EL SÁBADO

Sábado 11 de Diciembre de 2004

Historias de inmigrantes

Hoy Los inmigrantes en Chile son más numerosos que nunca, Pero no son un fenómeno nuevo.
Por Daniela Mohor

La noticia pasó inadvertida. En octubre pasado, el desglose de las estadísticas del censo de 2002 indicó que Chile se está convirtiendo en un nuevo polo de inmigrantes. Hoy, los inmigrantes son 185 mil, más que nunca en la historia nacional.

Una cifra impactante si se considera que hace 200 años eran menos de un centenar. En su mejor momento, 1907, los inmigrantes representaron el 4.5 por ciento de la población.

Aún así, cada nueva oleada de inmigración ha dejado una marca indeleble que modificó las costumbres ancestrales, enriqueció la cultura nacional y fue transformando la identidad del país. El hábito de tomar té y preparar "kuchen", el dinamismo en las industrias y hasta el surgimiento de restoranes gourmet son rasgos nacionales que hoy pueden parecer cotidianos, pero que fueron heredados en gran parte de la presencia permanente de extranjeros en Chile. No todos tuvieron el mismo peso. Algunas inmigraciones pasaron más o menos inadvertidas, otras fueron voluntariamente incentivadas y sus aportes, el resultado de una estrategia fundada en políticas migratorias que hasta el día de hoy permanecen relativamente abiertas.

La inmigración fue un tema de preocupación desde los primeros años de la Independencia. Inquietos por la escasa población ­sin incluir a los indígenas ésta no sumaba más de 800 mil habitantes­ y deseosos de consolidar la República y su soberanía sobre la nueva nación, las autoridades vieron en la llegada de extranjeros la mejor herramienta de desarrollo político y económico del país. El objetivo era poblar las extensas zonas del territorio chileno poco habitadas y traer brazos para trabajar la tierra. Bajo el gobierno de Manuel Bulnes se dictó la ley que daría inicio a la primera ola migratoria de importancia: la ley de colonización de 1845, que autorizaba al Presidente de la República a entregar seis mil cuadras de terrenos baldíos a las colonias de extranjeros que quisieran instalarse en Chile y desempeñarse en alguna actividad útil para el crecimiento económico, como el cultivo de trigo. No obstante, no todos eran bienvenidos.

"Había una política extremadamente selectiva. Chile no quería traer a cualquier extranjero, sino que a europeos del norte, por los cuales había una gran consideración debido a su grado de desarrollo", explica Carmen Norambuena, historiadora experta en migraciones y directora del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago. "Se pensaba que su presencia y futuro mestizaje con la población chilena permitiría una mejora de la raza".

Fue en ese contexto que aparecieron, en los años 1850, los primeros asentamientos de colonos alemanes en la zona de Valdivia y Llanquihue, que rápidamente se convirtieron en un modelo. Así lo expresó Benjamín Vicuña Mackenna en un informe sobre la inmigración extranjera que presentó al gobierno en 1854:

"El mejor colono posible es el alemán. (...) Es el único emigrante que abandona su suelo nativo con la resolución irrevocable de formar su nueva patria en el país donde traslada sus lares", decía el informe, que describe en cambio a los franceses como "vanos, poco dados a la familia y faltos de espíritu religioso" y a los españoles como "altivos y dominantes".

A continuación presentamos seis historias de las colonias más influyentes que ha habido en Chile: la alemana por ser el punto de partida y modélica; la española por su gran aporte al desarrollo comercial y cultural; la árabe por ser la primera en no provenir de Europa y una de las más numerosas; la croata y la judía por su peso en el mundo empresarial y la peruana por su masividad, su presencia en la vida cotidiana chilena y los conflictos de discriminación que reavivó.

IRIS Wöhlke Schmidt

Colonizando la selva

Agricultora 65 años descendiente de colonos estudió en el colegio alemán de frutillar.

