ARTES Y LETRAS

Domingo 15 de Julio de 2001

Entrevista a Manuel Vicuña, Historiador:
La Belle Epoque Constituye Nuestro Presente

Que la familia sólo funciona con amor, que la mujer debe ser abnegada para realizarse. Son legados de una época que funcionan hasta hoy. En el recién editado libro "La belle époque chilena", el historiador Manuel Vicuña despliega un escenario desde el siglo XIX hasta comienzos del XX. ¿Su trama? Los cambios en la vida pública y privada de la elite. ¿Su protagonista? La mujer.
Por Esteban Cabezas

Lo que partió como unproyecto de tesis doctoral para Cambridge, hoy es un libro. Escritoeninglés, paraluegoserreescritoyampliadoencastellano, "La belle époque chilena" (Editorial Sudamericana) es el tercer trabajo historiográfico publicado por Manuel Vicuña a sus 31 años. Y el cuarto en total, si se considera su libro de poemas "Sin pieles ni cebos". Vicuña, quien actualmente se desempeña como investigador en el Centro de Investigaciones Barros Arana de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, se dio a conocer con una investigación referida al desierto de Atacama y la alteración de su imagen en el colectivo con el paso de los siglos. Luego concluyó "El París americano. La oligarquía chilena como actor urbano en el siglo XIX", texto que se entronca con el escenario inicial de "La belle époque".

Rescatando las postrimerías de la Colonia, este estudio hace foco en la familia como institución clave en el posterior desarrollo de la elite santiaguina. Y en los parentescos como un medio para conservar esta preeminencia. Ahonda en los cambios de costumbres que perfilan a la clase oligárquica, describe la transformación del entorno citadino y de cómo la ciudad se edifica como un vehículo de relaciones sociales, con el "desarrollo de un mercado matrimonial". Y es a partir de la fundación del Club de la Unión, sitio exclusivo para varones, que Vicuña va tejiendo una trama donde las mujeres adquieren un mayor protagonismo en sus páginas. Como organizadoras de salones, antes, y luego en empresas con objetivos tan dispares como el Club de Señoras y la Liga de Damas Chilenas. Ambas nacidas en la primera década del siglo XX, pero cada una con su misión. Mientras el Club "encarnó un esfuerzo por reformular las relaciones de género y erigir sobre cimientos más sólidos la vida doméstica y marital", como se lee en el prólogo, la Liga fue "punta de lanza de una cruzada moral femenina que obedeció al deseo de derrotar a los enemigos de (y alternativas a) la moral católica", aparte de formular la misión del apostolado femenino.

Lo que Vicuña hace en cerca de trescientas páginas es reconstruir. Va armando un patch work en el que entran diarios de vida, escritos inéditos, novelas como "Martín Rivas" y revistas como "Selecta" y "Zig-Zag". Todos entrecruzados en una trama donde se encuentran, con naturalidad, desde una dura negociación política hasta el esperado estreno de una ópera.

- ¿Qué relación tiene éste con los anteriores trabajos?

- Más que nada tiene relación con "El París americano", ya que profundiza temas que había desarrollado y que tienen que ver con el desarrollo urbano de Santiago y la historia de la clase dirigente. Lo de mezclar lo valórico y lo cultural con transformaciones materiales, mostrándolas como vías paralelas que se van entrelazando. En el libro del desierto hay un intento también por mostrar la historicidad de fenómenos que hasta entonces no habían llamado la atención. Y en los tres libros hay un interés por los espacios. Primero, el desierto como espacio geográfico mental. Después, en los libros posteriores, aparecen los espacios urbanos entendidos como matrices que configuran tipos de relaciones sociales. En ese sentido hay un nexo.

- ¿Por qué ese título tan escueto?

- Escogí un título que fuera evocador, y evocador para mí significa a la vez ambigüedad. Además es, al mismo tiempo, muy indicativo de una época, no sólo en Chile sino también en Francia, que es el gran referente cultural para la clase dirigente de entonces. Me pareció que englobaba una serie de facetas que eran muy fieles al espíritu de la época.

