REVISTA YA

Miércoles 2 de Mayo de 2012

 
Nona Fernández, la escritora multifacética

Hija única de mamá soltera, esta escritora chilena nació y se crió en un barrio de Avenida Matta cercano al persa Bíobío, donde tuvo su primer trabajo vendiendo ropa usada. Hoy se perfila como la gran promesa de la literatura nacional con dos novelas publicadas y otra que verá la luz en julio. La semana pasada debutó como dramaturga con la obra "El taller", inspirada en Mariana Callejas y Michael Townley. Ésta es su historia.  
Por Natalia Núñez. Fotografías: José luis rissetti Pasan las nueve de la mañana de un día martes nublado, brumoso, y la escritora Nona Fernández (40) se asoma al antejardín de su casa en Ñuñoa con el pelo mojado, desflecado, revuelto. A unos metros de ella hay una pizarra en la terraza de baldosas que lleva escrita con tiza blanca una frase inspiradora para los transeúntes.

-El miedo crea muros.

Es como un cartel de restorán, de esos que anuncian el menú del día, sólo que con más onda, con un decorado que incluye incrustaciones de cristal rojo en los bordes. Pero esto no es un restorán. Es la casa propia de Nona Fernández. Perfectamente acondicionada, de un piso, pintada de damasco, y decorada con cuadros, adornos y objetos colorinches traídos de sus viajes por el mundo. Es la vivienda que compró hace poco con su pareja, el también escritor Marcelo Leonart.

El autor de la frase escrita en tiza blanca es Dante, el hijo único de esta pareja de escritores. Él quedó tan impactado con el concierto de Rogers Waters que vio en marzo pasado junto a sus padres, que quiso plasmar algo de ello en la pizarra. Nona está operativa desde las 6:30 de la mañana que es la hora en que despierta a Dante, de 10 años, para levantarlo, darle desayuno, vestirlo y llevarlo al colegio. Además de astucia en la pizarra, Dante tiene otras dotes artísticas. Pese a su corta edad ya tiene un blog en el ciberespacio con sus dibujos y pinturas, y el adorno de greda de la mesa de centro del living, un jarrón tipo Pomaire, es de su autoría.

-Es muy imaginativo, histriónico. Creo que él también, claramente, va por una línea muy artística, es muy creador y es un tremendo dibujante. Tiene todo un rollo con el tema de los ilustradores, es bien efervescente. Realmente, tiene mucho del hijo único que gesta su propio imaginario, que tiene muchos amigos, pero que es de una militancia que los hijos únicos tenemos: la de generar nuestros propios espacios.

Nona Fernández quiere ser una madre cercana, cálida, compañera, divertida y lo menos censuradora posible. Sabe que lo más probable es que Dante sea hijo único. No porque lo haya decidido así, sino porque no llegaron más hermanos y ella pronto cumplirá 41.

-No me interesa ser la mamá-amiga. Me interesa ser la mamá. Darle muchos espacios, que tenga todo el apoyo, pero que también sienta los límites. Ésa es la pega: dar libertad, pero con márgenes. Uno está para eso y ésa es la parte más difícil.

Cuando ella era chica, cuando Patricia Paola Fernández Silanes -su verdadero nombre- daba sus primeros pasos en este mundo, recorriendo una vieja, larga, crujiente y fantasmagórica casa de adobe del barrio Avenida Matta, cerca de la esquina de las calles Nataniel y Victoria, ella hablaba poco. Casi nada. Lo único que sabía decir era el monosílabo, tajante, "no". Con esa negativa convertida en su muletilla infantil, se hizo acreedora de un sobrenombre peculiar y le pusieron "Nonito" dentro de su familia. Cuando creció, el apodo devino en "Nona", y fue el apelativo, la forma perfecta para diferenciarla de su madre, que también se llamaba Patricia Paola. Así nació Nona Fernández, guionista de teleseries con más de quince años de experiencia, escritora de novelas de ficción, actriz e incipiente dramaturga: hace unos días, el 26 de abril, debutó con "El taller", su primera obra de teatro escrita de su puño y letra. Atreverse a navegar como autora de tablas era una deuda que tenía pendiente.

