VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 14 de Abril de 2012

Lola Falcón:
Dueña de un lente inagotable

Aventurera intrépida, Lola Falcón, fotógrafa chilena nacida a inicios del siglo XX, viajó por el mundo y registró todo lo que se cruzó frente a sus ojos, para formar una colección de casi cinco mil negativos que sólo hace unos años se hizo conocida. Una exposición itinerante, un sitio web y un libro próximo a lanzarse, buscan difundir su nombre y legado.  
TEXTO, CLAUDIA PÉREZ FUENTES | FOTOGRAFÍAS, GENTILEZA CENTRO NACIONAL DE PATRIMONIO FOTOGRÁFICO, CENFOTO UDP.  Lola Falcón nació dos veces. La primera, en Chillán, en 1907. La segunda, en Santiago, en 2009, cuando se inauguró en el MAC del Parque Forestal la exposición "Lola Falcón: una fotógrafa chilena mirando al mundo", que mostró unas cuarenta imágenes de esta autora. Pero lo que allí se vio -y que hoy se exhibe en la Casona Cultural ex Banco Llanquihue, en Puerto Montt- fue sólo una mínima parte de lo que registró hasta poco antes de su muerte, en 2000. El libro "Lola Falcón por las calles del mundo", a días de su lanzamiento, recopila gran parte de la obra de una de las pioneras de la fotografía en Chile. Lo mismo una página web que contendrá digitalizados los casi cinco mil negativos que componen su producción. Desde que supo del trabajo de Falcón, la curadora de la muestra, supervisora del sitio en Internet y editora del libroz, Andrea Aguad -del Centro Nacional de Patrimonio Fotográfico, Cenfoto UDP- se convirtió en su acérrima promotora: "Es una colección increíble. Lo primero que me llamó la atención fue su variedad y multiculturalidad. Es testimonio de una época, un legado histórico en el sentido más amplio. Se trata de un fiel reflejo del retrato social urbano y del paisaje humanizado". Se topó con él en 2007 y desde entonces la consigna fue sacarlo a la luz, por tratarse de un aporte tanto o más valioso que el de otras precursoras como Dolores García, Adela Salvemini, Carolina B. de Poirier, Teresa Carvallo Elizalde y Eve Arnolds. En el libro "Lola Falcón..." Aguad escribió: "Fueron mujeres con inquietudes, cuyo afán era descubrir otras culturas y sobre todo plasmar nuevas realidades y darlas a conocer". El escritor Poli Délano -el único hijo de Lola Falcón y guardián de su obra- lo supo bien. Sentado en un café de Providencia, enumera las decenas de viajes que hizo su madre desde niña y luego casada con el escritor, periodista y diplomático Luis Enrique Délano.-Ella estuvo en los sitios y momentos cruciales de la historia del siglo pasado: el París de los años 20; México después de Cárdenas; Nueva York post Segunda Guerra; la China de Mao; Cuba; la España de la Guerra Civil...Y continúa con sus recuerdos de infancia: "Son precisamente viajando", dice en un tono reflexivo. "En 1940, cuando yo tenía cuatro años partí con ella a México. Mi padre ya estaba allá, con Neruda -con quien fue nombrado cónsul por el gobierno de Pedro Aguirre Cerda. Arrendaban una casa, así que llegamos a ese lugar". Todavía era parte del comienzo. Lola, intrépidaAurora Ema Falcón -Lola- fue hija de Francisco Falcón, un hacendado del sur que se casó siendo ya mayor con Aurora May, descendiente de franceses, cuando tenía sólo 14 años. Del matrimonio también nacieron Regina, Irma y Francisco y vivieron en Chillán hasta la muerte del papá. Entonces Aurora volvió a casarse, esta vez con el compositor y pianista Armando Vidal, y juntos partieron a Francia donde tuvieron un buen pasar, gracias a la herencia que recibió de su primer marido. En la casa de París en que se instalaron fueron recurrentes -plenos años 20- las visitas de figuras como Juan Emar, el poeta Alberto Rojas Giménez, los peruanos César Vallejo y César Moro, el pintor Julio Ortiz de Zárate... Fue el ambiente en que Lola pasó su adolescencia, una época empapada de cultura y en la que se convirtió en admiradora de la actriz francesa Joséphine Baker. Sonia Muñoz, su sobrina -hija de Regina- cuenta detalles en el living de su casa en Ñuñoa, con un retrato de Aurora May -pintado en esos años por Isaías Cabezón- a sus espaldas: "Lola era un personaje. Se parecía a la Joséphine Baker y la trataba de imitar peinándose con el pelo hacia atrás", dice entre risas. Morena, estatura promedio, labios gruesos, ojos café claro y pelo siempre corto, descollaba por su personalidad. De regreso a Santiago, todavía joven, llamó la atención en el círculo de artistas e intelectuales que su familia no dejó de frecuentar. Continúa Sonia Muñoz: "Las tres hermanas eran atractivas, vestidas a la moda, los dejaban a todos epaté. Eran mujeres de mucho temperamento, sobre todo Lola, que cuando se enojaba, temblaba la Tierra". De esto, dice la sobrina, supo más tarde Luis Enrique Délano, con quien Lola se casó en 1932: "Él era igual de bromista que ella; la llamaba por teléfono haciéndose pasar por distintas personas. Una vez por alguien de la compañía de electricidad. La hizo medir cables y contar enchufes. La Lola se enfurecía y hasta lo garabateaba, pero le duraba poco". Ese humor, asegura, fue pilar en la relación del matrimonio que se apoyó sin condiciones, ella siguiéndolo en los múltiples