REVISTA DE LIBROS

Domingo 15 de Agosto de 2010

 
Juan Emar, narrador, visionario y surrealista

La extravagante mezcla de relato, visión poética y metafísica que caracteriza su obra -y con la que alcanza cotas geniales-, ha hecho de Álvaro Yáñez Bianchi, Juan Emar, una figura única e inclasificable en la literatura chilena.  
 Es irremediable que Juan Emar (1893-1964) sea tan admirado por la mejor crítica como ignorado por el grueso público. Décadas atrás pensaba yo que una buena difusión de sus obras, acompañada de una cierta educación de los lectores, podría alcanzar una apreciación mejor de sus excelencias; pero hace años que abandoné esa utopía. Su extravagante mezcla de relato, visión poética y metafísica, que es abominable en otros autores pero que en él alcanza cotas geniales, no es cosa que un lector acepte con facilidad, y menos aún al precio de la falta de argumento, y de la escasez de acción, intriga, caracteres y diálogos. Sólo ha sido capaz de aceptar este trueque un poeta -como la mayoría de sus degustadores: Neruda, Anguita, Arenas, Teillier-, o acaso un buen lector de poesía.

Léase, por ejemplo, este excelente texto surrealista: "El unicornio no se domestica. Cuando divisa al hombre se volatiliza todo él, salvo su cuerno que cae a tierra y queda recto sobre ella. Luego echa hojas dentadas y frutos encarnados. Se le conoce entonces con el nombre de El Árbol de la Quietud. Sus frutos, mezclados con la leche, son el más violento veneno para las muchachas en flor. Esto, Marcel Proust lo ignoraba. De haberlo sabido, se hubiese evitado varios volúmenes. Las muchachas muertas así no se descomponen. Quedan marmóreas hasta la eternidad. El hombre que las contempla en su mármol pierde para siempre todo interés por toda muchacha que hable, respire y se traslade en el espacio".

¿Acaso no es éste un memorable poema? Sin embargo, no lo cito como tal, sino por la curiosísima razón de que es, frase por frase, el argumento de un relato del autor, "El unicornio", que va desde la búsqueda de ese animal en su hábitat de Etiopía, pasando por el envenenamiento de una querida muchacha en flor, hasta las vicisitudes póstumas -artísticas y fúnebres- de la mujer de mármol. Me pregunto quién es capaz de esta fantasía loca, pero coherente y exitosa, en la literatura chilena. Habría que ir tal vez a la Francia surrealista de la época -¿Henri Michaux?- para encontrarle punto de comparación.

Tres extrañas "novelas"

Miltín 1934 , Ayer y Un año se publicaron, en ediciones casi confidenciales -nadie se dio por aludido-, en 1935. Dos años después se publicó su libro de cuentos, Diez . Son sus obras superiores, porque los miles de páginas de la obra que siguió, Umbral , mezclan aciertos brillantes con muchas páginas de inferior calidad.

Miltín 1934 , que combina todos los géneros literarios, es un laberinto o un juego múltiple de espejos, una especie de monólogo pirandelliano donde el autor crea seres a medias, promete historias que no se desarrollan y desarrolla otras que parece no haber pretendido. Entre una cosa y otra, el salto mortal. No hay relaciones, sólo hay absolutos. Cada ser encierra el universo entero, es un microcosmos. Es como si Emar percibiera la inefable unidad del ser, una intuición dichosa que puede eximirse de los discursos de la racionalidad y de los puentes de las asociaciones, porque cada objeto se da como totalidad. El punto de referencia más cercano que se me ocurre es el Lezama Lima de Paradiso (no extrañará que uno y otro libro sean de difícil lectura). Numerosos ídolos locales caen bajo el filo de su ironía: la historia de Chile, las costumbres y solemnidades de sus paisanos, y en forma expresa y sangrienta la crítica literaria nacional.

Ayer relata seis experiencias doméstico-metafísicas del protagonista en compañía de su mujer, en un lugar imaginario llamado San Agustín de Tango, durante una sola jornada: ayer. Otra vez estamos en la experiencia visionaria de los hechos más triviales, según definía Blake a la poesía: "ver un mundo en un grano de arena/ y el cielo en una flor silvestre", sólo que de una manera menos lírica, y a la vez más filosófica y pedestre. Por ejemplo, la experiencia platónica de la Idea estalla mientras Emar observa a un caballero barrigón en una sala de espera, hasta concluir que "el gordo de enfrente es un gordo abstracto", como lo es toda realidad sometida íntegramente al pensamiento. Luego será en un urinario, descargando su vejiga, donde alcance la intuición fulminante de la temporalidad, el sentido del tiempo y de lo eterno, y la visión de su propio pasado reducida a un punto intemporal.

A propósito de aquellos versos de Blake y de la evidente calidad poética de Juan Emar, debe observarse que ésta no reside para nada en las imágenes o en el lenguaje, sino en la cosmovisión. Tampoco su prosa resulta notable: su escritura es seca y a ratos de una objetividad casi científica. "Escribe con las patas", decía su amigo Huidobro. Es la visión, es la intuición onírica el factor que tanto lo aproxima a la poesía.

