REVISTA DE LIBROS

Viernes 4 de Febrero de 2005

Metrópolis y literatura
Redadas urbanas

Este cuento sobre la persecución de inmigrantes peruanos, fue seleccionado en el taller del escritor Gonzalo Garcés.
Fuerza pública

Tienes que entender. Había estado sin trabajo por cinco años. Podían hacer lo que quisieran de mí.

Ciudadano alemán a un viejo amigo, Berlín, 1946. Citado por Greil Marcus en Lipstick traces.

Le había dicho a Manuel que esta vez no la veríamos, pero no me estaba creyendo. Era cierto que la chica era habitual de los grupos de peruanos instalados a un costado de la Catedral, pero las redadas habían ido reduciendo el número de personas en las filas. Todos eran pasajeros: el costado de la Catedral era la sala de espera desde donde los capturaban para luego expulsarlos en las clases turistas de los aviones. Manuel y yo habíamos escuchado en las noticias que en el último tiempo los estaban cargando en buses piratas al norte, pero la versión de la clase turista era más tranquilizadora y con esa nos habíamos quedado.

- No la veremos hoy- volví a decirle mientras bajábamos de la patrulla.

- Cállate - susurró él, sin devolverme la mirada- Que no te escuche el teniente.

Las primeras detenciones las habían hecho colegas con el uniforme de calle, pero luego de algunos ataques y forcejeos, las redadas se hacían con los cascos, los chalecos y las botas. El ruido de las suelas alertaba a los ambulantes y a los propios peruanos, pero las órdenes eran las órdenes y así marchamos hacia la Catedral.

- Ustedes dos, ábranse por la otra esquina - nos gritó el teniente- . Que no se les arranquen los niños.

- Nunca te toca detenerla a ella - volví a la carga mientras doblábamos trotando por Compañía.

- Sólo quiero hablarle - dijo Manuel.

- ¿Qué le vas a decir?

- No sé.

- ¿Por qué no le has hablado en el cuartel? La hemos pescado cantidad de veces.

- Me da vergüenza.

Manuel tenía mejor pinta y era más alto que yo, pero siempre había sido tímido. Desde la instrucción, cuando los compañeros teníamos que conseguirle minas en las fiestas.

- Deja que yo le hable.

- Qué le vas a decir, hombre.

- Algo se me va a ocurrir. Pero no le hables tú. Te vas a meter en problemas con los jefes.

- Ya no me importa - dijo él, justo antes de que dobláramos la esquina.

Como todos esperábamos, los peruanos se olían la redada. Estaban dispersándose por la plaza, mezclándose con los turistas o simplemente discutiendo con los compañeros, sacudiendo los brazos y gritando con el acento que los delataba en cuanto les pedíamos el pasaporte.

Manuel saltó en el aire y le cayó encima a un adolescente que cargaba una mochila roja.

- Fíjate si la llevan - me gritó Manuel, apretando al chico contra el suelo mientras le ponía las esposas.

Corrí hacia la Catedral. Los estaban subiendo a patadas. Nunca habían hecho eso antes, pero el teniente era nuevo y los jóvenes siempre quieren impresionar a los civiles. Entonces vi a la chica. Manuel tenía buen gusto. Estaba apretada contra una de las puertas de la Catedral, pasando desapercibida porque esta vez no estaba usando ropa barata ni zapatillas ni una mochila gigante, sino un vestido de noche y unos zapatos de taco. El amor de Manuel se había vuelto puta. La tomé del brazo y la empujé a un lado.

- Mira, camina por el borde y métete a esos negocios del frente. Piérdete.

Me miró asustada, sin entender.

- Escúchame, tonta. No vengas más a juntarte con tu gente. Mis compañeros te echaron el ojo y te quieren violar. ¿Entiendes? Ándate y no vuelvas.

La solté y me quedé viendo cómo se iba.

- ¡Martínez! - me gritó el teniente- ¡Se te está arrancando!

- ¡Es chilena, mi teniente!

El muy pendejo la miró con cara de no creerlo. Algunos de los peruanos que estaban subiendo a la micro la miraron también, pero no dijeron nada.

Cuando Manuel volvió con el chico, la muchacha ya se había perdido. Volvimos con los detenidos al cuartel y luego nos cambiamos de ropa y nos fuimos a emborrachar como dos civiles cualquiera. Tarde, muy tarde, lo acompañé a la Catedral. Otro grupo de peruanos se había instalado en la calle.

- La próxima vez le voy a hablar - dijo él, tambaleándose entre las bancas de la plaza.

La chica nunca volvió a aparecer. Manuel terminó casándose - con una chilena- y renunciando a la institución. Yo sigo en las redadas.

Daniel Villalobos

Daniel Villalobos (30 años): Periodista y ganador del concurso de cuentos de la revista "Paula" 2003 con "Noche carioca". Villalobos pertenece a la nueva camada de la narrativa chilena. Estudió periodismo en la Universidad de La Frontera, época en la que empezó su trabajo como escritor. Fue colaborador del diario "Austral" de Temuco y actualmente es editor de Bazuca.com y colaborador en el sitio Bioplanet. En 1997, ganó un concurso de cuentos de la Municipalidad de El Bosque con "Los errores cometidos" y en 2000 obtuvo una beca del Consejo Nacional del Libro para terminar una novela que aún no se publica. Algunos de sus cuentos fueron publicados en el suplemento "Zona de Contacto" y en antologías como Pasión por la música (LOM, 1996), entre otras.

Taller enero 2005

Jóvenes escritores se reunieron por una semana en el taller "Metrópolis y literatura" organizado por las facultades de Arquitectura y Letras, de la Universidad Católica, en colaboración con la de Arquitectura de la Universidad Diego Portales, y con el auspicio de "Revista de Libros", de El Mercurio. En la primera parte del encuentro participaron arquitectos e historiadores que abordaron el tema de la ciudad y sus problemas. El escritor argentino Gonzalo Garcés - premio Biblioteca Breve por su novela Los impacientes (2000)- dirigió las sesiones prácticas, cuyo objetivo final fue el desarrollo de cuentos breves centrados en torno al tema de la metrópolis. Un jurado que, además de Garcés, estuvo compuesto por Carola Oyarzún y Cecilia García-Huidobro, entre otros, seleccionó el cuento "Fuerza pública", de Daniel Villalobos, para su publicación en "Revista de Libros".


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