fue insistente y romántico. Fue bonito mientras duró porque falleció el 26 de agosto de una diabetes avanzada. Tenía 77.

-¿No le pesó su viudez al reencontrarse con su ex pololo?

-Mira, tú puedes tener muchos recuerdos pero no se vive de ellos. Yo soy una mujer aterrizada, práctica. Para mí, "el pasado está pisado". No me dejo llevar por ideas fantasiosas. Él estaba separado, yo era viuda, comenzamos una bonita relación. Mis hijos entendieron porque siempre han sido respetuosos, no interfieren en mis decisiones. Les conté rápido, este caballero no podía aparecer de repente como aparece el lechero. Cuando murió, para mí fue muy triste, yo estaba enamorada.

-¿No alcanzó a pedirle matrimonio?

-Él siempre quiso casarse conmigo; pero yo,  jamás. Me casé una sola vez y para toda la vida. Tuve un buen matrimonio, él siempre trabajó en una naviera. Fuimos felices. La marca de la familia

No es por casualidad que los recuerdos de la alcaldesa de Viña del Mar se entronquen en forma recurrente con su familia de origen. Los Reginato Bozzo, y varias generaciones hacia atrás, marcaron a Virginia profundamente en su visión de la vida.

-A mis dos hijos, Verónica y Ricardo, los crié en forma muy parecida a como me criaron a mí. Estricta, pero muy cariñosa y centrada en ellos. Les di mucho tiempo, igual  al que me dieron a mí, porque mi mamá, Mafalda Bozzo Arancibia, hija de genovés y chilena, jamás trabajó fuera de la casa. En política y en mi trabajo diario he seguido la estructura de mi crianza: ser de una línea, ser coherente, trabajar mucho. Yo nunca he sido florero. "Para saber mandar hay que saber hacer", decía mi padre. Nunca se me va a olvidar. Mi familia me marcó.

-Le sirven sus enseñanzas de infancia.

-Hay una coherencia con mi vida de adulta. Sé que hay que apechugar cuando hay que apechugar. No hay pero que valga, eso se lo aprendí a mi padre. Hay que dar la cara y salir adelante. Tengo muy buena relación con la gente, en esta municipalidad cada uno de los funcionarios es importante para mí. No tengo empacho en acarrear sillas y limpiar mesas si estamos apurados, todos lo saben. Yo apechugo y punto. Me ha servido mucho en mi carrera política. Y ya llevo veinte años, ¡doce como concejala y ocho como alcaldesa!

-Tanta actividad pública no ha borrado sus recuerdos.

-Tengo buena memoria y me acuerdo perfectamente de muchas cosas de cuando éramos chicos, hasta de la ropa que usé en ciertas ocasiones. Las cosas que me tejía mi mamá; de las Pascuas, cuando nos levantábamos de noche con mis hermanos a mirar los regalos, y éramos tan felices. Nos levantábamos en punta de pies, y ellos convencidos de que todavía creíamos en el Viejo Pascuero.

La madre de Virginia, quien murió en 2003, vivió su infancia y adolescencia en Camogli, la costa genovesa. Después volvió a Chile y se casó. Fue mujer de su casa y regaloneadora de sus niños, y habló el dialecto genovés hasta su muerte. La alcaldesa, que no habla italiano, no ha olvidado sus tortas pascualinas y sus cimas -un plato de Génova parecido a la malaya con verduras, sesos, criadillas y piñones- ni sus ravioles hechos a mano. "Ella se dedicó a nosotros, fue una mujer muy feliz y cultivaba sus rosas como nadie". Y aunque Luis Reginato fue siempre el padre más estricto, nunca le pegó a sus niños, mandó siempre por presencia desde su gran negocio de electrodomésticos, lámparas y adornos caseros en Valparaíso. La de los coscachos era doña Mafalda.

-Con mis hermanos, sobre todo con Claudio, el mayor, éramos muy colleras. Andábamos siempre juntos y con hartas maldades. Mi mamá era increíble: cuando hacíamos rabietas nos metía bajo la ducha y muchas veces nos persiguió por toda la casa hasta pegarnos con el cordón de la plancha. Era su arma de batalla. En ese tiempo, los cordones de la plancha se podían soltar, me acuerdo de la sensación: a veces nos daba con el enchufe. Mi papá jamás nos tocó.