La llegada de los primeros alemanes a mediados del siglo XIX no fue idílica. Fueron menos de lo que el gobierno anticipaba y ellos, en vez de los grandes espacios verdes por cultivar que les habían prometido, recibieron bosques vírgenes. La desilusión fue mutua. Pero hoy no cabe duda de que su instalación en el sur fue fundamental para el desarrollo agrícola. Los alemanes transformaron las tierras en suelos productivos, sembraron trigo por quintales y dispararon el crecimiento económico. En las ciudades también jugaron un rol importante, fundando nuevas industrias. Así nació, por ejemplo, en 1850, la cervecería de Carlos Andwanter en Valdivia.

La historia de la familia de Iris Wöhlke Schmidt da cuenta de lo difícil que fueron los primeros tiempos. Sus tatarabuelos, Daniel Schmidt y Katharine Dippel, desembarcaron en Puerto Montt, en 1856. Al pisar tierra, junto a sus tres hijos, recibieron una chacra en Punta Larga, una zona que bordea el lago Llanquihue, cerca de Frutillar. Iris cuenta hoy que acceder a esas tierras fue una verdadera pesadilla. "Los llevaron por un camino a caballo hasta el borde del lago y luego en bote los trasladaron a su chacra. Había que limpiar todo, porque las quilas llegaban hasta el lago. No había ningún pedazo de tierra limpia y las primeras noches tuvieron que dormir en el bosque. Fue terrible".

Lo mismo les pasó a los Wöhlke Hoffman, bisabuelos paternos de Iris y dueños de una chacra en la isla de Tenglo, frente a puerto Montt. Pasaron años quemando bosque antes de poder sembrar trigo y papas para vendérselo al Estado, que lo exportaba. Mientras tanto, vivieron de las ganancias que les daba la hojalatería que Wilhelm Wöhlke había heredado de su padre y de los pequeños negocios que hacía Luise Hoffman.

"Se vivía de productos chicos", cuenta Iris. "Plantaban manzanos para vender chicha, tenían abejas para exportar cera y miel, y ovejas para la lana. Además, en la chacra de la isla un administrador ordeñaba las vacas para que mis abuelos vendieran la leche en Puerto Montt".

No hubo muchos cambios en el modo de vida de los colonos en las décadas que siguieron. Iris, la mayor de cuatro hermanos, creció absorbiendo la fuerte tradición alemana que se apoderó del sur. En la casa de los Wöhlke Schmidt se hablaba en alemán y el autoabastecimiento era una de las principales características. Todo, desde el jabón, hasta la mantequilla, pasando por la cera para el piso, las cecinas y las conservas se hacían en la casa. La música era una parte fundamental de la vida familiar. En las noches el padre de Iris, Wilhelm, tocaba piano, mientras su señora, Hilda, hacía sonar su acordeón. Existían en los pueblos más cercanos clubes alemanes y cooperativas donde los descendientes de colonos se reunían a jugar naipes y ajedrez.

"Se mantenía la tradición alemana y entre los alemanes la costumbre era que ojalá se casaran entre ellos e incluso bien al principio, luteranos con luteranos y católicos con católicos", recuerda Iris.

Eso explica por qué alrededor del año 1880 el gobierno chileno amplió los criterios de colonización para traer europeos de nacionalidades más variadas, con la esperanza de que eso favorecería la tan añorada mezcla con los chilenos y la mejora de la raza. Llegaron franceses, belgas, italianos y sobre todo suizos, que se instalaron en la Araucanía fundando nuevas ciudades, multiplicando el ritmo de la producción trigueña y disparando las exportaciones.

No obstante, los alemanes siguieron siendo mayoritarios y su colonización un modelo por lo menos hasta principios del siglo XX.

En el hogar de Iris aún se siente su influencia: sus dos hijas hablaron alemán antes que castellano y así también sus nietos. En la casa el pan, las mermeladas y los kuchenes siguen siendo caseros.

"Todavía nos sentimos orgullosos de ser descendientes alemanes porque son muy luchadores", dice Iris. "Le aportaron al país progreso cultural y técnicas de cultivo avanzadas. De ellos heredamos la tenacidad en el trabajo".

