EL SÁBADO

Sábado 11 de Agosto de 2007

El poder croata en Chile

Es una de las colonias más influyentes del país. Están en la empresa, la política, las artes y el deporte. Buscamos a diversos exponentes de la fuerza que vino de Los Balcanes.
Por JOSEFA RUIZ-TAGLE y MAUREEN HALPERN

Hay quienes dicen que los primeros inmigrantes de la Dalmacia croata llegaron en 1830, pero se trataba sólo de jóvenes aventureros que venían en buques mercantes sin una intención clara de formar una colonia. Más tarde llegaron nuevas olas migratorias. Antes y durante la Primera Guerra Mundial, y al concluir la Segunda, cientos de jóvenes que buscaban escapar del enrolamiento en el ejército se embarcaron rumbo a América. Algunos llegaron a Magallanes, otros siguieron hasta Antofagasta, Iquique y Copiapó. Hacia 1910 eran cerca de 300 los croatas que habitaban en las salitreras y la ciudad. Primero se trató de hombres humildes, generalmente campesinos y pescadores que habían vivido bajo el régimen imperial de Austro Hungría, y huían de un país que nuevamente caía en la guerra. Luego, y ante la llegada del socialismo, fueron los profesionales quienes abandonaron el país. Una vez aquí, no tardaron en aportar a nuestra cultura y comercio. Sabían que a este lado del mundo iban a tener que luchar, pero confiaban que podían establecerse en un país que también amaba a la tierra como ellos.

Desde Brac, un pequeño pedazo de tierra en el Adriático, navegaron quienes más tarde formarían grandes empresas, escribirían la historia y la narrativa de nuestro país. Eran hombres de esfuerzo y de trabajo, que no hablaban la lengua ni entendían las tradiciones, pero que con el tiempo las hicieron suyas.

Toda esa historia está reflejada en la exposición "Cultura tradicional croata", que se está presentando en el Centro Cultural palacio La Moneda, y cuando Croacia cumple ya 16 años como nación autónoma.

Paola Luksic

LA HIJA DEL PATRIARCA
Policarpo demoraba un día entero en ir y venir entre el continente y la isla de Brac en un pequeño bote a remos. Su vida transcurría al aire libre, como la de la mayoría de los campesinos.

Casi un siglo después, Paola –hija de Andrónico, nieta de Policarpo– viene bajando de hacer cumbre en el monte ruso Elbrus, el más alto de Europa. Está sentada en su oficina, la misma que fuera de su padre, en el décimo piso de un sencillo edificio del Paseo Ahumada. Desde ahí, ella preside la Fundación Andrónico Luksic, creada en 1966 "para ayudar a niños y jóvenes de escasos recursos, en educación, salud y cultura", según cuenta, otorgando cientos de becas de diversa índole. Entre los proyectos asociados a esta fundación están el Instituto Agrícola Pascual Baburizza, un cybertren que parte diariamente desde Antofagasta hacia pequeños poblados ofreciendo conectividad gratuita y capacitación, y la iluminación con WiFi de la ciudad de Mejillones.

Paola es la tercera hija de Luksic, y la primera de su matrimonio con Iris Fontbona. Sus hermanos mayores, Andrónico y Guillermo, son hijos de la primera señora del empresario, Ena Craig, quien murió a los 29 años. Bronceada y muy sobria, habla con entusiasmo de cómo ellos heredaron la pasión por la naturaleza, pero, sobre todo, la determinación a alcanzar las metas propuestas: "Más que con lo croatas, eso tiene que ver con la historia del inmigrante: si tú quieres salir adelante en un país en el que estás solo, no te queda otro camino".

