ARTES Y LETRAS

Domingo 14 de Julio de 2013

REPORTAJE | Casadas o solteronas, excéntricas o convencionales:
Las rosas inglesas salen de viaje

Hay viajeras de distintas nacionalidades y épocas. Pero es en el siglo XIX cuando se configura la "viajera victoriana", que abandona la neblina inglesa en busca de nuevas experiencias. Chile recibió un puñado de ellas, como lady Florence Dixie, que confiesa haber caído "hechizada" por las Torres del Paine.  
ELENA IRARRÁZABAL SÁNCHEZ "Me marchito en esta isla tenebrosa, deprimida por la penumbra y la falta de sol", escribía Isabella Bird (1831-1904), una de las viajeras victorianas más conocidas y la primera integrante femenina de la Royal Geographical Society. Como Bird, fueron miles las mujeres que durante la extensa tutela de la reina Victoria -1837-1901- dejaron sus hogares para emprender viaje hacia tierras inciertas.

Era un universo variopinto, qué duda cabe. Las había leales esposas, como lady Isabel Burton, a quien el macho victoriano Richard Burton le ordena: "Paga, empaca y sígueme". Las había liberadas, como Jane Digby, que terminó emparejada con un sheik , viviendo entre Damasco y los campamentos beduinos. Había cónyuges de funcionarios menores, pero también ricas aristócratas. Dea Birkett, en su obra sobre viajeras "Off the beaten track", distingue varias categorías, entre ellas "las aventureras", "las estudiosas", "las recolectoras y botánicas", "las escritoras y artistas" y "las activistas".

Hay otra característica fundamental que comparten estas mujeres, además de la época: un contexto imperial. "Están conectadas con una red imperial de alguna u otra forma y comparten rasgos del período, como los aspectos religiosos o misionales, educacionales o pedagógicos. O tienen inquietudes culturales propias de la época, como el coleccionismo. En este tiempo hay una importante moda por las expediciones en busca de fósiles, flores o plantas", explica Marcelo Somarriva, doctor en Historia del University College de Londres.

Solteronas con tripas

Las motivaciones para buscar nuevos horizontes eran variadas: el aburrimiento, la subsistencia (muchas partían como damas de compañía), la inquietud por paliar la incompleta educación femenina, la búsqueda de climas más soleados para mejorar la salud, el matrimonio o -al contrario- la viudez y la soltería. "Una figura muy inglesa, aunque también se da en Estados Unidos, es la solterona viajera, que escribe para revistas o diarios, una especie de corresponsal viajera", explica Somarriva.

"En el contexto victoriano, en general el viaje era una posibilidad o una manera de salirse de las convenciones y las presiones sociales. En el caso de los hombres eso es claro, los viajes les permitieron desatarse sexualmente en cualquier dirección. En el caso de la solterona, lo que había al final del camino no era una bacanal, pero sí la oportunidad de salir del círculo de presiones que les exigían casarse, tener hijos, etc. Podían desarrollar facetas intelectuales o más avanzadas, que muchas veces les estaban vetadas en la metrópolis".

La aventura y la búsqueda de lugares vírgenes es otro incentivo potente. "Se va corriendo la frontera de lo desconocido o lo inexplorado, pero hay regiones que todavía conservan su aura de lugares ignotos. Siempre van quedando lugares del mapa que generan ansiedad o especulaciones", explica Somarriva. Antes de viajar a la Patagonia chilena, Florence Dixie relata cómo la perseguía "el pensamiento siempre tentador y grandioso de que allí podría penetrar en vastas regiones salvajes, vírgenes aún al paso del hombre. (...) Yo iba a ser la primera en contemplarlas".

Y aunque las condiciones para viajar habían mejorado sustancialmente desde el siglo XVIII, de todas formas estas mujeres debían "tener tripas" para partir, como escribe Jan Morris: "Para duquesas o para sirvientas, el viaje femenino estaba sembrado de barreras. De una u otra forma debían enfrentar el inarticulado prejuicio del mundo masculino, que en el mejor de los casos las observaba con patronazgo y en el peor, con abierta hostilidad".