Rufino Melero Viva España

Empresario curtidor nacido en navarra construyó el estadio español

Españoles de origen, llegaron a Chile a principio de los años 1900, cuando el boom económico creó nuevas necesidades para Chile y la inmigración cambio de características. A partir de 1880, el desarrollo agrícola dejó de ser la meta principal. En esos tiempos, Chile entraba a una nueva etapa de crecimiento económico, que requería la llegada de técnicos e industriales especializados. Una nueva entidad, la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa), se encargaba de entregar fondos para traerlos desde Europa. El comercio se diversificó; llegaron banqueros, ingenieros, artesanos y comerciantes de todo tipo a satisfacer los nuevos anhelos de sofisticación de los chilenos. En las calles se veían elegantes sombreros, trajes de telas finas, joyas refinadas, mientras en las casas las grandes familias aristocráticas se jactaban de tener una institutriz inglesa para sus hijos o un chef francés en su cocina.

Entre esos nuevos inmigrantes estaba Rufino Melero, quien llegó a Chile desde Navarra en 1911 y compartió con los curtidores locales los conocimientos técnicos que su familia transmitía de generación en generación en su curtiembre del pueblo de Alsasua. Melero abandonó su tierra natal en 1907, después que un conflicto de herencia dejara a sus padres sin derechos sobre la empresa familiar. Tras una estadía de tres años en Buenos Aires, se trasladó a Chile, donde sabía que buscaban trabajadores especializados en su rubro y esperaba encontrar un gran porvenir. Su primera escala fue la curtiembre de la familia francesa Vivent en Valparaíso.

"Los Melero eran expertos en cultivar el cuero de charol. Habían ganado muchos premios en Europa y a esta familia le interesaba mucho traer un especialista", cuenta el diputado UDI Patricio Melero, nieto de Rufino. "Mi abuelo hasta perdió las huellas digitales de sus dedos meñiques de tanto usar la máquina partidora de cuero".

No pasó mucho tiempo antes que los Vivent le encargaran a Melero la administración de su empresa. A los pocos años, Rufino tenía ahorros suficientes para poder abrir su propia curtiembre. Fue lo que hizo en 1918, en Santiago. Desde entonces, la empresa no ha dejado de crecer y hoy es la curtiembre más grande de Chile. La fábrica marcó pauta por sus innovaciones en el ámbito social, cuando Rufino Melero creó una de las primeras poblaciones obreras privadas del país, entregándole, a través de un sistema de subsidio, una casa a cada uno de los más de cien trabajadores de su curtiembre. También se encargó de que su éxito empresarial fuera beneficioso para el resto de la comunidad española. Construyó el Estadio Español y fue dirigente de numerosas organizaciones e instituciones como la Unión Española de Deportes, el Banco Español o la Beneficencia Española de Chile. Su aporte a la sociedad le valió entre otras cosas una condecoración al Mérito Bernardo O'Higgins y un Diploma de Honor de la Municipalidad de Santiago. Para sus hijos, esos reconomientos son la mejor prueba de su apego a Chile."Siempre fue muy chileno, le gustaba todo de Chile, la pesca, la caza, los paisajes", dice su hijo Isidoro Melero. "No se destacó sólo como español. Fue un empresario chileno católico con un gran espíritu social".

Igor Garib Viaje en mula

Ingeniero forestal con un mba 37 años Descendiente de palestinos.

No todos los inmigrantes tuvieron la suerte de poder decidir libremente salir de su país e insertarse fácilmente a la sociedad chilena. A partir del inicio del siglo XX, la historia obligaría a millones de personas a abandonar su tierra sin previo aviso. Una parte de ellos elegiría a Chile como destino. Fue el caso de la familia Garib, un nombre que irónicamente significa "forastero". Inmigró justo cuando la desintegración del imperio otomano llevó al éxodo a cientos de miles de árabes. Palestinos, pero también sirios, libaneses y jordanos, se instalaron en las principales ciudades de Chile, dándole un nuevo impulso al comercio. También llegaron judíos y rusos blancos, pero fueron minoritarios. Hoy las empresas textiles de los Garib, Hilados y Tejidos Garib (Hitega) y sus dos filiales, Industria Textil La Reina e Industrial La Florida, son un verdadero modelo de negocio. Son de las pocas empresas del rubro que sobrevivieron a la mala racha de las dos últimas décadas. Producen cinco millones de metros de telas al año y el gerente general de Hitega, Fuad Garib, es consejero honorífico de la Sofofa. Son logros que los Garib atribuyen al gran sentido de unidad de su familia.

