REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 5 de Diciembre de 2010

Bahía de Las Águilas:
El último secreto dominicano

En el suroeste de una de las islas más turísticas del Caribe, todavía quedan unas playas por descubrir. Despobladas, sin resorts, para alcanzarlas hay que realizar un agotador viaje que, está claro, recompensa al final.  
Por Roberto Riveros J., desde Bahía de Las Águilas, República Dominicana. Cuando todas las playas empiezan a parecer iguales, perfectas, uno aprecia todavía mejor el encanto de Bahía de Las Águilas, un pequeño tesoro de arenas blancas, ubicado en el postergado suroeste de República Dominicana. Conocida -y visitada- hasta hace poco sólo por lugareños y unos cuantos turistas nacionales, su carácter agreste y belleza natural la están convirtiendo en el principal destino del incipiente desarrollo turístico en Pedernales, una de las provincias más pobres del país.En Bahía de Las Águilas todavía no hay resorts invadiendo las costas, aunque los ojos de capitales extranjeros ya están puestos en este lugar y es cuestión de tiempo para que este rinconcito escondido se convierta en otra playa más para sumar al catálogo de sueños en serie. Mientras eso ocurre, el paisaje permanece casi incorrupto. De hecho, llegar a este lugar es una verdadera aventura, una inmersión en la genuina República Dominicana.No hay vuelos y ni siquiera grandes compañías de buses que conduzcan directamente a la ciudad de Pedernales, el paso obligado antes de llegar a Bahía de Las Águilas. Para recorrer los 335 kilómetros que la separan de Santo Domingo, tal como lo hace cualquier dominicano, hay que ir a la "parada del sur" de la capital, en la avenida Juan Pablo Duarte esquina 27 de Febrero. Desde allí todos los días salen "guaguas" -nombre que reciben las micros en casi todo el Caribe- con dirección a Barahona, la primera escala en un largo viaje que dura alrededor de siete horas, si es que uno anda con suerte.El tiempo es la menor de las pruebas: una vez pagados los 350 pesos dominicanos del pasaje (alrededor de 5.300 pesos chilenos), comienza un verdadero espectáculo. "Hay lugar para todos", vocifera el asistente del chofer, mientras cuelga de la guagua. Los pasajeros se matan de la risa: acaba de subir, a un vehículo diseñado para 22 personas, al pasajero número 43. "Nunca le crea a un político, ni a un cobrador", dice, mientras el público ríe a carcajadas.Si uno tiene la fortuna de ir sentado -y de que el minibús tenga aire acondicionado-, el viaje seguramente estará musicalizado por una seguidilla de bachatas, reggaetones y merengues callejeros, ritmos que se escuchan en todo momento, en todo lugar y a todo volumen.Tras cuatro o cinco horas de viaje y con sólo 135 kilómetros por delante, comienza una estrecha sección de la ruta 44 que bordea la costa en un espectáculo panorámico deslumbrante, pasando por pequeños balnearios como San Rafael, El Quemadito, Los Patos o Enriquillo, frecuentados casi únicamente por dominicanos.A esta altura del viaje se hacen frecuentes los camiones de la ONU y los controles militares, señal inequívoca de que nos acercamos al Caribe más desposeído y menos glamoroso: la frontera con Haití.Campamento basePedernales no alcanza a sumar 14 mil habitantes. Es capital de la provincia limítrofe que lleva su nombre, creada en 1957 por el dictador Rafael Leonidas Trujillo para consolidar la históricamente conflictiva frontera con Haití.Recién en los últimos 15 años las relaciones entre ambos países han mejorado algo y, si bien el recelo y la discriminación persisten como una herencia cultural, es justamente en las ciudades fronterizas donde el encuentro cotidiano aliviana esa carga histórica.Cuando la guagua llega al terminal (que en realidad es una esquina cualquiera frente a un pequeño "colmado" o almacén), el calor es aplastante. Mucho más intenso que en Santo Domingo.Aquí no es extraño escuchar a la gente hablando creole haitiano.Como el viaje dura todo el día, es necesario pasar la noche en Pedernales. Los empresarios turísticos y hoteleros son pocos y están organizados en un cluster que no supera los 10 miembros. Entre ellos, Carlos Latorre, chileno de 65 años que, después de vivir en Francia por más de tres décadas, encontró en Pedernales su lugar en el mundo, donde administra el Hostal Bahía de Las Águilas. "Acá la gente es cálida, todos te saludan. Me siento como un rey", dice y luego de recorrer la ciudad, queda claro que es un personaje conocido.Pedernales tiene capacidad de alojamiento para unos 70 pasajeros, y se pueden encontrar habitaciones desde los 500 pesos dominicanos (poco más de 7.500 chilenos). Pero es imprescindible preferir las que tengan aire acondicionado o, al menos, un buen ventilador.Como en el