VIDACTUAL

Sábado 3 de Marzo de 2012

 
Ve el rebelde ¡Cascanueces! de Matthew Bourne

CONSTANZA HOLA CHAMY, DESDE INGLATERRA "¿Estás segura de que vinimos a ver el 'Cascanueces'?", pregunta una de las asistentes a su acompañante. No, no se equivocaron. Lo que ven efectivamente es el "Cascanueces", pero uno especial: el de Matthew Bourne, el enfant terrible de la danza inglesa, el mismo que se atrevió a montar "El Lago de los Cisnes" con un reparto solo masculino.

Este es un "Cascanueces" de contrastes, delirante. A ratos oscuro y a ratos lleno de color, con gusto agridulce. Míster Bourne no le teme a lo feo ni a lo políticamente incorrecto. En una disciplina acostumbrada a la estilización y a la armonía, Bourne introduce deliberadamente personajes grotescos y "tiesos" que bailan en una descoordinación aparente, pero perfectamente coreografiada.

El vigésimo aniversario de su "¡Cascanueces!", Bourne lo está celebrando en grande, con presentaciones en toda la isla. La gira se inició el 24 de enero en Liverpool, luego del exitoso remontaje en Londres, en el teatro ícono de la danza vanguardista, el Sadler's Wells. Ya pasó por Woking, Birmingham, Milton Keynes y Glasgow. El 13 de marzo vuelve a Londres, esta vez a Wimbledon, para luego partir a Salford Quays, Norwich, Bradford, Oxford, Bristol, Plymouth, Nottingham y Newcastle.

Ya desde la obertura, los personajes se muestran lejanos al estereotipo del ballet. Bourne incluye teatro y mimo corporal como elementos que ayudan a contar la historia, democratizando un arte que por mucho tiempo estuvo reservado para la élite. Los de Bourne no son primos ballerinos deseosos de destacar en sus solos. Estos son bailarines que trabajan en equipo y construyen personajes empáticos, llenos de picardía, que más que emoción buscan la complicidad de un público que ríe a carcajadas con guerras de cojines y bailaores de flamenco que utilizan palmadas en el trasero para simular el sonido de sus castañuelas. Aquí no hay una Clara, sino dos, la buena y la traviesa, la de siempre y su alterego, que deambulan entre la realidad aparente y el mundo de los sueños.

Bailarines empáticos no sólo con sus pares y con la audiencia, sino también con la escenografía, que interactúa con ellos como un personaje más. El diseño desde el principio es el justo medio entre lo absurdo y lo surrealista: paredes angulosas, estilizadas, con ventanas y puertas altas, y relojes que se mueven para demostrar el paso de un tiempo imaginario, irreal. Tras el intermedio, llega Winter Wonderland, donde lo oscuro se abre para dar paso a lo exótico, colorido, con vestuarios fucsias, amarillos, sombreros de tortas y una boca gigante y brillante por donde desfilan los personajes, en un guiño evidente a la "Alicia" de Lewis Carroll.

¡Hasta adolescentes de colegios completos aplauden y gritan, como si estuvieran viendo la última película de Spielberg!

 


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