Luis Reginato nunca les pegó a sus hijos, la excepción la hizo un día en que Virgina falsificó su firma en un justificativo escolar para su hermano. No volvió a suceder. En cambio, era de castigos legendarios. Esta alcaldesa recuerda que una noche Claudio llegó muy tarde de un campeonato de básquetbol femenino, más tarde de lo permitido. Al otro día era la premiación del campeonato, pero tuvo que quedarse en casa: para impedirle la salida, su padre escondió hasta el último de sus zapatos derechos. Sus cuadernos de matemáticas se hicieron famosos. Claudio y Virginia pasaron muchos domingos de su infancia y adolescencia encerrados a cargo de la nana, haciendo fracciones y decimales. "Mientras tanto, ellos se iban a Olmué con la princesita Mafalda, que era la menor. Desde que la Mafi nació, en 1948, fue intocable. Yo tenía nueve años y, hasta ahí, había sido la regalona, la consentida. La Mafi me destronó. Se convirtió en la muñequita y engatusó a mi papá de tal manera que todos pasamos al olvido".

Claudio, el mayor, era la luz de los ojos de mamá Mafalda. Entre los dos, dice Virginia, se robaban la atención de los padres.

-¿Y yo? ¡Yo era la recogida del circo! (se ríe con ganas). Pero creo que fue bueno, ¡así me salió este carácter que tengo hoy! Mi papá, quien todo lo hacía con estrictez, una vez mandó a Claudio a trabajar en el negocio para que fuera aprendiendo. ¡Lo puso de peoneta! A mi mamá casi le dio un infarto... ¡el niño cargando cocinas en el camión para Santiago! Ahí fue cuando mi padre soltó su famosa frase sobre saber hacer todo en el trabajo.

-Su papá es una marca fuerte.

-Muy profunda. Es que hasta hoy estoy de acuerdo con sus enseñanzas y las aplico. Quisiera haber tenido confianza con él -esa confianza que existe hoy- para decirle tantas cosas, pedirle consejos, haberle dicho que lo quería mucho. Nunca se lo dije, porque no se estilaba. Me da envidia y gusto cómo hoy la gente se dice que se quiere, tan fácilmente. Yo a mi papá jamás lo hubiera tuteado. Cuando en mi casa se escuchaba un no, era no. Nadie discutía ni rogaba. El tema estaba saldado. Al crecer, Claudio fue igual: con él, el no era no.

Virginia Reginato habla con nostalgia de su hermano mayor. Inseparable compañero de juegos en la casa y en el colegio, era un año mayor que ella y falleció hace veinte de pancreatitis. Ella cree hoy que lo de Coty -como le dicen- viene de su hermano. "Yo de chica fui muy guatona y así me decían. Pero Claudio, en su media lengua, me decía Cotona. Y a mi papá le encantó. A la quinta de Villa Alemana, donde vivimos, le puso "Villa Cotona".

De Mafalda, concejala UDI recién elegida en Viña del Mar, y de quien es gran amiga hoy, dice:

-Yo tenía ocho años cuando la mamá se embarazó de la Mafi. Me acuerdo perfectamente de su nacimiento, el 1 de julio de 1948. Nosotros dos estábamos donde un tío y llega esa mañana mi papá y le dice a Claudio: "este es un regalo para ti". La Mafi fue la guagua más linda que he visto en mi vida. Los tres hermanos nacimos en la Clínica Española de Valparaíso.

 "Soñaba con ser cantante popular"

En los años 40 y 50, cuando Virginia Reginato crecía, su familia fue trashumante. Ni ella misma recuerda en cuántas casas vivió, pero fueron muchas. Tampoco sabe por qué se trasladaban tanto. Pero recuerda algunas viviendas como idílicas, y en ellas fue muy feliz. Ella y su hermano mayor nacieron a fines de los 30, cuando vivían en el sector porteño de Playa Ancha. El único abuelo que conocieron, el genovés Juan Bozzo, tenía su casa tres cuadras más allá y fue una presencia importante.

La cercanía del mar la necesita hasta hoy. "Nos cambiábamos a cada rato. Nuestra primera infancia giró en torno a Playa Ancha, es mi territorio de niña. Después nos trasladamos a Villa Alemana, nació la Mafalda y nos matricularon en el Colegio Nacional. A fines de los años 40 llegamos de vuelta a Valparaíso y a la Scuola Italiana, donde hicimos parte de las preparatorias. Y nos empezamos a construir la casa definitiva, que fue un sueño de mi padre".