Elías Garib tenía apenas 20 años cuando llegó a Chile en la primera década del 1900. Había viajado desde el pueblo de Beit Sahour, cerca de Belén, hasta Argentina junto a su esposa, de sólo 15 años, y tres amigos. Una vez en Buenos Aires siguieron su odisea en mula hasta llegar a Teno, en la VII Región. Como muchos de sus compatriotas, vivieron primero vendiéndole todo tipo de artículos a la gente de campo. Más tarde se mudaron a Requínoa e instalaron el almacén "El Martillo". Kamal Garib, menor de los nueve hijos de Elías y gerente general de Textil La Reina, recuerda esos tiempos como años de gran sacrificio. Sus hermanos mayores dejaron de ir al colegio para trabajar.

"Al principio costó mucho. Se trabajaba casi 24 horas al día. A los más chicos mi mamá les daba unas mamaderas y los tenía detrás del mostrador".

El esfuerzo dio frutos y en 1943 los Garib cumplieron su sueño: abrieron una fábrica de telas en Santiago. Eran 10 trabajadores. Hoy son cerca de 400 en total.

Desde entonces, los Garib se han preocupado de que el recambio generacional en la empresa se haga dentro de la familia. "La idea es que entre a la empresa gente profesional de la familia. No tienen que copar todos los puestos, pero sí los claves", explica Igor Garib, bisnieto de Elías y gerente de operaciones de Textil La Reina.

Pese a seguir con los negocios de la familia, Igor siente que la identidad árabe se ha ido diluyendo.

"En mi casa no queda nada de la cultura árabe, solamente los recuerdos", dice Igor, casado con una uruguaya de origen alemán.

De alguna manera, dice, ha sido para mejor.

"Antes se veía al árabe sólo como el negociante, el 'turco' que era un término despectivo. En el colegio, cuando chico me molestaban y me decían ¿a cuánto bende baisano esto?. Pero en los últimos 10 a 15 años ya se lo ve como un hombre profesional que puede estar en otras actividades. Entonces, el trato es otro".

Antonio Rendic El "doctorcito de los pobres"

Médico yugoslavo católico llegó en 1900 a Antofagasta.

En Antofagasta, Rendic fue uno de los primeros en denunciar la presencia de arsénico en el agua

Un buen trato es lo que Antonio Rendic Ivanovic, médico y poeta, esperó encontrar en Chile desde el día que llegó, en 1900, desde Yugoslavia. Como muchos europeos que huyeron de la pobreza a fines del siglo XIX, sus padres abandonaron la isla croata de Brac con la esperanza de encontrar mejores horizontes en las costas chilenas. Décadas más tarde, él le hizo eco, con unos versos que escribió, a los anhelos de esos viajantes desarraigados.