resto de República Dominicana, al caer el sol en Pedernales la actividad se concentra frente a los colmados, que instalan sillas sobre la vereda y la calle, agregan un voluminoso parlante y se transforman en bares que funcionan hasta altas horas de la madrugada. En el Parque Central de la ciudad, una plaza rodeada de pequeños locales y carritos de comidas, es posible probar desde chimi (versión local de la hamburguesa) a platos más tradicionales, siempre sentados al aire libre. Los pocos blancos que se ven son casi todos profesionales extranjeros que andan en la región trabajando en misiones humanitarias.Para todos, Pedernales es sólo un campamento base.El premio mayorEl equivalente al taxi en la zona es el "motoconcho", motos sobre las que un chofer es capaz de montar a dos o tres personas extra.En un motoconcho, desde Pedernales uno demora cinco minutos en llegar a la frontera con Haití y al mercado binacional que aquí llaman el "mall de las donaciones internacionales", donde los haitianos venden prendas -muchas de ellas bastante costosas- a una fracción de su precio original.Pero llegar a Bahía de Las Águilas es otra cosa.Está a sólo 20 kilómetros de Pedernales, pero no hay transporte público ni caminos, así que lo primero es ir hasta La Cueva, una minúscula caleta ubicada en una de las entradas al Parque Nacional Jaragua, zona protegida dentro de la cual está Las Águilas y que ha sido declarada reserva de la biósfera por la UNESCO. Para lograrlo, hay que conseguir con anticipación -a través del hotel, un operador turístico o alguien de la zona- un vehículo particular. Dependiendo del arreglo, le pueden cobrar al menos 1.000 pesos dominicanos por el viaje (15.000 chilenos), y el doble si es ida y vuelta. Aunque, si uno se lleva bien con la gente de la ciudad, a veces lo llevan gratis.También es necesario comprar agua, mucha agua. Y mejor aún, hacerse de un cooler lleno de cerveza y ron, y llevar comida. En el destino ya no hay dónde abastecerse.El camino es accidentado. Una progresión de pavimento, ripio y luego tierra. Prácticamente no hay edificaciones, la temperatura sube, el terreno es seco, la vegetación abundante y tosca, hasta llegar a La Cueva, junto a la costa del Caribe, un lugar que bien podría ser un destino en sí mismo, a pesar de no tener playa. Pero la mayoría de los visitantes está sólo de paso, porque vienen tras el premio mayor: Bahía de Las Águilas, que sólo se alcanza por mar. En La Cueva hay dos paradores y dos muelles que compiten para transportar turistas (precio promedio, 1.500 pesos dominicanos por el viaje ida y vuelta en una embarcación de ocho hasta doce personas).Una vez en el agua y con todos los pasajeros a bordo, las lanchas se adentran en el Parque Nacional Jaragua bordeando acantilados que por momentos se vuelven laberintos de piedra, que los boteros recorren casi rozando las paredes. Así hasta tener la primera visión del paraíso: siete kilómetros de arenas blancas bañadas por aguas calmas de tonos celestes y turquesa. Tan intensos que, como dicen los lugareños, hacen que el cielo parezca gris."Si ven huevos, nos los agarren", advierte el capitán antes de que toquemos tierra. Esta es la zona con mayor densidad de careyes juveniles del mundo, tortugas que habita el santuario natural junto a otros cientos de especies. En la misma orilla donde ellas llegan a reproducirse, los turistas son abandonados a su suerte durante todo un día. Aquí es donde debería comenzar la descripción de la playa perfecta, pero Bahía de Las Águilas es más. Tiene una belleza indómita, rodeada de un entorno inhóspito y desierto. No hay servicios ni contaminación. Apenas hay turistas. Reina un placido silencio armonizado con el delicado movimiento del agua. Un escenario idílico para extraviarse.Este trance puede extenderse por horas y, lo más peligroso, puede significar que uno caiga presa del sol y la deshidratación. En Las Águilas hay sólo dos fuentes de abundante sombra en todo el lugar: una torre y un quincho rústico, ambos metidos en las dunas y muy alejados entre sí. Son los únicos refugios, y aún protegidos bajo cualquiera de ellos, la luz se refleja donde quiera que uno mire.Entonces, sólo queda disfrutar. Los boteros llegarán antes del atardecer para recoger a los visitantes.La jornada parece larga como la playa, pero el tiempo vuela.Cuando uno empieza a vislumbrar todo lo que todavía falta por descubrir de esta bahía, se escuchan el motor de la lancha acercándose.

Es cuestión de tiempo para que este rinconcito se llene de resorts.En La Cueva salen los botes a Jaragua, reserva de la biósfera de la UNESCO.

 


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Foto:LORETO DÍAZ DELGADO


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