- Belle époque es un concepto que remite también a cierto imperio de la frivolidad.

- La verdad es que es una época bastante más compleja de cómo se la ha presentado. En ella está el advenimiento de muchos fenómenos característicos del siglo XX. Fue bastante menos frívola. De partida surgen el Club de Señoras, que repostula la relación filial sobre la base de un proyecto cultural, o la Liga de Señoras, que no es sólo censuradora, porque además postula una nueva comprensión de la religiosidad y de la acción social católica. En esa época también está el origen de la industria cultural.

- ¿Por qué este estudio de ese período está concentrado exclusivamente en la elite?

- Porque el concepto de belle époque siempre se remite a las clases altas. En Europa, a la burguesía y a la aristocracia, y en el caso chileno, a la elite tradicional. Supone una época de esplendor, ciertamente llena de tensiones y de augurios de catástrofe si tú quieres. Un esplendor del cual no fueron partícipes las clases populares que vivían inmersas en todos los problemas de la cuestión social. El título mismo es indicativo de una historia que apunta a la clase dirigente, pero que tampoco renuncia a vincular lo que le ocurre a esta clase con las transformaciones globales del país, que así como a veces son responsabilidad suya, también inciden en su propia historia.

- Thomas Carlyle impulsó esta idea del desarrollo histórico y su relación directa con la elite. ¿Es una influencia heredada de la estadía en Cambridge?

- No hay influencia en la elección del tema, tal vez sí en el enfoque, en la medida en que iba avanzando el estudio y la misma escritura. Pero no es una postura tan apriorística.

- Pero no sólo se toma a la elite, sino en particular a la relación hombre-mujer en esta esfera.

- Yo creo que en eso influyó también el sistema inglés, ya que te dejan libertad absoluta. Y eso significa que uno define su propio itinerario intelectual. Eso te permite asumir una actitud mucho más aventurada al momento de buscar tus lecturas. Y en ese sentido creo que en el libro hay algo de eso, porque se incorporan ideas y enfoques propios del feminismo, de la historia de las mujeres, de la antropología y la sociología. Una historia nutrida del contacto con otras disciplinas. La idea era abarcar dimensiones históricas que en general no han sido tratadas por la historiografía chilena, como los aspectos valóricos, sondear la vida privada, e incorporar a las mujeres en un relato donde sólo habían tenido participación los hombres. Todo para entender por qué una sociedad que en lo ideológico aparece tan moderna, en la medida en que se adopta un discurso liberal-republicano, mantiene un cierto lastre valórico muy tradicional. Y eso, a mi modo de ver, pasaba por el abismo cultural que había entre hombres y mujeres de la elite. Por ejemplo tu encuentras a Mac Iver, que era un líder radical, un movimiento que se asociaba al anticlericalismo, masón, laico, que sin embargo educaba a sus hijas en colegios de monjas. Me pareció que había que hacer un estudio que complementara estos dos mundos, o más bien estas dos partes de un mundo, para entender sus dinámicas de cambio y al mismo tiempo su resistencia a las transformaciones.

- ¿Y el caso de la mujer en particular?

- El caso de las mujeres es ilustrativo, porque las descritas en este libro abogaron por su derecho a desempeñar un rol más activo en la sociedad. Lucharon por su derecho a ser actores políticos y sociales, pero no esgrimiendo ideas nuevas o rupturistas, sino precisamente reinterpretando un sistema valórico tradicional que les atribuía como rol exclusivo la maternidad, el cuidado material y moral de la familia. En función de ese discurso tradicional, ellas consideran legítimo intervenir en la esfera pública para evitar que haya una brecha entre lo que ocurre en sus casas o lo que ellas quieren que ocurra, y lo que está ocurriendo en la ciudad.