Cuando era chica, cuando Nona Fernández leía revistas y cómics de la Pequeña Lulú y conversaba con sus compañeros de curso -algunos hijos de detenidos desaparecidos; otros, de militares- sabía que quería ser escritora cuando fuera grande. Actriz y escritora. No los recuerda muy bien. Sus años de niñez, de hija única, los tiene un poco borrados. Se ve jugando con sus primos, mandándose cartas, andando en bicicleta por la calle, compartiendo con su madre, pero no tiene más registros de sus pasatiempos de infancia. Nona Fernández, la cara angulosa, el talle largo, la piel pálida, sufre lo que ella llama "el mal de los chilenos", esto es, la mala memoria. Nona Fernández tiene mala memoria. Y para no olvidar, escribe.

Y para tener un correlato con los orígenes de su nombre, a Nona le gusta llevar la contraria, ser amiga del desasosiego, de las movilizaciones, de la irreverencia. Le gusta poner sobre el tapete temas incómodos, intenta iluminar con su pluma y acercar con ella asuntos que se creían olvidados, como los hechos registrados en la Vicaría de la Solidaridad durante la dictadura. Por eso, junto a su amiga y colega Josefina Fernández, fue guionista de la serie "Los archivos del cardenal".

Y en su debut como dramaturga eligió inspirarse en la vida de Mariana Callejas y Michael Townley. Todo, en clave de comedia negra. Todo, escrito después de una investigación que le tomó menos de un año. En la mañana de este martes de abril, sentada en el living de su casa, Nona confiesa que le parece risible constatar lo "pelotudos" que fuimos los chilenos durante esa época. Esa ingenuidad imperante, esa interminable vista gorda, le resulta jocosa.

-El taller de la Mariana siempre fue para la gente de mi generación una especie de mito urbano que no tengo muy claro si era realidad, ficción, si lo habían inventado, si era verdad, mentira. Con el tiempo empecé a conocer gente que me decía que eso era verdad y que sí había pasado. Eran personas que pasaron por el taller en alguna oportunidad. Comencé a toparme con los materiales de esta historia a partir de otros trabajos que hice como "Los archivos del cardenal", trabajos de mis propias novelas, y en ciertos reportajes donde se consignaba este suceso. Empecé a recopilar la información. Me llamaba mucho la atención en el sentido de que lo que ocurría en ese lugar, en ese espacio, era una metáfora súper clara de un país en una época determinada. Eso de estar en una misma casa, creando, departiendo, pasándolo muy bien, pero a metros estaban ocurriendo hechos horrorosos. Su relación de parejaFaltan dos días para el estreno de su obra "El taller" en Lastarria 90 y Nona Fernández está viviendo una semana ajetreada y llena de nervio. Su interés con esta pieza es que genere diálogo y reacciones en el público que la vea. Sobre todo apuesta por las nuevas generaciones que, dice, no tienen idea de cómo sucedieron las cosas y                      cuáles fueron los protagonistas. Ella no sólo escribió la obra, sino que además actúa ahí y su pareja, Marcelo Leonart, es el director. Avanza la mañana, ya son cerca de las diez, y él aparece, mochila al hombro, para despedirse por un rato. Intercambian un par de frases domésticas para coordinar los tiempos, echa a andar el jeep Susuki Gran Nomade que tiene estacionado afuera y parte. Juntos, Marcelo y Nona, forman la compañía "La Fusa", con la que anteriormente abordaron temáticas similares: "Grita", por ejemplo, se construyó sobre la historia de la viuda de un ex torturador y "Lo invisible" se inspiró en los crímenes de Rodrigo Anfrus o Alice Meyer.

-¿Le parece que el tema de la dictadura está sobredimensionado en las creaciones artísticas chilenas?