En la única entrevista larga que concedió en su vida, Andrónico Luksic Abaroa señaló a este mismo diario que lo que más le gustaba era caminar por los cerros y encontrar rocas que lo pudieran llevar a algo mayor. Buscaba minerales, vetas mineras, potenciales negocios. Sus hijos, además de hacerse cargo del imperio económico que les legó, buscan metas deportivas: Jean Paul navega y juega polo; Guillermo pilotea aviones y helicópteros; Andrónico, Gabriela y Paola escalan. Paola está determinada a alcanzar las cumbres más altas de los siete continentes."Tiene que ver con una cosa emprendedora, fuerte, de mi papá, que siempre fue un hombre deportista, que salía a recorrer el desierto. En general a los inmigrantes las cosas les han costado en la vida, todos tienen un espíritu aventurero".

Efectivamente su abuelo Policarpo emprendió una aventura difícilmente imaginable para un muchacho de 17 años hoy. Partió desde lo que era entonces el imperio Austro-Húngaro a buscar mejores oportunidades a una América remota. "Según lo que contaba el papá, se vino arrancando de la guerra. Quizás tenía que ir al ejército y prefirió venirse. Conocía a otro croata que se había venido a Chile, a don Pascual Baburizza, y se vino a trabajar con él en la salitrera", recuerda Paola.

Baburizza fue determinante en la suerte de Policarpo. Provenía también de la isla Brac, no tenía hijos y le estaba yendo muy bien en Chile. (Don Pascual, al morir, pidió en su testamento que se creara en Los Andes una fundación de beneficencia llamada Instituto Agrícola Pascual Baburizza. Casi medio siglo después Andrónico Luksic Abaroa, quien había admirado a don Pascual, tomó las riendas del Instituto y hoy es un colegio particular subvencionado, técnico agrícola, donde estudian 400 alumnos, de los cuales 250 están internos y 100, becados.)

Mientras trabajaba con él, Policarpo se casó con Elena Abaroa, una mujer de carácter fuerte, de Tupiza, Bolivia. Así nacieron Andrónico y su hermano Vladimir, un poco croatas, un poco bolivianos y un poco chilenos. "El tío Vladimir fue un hombre muy culto, pero no le interesaron los negocios como a mi padre, que nació con ese gen y esa sensibilidad", dice Paola.

Andrónico no sólo fue bueno para los negocios, sino uno de los hombres de negocios más brillantes que ha tenido Chile.

–¿Qué rasgos de la idiosincrasia croata han heredado usted y sus hermanos?

–Lo perseverantes, la rectitud, la lealtad y la capacidad de trabajo. También la tolerancia hacia la diversidad propia de un pueblo que ha debido convivir con diversas culturas. Tengo la impresión de que los inmigrantes croatas no tuvieron problemas de adaptación porque son abiertos. Aunque, a decir verdad, tampoco conozco a tantos. De chica me acuerdo de haber ido al estadio croata un par de veces, pero nunca tuve mucha relación con la gente. La mayor parte de mis amigos croatas son de Hornitos.

Aclanados, desde hace décadas los Luksic pasan en Hornitos parte de los veranos. Paola y sus hermanos se reúnen en este pequeño balneario cercano a Antofagasta de infraestructura modesta y paisaje lunar. Luego vuelven a juntarse en el sur, en Panguipulli. También intentan coincidir en sus viajes a Europa. A Croacia.

En 2002 Andrónico Luksic Abaroa dejó la mayor parte de sus negocios en manos de sus hijos para dedicarse por completo a sus pasiones. Y una de éstas fue la Croacia de su padre. Ya había hecho importantes inversiones allí durante la guerra de los 90. Muy en su estilo, compró barato cuando a nadie se le ocurría hacerlo. Al jubilar ya era dueño de una firma de turismo que contemplaba barcos de pasajeros, buses, restoranes y hoteles. También del complejo hotelero Plava Laguna, una cadena de 16 hoteles con 22 mil camas al día. Pero sobre todo, había logrado obtener la "Villa Sherezade", un sueño largamente anhelado. "Desde los años 70 él quería comprar esta casa que había sido construida para una mujer turca. Finalmente, después de haber comprado el Hotel Argentina, se enteró de que había comprado también la villa, de que la casa era parte de la propiedad".