Ellas y ellos

- La creación del Club de La Unión en 1864, una instancia tan masculina como excluyente de reunión, atenta contra los salones, un espacio mixto. ¿Empuja esta situación el nacimiento de las organizaciones femeninas?

- El Club de La Unión lo trato por dos razones: ayuda a explicar la necesidad de crear el Club de Señoras. Porque se transforma en una instancia de reunión muy atractiva y empieza a socavar la sociabilidad mixta que había sido muy enriquecedora para las mujeres en el siglo XIX. Pero también me interesó porque cumplía una función política en el siglo XIX, que favorece una cierta estabilidad, que no es absoluta pero que sí es evidente en relación con otros países. Porque al mismo tiempo que se crea un sistema multipartidista competitivo, se crea una institución donde los lazos de sociabilidad permiten que converjan personas de ambos polos del espectro político, desde radicales a conservadores. Por eso el subtítulo: "Rivales en el parlamento, camaradas en el club". Podrían haberse desarrollado divisiones en la forma de sociabilidad, en cambio aquí se desarrollaban puentes disipadores de conflictos.

- La mujer aparece además en el libro como un actor político, en la figura de la chaperona y en lo que se denomina "el mercado matrimonial".

- Esa es una manera de hacer una historia política, pero no restringiéndola a lo que ocurría con los partidos. O a lo que pasaba en el Parlamento, que era un asunto confinado a los hombres. Es, más bien, una historia del poder. Y de la reproducción de una clase social que conserva en sus manos la riqueza, el poder político y la influencia social. Y la reproducción de ese dominio mediante un sistema donde las madres cumplen una función social. Por eso, cuando se aborda una historia de la oligarquía, de su capacidad de sobrevivir a los cambios y permanecer en la cúspide, también hay que considerar a sus mujeres.

- Y en el campo de acción e ideológico, ¿cuáles son las mujeres que marcan hitos en toda esta historia?

- Hay personas que aparecen recurrentemente. Delia Matte, Inés Echeverría, Lucía Bulnes, Martina Barros, quien es la primera mujer en adelantarse a futuras feministas en el siglo XIX, traduciendo un libro de Stuart Mill, "El sometimiento de la mujer", lo que le costó el ostracismo social cuando era muy joven. También está Amalia Errázuriz, por su protagonismo en la Liga de Damas Chilenas, Luisa Lynch que también participa en el Club de Señoras. Son cuatro, cinco mujeres determinantes en términos de liderazgo. Pero también es porque generalmente escriben, y por eso podemos contar su historia sin la mediación del relato de hombres, sino a través de su propia experiencia.

- ¿Qué se ha proyectado de la mujer chilena de la belle époque hasta hoy?

- Muchos fenómenos siguen siendo actuales. Por ejemplo, el discurso normativo respecto a la mujer, en el sentido de que las considera como sujetos cuya realización pasa por la abnegación. Ocurre también con los conflictos valóricos de una sociedad en vías de pluralización ideológica, cosa reflejada con la rápida difusión del cine, del teatro, de la literatura. El problema de la censura frente al universo de otras opciones sigue siendo un problema actual que ya se hace manifiesto a comienzos del siglo XX. Es esa idea de que existe una única respuesta o lectura posible frente a una novela o una película; una interpretación bastante autoritaria. El ideal de la domesticidad, que funciona con la familia nuclear, también está vigente. Una familia que no funciona tanto como una unidad socioeconómica, sino como una entidad donde importan los vínculos amorosos entre hombre y mujer, y entre padres e hijos. Esa idea del amor como algo fundamental, que no estaba a inicios del siglo XIX, se fundamenta entonces. La obsesión por el mundo de los afectos, con sus carencias y promesas de plenitud, conserva toda su actualidad. En este sentido, la belle époque constituye nuestro presente.

Por una historia más Literaria

- Las fuentes de este libro son diversas y heterodoxas. ¿Cuál fue el punto de partida y el camino recorrido en la investigación?

