DEPORTES

Viernes 17 de Septiembre de 2004

El entrenador


Sergio Gilbert J.

Fue recién en los años 20 del siglo pasado, cuando en Chile comenzó a hablarse de la importancia de que los planteles futbolísticos entrenaran durante la semana. Antes de eso, se pensaba que la práctica del juego no requería de un trabajo anterior. Total, los primeros futbolistas criollos eran básicamente profesores y se suponía que ellos llevaban una vida sana que les permitía luego, en la competencia, resistir el desgaste físico de un partido...

La visión cambió en forma drástica a partir de la irrupción en escena de los hermanos Arellano, especialmente de David quien, en su mutación de símbolo de Magallanes a fundador y alma mater de Colo Colo, se convirtió en un verdadero revolucionario del trabajo técnico en el fútbol local.

David Arellano era un gran admirador del balompié rioplatense. Veía en sus ejecutantes el modelo a seguir y por eso es que al interactuar con rivales de esa zona sudamericana, se percató de la importancia de una preparación física - e incluso táctica- como método irreductible para conseguir buenos resultados en la competencia.

Por eso es que Arellano decidió que un par de días en la semana, sus muchachos se juntaran a trabajar para llegar en las mejores condiciones posibles a los ecnuentros.

Y claro, Colo Colo hizo diferencias con el resto.

La idea prendió y se fue generalizando en el balompié criollo y ya en 1930, con ocasión de la disputa del primer Mundial (Uruguay) nadie dudó de la necesidad de contratar a un director técnico. El húngaro Jorge Orth fue el escogido y pese a que Chile no pasó de la primera fase - pese a sus victorias ante México (3-0) y Francia (1-0) y sólo una derrota ante Argentina (1-3)- sí estableció una serie de conceptos revolucionarios en la preparación: largas jornadas de entrenamiento físico (cinco horas), vigilancia en la alimentación de los jugadores, prácticas "privadas" y sistema táctico definido (2-3-5).

De ahí para adelante, todo cambió conceptualmente hablando - en Chile y en el mundo- hasta llegar al momento actual donde nadie duda sobre la importancia que tiene el entrenador - y su trabajo- en el rendimiento individual y colectivo de un plantel.

Es cierto. Es ampliamente debatible el porcentaje real de importancia que tiene un DT en la consecución de un resultado específico. Claro, en un partido, los ejecutantes son los encargados de definir todas las situaciones. Pero la discusión debería ser menor - o derechamente no existir- a la hora de valorar la trascendencia de un adiestrador en la etapa previa a un encuentro futbolístico.

Y es que el entrenador tiene misiones específicas, objetivos precisos a la hora de realizar su labor. Debe el DT obtener el mejoramiento progresivo en el rendimiento de sus dirigidos, captar cuáles son los factores que influyen en dicho crecimiento y utilizar los métodos adecuados - según sea el nivel al cual está dirigido su trabajo- para orientarlos a las exigencias de la competición.

No es, por tanto, una misión menor la del hombre de buzo.

Aunque hace 100 años nadie pensara en su protagonismo, hoy sería derechamente una ignorancia no entregarle al entrenador un nivel destacado de importancia.


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