Buenas para el detalle

"¡Tres trotamundos de una sola vez!" fue el anuncio que causó sensación. En 1881, en un salón londinense se realizó una "reunión cumbre" entre grandes viajeras: Isabella Bird, Marianne North y Constance Gordon Summer. El encuentro causó conmoción y habla de la popularidad de estas mujeres, que publicaban sus diarios y narraciones en periódicos y libros.

Escribir era una de las tareas aceptadas para el universo femenino y muchas veces les permitía vivir con comodidad y autonomía. "Las mujeres son tal vez las mejores viajeras. Son incuestionablemente más observadoras de detalles y más rápidas para recibir impresiones", discurría el Times Literary Suplement a propósito de estas narradoras.

Con sus plumas para describir sus experiencias y sus acuarelas para ilustrarlas (luego se aficionaron a la fotografía), estas viajeras se movieron por los cinco continentes.

Isabella Bird llega a Norteamérica, India, el Tíbet, Persia, el Imperio turco, China y Corea. Constance Gordon Cumming recorre Fiji, Egipto, India y Ceylán; Elizabeth Rigby describe Rusia; Mary Kigsley se interna en el corazón de África. La meticulosa Marianne North viaja por Jamaica, Japón, Borneo, Java, Singapur, India, Tasmania y... Chile.

Las "chilenas"

Nuestro país tampoco permaneció ajeno a esta fiebre. Marianne North (1830-1890) recala en Chile con el anhelo de pintar la araucaria chilena en su contexto natural, ya que la especie estaba de moda en los parques ingleses. North recorre nuestra zona central y la Araucanía, retratando con sus óleos la flora nativa y escribiendo su diario, que fue traducido al español por Luis Oyarzún. Años antes estuvo María Graham (1785-1842), cuya vívida narración ha sido objeto de innumerables citas y es una de las fuentes de la conocida obra "Ojos imperiales", de M.L. Pratt.

Lady Florence Dixie (1857-1905), la impetuosa integrante de la familia de los marqueses de Queensberry, es quien completa el trío de viajeras británicas que estuvieron en Chile y publicaron reconocidos relatos con sus experiencias en este apartado rincón de América.

Dixie llega a Punta Arenas con el anhelo en galopar en un territorio virgen de "cien mil millas cuadradas" y a su regreso publica "Across Patagonia", un relato tremendamente ameno sobre sus vivencias en los paisajes australes (ver recuadro).

En el siglo XX

La muerte de la reina Victoria no significó el fin de estas viajeras curiosas. Durante el período eduardiano y a través de las primeras décadas del siglo XX, una serie de figuras, como Rebecca West en Los Balcanes; Freya Stark en Siria, Irán y Turquía; Gertrude Bell en Medio Oriente y muchas otras mujeres, dejan huella con sus relatos de periplos a través del planeta.

Pero las costumbres evolucionan, los aeropuertos se multiplican y los lugares ignotos escasean cada vez más. La experiencia del viaje cambia y más lo hace el mundo femenino. Aunque esa es otra travesía.

 Lady Florence Dixie y su conmoción ante las Torres del Paine"Solo ayer habíamos estado en la llanura con su eterna monotonía de color y contorno. Y ahora, por arte de magia, de las entrañas de la tierra había brotado alrededor nuestro un imponente y glorioso paisaje", escribió en sus diarios la hija menor del marqués de Queensberry. Tenía poco más de 20 años, llevaba semanas cabalgando por pampas interminables y de pronto observaba cómo emergía la efigie de las Torres del Paine.

Mujer audaz y transgresora, lady Florence Dixie nace en el seno de una familia rica, excéntrica y plagada de episodios polémicos, como la relación de su sobrino Lord Alfred Douglas con Oscar Wilde. Desde joven, Florence muestra dotes para escribir. También es una hábil cazadora y deportista -fue pionera del fútbol femenino - y sueña con llegar a lugares ignotos.