- Lo primero que me dio un indicio, para visualizar lo que podía ser, fueron dos tradiciones femeninas distintas que sin embargo tienen conexiones entre sí. Una ligada al Club de Señoras, la otra a la Liga Chilena. La lectura de la memoria "Recuerdos de mi vida" de Marina Barros y la biografía que escribió Blanca Subercaseaux de su madre, Amalia Erráruriz, basándose en muchos textos y diarios familiares. Allí visualicé las dos corrientes. Después el conjunto de fuentes más rico para el tratamiento de este tema fueron las revistas ilustradas de comienzo del siglo XX. Prácticamente todas dirigidas a un público de elite. Algunas exclusivamente femeninas, otras no. La más notables es "Zig Zag", y también están "Familia", "Pacífico Magazine", la revista "Siluetas". En todas ellas hay una clara incorporación de mujeres como escritoras, como redactoras, como partícipes. Y estas revistas eran consideradas, para los estándares de la época, muy rupturistas.

- En el libro también se incluye información de textos inéditos.

- Básicamente algunos diarios de Carmen Morla, que es hija de Luisa Lynch, creadora del Club de Señoras. Y cosas que encontré en los archivos del Obispado castrense. La Liga de Damas Chilenas dependía del Arzobispado, por lo que habían documentos relativos a ellas. Pero las fuentes principales son impresas.

- Esta forma de investigar ¿tiene el afán de validar nuevos tipos de fuentes?

- Bueno, hay una creencia de que los textos impresos son una veta que no ha sido explotada a cabalidad. Y permiten una gran riqueza de interpretaciones distintas. La prensa del período no se refiere sólo a asuntos de interés público: describe lo que ocurre en los hogares. Matiza con relaciones afectivas, familiares, y arroja luz sobre dimensiones que habían quedado a la sombra. Lo mismo, una novela de ficción, también puede ser un documento tan válido como un acta. Con otra forma de lectura por cierto.

- ¿Qué conexiones hay entre este trabajo y el de otros historiadores chilenos?

- Tengo cierta distancia al común de la academia de los historiadores, en alguna medida por una valoración de la dimensión literaria de lo que significa hacer historia. Porque tengo la convicción que una gran investigación puede dar como resultado un pésimo libro si se descuida ese aspecto, como ocurre. Creo que hay cierta sobrevaloración de lo metodológico, en el sentido que adhieren a un solo dios siendo que el paganismo puede ser mucho más productivo. El contacto con otras disciplinas de las ciencias sociales puede resultar muy frutífico. Y una falta de soltura de cuerpo al momento de escribir, fundamental. Hoy hay más diversidad y si la historia no se quiere convertir en una disciplina sin ninguna trascendencia social, debe rescatar su pasado como relato, capaz de seducir.

- ¿Está en contra del "realismo descriptivo del positivismo" como expresa en el prólogo?

- Uno trabaja en forma fragmentaria, con rastros. Lo que uno hace es representar de manera veraz, y eso se logra no sólo con el acopio de evidencia sino de acuerdo a las formas discursivas que adoptes. Nunca hay que perder de vista la dimensión literaria de la historiografía, en tanto género narrativo, que si bien aspira a la verdad - a diferencia de la ficción- usa los mismos procedimientos retóricos para configurar el relato. Entonces hay un énfasis en la escritura. No sólo hacer una tesis, que muchas veces son ilegibles para quien no sea el tutor, sino un libro que sea capaz de satisfacer a comunidades de lectores. Al mundo académico por una parte, pero también a un público ilustrado que no está conformado exclusivamente por historiadores. Me da la impresión que se escribe demasiado en el formato del paper. Y lo que hay que asumir es el parentesco de la historia con la literatura.




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"Tengo cierta distancia al común de la academia de los historiadores, en alguna medida por una valoración de la dimensión literaria de lo que significa hacer historia. Porque tengo la convicción de que una gran investigación puede dar como resultado un pésimo libro, si se descuida ese aspecto, como ocurre". En la foto, Manuel Vicuña.


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