–¿Visitan Croacia a menudo?

–Nosotros vamos siempre a Sherezade, a navegar en velero por ahí. La mamá fue el año pasado. También visitamos a nuestros parientes en Brac. Muchos estudiaron, son profesionales, pero siguen teniendo costumbres campesinas. Son muy acogedores, cariñosos. Tú llegas y te reciben con el licor de no sé que, con el aceitito de oliva. Más ahora la gente de mi edad que habla inglés, porque cuando mi padre empezó a ir a Croacia tenía problemas de comunicación.

–¿Cómo los ha tratado Chile?

–Mi abuelo siempre se sintió agradecido de Chile, por todo lo que hemos podido lograr aquí. Lo que pasa es que mi papá nació en Chile y es chileno, igual que yo. Yo tengo mucho cariño por Croacia, pero me siento ciento por ciento chilena.

Cuando hace dos años don Andrónico murió, Paola y sus hermanos se enteraron de muchas de las cosas que había hecho en su vida por ayudar a otras personas. A través de la Fundación Luksic, pero sobre todo de manera anónima. En parte, piensa Paola, porque él quiso devolver la mano a la tierra y a la gente que le había dado la oportunidad de desarrollarse.

Durante un homenaje en el Senado se enteró, por ejemplo, de detalles de la insólita relación entre el senador Fernando Flores y su padre. Estos hombres construyeron una amistad en las condiciones más desfavorables. En palabras de Flores, cuando fue a ver a don Andrónico para "comprarle empresas en situaciones no muy amistosas (…) en nombre del Presidente Allende". El empresario reaccionó con insospechada tranquilidad y sólo pidió reglas claras. Desde entonces Flores nunca dejó de admirarlo. En su homenaje dijo que "si en Chile hubieran cinco Andrónico Luksic, éste sería un país desarrollado". "Fue muy lindo escuchar esa historia. La escuché completa por primera vez ese día en el Senado, cómo mi papá lo había tratado, de manera completamente diferente, y cómo ayudó a su familia mientras estuvo preso", dice Paola.

–¿Cómo han sido estos dos años desde que murió su padre?

–Se lo extraña. Es raro, porque era un papá muy protector. Ya no está aquí. No es triste, pero dan ganas de que esté aquí para contarle cosas, para consultarle cosas, para que dé su opinión.

Milan Ivelic

UNA HUELLA EN EL ARTE
El padre de Milan Ivelic, director hace 15 años del Museo Nacional de Bellas Artes, le contaba cuando era niño historias de su vida en Croacia. "Nos decía que todos eran altos, como nosotros. Siempre me hablaba de la casa de piedra en donde vivía la familia desde tiempos inmemoriales y del parrón que él había plantado en un patio interior".

El padre de Milan se vino a Chile en 1920, escapando de la guerra y del hambre, motivado por los relatos de otros que habían inmigrado antes que él. Llegó a los 20 años a trabajar en una pulpería de la Braden Cooper Co., hoy El Teniente. Poco después, hizo un viaje a Punta Arenas. Allí conoció a una muchacha, hija de croatas, y en 20 días se casó con ella.

De ese matrimonio nacieron tres hijos: Radoslav (73), Milan (71) y Boris (66). Los tres han dedicados sus vidas a la academia y a las artes. No por influencia de su padre, agricultor, pero sí de otro croata: el sacerdote domínico Raimundo Kupareo, fundador del Instituto de Estética de la PUC.

Allí entraron Radoslav y Milan como estudiantes y no salieron más. Son algo así como profesores vitalicios. El más chico, Boris, estudió arquitectura en la UCV, formando parte del mítico proyecto "Amereida", y es parte del cuerpo académico hasta hoy.