Atraídos por las riquezas salitreras del norte, los Rendic se instalaron en Antofagasta, polo de la inmigración yugoslava junto a Punta Arenas. Solos, pobres, sin conocimientos del idioma, debieron construirse una nueva vida. Jorge Rendic, padre de Antonio, era un pequeño comerciante y sacó adelante a su familia como pudo. Logró que sus tres hijos llegaran a ser profesionales y no quedaran excluidos de lo que conformaría pronto una de las comunidades extranjeras más influyentes de Chile. Hoy se estima que más de 120 chilenos de origen balcánico dirigen alguna organización o empresa en Chile, incluyendo al magnate Andrónico Luksic. Los yugoslavos se enorgullecen con razón de los avances alcanzados por sus padres, abuelos, tíos, hijos. "El aporte de los croatas ha sido importantísimo en Chile. Son grandes empresarios porque desde pequeños supieron que el esfuerzo y el trabajo era muy importante para gozar de un mejor nivel de vida", asegura Amy Ilijic, sobrina-nieta de Antonio Rendic, que, sin ser empresario, también dejó huellas. A once años de su muerte, en Antofagasta hablan de él como de un "santo" y lo recuerdan con cariño como el "doctorcito de los pobres" o el "compadrito". Delante de su consulta, en la esquina de las calles Latorre y Maipú, siempre había largas colas de pobres que esperaban atenderse con él, en su consulta médica. Los recibía gratuitamente, les regalaba los remedios que les recetaba y, si era necesario, hasta les daba dinero para la locomoción. Había estudiado medicina en la Universidad de Chile porque sentía que su ejercicio era "uno de los caminos que nos llevan a servir para alcanzar el corazón de todos". Fiel a la ciudad donde creció, una vez titulado regresó a Antofagasta. Allí, se enfrentó a las autoridades antofagastinas, denunciando la presencia de arsénico en el agua de la ciudad. Más tarde, recibió múltiples reconocimientos por su aporte a la comunidad, además de una condecoración papal.

Carmen Machado La generación Winnipeg

Periodista sobrina del poeta Antonio Machado llegó a Chile adolescente huyendo del franquismo.

Cuando llegó a Chile el padre de Carmen fue recibido con versos de su hermano poeta

El legado de los españoles que huyeron de la guerra civil de 1936 y buscaron amparo en Chile fue muy distinto. Fue un contingente reducido, tres mil personas, pero tuvo una influencia de proporciones sobre el desarrollo cultural del país. En esos años llegaron el artista Mauricio Amster, quien revolucionó el campo del diseño, y la actriz catalana Margarita Xirgú.

"Ella paseó por toda América las obras de Federico García Lorca y fue una de las fundadoras del teatro experimental de la Católica y de la Chile", cuenta la historiadora Carmen Norambuena, autora de un libro sobre los exiliados de la guerra civil. "En las universidades, las cátedras se llenaron con brillantes profesores españoles".

La periodista Carmen Machado conoció a varios de ellos. Fue testigo de este nuevo impulso cultural. Hija del pintor José Machado y sobrina de los poetas Antonio y Manuel Machado, estuvo desde joven en contacto con la elite española. Sus padres llegaron a Chile a bordo del "Formosa", un barco que salió desde Francia gracias a las gestiones de Pablo Neruda, un año después del Winnipeg. Ni Carmen ni sus dos hermanas mayores se embarcaron. Más de un año antes, sus padres las habían enviado a un internado de niños españoles en Rusia para protegerlas de los horrores de la guerra civil, sin sospechar que la llegada de la Segunda Guerra Mundial prolongaría la separación a nueve años. Carmen llegó a Chile adolescente, pero recuerda vívidamente los relatos de exilio de su padre. "Papá siempre recordaba emocionándose hasta las lágrimas que cuando presentó los pasaportes a la entrada de Chile, el oficial que se los recibió vio el nombre, les preguntó si eran parientes de los poetas, y en plena cordillera se puso a recitar unos versos de Manuel Machado. 'Parece que llegamos a buena tierra', pensó mi papá".

La llegada de Carmen a Chile fue más abrupta. Siempre había vivido rodeada de niños y adolescentes y tuvo que aprender a desenvolverse en un mundo de adultos y desconocidos, incluyendo a sus padres. Las cosas cambiaron cuando, a los 18, tuvo que empezar a trabajar. Su nueva carrera de periodista en la revista Eva le permitió integrarse y conocer a muchos de los arquitectos del nuevo salto cultural de Chile. "Había un círculo de españoles y de intelectuales chilenos que trataban de hacernos la vida más fácil. Estaba Antonio Romera, quien también viajó en el 'Formosa', el historiador Leopoldo Castedo, el crítico literario Eleazar Huerta y el escritor Vicente Mengod. Todos fueron cariñosísimos", dice Carmen. "Los exiliados hicieron grandes cosas: la editorial Cruz del Sur que creó Arturo Osoria fue un hito; la tienda Muebles Sur la crearon españoles y el primer drugstore de Santiago fue obra de una hermana de la pintora Roser Bru. Hay mucha gente que innovó".