Sus aspiraciones las cumple organizando una inédita expedición a la Patagonia, pese a que le advierten insistentemente que "será comida por caníbales". A bordo del vapor "Britannia", Dixie y su grupo llegan al Estrecho de Magallanes a fines de 1878, donde divisan varias canoas con fueguinos. La desolada ciudad de Punta Arenas -"supongo que habrá lugares de aspecto más deprimente, aunque no creo que sea probable"- es el punto de partida para emprender una larga cabalgata hacia los Andes Patagónicos junto a su marido, su hermano gemelo, el alemán Julius Beerbohm y algunos experimentados baquianos (uno de los cuales nunca estuvo sobrio en Punta Arenas, pero fue una inestimable ayuda el resto del viaje).

La comitiva recorre la zona de San Gregorio, atraviesa las pampas y territorios tehuelches, cruza la sierra de los Baguales (llamada así por los caballos salvajes que allí pastan) hasta avistar, desde el sector de la Laguna Azul, las Torres del Paine, esas "cimas fantásticamente dentadas", que luego describe como " tres altos picos de tinte rojizo y de la misma forma que la aguja de Cleopatra". Los cerros boscosos, los glaciares, el azul del tranquilo lago (hoy conocido como Laguna Azul) impresionan de tal forma al grupo que, según Lady Florence, "por un largo rato estuvimos como hechizados".

El largo viaje es descrito en sus diarios con una pluma ágil, que narra pintorescos episodios como su arrepentimiento tras matar un hermoso huemul, su visión de los tehuelches o su encuentro con un "inmenso gato salvaje". Según Mateo Martinic, el relato de Dixie tiene un enorme interés, ya que "ella le describe al mundo un territorio desconocido por el mundo civilizado, como era el distrito andino y preandino de Última Esperanza. Lo hace con la perspectiva de una mujer sensible, exquisita y culta. Es una mirada diáfana, libre y auténtica".

Por su belleza y novedad, hoy el itinerario de Dixie a caballo es emulado por empresas turísticas que organizan "viajes a medida", que entregan la opción de realizar la misma cabalgata que emprendió la aristócrata hace más de cien años. "Es un trayecto de gran interés y diferente al que realiza la mayoría de los turistas, que llegan a las Torres a través de Puerto Natales", explica Gonzalo Fuenzalida, propietario de "Chilenativo".

Tras su viaje, Florence edita en Londres el libro "Across Patagonia", que tiene una entusiasta recepción y es traducido luego al alemán. Pero solo fue publicado en español el año 1996, gracias a la iniciativa y perseverancia del historiador Mateo Martinic, quien impulsa una edición de la Universidad de Magallanes, con la traducción de Teresa Velasco y Rosanna Martelli.

Al volver a Inglaterra, Florence Dixie se cartea con Charles Darwin -la correspondencia ha sido estudiada por las historiadoras Mónica Perl y María José Vial-, comentándole sus observaciones sobre los hábitos del roedor patagónico Tuco-tuco, que había descrito Darwin anteriormente. También le relata que había traído de América avestruces, guanacos y hasta un pequeño jaguar, que luego debe donar al zoológico de Londres por su belicosidad.

Pero el viaje a la Patagonia no apacigua a lady Florence. Muy pronto parte como corresponsal del Morning Post a África, informando y simpatizando con la causa zulú. Florence se convierte también en una enérgica defensora de los derechos femeninos. En sus columnas pide igualdad de mujer y hombre ante el divorcio y el matrimonio, reformar la sucesión real para que el primogénito pueda acceder al trono aunque sea mujer y solicita un vestuario similar para ambos sexos. En uno de sus libros ficcionaliza sobre una próspera Gran Bretaña gobernada por mujeres el año 1999.

Con los años también se convertirá en vegetariana y denunciará los deportes que antes practicó en "The horror of sports". Los guanacos y avestruces que cazó y degustó en sus viajes por la Patagonia habían quedado atrás. Igual que esos parajes australes que comparó con "las grandiosas, severas y, aun así, misteriosamente suaves sonatas de Beethoven".



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Lady Florence Dixie describió su experiencia en la Patagonia con una
Lady Florence Dixie describió su experiencia en la Patagonia con una "mirada diáfana, libre y auténtica", según Mateo Martinic.


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