El padre nunca regresó a Croacia. Pero los hijos sí. Milan recuerda su encuentro con el pueblo de su papá como uno de los momentos más emocionantes de su vida: "Era 1970 y yo hacía un posgrado en Bélgica cuando partí con mi mujer y mis hijos a conocer el lugar, en la isla de Brac. Al llegar vi a un señor parado frente un árbol. Lo miré, me bajé del auto y lo abracé. No tenía ninguna duda de que era mi tío. Era igual a mi padre", relata. "Ser hijo de inmigrantes implica que tú no tienes tradición, lo que por un lado es una ventaja. No teníamos prejuicios de apellido o de fortuna. Eso fue fantástico porque se nos permitió desarrollarnos en cualquier actividad. Los croatas nunca armaron ghettos. Se ubicaron en todos los campos. Eso demuestra que los viejos no tuvieron un prejuicio, y eso lo agradezco. Cualquier actividad era posible, con empuje, rigor y disciplina".

Antonio Skármeta

EL RECOLECTOR DE LEYENDAS
Para el escritor Croacia evoca el mar. "Un mar que es donde la gente vivió, se sumergió, practicaron deportes, de donde zarparon y adonde fueron". Sin embargo, el principal aporte de la isla a la mente del escritor es ser la fuente de sus narraciones y principales obras. Las historias que oyó de su abuela materna, Helena Yaksic, inspiraron La boda del poeta y La cenicienta de San Francisco, uno de sus primeros cuentos. En ellos, no sólo está su ficción, sino los mismos relatos que escuchó cuando niño.

Desde Antofagasta fueron bajando sus antepasados, hasta que se establecieron en Santiago. En la capital, intentaron conservar el espíritu de esa casa de piedra de Bobovisée, un pequeño pueblo de la Dalmacia croata. Tanto, que Antonio recibió del gobierno croata la medalla de la orden Marco Marulic, por su aporte a la cultura nacional. Sus obras, varias veces traducidas, han sido llevadas a un idioma que el escritor poco comprende. Hoy sólo le quedan palabras para mantener una conversación simple. Pero eso no le impide mantener buenas relaciones cada vez que visita la isla. "Son hombres sencillos, de un gran aprecio por la cultura y la educación. En sus relaciones hacen primar la amistad, la alegría y la sana convivencia, todos elementos que siento están presentes en mí".

Jorge Matetic

EL SUEÑO AMERICANO
Cuando Georg Matetic descendió en Punta Arenas, en 1888, tras cruzar el Atlántico, tenía 25 años, no había terminado el colegio. Su familia era pobre. Sólo comía azúcar los domingos. Dos generaciones después, los Matetic son prósperos empresarios agrícolas, dueños de tierras en la VIII y XII regiones. Producen vino, carne, madera, arándanos y lana. Además tienen inversiones en las áreas industrial, pesquera y turística.

Jorge Matetic piensa que el espíritu empresarial se hereda. Y que él lo heredó de su abuelo croata. También que la pasión por la familia es algo propio de los inmigrantes de esa zona. Él es el tercer Jorge Matetic en Chile, y tras él vienen dos más.

"Mi abuelo encontró rápidamente trabajo como cocinero en el Cosmos, el hotel más importante de Punta Arenas. Así juntó los pesos hasta que pudo instalar su propio negocio, lo que hoy llamaríamos una multitienda. Recién a los 40 pudo casarse y comenzar su propia familia con una española de Asturias".

Ellos tuvieron tres hijos, todos ingenieros. "El gran salto fue la educación, a nuestra familia le permitió dar el paso en un país que daba posibilidades", cree don Jorge Matetic. "Los que llegaron lo hicieron buscando algo potente, y no vinieron a zonas fáciles, sino a Magallanes y Antofagasta. Además heredamos la tolerancia, la paciencia y el hecho de ser bastante católicos".

Boris Buvinic

EL NUEVO CROATA
A la pregunta sobre qué caracteriza a los croatas, el gerente general del Banco Itaú contesta riendo: "¡El mal genio!". Aclara que se trata de algo momentáneo, pero que ayuda a lograr los objetivos. "Es gente de mucho trabajo, de esfuerzo y sacrificio". Su abuelo llegó a Magallanes desde Brac.