Un año es un instante eterno

De las tres novelas cortas -por llamarlas así-, la que más aprecio es Un año . Se trata de un diario intermitente, que elige el día primero de cada mes para emplazar sucesos fantásticos, a veces puramente interiores, ligados a la mencionada visión total del universo. El 1º de junio, por ejemplo, el narrador observa por la ventana los cuatro pisos de la casa de enfrente: abajo unos vendedores que extienden sedas, arriba dactilógrafas que escriben, más arriba una familia que desayuna, y por fin un viejo asomado a la ventana. Nada del otro mundo, pero sí todo un mundo. Porque sus gestos simultáneos componen para el observador una geometría misteriosa, una figura total, ignorada por sus propios protagonistas, que sólo perciben su piso respectivo. No así Emar, que lo ve todo en sus recíprocas relaciones de cada instante: el viejo que asoma a la ventana cuando el señor de abajo tose, justo cuando una dactilógrafa vuelve su cabellera dorada, etc.

Es la visión de Dios en pequeño, es la figura inteligible de la totalidad en sus misteriosas correspondencias internas. Ira contra Dios, entonces, por haberlo hecho presentir algo -pero sólo algo- de Su rol. Que todas las cosas y hechos del universo compongan una constelación invisible para nosotros es una idea familiar a Leon Bloy, sólo que en él tiene un sentido teológico. También Cortázar la trabajó, pero en forma más literaria y juguetona -estética-, más pobre que la de este loco auténtico y naïf que es nuestro autor.

El 1º de agosto se desarrolla en la playa una especie de contemplación budista zen del océano: la meditación de la ola, que lleva al protagonista y narrador -siempre en primera persona- a una aguda dialéctica entre la parte y el gran todo, entre la totalidad del mar y la singularidad de la ola, a partir de la observación de una pequeña poza que es y no es el mar mismo. En forma enteramente intuitiva y concreta se proyectan aquí las sombras tutelares de Parménides y Heráclito, de Aristóteles y Hegel y Bergson.

Es admirable, y al mismo tiempo capaz de desanimar al lector de facilidades.

Diez cuentos inauditos

Diez realidades bien heterogéneas se ordenan así en el propio índice de Diez : cuatro animales, tres mujeres, dos lugares, un vicio. Los animales cabalgan entre la zoología terrestre, el bestiario medieval y la fauna onírica. Pero sobre todo las mujeres están hechas de la pálida y tierna substancia de los sueños: dondequiera que surge un personaje femenino en estos relatos, parece que destilara un aire de sueños que convoca placeres y desencantos, escaleras de caracol, penumbras que tienen el difuso sabor del sentimiento onírico. En cuanto a los lugares, no pertenecen a este mundo. Y el vicio es casi una alegoría.

Los argumentos combinan la vulgar odisea del antihéroe que vaga por calles y bares y hoteles, con la aventura paralela del espíritu que se eleva hacia estados superiores de conciencia: la revelación de la armonía universal en una caverna frente a un gato -fragmento de antología que recrea el mito platónico de la caverna-, la posesión de fantasmagóricas mujeres en estado onírico, la iluminación del misterio sexual en las figuras humanas que se agitan dentro de una piedra de ópalo... Anécdotas de suyo verosímiles se desligan de pronto del mundo establecido para proyectarse, mediante la exageración monstruosa de algún detalle, hacia mundos surreales.

Una vez cruzado el umbral, todo es posible: la percepción paradisíaca que entusiasmaría a un Huxley, los desdoblamientos, la acción de poderes extraños: el feroz lobo-garú teledirigido por un hombre en estado de trance, las propiedades mágicas de la vinchuca de los pantanos, la influencia del pensamiento sobre los objetos y viceversa... Nadie piense que se trata aquí de esos juegos fáciles y más o menos esotéricos que ha prodigado en años posteriores cierta literatura fantástica de ocasión. Más bien estamos aquí ante un surrealismo de calidad, que consiste en la percepción de los "infinitesimales" de la conciencia, de los elementos insensibles y marginales que no interesan a la gente sensata, y que sólo cruzan entre sueños y fiebres por la atención de los cuerdos.

Juan Emar es único e inclasificable en nuestra literatura. Por eso lo llamaré una vez más la exótica flor de maravilla que ha crecido en el medio más bien gris y opaco de la narrativa chilena del siglo XX.

 El "hoy" de Juan EmarCon prólogo y notas de Carlos Piña, Patricio Lizama y Pablo Brodsky, editorial Cuarto Propio publicará próximamente Cartas a Guni Pirque , volumen en el que se reúnen 110 cartas que Juan Emar le escribió a Guni Pirque (Carmen Cuevas Mackenna) desde el 19 de julio de 1941 al 4 de septiembre de 1946. Las cartas dan cuenta de una relación amorosa y afectiva y entregan nuevas luces sobre la escritura de Umbral .

Publicada por editorial Barataria, acaba de aparecer en España la novela Un año , la que recibió un elogioso comentario en Babelia, suplemento cultural del diario "El País". En Argentina, en tanto, editorial Final Abierto publicó hace un par de meses Ayer , en su colección Vanguardia.



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Ignacio Valente
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