-Puede ser, pero yo lo veo desde otro punto de vista: yo creo que no hemos dejado de tocar el tema porque no se ha terminado de contar. Todavía no tenemos idea de un montón de cosas. Si bien estoy de acuerdo contigo en que quizás existe una manera de contar la historia que puede estar un poco mañida porque es un poco solemne a lo mejor, es difícil poder enjuiciar a un creador cuando tiene una pulsión creativa y algo que contar. Creo también, sobre todo si piensas en el ejercicio que es contar una película, que hacer cine en Chile es heroico. Hay una pulsión importante en ese sentido que debemos respetar.

-¿Cómo es trabajar con el marido?

-La verdad es que para mí es súper agradable trabajar con Marcelo. Tenemos súper claro cuáles son los límites de este trabajo, los hemos ido experimentando con el tiempo y, claro, contaminamos todo, sin duda. Cuando estamos con los procesos de escribir teleseries y cosas así es más fácil mantener los límites creativos fuera de la casa. Pero, ponte tú, ahora estamos haciendo una obra, ves un poco ordenado acá, pero esto en general es un caos, siempre estamos en ese proceso constante de estar viendo qué falta o de creación, también. Es entretenido porque es como tener a tu partner donde estemos, siempre. Nuestra relación se ha establecido en eso también, en ese ejercicio creativo.

-¿Pero cómo rayan la cancha para que eso no se transforme en algo dañino?

-Para nosotros, el tema creativo es más una pasión que una pega. Nos gusta, nos entretiene y hay proyectos que vienen de él y otros que vienen de mí. Entonces tampoco hay mucha competitividad entre uno y el otro. Además, yo lo admiro mucho. Y yo sé, porque lo siento, que él me admira mucho en ese sentido. Las bases de nuestra relación están en esa pasión creativa. A mí me encanta verlo apasionado creativamente, es uno de los atractivos que él tiene para mí, ver esa efervescencia. De repente estamos, hay una conexión, y normalmente miramos las cosas desde la misma esquina, el mismo barrio. Hasta ahora ha sido súper enriquecedor.

Nona conoció a Marcelo Leonart mientras eran compañeros de curso de Teatro en la Universidad Católica. Ahí, en medio de los patios del Campus Oriente, nació el amor. Nunca se casaron. Una vez quedaron en hacerlo cuando saliera la ley de divorcio. La promulgaron y no se casaron. Lo postergaron para cuando existiera matrimonio para los homosexuales. Y ahí están. Para Nona, a estas alturas, el matrimonio es sólo un accesorio. Para ella, el juramento de amor está hecho desde el momento que tuvieron un hijo y se compraron una casa. No necesita el papel ni el rótulo.

-Es una relación súper sólida y está bien. Nos hemos consolidado en el tiempo y tenemos una relación que, yo creo, es a prueba de balas. Pero sabemos que las relaciones no están compradas, que son frágiles y todo, pero hemos pasado por tantas cosas juntos, cosas pésimas y cosas súper lindas, que yo a estas alturas tengo claro que mi lazo con él, independientemente de lo que pase en el futuro, es un lazo ya vital.

Una de las cosas que más disfrutan juntos fuera del trabajo es viajar. El año pasado, en julio, aprovecharon las vacaciones de invierno de su hijo para irse tres semanas a Londres. Nona ya había estado en esa ciudad como mochilera cuando era más joven. Pero viajar ahora junto a Marcelo y Dante, y con más recursos económicos, tuvo otro cariz. Hubo más dinero para gastar en comer en ricos restoranes, comprarse montones de libros y discos. -Me gustaría tener la posibilidad de vivir en otros lugares, aunque sea por períodos cortos. Eso me gusta harto. Su nueva apuesta literariaSi tuvo disponibilidad para hacer ese viaje a Londres fue porque Nona Fernández decidió tomarse un año sabático. Sabático entre comillas porque lo que hizo fue dejar de percibir recursos económicos durante ese período, pero siguió trabajando en su próxima novela, la tercera de su carrera, que lleva por título "Fuenzalida". Fue una decisión que, en alguna medida, se vio catalizada por la crisis de los 40. A ella le vino un poco antes, como a los 37. Empezó a cuestionarse todo, a hacerse preguntas sobre lo hecho, lo dejado en el camino, los proyectos, la vida.