Siendo él tercera generación, ya queda poco de tradición en la familia, pero reconoce que hay ciertos gustos que lo identifican. Hace poco se enteró de que su postre favorito, el flan de leche, es una creación croata. Eso, y las comidas agridulces le recuerdan a la isla que ya ha visitado en varias oportunidades. La primera fue con su padre. Parte del recorrido incluía el cementerio, donde al entrar oyó el sonido de las campanas. Le explicaron que es una tradición que avisa que han venido de América a honrar a sus muertos.

Hoy, con el pasaporte croata recibido hace sólo un mes, Buvinic manifiesta su admiración por esa capacidad de sobreponerse a la adversidad, de tratar de progresar que tanto lo ha influenciado en su vida.

Zvonimir Martinic

LA LUCHA POR LA NACIÓN
Tenía 8 años, nunca había visto un tren ni había salido de su pequeño pueblo cuando el hoy historiador, y profesor de la Chile Zvonimir Martinic llegó a nuestro país. Después de la muerte de su padre, viajó con su hermana mayor a quedarse con unos tíos en Antofagasta. A los pocos meses, ella regresó a su tierra y dejó al pequeño Zvonimir en Chile. Pasaron 23 años hasta que volvió a ver a su madre en Croacia. La comunicación había sido por cartas, que con el tiempo se fueron espaciando. Lo que nunca él dejó de enviar fueron las fotos de su vida. Al llegar a su casa en la isla Brac vio como éstas adornaban toda la pared del dormitorio materno.

Como historiador, Martinic luchó por apoyar la aceptación de Croacia como país independiente luego de la Guerra de los Balcanes. Sus conocimientos de las diferencias que existían entre los pueblos que habitaban la ex Yugoslavía lo llevaron a participar de una comisión que solicitó al Ministerio de Relaciones Exteriores que Chile apoyara a Croacia. Una vez que Europa la reconoció, Chile no demoró en hacerlo. Ese día, él celebro.

Nadja Antonijevic

HEREDERAS DEL ESPÍRITU
En la casa de los Antonijevic Hahn sólo se oía al padre hablar croata con las tías que lo habían criado. A sus hijas, el creador de Salina Punta de Lobos nunca les enseñó el idioma. Eso no fue impedimento para que llevara a la mayor de ella, Ilona, a visitar su tierra natal en la isla Brac. Más tarde irían sus hermanas, Nadja, sicóloga, e Ingrid, ex ministra de Economía de Michelle Bachelet.

Con apenas 9 años llegó Leandro Antonijevic a Iquique, para quedarse con unos tíos que tenían una pulpería para la salitrera de Huara. Allí vivió bastante aislado. Esa soledad fue marcando, al parecer de Nadja un paulatino desarraigo de sus tradiciones. Sólo le quedaría el olor y el color del mar de la isla fijo en la memoria. Lo demás se confundiría rápidamente con las tradiciones chilenas. En la mente de sus hijas quedaron las imágenes de la isla, y un "encanto por la música, el tipo de parajes y el olor de olivos".

En los años que vivieron en Iquique, las niñas Antonijevic oían la lectura de las cartas que llegaban de la isla con el informe de la familia allá. Y si el en club yugoslavo había algún evento cultural, no faltaban.

El espíritu de trabajo que tantos reconocen en sus raíces croatas, en la familia Antonijevic tuvo mucha fuerza. Su padre, habiendo formado una próspera empresa de la nada, ayudó económicamente a varios colonos y hasta hoy sostiene a la familia que vive en la isla. Más tarde sería Ingrid quién durante la guerra traería de regreso al tío Benito Antonijevic para cuidar de él.

Todas concuerdan en que lo que más las marcó es la capacidad de adaptarse, aunque no sabrían apostar en ello una herencia croata o simplemente, el esfuerzo de ser inmigrante.




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Foto:JUAN FRANCISCO SOMALO


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