Carmen dice no haber sido pionera en nada: "Yo solo trabajé". Pero quizás su mayor logro es justamente no haber necesitado ser una gran artista para sentirse chilena. Porque para ella, el sentimiento de pertenencia pasa por otro lado. "Cuando el avión está a punto de aterrizar en Barajas y veo la península ibérica siento una cosita en el corazón", dice. "Pero me siento absolutamente chilena. Tengo hijos chilenos, me he desarrollado profesionalmente en Chile, he tenido marido y amores chilenos y vivo aquí por elección".

Hanns Stein La gran diferencia

Cantante tenor 77 años judío Nacido en praga, llegó a chile a los 13 años.

Hanns se integró en Chile gracias a su amor por la música y la política.

Hanns Stein también eligió quedarse en Chile. Ha tenido que arrancar durante gran parte de su vida. Como muchos emigrantes de Europa central y oriental, llegó huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Esa migración, más heterogénea que otras, incluyó judíos de todo nivel socioeconómico que fueron ganando espacio en la sociedad. Lo demuestran, entre otros, la fábrica de juguetes de Otto Krauss, la empresa Mellafe y Salas de Milan Platovsky o el Banco Monex, de Moni Ergas.

Los Stein llegaron a Chile en 1940, tras una larga y dificultosa fuga desde la región de los Sudetes en Checoslovaquia y se instalaron en una modesta casa de la calle Arturo Prat. Aquí, los padres de Hanns abrieron una pequeña fábrica de conservas y anchoas, y otra de camisas. Estas nunca llegaron a ser un gran negocio, en parte debido al aislamiento de la familia. Los padres jamás manejaron bien el castellano y no tenían amigos chilenos. Sus hijos estudiaban en el Instituto Hebreo y militaban en el movimiento juvenil sionista-socialista Hashomer Hatzair. Soñaban con irse a vivir a un kibbutz en Israel. "Pero yo quería estudiar canto, y eso no coincidía con ese viaje", cuenta Hanns. "Así que me fui del movimiento y empecé a trabajar como cortador en la fábrica de camisas del papá para financiar mis clases de canto. Pronto me ofrecieron en la Escuela Vespertina de la Universidad de Chile un puesto de profesor". Fue así que Hanns salió del aislamiento e ingresó a la vida cotidiana chilena. "Era muy amigo de compositores chilenos, me sentía una persona de cierta importancia en ese ambiente y eso me integraba mucho", cuenta Hanns, quien más tarde ayudaría a fundar la Opera Nacional. Pero en 1966, Hanns descubrió que la pertenencia era más compleja cuando regresó a Praga para estudiar en el Conservatorio. "El shock que experimenté fue colosal y totalmente inesperado. Todo me parecía conocido, la ciudad vieja, los aromas de las comidas, la música del idioma. Fue fantástico y al mismo tiempo tremendo. Todas mis reflexiones y sentimientos respecto a pertenencia, patria, etc... se desmoronaron y convirtieron en una mentira", escribió Hanns en un artículo publicado el año pasado en la Revista Musical Chilena. A su regreso, dos años después, la política reafirmó su apego a Chile. A principios de los años sesenta, Hanns y su esposa, Choly Melnick, se inscribieron al Partido Comunista e iniciaron una vida de activismo político que los llevaría nuevamente al exilio."En el 1973, volvimos a pasar lo mismo que la ocupación de Checoslovaquia y así como mi papá anduvo escondido allá, yo estuve escondido acá. Estuvimos siete años exiliados en Berlín oriental. En Chile había una orden de detención contra la Choly. Ella era directora de la Radio Universidad de Chile que se había colgado de la Magallanes para transmitir el último discurso de Allende". Al regresar, las cosas no mejoraron. Stein tenía prohibición de pisar terreno universitario.