-Entonces no me sentía ni feliz ni satisfecha. Y ahí también me vino mucho la idea de ser un poquito más consciente de lo que hacía y de tomarme toda esta cosa intuitiva de manera más consciente, de objetivizar más los proyectos, de canalizar las energías de manera más clara, organizar un poco más el panorama para poder hacer lo que yo sentía que no había hecho hasta ese momento.

-¿Qué le pasó?

-Me cuestioné muchas cosas. Sentí que iba por un camino y que ese camino ahora ya no era solamente una proyección hacia arriba, sino que entraba a una meseta y que esa meseta se empezaba, finalmente, a declinar también en muchos sentidos. Entonces, la conclusión que saqué es que no tenía todo el tiempo del mundo. Sentí que empezaba a acabarse el tiempo, o sea, ya no podía ser todo una eterna promesa de algo, una eterna fantasía, una eterna esperanza de algo. Lo que era, era. Y podía ser lo que no había sido todavía, pero tenía que trabajarlo.

-¿Qué hizo para revertir esa situación?

-Me volví loca trabajando. Me puse la máquina. Como soy una persona inquieta que tiene varios focos de atención con el teatro, la literatura y los guiones, es súper difícil hacer las cosas al mismo tiempo. Por tanto, ir cerrando proyectos es súper largo. Entre novela y novela me demoro siete años. De alguna manera intenté organizarlo todo para poder hacerlo todo y sentirme satisfecha, para poder llegar a este lugar en que estoy ahora en que me siento así.

En julio próximo la editorial Random House Mondadori sacará a librerías la tercera novela de Nona Fernández que tiene algunos reflejos con la realidad, con su realidad personal. Es la historia de una escritora de culebrones que no conoce a su padre, que a propósito de que un día encuentra una foto en la basura de un maestro de artes marciales en plenos años 70, decide intentar encontrar a su padre. En buenas cuentas, ella se inventa el padre que no tiene y que no conoció. El tema le incomoda hablarlo a Nona. Dice que por eso, mejor, escribió un libro y que el texto puede hablar mucho mejor que ella. Sabe que la falta de padre es un tremendo tema en su vida. Su madre dentista fue la gran proveedora y formadora en su vida, fue padre y madre a la vez. Nona, para ganar plata durante la adolescencia y poder pagarse un viaje de vacaciones, vendía ropa usada en las calles del Persa Bíobío a los 16 años.

-¿Conoció a su papá?

-Lo conocí, hubo dramas familiares, y en ese momento dejé de conocerlo.

-¿Le hizo falta?

-La verdad, ahora publico una novela que se llama "Fuenzalida" y que habla de todo eso, es como un proceso.

-¿Le sirvió de terapia el libro?

-No los ocupo de terapia, no me gusta pensarlos así, pero fue un proceso. Todos los libros son procesos personales, sin duda que sí, pero procesos gozosos. Quedé mucho mejor después del libro, creo que liberé cosas, perdoné muchas otras y quedé mucho más feliz. Y me inventé a mi papi pues (se ríe).

-¿Le dan ganas de reconciliarse con él?

-Me da nervio contártelo, perdona que te lo diga, pero eso es material de terapia.

"Para mí es súper agradable trabajar con Marcelo. Tenemos claro cuáles son los límites de este trabajo, los hemos ido experimentando con el tiempo y, claro, contaminamos todo, sin duda (...) Nos hemos consolidado en el tiempo y tenemos una relación que, yo creo, es a prueba de balas. Pero, sabemos que las relaciones no están compradas".

"Con mi hijo, no me interesa ser la mamá-amiga. Me interesa ser la mamá. Darle muchos espacios, que tenga todo el apoyo, pero que también sienta los límites. Dar libertad, pero con márgenes".

Sobre la crisis de los 40: "Sentí que empezaba a acabarse el tiempo, o sea, ya no podía ser todo una eterna promesa de algo, una eterna fantasía o esperanza".

 


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