Luis Reginato Balbo pasaba regularmente por un sector de la avenida España, frente al barrio Recreo, que une Viña del Mar con Valparaíso. Se le quedó en la retina un terreno con vista al mar y lo peleó hasta que lo consiguió.

-Era una casa espectacular y nos demoramos varios años en levantarla. A ella llegamos con lo puesto, porque mis padres decidieron que se renovaba absolutamente todo, desde los cucharones hasta las plantas. Para ellos era un sueño, como comenzar de nuevo; ni la ropa vieja nos llevamos. Una casa totalmente inolvidable para mí: ahí pasé mi adolescencia y el famoso año de mis cinco reinados. Fue donde Claudio y yo nos casamos -los dos en 1962-, y nació mi primera hija Verónica, porque seguí en Recreo hasta unos años después de casada.

La alcaldesa, sin embargo, le fue perdiendo el amor a su nuevo hogar. "Me pasó algo curioso cuando murió mi papá. Él se había esforzado tanto por hacer esa casa... y le sirvió de poco, porque pronto se enfermó. Le tomé mucho fastidio".

No sólo se cambió de casa muchas veces, también de escuela. Después de la Scuola Italiana, pasó por tres o cuatro colegios más. Era muy indisciplinada, recuerda, y un día el director de la Scuola llamó a don Luis y le recomendó que, para mejorar la disciplina de su hija, la matriculara en un establecimiento de monjas.

-Creo que me encontraban un poco masculina. Pasaba arriba de los árboles jugando con los hombres, seguía a todos lados a mi hermano y a sus amigos; para mí era natural. Yo jugaba fútbol y saltaba el muro, igual que ellos.

La pusieron en las Monjas Francesas, duró dos años. Después, en un instituto comercial, donde la familia calculó que los dos hijos mayores se podrían preparar para heredar el negocio de los Reginato. Pero no terminó las humanidades, debió sacar su licencia de enseñanza media muchos años después. Estaba en tercero de humanidades cuando su papá se enfermó de cáncer al cerebro: duró un año y medio. Tenía menos de sesenta, dice su hija del medio. Para la familia fue complicado: doña Mafalda era una mujer de su casa y ni siquiera fue tema que se pusiera al frente del negocio, cuyo socio era el hermano de Luis. Les tocó a Claudio y a Virginia.

-Mi mamá sólo sabía dejarse regalonear. De un día para otro dejamos el instituto comercial. Me puse a trabajar en la sala de ventas, que era muy grande, y mi hermano se dedicó a las ventas de los productos con cobre. Estuve en el negocio hasta que me casé, en 1962. Era entretenido, teníamos desde cálefonts a adornos de Navidad. Me acuerdo que las vendedoras y yo pasábamos horas puliendo cada cubierto de las cuchillerías con creta y alcohol, porque ni siquiera existía el Silvo. Yo le hacía a todo.

Después que Virginia se casó, el negocio cerró sus puertas.

También recuerda su vocación frustrada. Virginia Reginato no soñaba con la política de joven, sino con la música y el canto. Quería ser cantante popular, al estilo de la italiana Iva Zanicchi, grabar discos, ser popular y componer canciones. Sobre todo, cantar, su pasión. No pudo cumplir su sueño, su padre no la dejó.

-Si hay alguien a quien hoy envidio es a Gloria Simonetti. Ella se atrevió a pelear por su vocación verdadera, yo no pude. Soñaba con ser cantante popular, como la Iva Zanicchi, estudiar canto profesionalmente y dedicarme a cantar en escenarios de Chile y del mundo. Pero mi papá casi se muere cuando me atreví a decirle. Fue un no rotundo. No discutí.

Nunca pensó en otra profesión: en los años 50, recuerda, las mujeres no estudiaban, se casaban. "Si yo le hubiera dicho a mi papá que quería entrar a la universidad, él me hubiera regalado un delantal para cocinar en la casa".

Cantó mucho en su juventud y guitarreó más. Con un grupo de amigas formó un conjunto y, en 1960, se lucieron en un Festival de Viña que recién empezaba y que "era una porquería, se hacía en un jardín con bancas en la Quinta Vergara". También actuó en un festival en el Casino.

Y ahora que ha pasado medio siglo, cuando ya acumula cinco nietos y se muere de ganas de ser bisabuela, Virginia Reginato siente que todo ha valido la pena.

 


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1. Se casó con Juan Grey en 1962.
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