Hoy, Hanns dice que la suma de esas experiencias lo obligaron a entender que esa dualidad entre chileno y extranjero es parte de su historia. "Uno es siempre, aunque sea levemente, un outsider", dice. "Cuando volvió la democracia, con dos amigos músicos, tratamos de volver a la Facultad. Uno era Fernando García, penúltimo premio nacional de arte; el otro, Eduardo Mubarak, de origen palestino. García entró inmediatamente. El Mumo y yo nos demoramos casi diez años. Él estaba enojado. ¿Qué esperas? le dije yo, él es un hombre de la pseudoaristocracia chilena; tú un turco inmigrante y yo un judío inmigrante. Ésa es la gran diferencia".

Carolina Huatay La nueva inmigración

Periodista 29 años limeña lucha por los derechos de los inmigrantes

En los más de ocho años que lleva en Chile, ha experimentado más de una vez la sensación de exclusión. Originaria de Lima, es parte del contingente de latinoamericanos que desde mediados de los noventa empezó a desplazarse masivamente, en busca de un mejor porvenir u obligados por la situación política de su país. Los peruanos no son los más numerosos, vienen detrás de los argentinos en las estadísticas (38 versus 48 mil). Pero la nueva inmigración tiene definitivamente cara peruana. "Por razones de discriminación, xenofobia y racismo son más visibles y tienen un impacto social mucho más fuerte que otras comunidades extranjeras", explica Carolina Stefoni, socióloga y coordinadora del programa de migraciones de la Flacso. "Además, la enemistad histórica, limitó el desarrollo de vínculos con chilenos, por lo que tienen muy pocas redes de apoyo y viven en condiciones precarias".

Carolina Huatay lo vivió en carne propia. Salió de su país arrancando de la represión contra los activistas del movimiento universitario izquierdista en el cual participaba. Y aunque tuviera pareja chilena donde quien llegar, al igual que sus pares, tocó puertas que se le cerraron, extrañó, lloró y vio lo difícil que es llegar a un país inhóspito para los extranjeros de rasgos más indígenas. "Todo era muy nuevo y chocante a la vez. Es muy difícil estar en un país que no es el tuyo, con gente que no es la tuya, que te mira raro, no entiende por qué te viniste y que por ser refugiada te cataloga al tiro como terrorista".

Pese a ser egresada de periodismo de una universidad limeña, Carolina tuvo que trabajar en lo que fuera. Una vez se presentó a una entrevista para ser asesora de hogar y aunque la conversación con la dueña de casa fue buena, no la contrataron. "Ella sabía que por tener educación no me podría pagar poco, ni pedirme hacer cualquier cosa. El problema era la explotación", dice hoy Carolina.

Después trabajó como radio operadora. Pero allí el dueño se aprovechaba de la precariedad de sus empleados peruanos y ella lo demandó. Nunca más dejó de luchar por los derechos de los inmigrantes. En 1998, creó la asociación Proandes, que ayuda a los inmigrantes andinos: a través de eventos, de un programa radial y un diplomado de inmigraciones en la Universidad de la República.

Carolina cree que ya se están viendo los primeros resultados. Dice que el gobierno quiere solucionar los problemas de integración y ha abierto espacios de convivencia. "Las cosas están muy lejos de lo que era en 1998. Siempre hay un grupo que cree que les quitamos el trabajo a los chilenos, pero no es la postura de los sindicatos", dice. A nivel cultural también se siente una diferencia. "Se usa el término peruano 'chela' para hablar de cerveza; hay restoranes peruanos en todos lados y uno puede comprar un rocoto en cualquier parte. Ha habido una mezcla intercultural".


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Iris Wöhlke en su casa camino a Fresia, junto a su marido, una de sus hijas y tres de sus nietos.
Iris Wöhlke en su casa camino a Fresia, junto a su marido, una de sus hijas y tres de sus nietos.
Foto:Cristián Duarte


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