viajes; él en su afición por la fotografía. Poli Délano piensa en el carácter de su madre y dice con certeza que era extrovertida y alegre. Lo que no está muy claro es dónde ni por qué sucumbió ante la fotografía: "Quizás por un entusiasmo natural e intuitivo". Presume que fue recién casada y en España -Délano padre había recibido una beca para estudiar en la Universidad Mayor de Madrid- cuando hizo sus primeros registros. Éstos se habrían perdido al desatarse la Guerra Civil en 1936, año en que, con su único hijo de siete meses, debieron huir de regreso a Chile. Pero lo que sí se sabe es que no se separaba de sus cámaras, primero una pequeña Kodak que llevaba colgada al cuello, "como si fuera un escapulario", y después una Rolleiflex con la que capturó el grueso de su obra."Todo lo quería siempre fotografiar con su modesta cámara y su gran pasión", escribió Poli Délano en "Lola Falcón por las calles de mundo", el libro pronto a publicarse. No le gustaba que otros intervinieran en su trabajo ni en su vida doméstica: en cada lugar donde vivió tuvo un taller para desarrollar sus fotos y nunca quiso tener empleada. "Le gustaba hacer todas las cosas", dice Sonia mientras se acuerda de la afición de su tía por la cocina, que adquirió en una temporada en Nueva York.En esta ciudad, a la que llegó a mediados de los cuarenta -tras seis años en México, donde aterrizaron después de España y donde demostró que a la hora de conseguir una toma nada la detenía, como cuando montó un burro para poder capturar entre lava y cenizas, la erupción de un volcán- cambió su estatus de fotógrafa aficionada a profesional cuando, impulsada por su marido, entró a estudiar a la New School of Arts. Rascacielos, puentes, calles, plazas, parques y barrios fueron objeto de su lente. También, un sinnúmero de personas que la iniciaron en el retrato, casi todos amigos artistas como Tótila Albert, Mario Carreño, Claudio Arrau, la soprano Rayén Quitral y el pintor cubano André Racz. Incluso figuras que para ella no fueron inalcanzables, como Albert Einstein quien, tras recibir una carta de Lola, accedió a recibirla en su casa para que le tomara una fotografía. De Nueva York a CartagenaPese a los años de lejanía, Chile no estuvo ausente en la vida y obra de Lola Falcón. Entre viaje y viaje -casi siempre en barco, con paradas que aprovechaba para fotografiar- armó un registro importante del país. Andrea Aguad lo explica en el texto "Mujer y fotografía": "Siempre estuvo muy conectada con la realidad política y cultural chilena. Asumió una fotografía comprometida y documentó con crudeza, pero dignidad, las poblaciones marginales".Ése fue uno de sus temas, la pobreza que plasmó especialmente en los años cincuenta, década en la que regresó desde Estados Unidos. "Era de carácter fuerte, pero de una sensibilidad muy particular. Tenía un lado muy humano", agrega Aguad. En ese período mostró su trabajo por única vez en una galería de Santiago. "Nunca le interesó exponer ni ser conocida. Además, por los viajes, tenía la imposibilidad de hacer una carrera estable, en lo práctico era difícil", dice la investigadora de Cenfoto.La naturaleza también fue motivo de atracción. Chile la deleitó sobre todo en Cartagena, donde se mudó con su marido en 1957. Ahí compraron, a orillas de un acantilado, la "casa buque", parecida a una embarcación. "Había sido hecha por una familia con enanismo. Tenía escaleras y puertas chicas, camas de un metro y medio. No se hicieron problema con eso, privilegiaron la maravillosa geografía", comenta Sonia. En ese sitio Lola y Luis Enrique vivieron junto a los perros Enano y Zorrito, sus gatos y gallinas que siempre les gustó tener, además de chacras y árboles frutales. Pasaron una larga y tranquila temporada -interrumpida por una estada de dos años en China- en la que sus nietas, Bárbara y Viviana, se volvieron protagonistas del lente de la fotógrafa. Siguió un viaje a Suecia, en 1971, y otra vez a México por diez años, al ser exiliados tras el golpe militar. En 1984 el matrimonio retornó definitivamente al país con la idea de instalarse en Cartagena, pero un cáncer fulminante diagnosticado a Luis Enrique cambió los planes. Debieron quedarse en la casa de Ñuñoa que habían comprado décadas antes. Después de la muerte de su marido, Lola permaneció en Santiago, aunque prefirió mudarse a la construcción que Poli había empezado a levantar para él en la parte trasera de la propiedad ñuñoína. Más pequeña, sin escaleras y rodeada de vegetación, le resultó más cómoda para pasar la vejez. Vivió hasta los 93 años acompañada de su familia, fieles amigos como el escritor José Miguel Varas, y las mascotas que trajo de México, el perro Poroto y un loro "que a cada rato decía 'ándele licenciado"', recuerda Poli. Fotografió hasta que problemas a la vista le impidieron seguir haciéndolo.  

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Vista de la ciudad de Nueva York en 1947. Lola vivió ahí hasta 1949, año en que regresó por un tiempo a Santiago.
Vista de la ciudad de Nueva York en 1947. Lola vivió ahí hasta 1949, año en que regresó por un tiempo a Santiago.


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